miércoles, 28 de enero de 2009

Alto secreto


Hoy me encuentro en misión de espionaje. Ayer recibí por correo un mail del que se supone es el presidente de un círculo independiente de escritores (Ciñe), Xavier de Tusalle, al que conocí virtualmente hará cosa de un par de años en un foro de literatura llamado Café de Artistas. Cuando digo que le conocí me refiero a que durante meses, y de manera obsesiva, me dediqué a criticar duramente sus textos y los de otros usuarios que me desagradaban. Lo hacía de forma jocosa y, por lo que parece, extremadamente ofensiva. Una tal Victoria K incluso me acusó de acoso y amenazó con llevarme a los tribunales. El caso es que el tal Xavier de Tusalle era un usuario que me irritaba especialmente. En primer lugar, me descomponía su firma pomposa. Hacía ostento de tantos títulos, responsabilidades y logros personales que aunque me hubiera gustado lo que escribía, que no era el caso, dudo que el prejuicio de base con que enfrenté sus textos me hubiera permitido ser objetiva. El caso es que el tío tenía la paciencia de un santo, y en lugar de escandalizarse y buscar aliados entre los demás usuarios, trató de congraciarse conmigo una y otra vez hasta que finalmente lo consiguió a medias. Y digo a medias, porque aunque incluso intercambié algún que otro posteo amistoso con él, en el fondo siempre le seguí considerando un gilipollas. Como ya he dicho, el señor de Tusalle es el presidente, o el no sé qué, de un círculo independiente de escritores hispanos que organizan ocasionalmente eventos y reuniones en cafeterías madrileñas. Aunque casi todas las semanas desde hace un año recibo en mi correo electrónico alguna que otra invitación, jamás se me había ocurrido acudir a ninguna de las reuniones ni responder ninguno de los mails. Ni siquiera aquellos en los que tan solo se me felicitaban las navidades, que ya es mala educación por mi parte. Ayer, en cambio, recibí uno que me hizo barajar la posibilidad de presentarme en el lugar de la cita sin revelar en ningún momento mi verdadera identidad: Laura Palmer, el exquisito cadáver de Café de Artistas. Como no estaba segura de que no conociera mi rostro, pues cuando creé el blog envié la dirección por defecto a todos mis contactos y Xavier de Tusalle se encontraba entre ellos, dudé de si seguir adelante con mi plan. Pero como una foto no es determinante a la hora de que alguien que en absoluto espera que te presentes te reconozca, decidí acercarme con la idea de negar a muerte, y nunca mejor dicho, ser Laura Palmer en el caso de que me reconociera.
Y aquí estoy, a dos mesas de distancia, escribiendo sobre todo esto y tratando de disimular un poco la perfidia que me embarga la sonrisa. Yo me esperaba que fuera un grupo de edad comprendida entre los treinta y los cuarenta años, pero no que la mayoría de los miembros hubiera ya alcanzado la cincuentena, y que incluso un par de ellos no fueran sino ancianos de boca temblorosa y gesto desinteresado. Xavier de Tusalle es el más joven, y también el de aspecto más homosexual. No estoy insinuando que lo sea, ni muchísimo menos, y de hecho estoy segura de que siempre ha querido follarme. Pero hay en su aspecto algo débil, blando, relamido, que sugiere un no sé qué repulsivo hasta la náusea. Los demás parecen los típicos sociatas simpaticones, y se comunican entre sí con voces de tenor y fuertes apretones a cuatro manos. Lo poco que distingo de la conversación, no me interesa en absoluto: que si las editoriales son una vergüenza, que si nadie les hace caso, que si qué listos somos y que qué bueno que viniste. Desde mi punto de vista, lo único que están haciendo es felicitarse por ser cojonudos y desahogar la frustración del no reconocimiento cagándose en los organismos que les ignoran. A lo mejor me equivoco, pero mira que lo dudo...
Xavier me ha mirado unas cuantas veces, no sé si porque estoy buena o porque le suena de algo mi cara. A mí, qué curioso, la suya me recuerda a la de Stephen King. Va vestido con un jersey negro de cuello alto y gesticula al hablar con movimientos armónicos de la punta de los dedos. Las piernas no se las veo desde aquí, pero apuesto mi pellejo a que lleva vaqueros. Arrastra un poco las sílabas al hablar, no sé si porque está borracho o porque él es así de afectado y punto. Y por lo demás, nada interesante que añadir. Si tuviera que explicar la razón de por qué me divierte tanto esto, no sabría qué decir. Supongo que [vaqueros negros, tenía razón] es el hecho de encontrarme de incógnito en un lugar lo que me calienta la sangre y me hace sonreír con descaro. Casi me entran ganas de levantarme de la silla, acercarme al selecto círculo, escupirme en la palma abierta de la mano y ofrecérsela a de Tusalle con la mejor de mis sonrisas:
- ¿Amigos?
Pero paso. ¿Ficción o realidad, qué más da? Si me he acercado hasta aquí ha sido para escribir este texto y no por otra cosa. Para eso y para refocilarme a costa de terceros, por supuesto: sin maldad pero sin pausa, sin pausa pero sin maldad.

Ayer por la noche y la noche anterior, los Tominokers llamaron a mi puerta


Estoy sola en la oficina hasta la una de la madrugada. Como el Chat no me está dando demasiado trabajo, y el poco que me da lo estoy haciendo a ratos y de mala manera, me ha dado tiempo a entretenerme con muchas otras cosas. Una de ellas ha sido pasar miedo. No es que me lo haya propuesto, pero con esta luz estroboscópica y este silencio sepulcral es complicado no comenzar a pensar en espectros y psychokillers al acecho. Como el ligero temor que ha comenzado hace una hora y pico se ha ido convirtiendo, por efecto del paso del tiempo y de una película de terror que acabo de ver, en una alteración emocional más que considerable, he decidido ponerme a escribir para ver si manteniéndome ocupada logro relajarme. La otra solución, que era llamar a Chechu, la he descartado por sentido común. Si le llamo a estas horas, con lo antipático y somnoliento que está últimamente, es capaz de mandarme al carajo. Aún así, es muy probable que le llame más tarde para que lea el texto presente (lo que indica que si no le llamo ahora es porque no quiero que me desconcentre, y no por consideración hacia él o por temor a las consecuencias).

La verdad es que ponerse a ver una película de terror en una oficina desierta, cuando además se está cagado de miedo previamente, no tiene demasiado sentido. La única razón honesta que puedo dar, es la de que me apetecía. Me apetecía y punto. En cuanto a la elección, no ha podido ser más desafortunada. La típica peliculilla de cacería en la que una joven, poseedora de un flamante encefalograma plano, se ve acosada y vejada por el gótico americano de turno a través de descampados, gasolineras y lavabos mugrosos, con breves secuencias carniceras en el interior de camiones cochambrosos con matrícula de Texas [por cierto, qué palabra más curiosa e hilarante: COCHAMBRE. CO- CHAM- BRE]. Si al menos hubiera satisfecho mis ansias de sangre, y la cantidad de vísceras, mutilaciones y desmembramientos hubiese copado en lo más mínimo mis juveniles y sanotas expectativas de gore, podría darme con un canto en los dientes y pasar sin más preámbulo a matar el rato naufragando por YouTube y Filmaffinity. Pero como me he quedado con ganas de terror, ahora no tengo más remedio que ponerme a escribir sobre el tema. La verdad es que no sé por qué me gusta tanto este género, teniendo en cuenta la cantidad ingente de bodrios pánicos que circulan por ahí. Podría decirse que se filma, como muchísimo, una buena película de terror cada cinco años, y que aún así, cada vez que me enfrento al visionado de alguna, mantengo siempre la esperanza de que esta vez sea la definitiva y me tope de repente con la joya del lustro. Con los títulos que tienen, y las imágenes promocionales que se gastan, lo extraño es que todavía conserve la fe. Recuerdo que hace un par de años, o quizá tres, centré mis esperanzas en las películas que jugaban con el prototipo del gótico americano: lugares desérticos del sur de Estados Unidos, en los que familias endogámicas de caníbales carniceros y tarados enfocan sus esfuerzos en la caza y consumo de seres humanos o, una ligera variante, en los que psicópatas infalibles y solitarios pasean en furgonetas amargándole la existencia a todo quisqui (especialmente si el quisqui en cuestión es un joven salido, de acampada o en viaje de estudios). Tras encontrar algunos bodrios relativamente buenos relacionados con este tema (Las colinas tienen ojos, Giro al infierno, alguna clásica de masacres, la secuencia que abre Jeeppers Creepers), perdí todo interés por el gótico tejano y me concentré en las películas de zombies y/o infectados. El problema de estas películas es que a veces, más que al miedo, a lo que incitan es a la risa. El zombie o infectado, si se piensa bien, tiene en sí mismo un aspecto bastante gracioso. En primer lugar, sus movimientos: o desquiciados y espasmódicos como los de un perro rabioso, o lentos e inconexos como los de un retrasado mental. La verdad es que más que miedo, lo que daban los zombies de La noche de los muertos vivientes era lástima. Yo creo que más que para defenderse de ellos, les disparaban a la cabeza para rematarlos y acabar con su agonía. Los de 28 días después ya son otra historia, claro, y quizá por eso sea la película de este tipo que más me ha gustado hasta la fecha. La segunda parte no es tan buena, pero cuenta en cambio con una secuencia inicial que es, no sólo mejor que cualquiera de la anterior, sino mejor que cualquier secuencia que se haya rodado dentro del género.

Mientras que el zombie es básicamente un no- muerto carente del glamour y de la inteligencia de un vampiro, el infectado es un ser humano contaminado por una variante hiperbólica del virus de la rabia. Unos y otros se caracterizan por perder todo rasgo humano, por transformarse en degeneraciones aberrantes de lo que somos, y ahí, intuyo, es donde radica el carácter aterrador de estos seres. Al fin y al cabo, convertirse en un vampiro no es tan malo. Y no tanto en un Nosferatu o en un Bela Lugosi como en una de esas reencarnaciones neo- románticas surgidas de la pluma de Anne Rice. ¿Que por qué? Porque la transformación no implica renunciar al intelecto y a la belleza, sino todo lo contrario: implica una potenciaciación preternátura de nuestras capacidades. El vampiro se alimenta de sangre, ¿pero qué más da? ¿Acaso no es la succión de la sangre un acto sexual y exquisito en grado sumo? La revisión del mito del vampiro por el cine y la literatura ha desposeído a esta criatura de su efecto turbador y acongojante, para convertirlo en un prototipo que no sólo no es preciso evitar sino al que incluso es desseable aproximarse. Yo misma me he pasado muchos años rogando a Dios (¡qué paradoja!) para que Lestat aterrizara en mi balcón y me propusiera ser la guitarrista de su banda. ¿Quién no querría firmar un contrato diabólico en el cual una de las cláusulas incluyera un plus de inmortalidad?

En fin, ya no sé ni de qué estoy hablando. Algún día me gustaría rodar una película de terror, eso sí. Respecto al tema, no tengo la menor idea de por cuál podría decantarme. Aunque he de reconocer que los infectados me tiran bastante, no me veo en absoluto haciendo una película de ese estilo. Imagino que El proyecto de la bruja de Blair se aproxima más a lo que sería mi película de terror ideal. La verdad es que fue una pena que no supieran desarrollar mejor una idea tan jodidamente buena. A pesar del esfuerzo de los actores y de un buen par de primeros planos repletos de mocos y lágrimas, la desesperación de los personajes no alcanza el cenit que era de esperar en una situación de calibre semejante. Vamos, que a mí me pasa algo así y me muero de un infarto a la de tres. Lo que me convence de esa peli es lo de la videocámara en primera persona, al estilo de los shot- em- up' s tipo Doom o Resident Evil. Eso y el tema de fondo: una situación extrema en la que es preciso huir de algo o alguien terrible. Respecto a la localización de dicha situación extrema, creo que yo me inclinaría por un contexto más claustrofóbico, quizá al estilo de El resplandor o de la primera parte de Saw, no lo sé a ciencia cierta. De cada película me gusta una cosa y la combinación no siempre resulta armónica, esa es la verdad. Lo de querer rodar en interiores creo que está relacionado con mi creencia cuasi- irracional de que los lugares cerrados son más peligrosos que los abiertos. Esta creencia choca frontalmente con el miedo atávico de Chechu al vacío, a la suspensión y al espacio. Supongo que su película de terror ideal podría tener que ver con algún tipo de catástrofe espacial o de situación onírica vertiginosa. Su miedo, es caer al vacío; el mío, ser desmembrada en el interior de un búnker o de una casa. No sé si existe algún tipo de rasgo psicológico responsable de esta diferenciación, pero supongo que sí. Quizá inseguridad e indefensión podrían ser nuestras razones profundas respectivas, pero así puestas la una junto a la otra se me antojan sinónimas y reveladoras de una misma raíz problemática.

En fin, mi turno llega a su fin y ahora no se me ocurre nada más que añadir. Quizá retome mañana, o más tarde.

lunes, 26 de enero de 2009

cEnSoReD


Hace poco alguien me dijo que publicar las cosas que publico es, entre otras cosas, harto imprudente. Y la verdad es que si me paro a pensarlo, no me queda otra que reconocer que se trata de una observación en parte acertada. No quiero decir con esto que vaya a cambiar mi manera de hacer literatura, ni que por cautela me disponga a partir de ahora a emplear iniciales en lugar de nombres verídicos completos (sobre todo porque la alteración de los nombres, en relación a la minuciosidad de los detalles, no lograría despistar a un conocido). Si por ejemplo, alguna de las personas que nombro y vapuleo en mi último texto, se dignara entrar a curiosear, se llevaría como mínimo un buen susto. ¿Si me importa? Pssssst… pues ha habido momentos de mi vida en los que me habría importado más, la verdad, y quizá sea precisamente por eso que publico lo que publico. Me siento tan enajenada de mi entorno, que a ratos casi desseo ser sorprendida in fraganti por alguno de mis amigos para tener al menos algo que discutir. Dicho así, parecería que mis textos no son más que reclamos de atención o actos fallidos freudianos, pero no… la sensación que me recorre al escribirlos no es precisamente la de aquel que manifiesta una tendencia inconsciente a la confesión pública y no del todo voluntaria de los pecados.
Sin embargo, si algún día me diera por publicar todo esto y no quisiera que mi madre estuviese al tanto de ciertas facetas de mi vida, me vería obligada a transformar, camuflar e incluso recortar mis palabras, o a ocultarle a ella la existencia de dicha publicación. La primera opción, me parece una ofensa a mi libertad de expresión; la segunda, se me antoja un insulto a la inteligencia de mi madre. No obstante, también soy consciente del efecto que ciertas confesiones podrían producir sobre su estado emocional, y eso me preocupa.
Teniendo en cuenta que están al corriente de la existencia de mi blog casi todas las personas de las que hablo en mis textos, el hecho de que todavía me dirijan la palabra sugiere dos razones: o bien mi blog les interesa una mierda y no han entrado más que una vez hace ya varios meses, o bien su capacidad de comprensión supera todas y cada una de mis prejuiciosas expectativas de megalómana. Me inclino más por pensar que es la primera, y no la segunda, la razón de que hasta el día de hoy me haya venido librando de la lapidación, por parte de aquellos que me quieren o que fingen hacerlo al menos.
Pienso en mi producción poética hasta la fecha (porque considero que lo que hago es poesía) y no puedo evitar imaginar dos versiones de la misma: la censurada u oficial y la íntegra, que según el caso podría ser póstuma o subterránea a secas. Me cuesta imaginar qué clase de interés podría albergar la versión corrompida, exceptuando quizá el del análisis psicológico de los temores y vergüenzas que me afligen hasta el punto de hacer que mutile a mi primogénito.
Por otra parte, lo de la publicación póstuma no me hace ni pizca de gracia. Como todo joven perfectamente posmoderno y cool, soy lo suficientemente avariciosa y frívola como para que lo de triunfar en vida y disfrutar de las riquezas generadas continúe ejerciendo sobre mí poderoso e irresistible magnetismo.

sábado, 24 de enero de 2009


Ayer estuvimos en casa de unos amigos que se acaban de ir a vivir juntos. A la fiesta acudió también nuestro amigo Alfredo, que vive en pareja desde hace cosa de un año, y nuestro amigo Carlos, que nos comunicó sus planes de boda para el próximo septiembre. No sé si es cosa mía, pero el hecho de que la mayor parte de nuestros amigos vivan con sus respectivas y de que incluso uno de ellos vaya a casarse en menos de un año, me hace sentirme mayor y un poco preocupada. Aunque es evidente que las cosas dejaron de ser lo que eran hace ya bastante tiempo, y que si no he caído antes en la cuenta ha sido por ceguera voluntaria y paliativa, he de confesar que no me hace ninguna gracia toparme de golpe con la versión adulta de aquellos muchachos que bebían kalimotxo tirados en parques, deseosos de dominar el mundo y sin saber ni por asomo lo que el futuro les deparaba. No voy a empezar a meterme con ellos, ni con sus novias, ni con sus estilos de vida. De lo que estoy hablando es de la experiencia subjetiva del cambio, sobre todo cuando el cambio viene de fuera y es experimentado por terceros. Lo que veo no me gusta, no me gusta en absoluto. ¿Cómo una persona de veintiséis años, que hasta hacía más bien poco soñaba con ser un músico famoso y revolucionar el mundo del arte, se compra una casa de protección oficial en el culo del mundo junto a una sosainas vulgar y sin conversación, que en toda la noche no se toma una sola copa y apenas hace otra cosa que asentir estúpidamente? Y nos hablan de embrollos vecinales, y se besan y sonríen cómplices cuando alguien les dice lo bonita que es la casa o lo guay que es el que se hayan independizado. Y entonces va Carlos, se levanta del sofá y afirma tener algo importante que anunciar. Se casa con Elena en septiembre. Ya lo sabíamos todos, esa es la verdad, pero supongo que en el fondo conservábamos la esperanza de que recapacitara y huyera de la vera de esa arpía acomplejada con la que vive, antes de que fuese demasiado tarde y ésta le hubiera cortado las pelotas. Pero no huyó, y ahí le tenemos, defendiendo la existencia de Dios y la candidatura de McCain. No conforme con castrarle para los restos, le ha convertido al catolicismo. Qué bonito. Igual de bonito que su empleo en Leroy Merlin, y que su impulso juvenil de ponerse de repente a estudiar a distancia Filología hispánica. Me pregunto cuántos hijos llegarán a tener. ¿Catorce? ¿Veinticinco? En fin… y yo que había dicho que no iba a meterme con ellos ni con sus motivos. ¡Bah! A la mierda los buenos propósitos. Todavía me queda Alfredo y ahora que he empezado no voy a parar. Alfredo… mi querido Alfredo. Nos saliste rana, muchacho, nos saliste pez. Has querido ser tantas cosas, has empezado tantísimos proyectos, has soñado con tan vertiginosas cumbres… ¿y todo para qué? Para acabar viviendo con una mujer que te tuvieron que presentar dos veces, porque aunque incluso te habías enrollado con ella en una ocasión, la indiferencia que te había causado era grande hasta el punto de hacerte olvidar su rostro. Para eso y para refugiarte en la ciencia ficción, el frikismo y el mundo de la cultura a falta de (ya que eres pez, y pez político además) un par de buenas agallas que permitan que seas tú mismo el que genere arte o el que inicie revoluciones. Háblame de cómics, háblame de los muñecos articulados que te compras, háblame de Chuck Palahniuk y de su literatura grotesca mientras me miras las tetas y oteas el móvil de reojo por si Paula llama. Cuéntame que has estado en Florencia y que has visto museos, cuéntame que has viajado a Berlín y que has ido a una exposición sobre el holocausto. Eso sí, no me cuentes nada de tu vida, de tu vida íntima y secreta, de esa que sólo tú conoces y que serías incapaz de admitir ante nadie que no fueras tú mismo, y ni por esas. No me hables de tu frustración, no me hables de tu complejo de héroe cobarde. De eso no, no vaya a ser que tu mundo perfecto y estéril se tambalee y se nos caiga sobre la crisma en una noche tan especial como ésta, en que de nuevo estamos todos reunidos.

jueves, 22 de enero de 2009

TOC- TOC, ¿quién es?


Siempre he querido pertenecer a otra época anterior a esta a la que pertenezco, por pensar quizá que en la actual se dan condiciones en extremo desfavorecedoras para la creación y el disfrute de la vida. Aunque soy consciente de hasta qué punto es inocente este pensamiento, cada día me descubro desseando teleportarme a través de las décadas. Cuando tenía dieciséis ya me ocurría, y creo que puedo asegurar sin riesgo a equivocarme que desde entonces, y para mis adentros, me he venido considerando más una francesa decimonónica que la europea contemporánea que para bien o para mal soy en realidad.
Cuando era muy pequeña (unos tres o cuatro años), tendía a preocuparme por cosas francamente absurdas. En cierta ocasión a mi madre, que lucía una media melena, le dio por cortarse el pelo, y yo, no sé muy bien por qué, comencé a pensar que se había hecho drogadicta. Esta creencia me hacía sentirme inmensamente culpable, y como no me atrevía a consultarlo con ella para salir de dudas, lo que hacía para disminuir mi ansiedad era autocastigarme sin jugar en la guardería. Otro ejemplo de obsesión absurda, es la manía que me entró con comerme las hojas que se caían de los árboles, el papel higiénico y las joyas de oro. Recuerdo con nitidez haberme escapado corriendo al cuarto de baño, a escondidas de mi madre, para engullir el papel por metros y con ayuda de agua, y también el haber ingerido sin atragantarme la cadenita dorada de un monedero y la práctica totalidad de los pendientes que encontré por casa. La razón de tan extraños hábitos gastronómicos, la desconozco por completo. Si sé que más adelante, y en lo que no eran más que los albores de un flamante trastorno obsesivo- compulsivo de la personalidad que alcanzaría su cenit al yo cumplir catorce años, solía meterme en la boca cosas asquerosas con la finalidad de evitar males imaginarios mayores. Un ejemplo del tipo de razonamiento que realizaba es el siguiente: si me meto en la boca ese chicle masticado que he encontrado pegado bajo la mesa y lo mantengo dentro diez segundos, mi madre no morirá de cáncer. A cambio, luego me pasaba una semana obsesionada con el hecho de que a lo mejor era yo la que moría a causa del chicle. Para librarme de la ansiedad de mi propia muerte, le confesaba a mi madre que había masticado un chicle usado obviando la razón que me había impulsado a hacerlo. Sé que suena un poco rebuscado, pero así eran mis procesos mentales. Utilizaba rituales sin sentido lógico para quitarme la ansiedad que mis pensamientos recurrentes acerca de la muerte me ocasionaban, y lo hacía con tal discreción que hasta los catorce ni mi madre ni mis profesores fueron capaces de percibir problema alguno. A los catorce, y debido al acoso y derribo al que fui sometida por parte de mis compañeras de clase por el mero hecho de ser más lista y más guapa que ellas (las cosas como son), la cantidad de rituales que me veía obligada a realizar para aplacar mi ansiedad era tan ingente que sólo en acostarme tardaba una hora y media. Además, de manera progresiva e insidiosa, dichos rituales fueron creciendo en extravagancia y menguando en discreción. El que acabó con la última dosis de paciencia que le quedaba a mi madre (hasta la coronilla de ver a su hija tocando objetos en secuencias complicadas y pasándose tenedores por encima de la cabeza), fue uno consistente en agarrar con las manos mojadas, a la entrada y a la salida de la ducha, un grupo de cables sueltos que daba pequeñas descargas. Como al pie de los cables siempre aparecía un charco delator y mi madre, por decirlo de algún modo, había comenzado a intuir lo mucho que podía llegar a extralimitarme en el cumplimiento de mis manías, como ella las llamaba, tapó la eléctrica y peligrosa tentación con un azulejo y a continuación amenazó con llevarme a un psicólogo. Alarmada ante la idea y profundamente fastidiada por todo el tiempo que perdía en hacer el tonto (llegué a no poder leer porque me obligaba a hacerlo en voz alta y, cada vez que me equivocaba en una letra o me saltaba una línea, tenía que empezar desde el principio del libro), decidí moderarme un poco y buscar soluciones alternativas. Así surgió mi ley de las compensaciones, que enunciaré aun a riesgo de no ser comprendida en absoluto:
1º. Una mala acción se compensa con dos buenas acciones.
2º. Una buena acción se compensa con otra mala acción.
2º. Una acción neutral se compensa con dos buenas o con dos malas acciones, pero nunca con una de cada.
Así, cuando un ritual me resultaba demasiado largo o molesto, o las condiciones del entorno no eran las más adecuadas para llevarlo a cabo, apuntaba mentalmente la omisión y aplicaba las leyes de la compensación en otro momento que me fuera más propicio. Supongo que el mero hecho de transgredir, siquiera limitándome a una ley de mi invención, la aplicación rigurosa e inflexible de los rituales, influyó positivamente en mi estado mental. El caso es que entre los catorce y los veinticuatro, exceptuando ligeras recaídas ocasionadas por algún estresor determinado (enamoramiento, exámenes y similares), podría decirse que mis rituales han ido decreciendo en número y frecuencia hasta casi desaparecer, y que de hecho, si no desaparecieron antes fue porque en el fondo me sentía una privilegiada por padecerlos. Sobre todo a raíz del visionado de esa película magistral y divertidísima que es Mejor Imposible, comencé a sentirme verdaderamente orgullosa de mi trastorno. Y como el orgullo lleva a la exageración y la exageración conduce a la cronificación, el dichoso TOC permaneció junto a mí más tiempo del que por derecho le correspondía. Por lo demás, ahora que no lo padezco, he de confesar que por efecto secundario me he vuelto una persona más descuidada, perezosa y angustiada. ¿Que por qué angustiada? Porque aunque ya no realizo los rituales físicos, las obsesiones de muerte y mal augurio continúan cortocircuitando con mis pensamientos a diario, y con mayor frecuencia que la requerida para la configuración de un ser humano interesante. En fin... ¿qué más da?

A modo de título, me he decantado por un juego de palabras entre las siglas del trastorno obsesivo- compulsivo (TOC, para los amigos) y el sonido de la onomatopeya correspondiente. Al fin y al cabo, dudo que haya cosas más compulsivas que el efecto sonoro de unos nudillos sobre el tablero de madera de una puerta. ¡Sinestesia servida!

Y como postdata, hoy que me encuentro generosa y necesitada de atenciones, una parodia estadística sobre el TOC y su aplicación solidaria correspondiente que se me ocurrió hace un par de años en la facultad:

“La estadística nunca ha sido de fiar.
En una ocasión se me ocurrió una teoría que, si bien no llega a derrumbar las leyes porcentuales de la probabilidad, sí consigue al menos sublimarlas -o vulgarizarlas, según el nivel de misticismo de cada cual- en supersticiones aplicadas.
Estaba yo con mi falda de gitana y mi pulsera de cascabeles haciendo la fotosíntesis al sol de Somosaguas, cuando de repente vi pasar un avión escoltado por la habitual estela blanca y como de espuma de nube. Y pensé para mis adentros (todo hay que decirlo, henchidos en sí de gozo y vodka con naranja): ya sería mala pata que ese avión se estrellara, habiéndolo yo pensado antes y pudiendo haber dado una alerta premonitoria a la atención al cliente majara del aeropuerto de Barajas.
Como todo el mundo sabe, la probabilidad conjunta de dos hechos es siempre menor a la de uno solo. Es decir, que la probabilidad de que una mujer haya, además de nacido en los 60, militado en el movimiento y/o parálisis hippy, es mucho menor que la probabilidad de que haya nacido en los 60 a secas o que la de que a secas haya militado con los melenudos.
Según esta teoría, pensar de un avión concreto que se va a estrellar disminuye la probabilidad de que se estrelle al lastrar dicha probabilidad con el hecho anexo (oséase, conjunto) de haberlo pensado (suponiendo que un pensamiento no deje de ser un hecho, claro).
Esto, para los pobrecillos que padecen un TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo –del que yo ya tuve a bien librarme parcialmente a los 16 años), es una revolución de la ciencia: sus rituales tendrían un sentido muy concreto, porque según la ley de la probabilidad no serían arbitrarios. Imaginaos las campañas de concienciación del gobierno:

¿TE GUSTARÍA HABER EVITADO EL HUNDIMIENTO DEL TITANIC?
¡PUES HABERLO PENSADO, COÑO!
AHORA... TÚ TAMBIÉN PUEDES COLABORAR.
¡¡¡PIENSA EN NEGATIVO!!!

Así que seamos los sanadores de la matemática y dediquémonos a salvar aviones y a lo que se nos ocurra. O a no hacerlo, ¡y que vivan la sociopatía y las catástrofes controladoras de natalidad!”

miércoles, 21 de enero de 2009

Intimidades brutas


Mi mente es en estos momentos una mezcolanza infame de paranoia, caos y compulsividad. Mi estabilidad se ha resquebrajado ante la amenaza de una partida y los temores a que ésta da lugar. Toda una vida intentando demostrar a los demás que soy una chica valiente, y cuando llega el momento de serlo realmente y sin necesidad de demostrar cosa alguna, me acobardo y me protejo tras la máscara de la ira y de la indignación. Y todo esto, sin lograr sentirme siquiera lo suficientemente indignada como para creerme lo que yo misma alego en mi defensa. Si al menos lograra ponerme de acuerdo con mis sentimientos y mostrarme en discrepancia real con la partida de Chechu, siendo el odio la única emoción que me embargara, podría quizá limitarme a no responder a sus llamadas y a llevar a cabo una venganza sexual. Pero como además de odio siento otras cosas de cariz diferente, no contestar al teléfono me resulta imposible porque constantemente estoy pendiente de si suena, y lo único que una venganza sexual podría aportarme sería el sentirme como una mierda ante él y ante mí misma.
Por otra parte, por mucha comprensión y tolerancia que logre encontrar en mi interior, sé que voy a ser incapaz de soportar la idea de que viva en Barcelona. Lo aceptaría de mala gana si viviera en cualquier otra ciudad, pero en esa en concreto me resulta intolerable. No puedo, no puedo y no puedo. No a ese lugar que eliminaría del mapa, no a ese reducto que tanto se me ha resistido a lo largo de los años. Sé que es catastrófico para mí, y sé que lo será para nuestra relación. Es como penetrar en el territorio de los brujos, en el único rincón del mundo en que la magia negra funciona en mi contra. Sé que es una cobardía, un infantilismo, un trastorno mental, ¿pero y qué? Toda mi vida he oscilado a lo loco entre diferentes enfermedades de la mente que han ido dejando su granito de arena en lo que se supone es la conformación de mi personalidad, y ahora quizá me toque cagarme de miedo ante la posibilidad de ser abandonada por otra persona, por otra ciudad. Y hay algo en mí que me dice que así será, y ese pensamiento me destroza más que cualquier otra cosa en este mundo. Me siento unida a ese hombre por lazos más fuertes que mi propia voluntad de mandarlo todo a la mierda y precipitarme de una vez al lago de cocodrilos que se me antoja la independencia. Me siento unida por lazos más fuertes que los que me atan a mi madre y al miedo obsesivo y debilitador a las enfermedades y a la muerte. No sé cómo afrontar el que un día ya no esté, y eso me hace sentir débil y expuesta ante mí misma. No sé como perdonarle el que su arte y sus ansias de libertad superen su desseo de permanecer junto a mí. Y me doy cuenta del núcleo egoísta, absorbente y convencional que oculta esta aseveración, me doy cuenta de que con mi actitud le estoy poniendo entre la espada y la pared (que por cierto es una de las cosas que no soporto que hagan conmigo). Pero mi terror, mis celos y mi hambre son más grandes, mucho más grandes que mi justicia. Trato de no chantajear emocionalmente, pero cuanto más intenso es mi esfuerzo más ganas me entran de amenazar con suicidarme o incluso de montar un paripé en el que finja que efectivamente me suicido. Pero con él no funcionan esos trucos y además yo me siento ridícula utilizándolos, así que sólo grito y me hago la inaccesible en un espectáculo paradójico de lágrimas y desgarros que tampoco sirven para conmoverle. Para fastidiarle, irritarle o incluso hacerle gracia sí, pero no para conmoverle. Me he dado cuenta de que me siento desamparada y vulnerable (lo cual es mucho más de lo que estoy dispuesta a reconocer) y me remuevo como una víbora fraguando para mis adentros vendetas que me siento incapaz de llevar a cabo en el estado emocional en que me encuentro.
Quizá debería limitarme a recordarme a mí misma que le quiero muy por encima de lo que haga, y que todo lo que vaya más allá de eso es puro orgullo y egocentrismo infantil. Pero en el fondo siempre he tenido una tendencia a subyugar a los hombres con los que he estado, quizá heredada y aprendida del odio y de la desconfianza que siente mi madre hacia el género masculino, y soy incapaz de tratar al hombre de mi vida como si no me debiera algo, como si fuera un igual. Eso es, me he dado cuenta de que soy incapaz de mantener una relación de igualdad. Lo que en mí parece fortaleza y desconsideración, lo único que oculta es un odio y un rencor inmenso hacia el género opuesto. De hecho, hoy me he asustado de mis propias emociones al leer un fragmento de Las Amistades Peligrosas, de Choderlos de Laclos, en el que la duquesa de Merteuil afirma lo siguiente: "sé que he nacido para dominar vuestro género y vengar el mío". En lugar de sentirme escandalizada y asqueada ante el feminismo evidente de la aseveración, se ha despertado en mi corazoncito una excitación perversa y como felina. Me he percibido excitada y reconfortada ante la lectura de la frase, y no ha sido hasta unos instantes después en que me repugnado a mí misma. Yo, que tanto he odiado el feminismo y que tantos sapos y culebras he arrojado en contra de las lesbianas militantes pro- mujer, pro- regla y pro- aborto, no tanto por estar en contra de ninguno de esos términos como por odiar la debilidad y el sentimiento de inferioridad con respecto al hombre que subyace a la declamación obsesiva de los mismos, me encuentro en mis fueros internos de golpe y porrazo con una emoción equivalente y aun más trastornada e imperdonable si cabe. Mi feminismo no es el de la lesbiana militante que por temor al hombre vuelca su desseo en la mujer, sino el de la femme fatale que por los mismos motivos se dedica a coleccionarlos y a competir con ellos en un intento desesperado por que la quieran sin condiciones y a pesar de la falta de comunicación evidente.
Darse cuenta de esto, por razones obvias, es harto descorazonador. Si bien había admirado en secreto el prototipo cinematográfico (blanco y negro) y literario (ruso y argentino) de hembra castigadora y poderosa, haber caído en la cuenta de la falta de autoestima subyacente a este rol me sume en una indefensión y un ridículo difícil de transcribir con elegancia. Creo que tengo problemas psicológicos reales, además de una serie de tendencias extravagantes que he integrado a fuerza de querer parecerme a algo contrario a lo que soy, o creo que soy. No voy a fustigarme por este motivo, pero el reinado de la diosa ha concluido y en su lugar no quedan más que rescoldos de los cuales (espero) aprender a aprender algo.
Tengo un estado mental similar al de la histérica millonaria adicta a los diazepanes y a su imagen sobre el espejo, y una voluntad pareja a la del enfermo terminal de cáncer ateo que ve aproximarse el final y no encuentra más que vacío al que aferrar su esperanza. Sé que soy voluble y que probablemente encuentre mañana alguna razón por la cual levantarme, pero acostumbrada a desarrollarme en el límite del corto plazo me resulta complicado no desesperarme. Sólo por haber escrito esto me encuentro mejor, menos estúpida, pero cuando el alcohol comience a hacer efecto y la oscuridad me abrume con su presencia quién sabe dónde quedará este ridículo y vencido consuelo.

miércoles, 14 de enero de 2009

Bravuconadas


A los doce tenía un carácter bravucón, eso es indudable. Desacostumbrada como estaba a captar la atención del sexo opuesto explotando unas cualidades físicas que hasta hacía un año escaso habían sido, si no inexistentes, sí lo bastante atenuadas y poco llamativas como para que me viera obligada a buscar maneras más eficaces de proclamarme poderosa, lo que a esa edad hacía para enamorar a todos cuantos me rodeaban era aceptar cualquier tipo de desafío que se me propusiera. Si mi físico no hubiera acompañado dicha bravuconería, mis manifestaciones habrían sido tomadas por las de un chicazo en lugar de por las de una muchacha desseable, pero a esa edad ya era consciente de mi belleza emergente y me aprovechaba de ella todo cuanto podía. Quiero decir que las más de las veces la aceptación de los retos, cualesquiera que éstos fuesen, procedía más de una pose que de una auténtica necesidad de superación personal. Supongo que cualquier adulto mínimamente avezado podría haberse dado cuenta de cuáles eran mis verdaderas motivaciones, pero el entorno de niños y adolescentes en el cual desarrollaba mis incipientes jueguecitos de poder no estaba lo suficientemente maduro como para llegar a conclusiones susceptibles de restar mérito alguno a mi valentía. Cuando hablo de "retos" me refiero a un abanico amplio de situaciones cuya apariencia no tenía por qué corresponderse con lo que habitualmente se entiende por desafiante o retador. La mayor parte de las ocasiones era yo la que me extralimitaba con la intención de demostrarme a mí misma y al entorno no sé muy bien qué. Lo fuerte que era, quizá, o lo poco que en común tenía con la debilidad propia de mi género. Tenía por imperativo no llorar nunca en respuesta al dolor físico, y como a los doce y siendo bella pocas son las razones psicológicas que pueden llevarte a derramar una sola lágrima, puedo decir sin riesgo a equivocarme que pocas fueron las personas que me vieron llorar en el período de edad comprendido entre los doce y los dieciocho años. A los dieciocho se abrió el dique para ya nunca más volver a cerrarse, pero esa es otra historia y en otra ocasión debe ser contada.A los doce, y por pura cabezonería, fui capaz de levantar en vilo (al estilo princesita, con un brazo por debajo de la espalda y el otro bajo la curvatura de las rodillas) a personas que cuadruplicaban mi peso. También fui capaz de comerme una babosa de color negro y un caballito del diablo que había instalado su hipnótica tela en la esquina superior izquierda del garaje de Fernando. Fui capaz de esconderme, para que no me cazaran jugando al escondite y sin siquiera exhalar un simple ¡ay!, en un matojo de espinos que tapizó mi piel con un entramado sangrante de arañazos y punciones rojas del cual todavía conservo alguna cicatriz mínima. Sobreviví al desafío de ver quién era el que podía soportar más puñetazos en el estómago sin caer al suelo y sin pedir clemencia, y vencí. Y no porque no me dolieran o porque mi estómago fuera de hierro fundido, sino porque a los doce contaba con una fuerza de voluntad del todo irresponsable que ahora, con todos los miedos atávicos y aprendidos que me afligen, echo de menos hasta límites insospechados.

De todas las bravuconadas que perpetré en períodos estivales, recuerdo una con especial devoción. Aconteció a los doce y con motivo del cumpleaños del que se suponía era mi noviete de por aquel entonces: Iván. Aunque tenía la misma edad que Fernando, parecía cuatro años más pequeño. Yo le había correspondido no tanto porque me gustara como porque era el primer chico que se había interesado por mí hasta el punto de demostrarlo y, por tanto, había conseguido hacerme sentir inmensamente halagada. Su cumpleaños, como el de tantas otras personas que habrían de jugar un papel relevante en mi vida, caía en agosto (parece que el signo de Leo está abocado a atraerme sin remedio que valga). Entre los invitados a la fiesta se encontraban Fernando y Olalla, que en aquella ocasión contaban dieciséis y nueve años respectivamente. Por aquel entonces, mi relación con Fernando había empezado a proliferar. Ateniéndome a sus palabras (porque yo no lo recuerdo), parece ser que comenzó a enamorarse de mí cierta mañana lluviosa en que penetré sin permiso en su garaje y, con una falta de prejuicios del todo desprovista de vergüenza y artificiosidad, le relaté en un pis- pas mis teorías acerca de las que se suponía eran las tribus urbanas del momento: pijos, góticos, punkies, rappers, hippies, skaters, heavies y modernos. Cuando llegamos a casa de Iván, su madre había preparado una fiesta esmerada: mesas repletas de gominolas y refrigerios en el salón, juegos de mesa repartidos por todo el apartamento, una piscina hinchable apostada en la azotea que habría hecho mis delicias de haberme llevado el bañador. Pero como no me lo llevé y los bikinis de la madre de Iván me caían excesivamente holgados, decidí quedarme con Fernando sentada en la terraza. Y ahí es donde entra en juego la bravuconada de la que he hablado antes. Sobre la mesa de vidrio se alzaban, retadoras, dos botellas verde esmeralda de Sprite. Y yo, que nunca he tolerado bien el aburrimiento y que además, desde muy pequeña, he manifestado un gusto insano por la lima- limón, no tardé en proferir lo siguiente:
- ¿Cuánto te apuestas a que soy capaz de beberme de seguido varios vasos de eso?
Y Fernando, que (supongo) no tenía por objeto más que impresionarme, me respondió lo siguiente:
- Ni de coña te bebes más vasos que yo, guapita de cara.
- ¡Ja! ¡Que te lo crees tú!
En apenas unos minutos, me ventilé de golpe y sin respirar dos litros y pico de Sprite. Fernando renunció uno o dos vasos antes que yo, que con los ojos anegados en lágrimas y con una tiritona de campeonato, aún pude encontrar las fuerzas necesarias para proclamar a los cuatro vientos mi victoria:
- ¡Has perdido, pelirrojo!
- Bueno, guapita de cara, creo que lo podríamos dejar en tablas.
- ¡Sí, hombre! Pues sigue bebiendo, entonces.
- En fin... tú ganas. Creo que me bebo un vaso más y vomito.
El resto del cumpleaños me lo pasé haciendo acopio de sudaderas con la intención de calmar un poco los temblores que tan ingente cantidad de líquidos había provocado en mi frágil cuerpecito.
La vuelta al Géminis la hicimos en el coche de la madre de Iván. Como el coche en cuestión era demasiado pequeño para el número de niños que habíamos sido invitados, tuve que acomodar mis inquietas posaderas sobre el regazo de Fernando mientras Iván, sentado a nuestra derecha, nos lanzaba miradas de fastidio y desconfianza. De tanto como había bebido no podía más que moverme de un lado a otro y botar sobre las piernas de Fernando en un intento por apaciguar las ganas insoportables de hacer pis que me atormentaban. Recuerdo las manos de Fernando aferrándome sutilmente por las caderas y el nacimiento de un ardor desconocido en lo más profundo de mi vientre. De mi interés por Iván, apenas quedaba una leve reminiscencia cuando su madre aparcó junto al Géminis y nos lanzamos como fieras hacia nuestros hogares respectivos para cenar cuanto antes y salir a la noche.

Tras echar una carrera de lado a lado del campito para ver quién sería el desafortunado al que le tocaría buscar en primer lugar, recuerdo que corrí a ocultarme tras unos arbustos, a una distancia prudencial del árbol que hacía las veces de "casa" y cuyo tronco debíamos tocar para salvarnos y librarnos de ser los buscadores en la siguiente ronda. Agazapada en el suelo y escudriñando a través del ramaje, comprobé con no poco fastidio que Iván había descubierto mi escondite y se aproximaba dispuesto a compartirlo. Cuando llegó adonde yo estaba, se arrodilló junto a mí y me preguntó a media voz:
- ¿Quieres que te enseñe a jugar al Tropicayo?
- Mmmmm... ¡vale!
- ¿Y qué versión prefieres que te enseñe, la literal o la figurada?
- Pues creo que la figurada.
- Es que esa no me la sé.
- Pues entonces la literal. No sé ni para qué preguntas.
- ¿Estás segura?
- Sí, creo que sí.
Y entonces, lanzándose hacia mis labios como una serpiente de cascabel, me soltó un pico con tanta fuerza que perdí el equilibrio y aterricé de culo sobre la yerba húmeda. A continuación se levantó y, sin añadir cosa alguna, salió corriendo hacia el edificio. Creo que no volvimos a dirigirnos la palabra en todo el verano.

Esa misma noche, después de que los demás se hubieron marchado a casa, Fernando y yo nos quedamos hablando un rato en el portal.
- Dime una cosa, guapita de cara, ¿a ti te gusta Iván?
- Sí, creo que sí.
- Pues si te gusta, hazme caso: no le besses.
- ¿Y qué sentido tiene eso?
- Tú hazme caso. No le besses.
- ¿Crees que si le doy un besso perderá el interés por mí?
- Tú no le besses, hazme el favor.
Lo que Fernando quizá no sepa es que fue a él al que estuve a punto de bessar esa noche, en aquel portal en penumbra y, no digo que no, quizá exaltada por el brevísimo contacto pseudosexual que había experimentado entre arbustos pocas horas antes, con esa mezcla indistinguible de complacencia y disgusto motivada a partes iguales por la curiosidad y el sentimiento de culpa.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Transmetropolitan


Hoy, la genia encantacanes del parque ha alzado por encima de su cabeza a un perrillo de tamaño mediano, y ha comenzado a bessarlo y a zarandearlo deshecha en carcajadas mientras el perro, cual si fuera un bebé, la correspondía con un sonido en extremo parecido al de la risa humana. El motivo de que la escena me haya hecho tanta gracia, no habiendo podido evitar partirme el culo sin demasiada discreción, es que en torno a la extravagante mujercilla permanecían en corro los dueños de los perros del parque, dudando entre mirarla atónitos y entre seguir, haciendo como que nada pasaba, con sus conversaciones banales de treintañeros. La verdad es que gracias a que ciertos individuos, entre los que se cuenta la mujercilla del parque, no sepan ni por asomo lo que es la vergüenza, puedo disfrutar gratis y sin necesidad de ir al cine de auténticas secuencias de comedia.
Esta tarde he estado a punto de golpear a mi jefa. ¡Qué agobio de mujer, por Dios! Y no porque sea muy pesada, o porque se dedique en exclusividad a putearme, sino porque no soporto lo en serio que se toma su trabajo. ¿Cómo alguien puede tomarse en serio nada que tenga que ver con el funcionamiento de un chat sobre Gran Hermano? ¡Gran Hermano, por Dios! Yo, como moderadora del chat, estoy desseando que llegue un terremoto y se lleve por delante a todos los habitantes de la casa; pero mi jefa no, qué va. Sus 80 kilos de peso se estremecen de fastidio y terror cada vez que la jodida franja desaparece. ¡Apúntame la hora a la que se ha ido! ¡Apúntame la hora a la que ha vuelto! ¡Coño, pero si las putas franjas son como el Guadiana, y más con la pandilla de técnicos incompetentes o desmotivados de las que dependen! Pero en la oficina andan todos como locos... ¡y que si venga a llamar a los técnicos! ¡Y que si venga a mover el chat! ¡Y que si cuidado con lo que publicamos! Porque esa es otra, claro: el nivel de censura que debemos aplicar a los sms que recibimos es el de un franquismo moderado. La moderación, en este caso, se refiere a una serie de correctismos políticos que muy poco tienen que ver con la libertad de expresión, a saber: la homosexualidad es guay además de gay, maltrato es una palabra muy seria y España no es racista. Todo esto lo impone una cadena que decide introducir en la casa, como concursantes y en honor a Tod Browning, a una enana, a una negra, y a un chaval que dice que no es gay pero que tiene más pluma que mi edredón nórdico. ¡Hay que joderse! A la enana, que no es más mala y más puta porque no es más alta, hay que llamarla "Peke" o "Chiky", pero en ningún caso "enana", "Chuky", "Gollum", "hobbit" [ ojo con llamar hobbit a Almudena aunque a los guionistas del programa se les ocurra vestirla de Santiaguera, con una capa que arrastra un metro tras su espalda y un cayado que la dobla en altura], "mediometro", "mini- yo" o "Willow". ¡Cuidado con las descalificaciones, chicos! En caso de recibir un mensaje ambiguo, como puede ser "el veneno viene en frasco pequeño", el moderador debe tirar de sentido común y decidir si el contenido del mismo es o no publicable bajo las premisas de Telecinco. En el caso de ese mensaje, mi sentido común me susurró al oído lo siguiente: el perfume más caro cumple esa misma condición, así que ¡publica! En el de otros, mi sentido común me aconsejó no publicar y yo confié en su criterio: "Para follarse a la puta enana habría que agarrarla como si fuera un botijo". Un caso especial es aquel en que mi sentido común me aconseja no publicar y yo ignoro sus palabras: "Almudena [la enana] parece una Venus paleolítica" y "Vaya peazo jambas [pies] tiene Almudena. Le pegas un tiro y hay que empujarla pa’ que caiga". Y es que, qué le vamos a hacer, hasta en los ambientes más casposos y chonis se encuentran personas creativas y de talento ante las cuales al moderador no le queda otra que hacer la vista gorda.
En cualquier caso, lo único para lo que me ha servido alistarme en las filas de esta empresa es para contagiarme de un odio malsano hacia Telecinco. Cada vez que pienso en esta cadena acude a mi mente el nombre de Spider Jerusalem (para los que no hayan leído Transmetropolitan, sólo decir que se trata de un periodista inteligente y cabrón que se propone hundir a un senador y -esto es spoiler- lo consigue). Creo que hundir Telecinco podría proporcionarme una dosis en absoluto despreciable de felicidad pasajera y narcisista, esa es la verdad. Puedo entender la hijoputez, e incluso tolerarla, al nivel individual de un buscavidas, de un cazarrecompensas y aun de un kamikaze, pero jamás al nivel corporativo de una empresa de mierda. Y no por una cuestión de moralidad, sino de buen gusto. Hasta para vivir, casi en exclusiva, de humillar y extorsionar al ser humano, hay que seguir ciertas directrices estéticas. Y lo cierto, y sin exagerar un solo cabello, es que Telecinco se las salta todas. Para empezar, no permite crítica alguna por parte de los usuarios hacia sus programas o la organización de los mismos. Las palabras aburrido, tongo y montaje son tabú en el chat de GH; informar sobre el precio de los sms está rigurosamente vetado, los mensajes eliminados se cobran igualmente. Y no es que piense que los usuarios de este tipo de chats, o de chats en general, no se merecen que les hagan esto y mucho más, qué va, al contrario: el que todo este colectivo fuera borrado de la faz de la Tierra no haría más que bajar unas micras la media flagrante de la estupidez humana. Mi indignación, como ya he dicho, nada tiene que ver con aspectos morales o filantrópicos, y por mí podían irse todos a la mierda junto con la cadena que tantas emociones les proporciona a diario y a través de múltiples plataformas. Lo que veo como un problema es la mera existencia de Telecinco en el mismo planeta en el que vivo, y no otra cosa, y como además me ha tocado trabajar para ellos como empleada de una subcontrata de cretinismo similar, además de la indignación de base se ha gestado en mí una inquina categórica hacia todo lo que representa la cadena. Con esta explicación pretendo aclarar, por si quedaba alguna duda, mi completo descompromiso para con la causa del ser humano de a pie (que ni pertenece a mi misma especie, ni suscita en mí la más ligera de las empatías).
Esto es lo primero que puedo escribir desde hace más o menos dos semanas. Trabajar me reseca el cerebro y me convierte en un despojo disléxico sin talento alguno para la artesanía literaria. Aquel que dijo que el ser humano es un animal trabajador, debía de estar borracho en el momento de la aseveración. Trabajar, y sobre todo trabajar con buen talante, es una habilidad exclusiva de la plebe. El arte surge de la ociosidad y de la profilaxis con respecto a lo mundano- pragmático. Lo mundano- pragmático obstaculiza el disfrute de lo mundano- estético, que además de inútil por completo es por completo sublime y meritorio. Hacer de lo mundano- estético una razón de ser, o un leit- motiv, debería considerarse ritual iniciático obligatorio para todo ser humano que aspire al arte como forma emblemática de enamorarse de sí mismo, y aun de sus semejantes. La capacidad de compaginar alegremente y sin conflicto alguno arte y trabajo debería ser penada con la guillotina. El individuo emprendedor debería ser guillotinado sin derecho a juicio justo ni demás mariconadas por el estilo. Nadie puede ser emprendedor sin renunciar, por lo bajines, a la indomabilidad inherente a cualquier naturaleza genuina que se precie. Nadie puede denominarse indomable si no decepciona, en uno u otro instante, las esperanzas puestas en él de sus semejantes por consanguinidad. La familia es la principal fuente de conflictos emocionales de cualquiera. Lo que a la familia le parece bien al artista le parece catastrófico (lo cual, mal que nos pese a todos, es un universal). Quien ama a Dios o a sus padres por sobre todas las cosas no se merece, ni de lejos, la denominación de "artista". Quien desprecia a sus padres sin culpabilidad alguna no es un artista, sino un psicópata. El psicópata se diferencia del artista en el nivel de culpabilidad con respecto a la causa que le atañe.

Y tras esta serie de aforismos made in Nietzsche me despido, contenta, hasta la próxima. Que os jodan y que me jodan, hijos de la gran puta: sé que me entendéis.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Got milk?

La trilogía femenina del Géminis la componíamos Olalla, Ruth y yo. Olalla era la gordita, Ruth la cuatro ojos y yo la que ligaba. A Olalla, que era enamoradiza cual polilla encaprichada de la luz, los niños le hacían la vida imposible. Además de llamarla gorda, vaca, ballena y mole, habían inventado un juego consistente en retorcerle las tetillas por encima de la camiseta hasta que ésta, muerta de dolor y de humillación, accedía a enumerar cinco marcas de leche conocidas: Asturiana, Celta, Clesa, Pascual y Puleva. Si se le olvidaba alguna, o las recitaba en un orden diferente al alfabético, se ensañaban con sus incipientes retoños hasta hacerla llorar. Ruth y yo rara vez intercedíamos a su favor y, cuando lo hacíamos, era más por vergüenza que por auténtica indignación. Como niños que éramos cualquier manifestación de la sexualidad constituía en sí misma, por cruel que fuera, un motivo de chanza, y el hecho de que Olalla se revelase como la más indefensa y menos chivata de las tres fue una suerte para nuestras pupilas sedientas de morbosidad y erotismo manifiesto.
Olalla estaba loca por mi primo David, que con sus catorce años recién cumplidos, su tabla de surf y sus camisetas Quicksilver era el prototipo de guaperas al que todas aspiraban para sus adentros. Mi primo no sólo participaba de las crueldades que todos, excepto Fernando, practicaban sobre Olalla con asiduidad, sino que además hacía gala de un ensañamiento y una insistencia inhabituales en un muchacho de su edad. Si los demás ponían como condición para soltarla el que ésta recitara en perfecto orden alfabético la lista de marras, mi primo exigía que además lo hiciera con una determinada entonación. No le bastaba con que pronunciara las marcas quejicosa y entre sollozos: pretendía que las gritara. Y si no lo hacía no se conformaba con retorcerle la carne tierna hasta el chillido, sino que mantenía la presión sobre sus pechos inexistentes hasta que ésta, deshecha en lágrimas, le suplicaba por la virgen que parase de hacer lo que estaba haciendo. Los hematomas que Olalla lucía siempre en sendas tetitas, y que en bañador resaltaban más de lo que la prudencia aconsejaba, fueron un día descubiertos por su padre. Ante el feroz interrogatorio al que éste la sometió, Olalla acabó confesando la procedencia de los moratones y el nombre del responsable. De nada sirvieron las advertencias que la buena de Olalla le hizo a mi primo, disculpándose mil veces por haberle delatado. Al día siguiente, su padre permaneció al acecho en el portal hasta que volvimos de la playa y, sin mediar palabra, estampó a mi primo contra la pared agarrándole del cuello y dejándole suspendido con una sola mano un metro por encima del suelo.
- Como vuelvas a tocar a mi hija te mato, niñato de mierda.
Nunca se me olvidará la cara de Olalla, pidiendo con la mirada el perdón que su boca no osaba pronunciar por temor a las posibles represalias, y subiendo tras su padre las escaleras sin dejar ni por un instante de mirar a David. En la garganta de mi primo, a modo de tatuaje redentivo, quedó marcada durante unos días la silueta cárdena de cinco dedos en jarras que se unían por la parte de la nuca en una especie de broche vengativo y letal. Años después, y añadiendo a esta historia una nueva e interesante dimensión, me enteré por boca de la propia Olalla de que mi primo y ella, todas y cada una de las noches en que permanecimos embebidos en ese juego trepidante y pervertido que era el escondite, se entregaban entre arbustos y amparados por la oscuridad a ese otro juego misterioso y no del todo diferente que había de constituir la materia prima vivencial de nuestros veranos en Valdoviño. Teniendo en cuenta que Olalla tenía nueve años y mi primo catorce el primer estío en que coincidimos todos en conjunción astral e irrepetible, no puedo sino preguntarme qué tendrían esos parajes, además de penumbra, para hacer que el comportamiento romántico que mostramos los que resultamos ser los niños más interesantes de la promoción se manifestara del modo en que lo hizo. Reproduzco a continuación la declaración con que me obsequió una Olalla borracha y mil veces más bella que en la época a la que hace referencia, cierta noche de confesiones y osadías a la luz de la luna que en su debido momento relataré:
- ¿Te acuerdas de lo de las marcas de leche?
- ¡Jajajajaja! ¡Cómo no recordarlo! No te dejaban vivir...
- Eras una cabrona, tía. Nunca hacías nada para impedirlo, pero luego, cuando estábamos a solas, me decías que no me dejara humillar así.
- Bueno, es lo que pensaba... Y además, también yo era una niña.
- Sí. Una niña tres a os mayor que yo.
- Y tres años más pervertida, pues.
- ¡Jajajajaja! Pues... ¿sabes qué?
- ¿Qué, amor?
- Que me estuve enrollando con David desde los nueve a los trece años todas y cada una de las noches.
- ¿¡¡¡¡Quéééééé!!!!?
- Lo que oyes, ¡jajajajajaja!
- Explícame eso.
- Pues que aunque tu primo, delante de los demás, se avergonzaba de mí y se entretenía jodiéndome, cuando jugábamos al escondite me buscaba y se comportaba de manera muuuuy diferente.
- ¡Jajajajaja! ¡Pero qué me dices, vida!
- Lo que oyes. Incluso cuando tenía novia, ya a los diecisiete.
- Vaya tela... Si en el fondo ya sabía yo que no debía interceder entre los dos, ¡jajajajaja!
- Ja. Ja. Qué graciosa.
- Pues, ¿sabes qué? Que me alegro. Me gustaría decir que me lo había imaginado, pero no sería cierto. ¡Jamás pasó por mi cabeza perversión semejante! Pensaba que Fernando y yo nos llevábamos la palma...
- ¡Jajajajaja! Bueno, lo vuestro también se las trae.
- Sí, nena, pero tú tenías nueve años. ¡Nueve! Bueno... algo hay que reconocerle a David: supo ver en la niña repollo que eras a la zorra oculta en tu interior.
- Sí, eso hay que reconocérselo. Otra cosa no.
- Pues no. ¡Avergonzarse de ti! ¿Quieres que le mate?
- ¡Jajajajaja! No, no hace falta. Supongo que es comprensible...
- Comprensible e imperdonable, nena.

La culminación de todo esto aconteció cierto día en que Fernando, Olalla y yo nos encontrábamos en el garaje haciendo de las nuestras (jugando a la consola, peleándonos por qué música poner y puteándonos hasta decir basta). Olalla y yo teníamos por costumbre torturar a Fernando, una por cada lado, comiéndole las orejas hasta volverle loco. Y Fernando, harto de nuestros abusos y de nuestra manía incansable por ponerle a prueba, trató de vengarse invocando la estela de un fantasma pasado al que él, en concreto, jamás había sucumbido. Me lanzó contra el suelo y, retorciéndome las tetas, me dijo:
- Di cinco marcas de leche.
Y yo, que hasta el momento sólo me había acostado con cinco hombres diferentes, respondí:
- Carlos, Keko, Pablo, Andrés y ¡Fernando! ¡Por estricto orden de aparición!
Y él, soltando la presa sobre mi pecho y cayendo sobre mí disuelto en carcajadas, me piropeó:
- ¡Pero qué hija de puta!
Y yo:
- Ya ves, nene... alumna aventajada, como quien dice.

Siempre me ha llamado la atención una cosa: la facilidad que tengo para recrear diálogos. No es que me los invente por completo, pero como cualquier ser humano con dos dedos de frente y cierta tendencia a la fabulación literaria que se precie, es imposible que recuerde con tan precisa exactitud el contenido de conversaciones mantenidas tantos y tantos años atrás. En Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, la infantil protagonista recrimina a su hermana la carencia de interés de la que pecan las novelas que ésta le obliga a leer: "¿cómo puede resultar interesante un libro sin dibujos ni diálogos?". Más que no interesantes, a decir verdad, lo que resultan ser las creaciones literarias carentes de conversaciones es poco ágiles y, por tanto, escasamente adictivas. ¿Cómo engancharse a un libro cuyo único atractivo reside en la visión particular del mundo que su autor pretende vender, en completa ausencia interactiva con otros seres humanos? Véase Pessoa o Nietzsche, dos grandes que aun siéndolo en grado sumo e indiscutible, son a mi entender incapaces de granjearse adeptos sin pretensiones. Cuando se lee a Nietzsche o a Pessoa es complicado evadirse de la carga cultural que cohabita asociada a sus Nombres. Nietzsche es el anticristo, la chulería, el intelecto, el autor que todos presumen de leer pero que muy pocos han leído en realidad ; Pessoa, el filósofo fracasado que a falta de carisma se conforma con una lucidez privilegiada que provoca, en todo aquel que osa aventurarse en su pensamiento, el impulso de abandonarle a cada línea que avanza. Ambos son interesantes, superiores, excelsos... ¿pero qué más? ¿Dónde está la chispa que impulsa a cavar, a profundizar en lo que se dice? ¿Dónde reside la intríngulis inexplicable que hace de una sucesión casi arbitraria de palabras el motor e impulso de una vida que respira paralelamente y en parte ajena a lo manifestado? Para ser requerido hay que explotar la vulgaridad de la intriga, hacer del morbo una filosofía, abrazar la propia humanidad con una falta de ambages del todo rayana en el desinterés. No se puede ser puramente un filósofo, ni pretender despertar pasiones por el simple hecho de ser lúcido y consciente de lo que ocurre. Se debe empatizar con la vulgaridad de lo humano, hacer de la experiencia un prototipo desseable, comprender la propia evolución desde un punto de vista subjetivo y suficientemente sencillo. Ni imparcial, ni extremo, ni en esencia adaptable. Para muestra un botón, que diría mi amigo Alfredo: Dostoievsky. Carece de literatura, carece de voluptuosidad, pero su pensamiento se asemeja a una flor que crece hacia arriba y sin que importe la luminosidad circundante que la respalda. Nabokov: tus formas son envidiables, trascienden lo excelso, pero tu contenido... tu contenido es frívolo y lo sabes. Nada ocurre de la manera en que tú dices que ocurre, los seres humanos que describes jamás podrían sufrir evoluciones semejantes a las que planteas y las situaciones que acuarelas son tan volátiles, tan ficticias, que ni toda la psicología del mundo podría explicar las acciones que en último término parecen ser las que mueven a tus personajes. Quizá te tenga envidia a un nivel formal, y esté además influenciada por el criterio implacable y en ocasiones errado con que juzga mi amor a cada escritor que pasa por sus crispadas manos. Pero una cosa tienes que reconocerme: Ada y Van no pertenecen a este mundo y, por tanto, sus personalidades respectivas carecen de interés desde un punto de vista psicológico. Lolita ya es otra historia, claro, pero como la escribiste por encargo y a partir de un manuscrito que te entregaron, o que encontraste (esto no sé si es verdad o me lo he imaginado, pero entre fantasmas no vamos andar pisándonos la sábana, ¿no?), me veo en la obligación de recriminarte no sé muy bien qué. ¡Arggggggl! Creo que era Hemingway el que escribía de pie con la idea de cansarse pronto y no decir demasiadas tonterías, y quizá debiera yo, tras haber releído el último párrafo del texto presente, plantearme hacer algo semejante. ¡Vaya sarta de gilipolleces! Hale, hasta otra. Que os jodan a todos, escritores vivos y muertos. Si existe un más allá, lo menos que podríais hacer es dignaros a apareceros a personas que, como yo, toleran mal el aburrimiento cotidiano y la estupidez generalizada entre sus semejantes. ¿Qué coño hacéis en el paraíso, o en el infierno? ¿A qué cojones dedicáis vuestra no- existencia? ¿Continuáis escribiendo, o la palabra no tiene ya ningún valor en el lugar en que os encontráis, quiero pensar que a regañadientes, disfrutando de la vida eterna? ¿De qué manera puede un mortal desesperado contactar con cualquiera de vosotros? ¿Ayudaría una ouija, una médium, un voto de silencio? ¿Qué ha sido de ti, Miller? ¿Todavía sueltas sapos por la boca, o las plegarias y el ohm te mantienen demasiado entretenido como para preocuparte de embellecer exabruptos y vomitonas existenciales? ¿Y tú, Anaïs? ¿Continúas siendo tan puta en el cielo como en la tierra, o el tránsito acongojado al más allá ha hecho de ti una señorita apta para el casamiento? ¿Qué tal están Justine y María Magdalena? ¿Os celáis las unas de las otras, o en el Paraíso sólo es posible la solidaridad femenina? ¿Qué tal folla Cristo? ¿Te hace ver las estrellas? ¿Echas de menos la posibilidad de la seducción? ¿La felicidad plena te ha transformado en una escritora de folletines? ¿Es por eso por lo que no te me apareces, porque te da vergüenza lo que de ti pudiera pensar?

¡Durrell, sosainas, bello anciano! ¡Y pensar que de una persona como tú muy bien podría yo haberme enamorado! ¿Se parece el cielo a Alejandría, o a Grecia? ¿Huele a incienso, o a aceite de oliva? ¿Sostienes trifulcas con Henry a favor de una u otra posibilidad? ¿Por qué no me haces una señal? Házmela, por favor, me apetece conocerte de verdad. Perdona por lo de bello anciano, pero es que de puro contemplativo llegas a dar asco a veces. ¿En serio llegaste a perder la virginidad? No, ¿verdad? Si ya lo sabía yo... ¡pues mejor, mejor! Resérvame el honor, si consigues resistir hasta que la palme la tentación que sin duda supondrán Anaïs y esa protagonista tuya tan pendón e irresistible que te sigue a mala sombra a todas partes. Nunca he desvirgado a un indio y, entre tú y Kipling, la elección está más que clara (no me gustan ni los calvos, ni los bigotes de colono). Y es que eso de que el escritor pudiera encontrarse en el cielo con sus propios personajes sería un puntazo de órdago, una revelación de escándalo, un premio divino. ¿Qué tal llevaría Raskolnikov la convivencia con matusalenes de la talla de Walt Whitman? Y el acomplejado de Lovecraft, ¿sacaría algo en limpio de cohabitar cara a cara con los Profundos? ¿Un mayor asco a la humanidad, quizá? ¿Una terapia antifóbica basada en la exposición al estímulo problemático?

Stephen King: sé que no estás muerto, pero tarde o temprano lo estarás y no quiero ni imaginarme lo que resultará de un tête à tête con Carrie. Se las hiciste pasar putas, a la chavala... Yo, en su lugar, te arrancaría los huevos.

¿Y qué tipo de relación, me pregunto, podría establecerse entre Whitman y Lorca, teniendo en cuenta que el segundo dedicó al primero un poema titulado "bello anciano" (perdóname, Durrell, por la pulla de antes)? Posible diálogo:
Whitman: tú, maricón, ¿a quién le llamas viejo?
Lorca: ¿me estás hablando a mí?
Whitman: sí, a ti, atontado.
Lorca: pero Walt, yo... te admiro.
Whitman: ¿y si te dijera que tú a mí me provocas diarreas espontáneas, que tu presencia es suficiente para indisponerme hasta el cólico, que tu pelo rizado me recuerda al que me crece alrededor de la polla y que además de todo esto, y por si fuera poco, odio a los jodidos gitanos?
Lorca: me destrozarías el corazón, Walt.
Whitman: ¡bah! ¡Jodido marica! ¡Es imposible mantener una relación de igualdad contigo.

Rimbaud: como ya renunciaste a la literatura, no sé qué desmejora con respecto a tu mortalidad habrán supuesto la muerte y los paraísos a que ésta da lugar. Ya no tendrás que traficar con esclavos ni herniarte transportando el dinero ganado a su costa, pero por otra parte, el reencuentro con ese Verlaine cadavérico y vapuleado por la vida que ya en su día escogió la fe en sustitución de tu maravilloso cuerpo de infante sodomizado sin dolor, podría ponerte de un humor de perros. Así que, ¿qué coño haces ahí, tan tranquilo, sin aparecerte? ¿Dónde han quedado tu ensueño y tu algarabía, tu celebración orgiástica y casi permanente de la existencia humana adolescente? No sé si me apetece conocerte, pues temo no estar a tu altura o que tú no lo estés a la mía. ¿Cómo confiar en ti, golfo, cómo confiar en ti? Tan pronto clavas tenedores como te rasgas las vestiduras en pos del más entregado de los enamoramientos. No hay quien te pronostique y eso, mucho me temo, hace de una cita contigo un plan estresante y retador en demasía. No es que tema, ni mucho menos, un extremismo excesivo por tu parte, pues a radicalismos y ya puestos a alardear no me gana ni mi santa y putísima madre, sino que me da a mí que tú y yo en persona y sin literatura de por medio íbamos a llevarnos como el perro y el gato. ¡Y encima homosexual! Aunque no serías el primero que cambia de orientación sexual al encontrarse conmigo creo que tu caso, y parafraseando al jodido Aquilino Polaino, es de los graves. Y si no, ya me explicarás cómo un efebo revoltoso y perfecto como tú pudo liarse con un calvorota barrigudo de la talla de Verlaine. Si al menos éste te superase literariamente, podría atribuir tu desliz a una profunda admiración intelectual, pero en ese sentido ni el mismísimo Jesucristo con toda su retórica de sermón transcrita por el negro apostólico de turno llegaría siquiera a situarse a la altura de tu ombligo. Pero bueno, olvidaba que eres un niño y que, como niño enamorado, quizá no hiciste más que corresponder a la atención prestada por el pobre infeliz (y entre tú y yo: eso de que Paul escribiera odas a la belleza femenina te sacaba de tus casillas).

¿Y tú, Pizarnik, feúcha incomprendida? ¿Haces migas con Dickinson y Austen, o ni siquiera este par de feministas reprimidas ha conseguido sacarte del estupor y del confort masoquista de la tristeza crónica y recidivante que ya en vida te afligía? ¿Cuántas veces te has revuelto en tu tumba al oírnos a Chechu y a mí despotricar contra tu persona? ¿Te sientes decepcionada ante el hecho de no haber sido enterrada en una encrucijada, como los demás flojos de tu calaña que a falta de habilidades poéticas optaron por el suicidio prematuro como forma de promocionarse hasta el infinito y más allá? Tú mejor no te me aparezcas, porque de puro rabiosa y frustrada lo harías bajo la forma de un espíritu maligno que habría que exorcizar por la fuerza. Bastantes vueltas me da ya la cabeza, como para que una posesión por tu parte venga a otorgarme el don de hacerlo hasta los trescientos sesenta grados. Que te jodan a ti y a tu argentinismo trasnochado, zorra amargada. Si en alguna ocasión se te ocurriera hacernos algo a mí o a mi niño, ten por seguro que soy capaz de cortarme las venas, ya que los barbitúricos me parecen cobardes como método de autoeliminación, para encontrarme contigo en el limbo y sacarte las tripas a mordiscos de desprecio. Sólo una cosa más (que espero, en base a la labilidad de tu carácter, te mantenga llorando dos semanas seguidas como mínimo): Alejandra, en España, es nombre de pija.

Tolstoi: al pensar en ti siempre me pregunto cómo es posible que en un cuerpo tan pequeño quepan, a la vez, taaaaaaanta estupidez y taaaaaaanto talento. ¿Cómo fuiste capaz de escribir Ana Karenina desde el punto de vista de los grises? ¡Jajajajaja! Puto aldeano reaccionario y costumbrista: no te mereces la comprensión del ser humano que a despecho de tu ideología barata demuestras, y con creces, poseer, ni te mereces llamarte León ni haber nacido en la Russia de mis amores. Te merecerías, en cambio, un cadalso justiciero o un obispado en cualquier capital de provincia. Ahora te diré algo que quizá perturbe la paz de esa vida eterna que, a fuerza de erigirte en sublime meapilas, sin duda habrás conquistado para ti y para los de tu rango: la regenta de Leopoldo le da mil vueltas a esa frígida protagonista tuya de nombre anodino y capicúa cuyas andanzas, para ser justos y sinceros, he de reconocer me conmovieron hasta la extenuación hace un par de años hábiles escasos.

Y voy a dejar ya este tema, porque con la broma me estoy poniendo de mala hostia y todo.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Lluvia de (¿)ideas(?)

La primera vez que coincidí con Olalla fue en el portal del edificio Géminis. Era Semana Santa, y yo había ido a Valdoviño con mi madre para dar el visto bueno al apartamento que habría de convertirse en mi guarida estival a lo largo de los dos años siguientes, y hasta que las hostilidades manifiestas entre mi madre y su cuñada se hicieran insostenibles hasta el punto de obligarnos a renunciar a la convivencia para alquilar cada verano una casa diferente. Mi madre y yo estábamos a punto de cruzar la puerta hacia el aparcamiento, cuando de repente aparecieron en el umbral una niña rellenita y un hombre adulto y algo barrigudo que arrastraba de una correa un enorme gato siamés. Yo, que de haber sido más amante de los animales habría llegado a trascender el umbral de la zoofilia, volví sobre mis pasos como una fiera para avalanzarme sobre aquel bellísimo felino que me miraba con desconfianza desde el pie de las escaleras.
- ¡Mami! ¡Mira qué gato más precioso! ¡Es moníííísimo!
Olalla, que por aquel entonces contaba nueve años e iba vestida como una auténtica niña repollo, se adelantó hacia mí y me advirtió con encantador acento gallego:
- Es una gata. Y ten cuidado, porque a veces es un poco arisca con los desconocidos.
Yo, que ni siquiera me había molestado en saludar a los dos seres humanos que acompañaban a tan majestuoso espécimen de mascota, alcé la mirada y me encontré de sopetón con el rostro risueño de Olalla (¡Mi tierna, mi salvaje, mi incomparable Olalla!). Dientes delanteros separados, labio superior curvado hacia arriba por el centro en lo que me sugirió de inmediato la mueca irresistible y conmovedora de un patito recién nacido y necesitado de atenciones; cabello oscuro, rizado y larguísimo; pechos de niña en despunte troquelando el lino blanco de una camisa bordada a mano por su madre, ojos chispeantes de ninfa pizpireta y colmada de secretos que parecían dar la bienvenida a golpe de parpadeos coquetos e intermitentes.
- Hola -acerté a decir.
- ¡Hola!, ¿eres nueva en el edificio?
- Bueno... ahora sólo he venido para verlo. Pero en julio volveré para quedarme todo el verano.
- ¡Ah! Pues entonces ya irás conociendo al resto. Somos un montón de niños por aquí.
- ¿Cómo se llama?
- Olalla.
- No, me refería a la gata. Es preciosa.
- ¡Ah! Se llama Lusy.
- ¿Lusy?
- Sí
- Y si la toco, ¿me morderá?
- Eso el perro de Fernando, que mira lo que me hizo.
Y agachándose junto a mí y señalando con su meñique el espacio acanalado que conecta el labio superior con el entrecejo aterciopelado y como de lobato de los orificios nasales, me mostró una pequeña cicatriz curvada hacia la derecha que parecía contar ya con algunos años de antigüedad.
- ¿¡Y eso!?
- Pues un día, que me acerqué a Risky cuando estaba comiendo para acariciarle, y el muy bruto me mordió la boca hasta hacerme sangre. Me dieron tres puntos, ¿sabes?
- ¡Jo! ¿Y tu gata es igual?
- Bueno, mi gata araña. Pero no siempre.
- Entonces me arriesgaré, creo. Es súper bonita. Yo siempre he querido tener un gato siamés, como los de la Dama y el Vagabundo.
- Sí. A mí me gustaba la canción que cantaban, aunque la verdad es que eran bastante cabrones, ¿sabes?
- ¡¡¡Olalla!!! ¡¡Esa boca!!
- Lo siento, papá.
E irguiéndose de golpe y con vitalidad extrema, se avalanzó sobre su padre como una pantera para cubrirle la cara, el cuello y el pecho de ruidosos bessos de niña pequeña.
- Perdona, papá, ya sabes que soy una mal hablada. ¿Quieres pegarme unos cachetes?
- ¡Anda, anda, Olalliña! ¡Baja, baja! ¡¡Baja, mujer!!
Su padre la posó suavemente sobre el suelo y, con el reverso de la mano derecha, se limpió de la mejilla las babas que Olalla había dejado en ofrenda por su deslenguamiento incorregible. Una vez en el suelo, y esbozando una sonrisa efervescente, volvió en tres saltos junto a mí:
- Eres muy guapa, ¿sabes?
- ¡Ah, gracias!
- Todavía no conoces a Ruth, ¿no?
- Pues no... es que he llegado esta misma mañana.
- ¡Ah! Pues ella tiene otra gata siamesa que se llama Diana, ¿sabes? El año pasado se tiró desde el cuarto piso y cayó sobre el paraguas abierto de una señora. ¡Jajajajaja!
- ¿Y Diana también araña?
- ¡Qué va! A Diana como si la arañas tú...ella como si nada. Es la gata más tranquila que he conocido nunca. Yo creo que es medio tonta.
- ¡Jajajajaja!
A todo esto, su padre y mi madre acababan de poner término a la conversación que se traían entre manos y nos llamaban desde extremos diferentes del portal instándonos a finiquitar nuestra atípica toma de contacto.
- ¡Olalla, vamos! ¡Y coge a Lusy, por Dios, que no tengo ganas de ir a buscarla de nuevo al patio de luces!
- Bueno -se despidió Olalla-, ya nos veremos luego por el campito. Ahora me voy a comer.
- ¡Vale!
Y ya desde lejos, ella subiendo las escaleras y yo a punto de atravesar la puerta acristalada que daba a la calle, una última pregunta:
- ¡Oye, chica! ¿Cómo te llamas?
- Iria.
- ¡Yo soy Olalla! ¡Encantada!
- ¡Encantada!

El perro de Fernando se llamaba Risky y no moriría hasta tres veranos después. Todos los perros que había tenido y que había de tener Fernando a lo largo de los años habían sido rescatados de la calle y estaban, por tanto, traumatizados por a saber qué misteriosas y displacenteras experiencias con seres humanos de su pasado que les hacían comportarse como bestias pardas con cualquier criatura de mi especie que no fuera Fernando, o alguno de los que vivían con él y le alimentaban. Cuando digo como bestias pardas, no estoy tratando de hiperbolizar en modo alguno el comportamiento de los animales. Es que así, y de ninguna otra manera, era como se comportaban. La primera vez que pisé el campito del Géminis, unas dos horas después de mi encuentro con Olalla en el portal, no tuve en cuenta que por las tardes Risky permanecía amarrado a la señal de propiedad privada del jardín, disfrutando sobre el césped del sol vespertino y ladrando a los gorriones incautos que osaban pasear palmito en un diámetro al alcance de su cadena intencionadamente corta. La fila tupida de hortensias que corría a lo largo del jardín impedía, a una niña de mi altura, distinguir desde los garajes lo que ocurría al otro lado. Sin molestarme en caminar hasta la abertura practicada en la vegetación que hacía las veces de entrada, de un salto y protegiéndome el rostro con los antebrazos atravesé la maleza y aterricé sobre el césped. Lo primero que vi al abrir los ojos fue el rostro desencajado de un perro del color y el tamaño de un zorro que, a menos de un metro de donde yo estaba y ladrando como un energúmeno, había conseguido romper a tirones la cadena de hierro que lo sujetaba a la señal y se dirigía hacía mí a no poca velocidad. Así que inauguré el campito, como no podía ser de otra manera, corriendo como una posesa para salvar mis carnes juveniles de la furia incontenible de Risky, que colmado de energía e indignación para con el mundo se dedicó a perseguirme alrededor del edificio hasta que, bendito el instante en que a mi cabeza acudió la idea, me dio por trepar a una terraza baja cual vaquera adolescente saltando el cercado de madera que la separa de los pura sangre (agarrada a la barandilla temblorosa con una sola mano e impulsando por encima y de lado el resto del cuerpo). Ése era el mismo Risky que la había tomado algunos años antes con el labio de Olalla y que, a lo largo de los tres veranos siguientes y gracias a una concesión de Fernando consistente en permitirme obsequiarlo de vez en cuando con una lata de Friskies Gourmet, apenas alcanzaría conmigo la confianza suficiente como para dejar que le acariciara la cabeza con precaución extrema y siempre en presencia de su pelirrojo dueño. A Traso, sucesor de Risky bautizado así en homenaje al criado chismoso de La Celestina, lo que le sacaba de sus casillas era contemplar cómo Fernando y yo nos magreábamos. Se volvía loco de remate y corría en círculos ladrando como si alguien le hubiera pisado una pata con una bota de montaña o con un tacón de aguja. Sé que a los niños puede perturbarles la visión grotesca y malinterpretable de una escena original protagonizada por sus padres en la intimidad del dormitorio, pero lo de ese perro era de un freudianismo excesivo. Una mañana Fernando y yo entramos en el garaje muertos de desseo, después de habernos contenido en el ascensor para no escandalizar a una vecina que tuvo la ocurrencia de coincidir con nosotros en el descenso desde el cuarto piso. Parando apenas para cerrar el garaje hasta la mitad, me puso contra la pared, me bajó los vaqueros y las bragas y se arrodilló entre mis piernas para hundir el rostro y la lengua entre mis nalgas quemadas por el sol. No sé si fue lo extraño de la posición, o el sobresalto arrítmico y sospechoso de los gemidos que yo ahogaba mordiéndome la muñeca, pero Traso enloqueció como nunca antes lo había hecho y sin reflexionar sobre la posible inconveniencia de perpetrar semejante osadía se lanzó a la carga contra Fernando, que sin dejar ni por un instante de hacer lo que estaba haciendo y demostrando una compasión del todo acorde con sus instintos lo estrelló de un manotazo contra el suelo.

Transcribo un fragmento del libro de Leonard Cohen El juego favorito: El parque alimentaba a todos los que dormían en las casas vecinas. Era el corazón verde. Proporcionaba paseos sinuosos a las niñeras y criadas para que pudieran imaginarse la belleza. Proporcionaba bancos medio ocultos para besuquearse, y vistas de fábricas, a los magnates de la industria, para que pudieran imaginarse el poder. Proporcionaba cuadros de sendas escocesas, por donde paseaban parejas de enamorados, a los agentes comerciales jubilados, para que pudieran imaginarse la poesía. Allí transcurrían los mejores momentos de la vida de todo el mundo. Nadie va a un parque con propósitos sórdidos, excepto algún maníaco sexual quizás, y ¿quién puede afirmar que no está pensando en las rosas eternas cuando se abre la gabardina delante de la Beatriz que salta a la comba?

A mi teclado le falla la letra "b". No se marca si no la pulso con fuerza, así que ahora me veo en la obligación de releer mis textos para añadir esa letra además de la eñe, que a mi programa de Word no sé muy bien por qué le ha dado por pasar por alto. Esto me remite a la novela de Misery, en la que al pobre escritor secuestrado por la jonina Annie Wilkes se le iban saltando teclas de la máquina de escribir y debía rellenar a mano los huecos dejados en las páginas para que ésta no siguiera amputándole miembros. Empezaba con una letra y acababa con medio alfabeto. Hostia puta, eso es fanatismo y lo demás tonterías. ¡Annie Wilkes, sí señor! ¡O me escribes la novela que quiero, o te mando al infierno manco y a la pata coja! Jajajajaja. Lo mismo podía haberse hecho con sir Arthur Conan Doyle cuando le dio por cargarse a Sherlock Holmes. ¡A quién se le ocurre!

Un pasatiempo al que tengo por costumbre entregarme a lo largo de mis paseos por la ciudad, es al de esquivar personas a ritmo de música diversa. Resulta que me encanta pasear, y que además me gusta hacerlo a velocidades de vértigo. Casi corriendo, pero sin llegar a alcanzar jamás el trote humillado del footing. Teniendo en cuenta que en Madrid, durante el día, las calles burbujean de gente en actividad cargada con bolsas y a la carrera, y que caminar sin chocarse supone todo un reto para los reflejos y la agilidad de cada uno, mis paseos resultan poco menos que danzas frenéticas en pos de la armonía perfecta con el entorno. No es lo mismo esquivar personas mientras se escucha The Great Pretender, de los Platters, con ese deje de superioridad que supone confesarse un fingidor ante el resto de la humanidad mientras se sostienen las miradas de los que se cruzan con una insistencia ligeramente más férrea de lo habitual, que hacerlo acompañado por la voz desgarrada de ese Tom Waits que gime más que canta al Jabberwoocky de Lewis Carroll, y que lo tiñe todo de un no sé qué misterioso, negro y como de terciopelo. Por cada choque frontal que tengo con un peatón, me resto un punto entero. Por cada roce leve que surge de un cálculo equivocado de mi distancia con respecto a la de otra persona, medio punto. Por cada contacto inesperado ajeno a mi voluntad y a mis predicciones (como cuando de repente se abre la puerta de un coche aparcado y el motorista que justo pasaba se la lleva por delante), un cuarto de punto. He esquivado personas bajo la estela ambiental de múltiples canciones, dejándome llevar por la distancia entre las notas, por lo violento de la resonancia, por el contraste entre el relieve característico de la voz y la atmósfera de fondo sobre la cual resalta, por los ritmos y sobresaltos de la percusión, por el contenido chulesco y embebido de la letra, por la ensoñación particular sugerida por la melodía, por la evocación fantástica de situaciones en las que una cierta canción habría ido que ni pintada... y lo extraño es que la gente parece responder, en clave de danza, apartándose de mi camino y facilitándome la marcha. Eso cuando voy de buen talante, claro, y cuando el humor atmosférico acompaña, porque esquivar personas abrigadas y con paraguas puede convertirse, según la gravedad del frío y de la lluvia, en un auténtico coñazo que nada tiene que ver con el pasatiempo juvenil que supone hacer eso mismo un día de sol. ¿Cómo decía ese papel que tengo pegado con blue tac en el lateral de una estantería de mi cuarto? ¡Ah, sí! Los paraguas sólo sirven para perderse. Para eso, y para enganchar a personas por el cuello. ¡Jajajajaja! Me encantaba hacerle eso a mi amiga Sara en los pasos de cebra. Cada vez que iba a cruzar, me situaba a su espalda con el paraguas cerrado y aferrado por la punta, y con el cuello de cisne del mango la enganchaba por la tráquea y la atraía hacia mí. Ella se tambaleaba hacia atrás, cual si hubiera resbalado en una piel de plátano, y comenzaba a proferir maldiciones que yo entrecortaba a placer torsionando el mango sobre su garganta. Pero bueno, mi amiga Sara se olvidó de mí al madurar y convertirse en una mujer trabajadora, y lo que en estos momentos me apetecería es escupirle o echarle un Avada Kedavra (muerte súbita, para aquellos que no hayan tenido la suerte de graduarse cum laude en Hogwarts e ignoren el efecto fulminante de tan hermética fórmula - fórmula que por cierto suena de lujo pronunciada con acento de mafioso polaco).

Y la verdad es que a estas alturas ya no sé ni sobre qué estoy escribiendo. Sé que quería hablar de Olalla, y de lo intenso de nuestra relación: de la mía con ella, de la de ella con Fernando, y de la que se estableció entre los tres. Pero me he perdido en desvaríos varios y creo que mi deber como escritora es dejar esa historia para otro día en que me sienta menos propensa a la dispersión. Algo en común, en cambio, si que tienen Sara y Olalla: ambas han madurado y me aburren. Por cierto, Sara, aunque no creo que pases mucho por mi blog espero que leas esto y llores: te estás convirtiendo en algo incompatible con lo que yo soy y nuestra amistad peligra. No debido al enfado ni al resentimiento por que no me llames, sino porque comienzo a dudar de que realmente tengamos algo que ofrecernos. ¿Cómo puedes tener como lema en el messenger "Chica Yoigo. Je, je, je"? El que hayas hipotecado tu ocio por trabajar para una empresa de mierda y no te quede tiempo para salir y disfrutar de la vida, no significa que tengas que sentirte orgullosa de ello. No ironices sobre un tema tan serio, querida: te estás vendiendo y, por tanto, eres un ser humano menos interesante. Ni siquiera yo ironizaría con eso (¿o quizá ya lo estoy haciendo?). En fin, nena... que a mi la gente sobria, cuerda y responsable me empalaga. Puedo tolerar, e incluso considerar desseable, que seas una fracasada (¡qué palabra más capitalista, por Dios!), pero una sosa, aburrida, acomplejada y puntual criatura, ni por todo el oro del mundo. Te prefería cuando llegabas dos horas tarde a las citas, y me suplicabas borracha perdida que por favor te acompañara a la calle Gran Vía. De hecho, el mejor momento de una monjil y recatada chica llamada Patricia que conocimos Chechu y yo hace tiempo fue cuando por primera vez se emborrachó en Ribadesella y me vomitó encima. Así es como más guapas estáis las mujeres: descontroladas y en apogeo de intensidad. Luego dices que engordas, muchacha. Con ese novio tuyo, obsesionado con la pesca hasta el hartazgo, con esa relación tan rarita y chantajista que se trae tu padre contigo, con esa madre ajada e insoportable que se pasea por la casa con cara de misa y las manos cruzadas sobre el regazo... ¡casi me entran ganas de ir a rescatarte! Y encima, si te llamo y te pregunto me dirás que todo va perfecto, que con Luís mejor que nunca y que a tus padres les mantienes a raya con lo del trabajo. Pues eso, monada, no es perfecto sino catastrófico. Perfecto sería que Luís te hubiera dejado, ya que no tienes tú el valor de abandonarle a él y a su aburrimiento milenario (ni una puta película aguanta sin dormirse, que ya hay que joderse). Perfecto sería que tus padres, o al menos tu madre, hubieran fallecido repentinamente en un accidente de tráfico. Pero que Luís se muestre comprensivo contigo, que tus padres no te hagan la vida imposible y que hayas encontrado trabajo no es perfecto, sino una auténtica cagada. Al menos, cuando las cosas te iban mal mostrabas un alma de poeta que ahora no te encuentro por ninguna parte. Es como si hubieras renunciado a la belleza para dedicarte de lleno al trámite y a la burocracia, no en un sentido exclusivamente laboral, y lo que yo soy contaminara de dudas esa voluntad de prosperar que parece haberte poseído de un año para aquí. ¿Por qué te mueves en pos de la mediocridad? Si ya has renunciado, al menos deja que sea la mediocridad la que se mueva hacia a ti. Quédate parada, como hasta ahora, pasando las tardes encerrada a oscuras en un coche aparcado, y deja lo de buscar trabajo para aquellos que todavía tenemos vicios que mantener. Si vas a encerrarte en casa, o a recluirte en ese pueblucho perdido de Guadalajara que, como siempre te digo, te está embruteciendo la sensibilidad, en lugar de ahorrar podrías pasarme tu sueldo para que me lo fundiera en copas y libros a la salud de las dos.

Me despido, hasta que se me ocurra algo más que añadir.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Todos los perros van al cielo

Y por fin, después de una semana de carestía económica, vuelvo a tener en mi poder el presupuesto suficiente como para dedicarme al registro de pensamientos desde bares sin que el temor a que no me llegue el dinero por desconocer el precio de la copa característico del lugar me impulse a escapar calle arriba colmada de furia y con la frustración de un infante, dispuesta a pagar mi desidia con la primera persona que se me cruce en el camino de vuelta a casa. Me estoy tomando un vodka tónica y una ración de pistachos más que considerable. ¿Almendras o pistachos?, me ha preguntado el viejo a cargo del antro en que me encuentro (que además de pertenecerme por derecho a fuerza de frecuentarlo un día sí, y otro también, es un recinto de cuatro paredes al que no sé muy bien por qué asocio la inspiración con que me codeo últimamente). Me da igual, le he respondido. Igual no te puede dar, porque el sabor es bien distinto. Vale, de acuerdo, pues pistachos. ¡Ah! Si ya sabía yo que lo mismo no te daba. Pues no, la verdad. Pero ya se sabe, la cortesía estúpida que impulsa a los seres humanos a comportarse como si le debieran algo a alguien, y que en casos extremos llega a patologizarse en síndromes de Estocolmo y enfermedades varias relacionadas con la dependencia y con la sorpresa ante la amabilidad inesperada del que ha de secuestrarte, o de cobrarte, según el caso.

El otro día, antes de quedar con nadie, me escapé al parque que hay al lado de mi casa. El parque en cuestión es un espacio relativamente pequeño de arena y cemento en el que niños y perros alternan su entretenimiento con una armonía que, ahora lo sé, sólo es posible entre seres inconscientes de su propia consciencia. Entre seres desvergonzados, quiero decir; entre seres que hacen lo que les place y a los que una reprimenda no les supone más que adoptar una apariencia compungida de cabeza gacha y ojos de cordero. Aunque lo que habitualmente recibo cuando, impulsada por mi devoción animista hacia los animales, acudo a ese parque a intentar trabar conocimiento táctil con los ejemplares caninos que más atractivos me resultan, es una indiferencia soberana y aun insultante hacia mi persona, lo de la otra tarde constituyó la excepción que hace interesante a toda regla que se precie de no serlo en absoluto. Nada más poner un pie en el camino central de baldosa que araña el parque de norte a sur, una algarabía de perros de lo más variado se dignó recibirme con un estruendo eufórico de ladridos, lametazos, amagos de salto y aproximaciones a mi cara que, he de reconocerlo, me imbuyó de un orgullo difícil de transcribir en palabras. Un bull- dog blanco y precioso me encharcó de babas los bajos bordados de mi falda negra semi- larga, un cachorro torpón y desmadejado de pastor alemán (de esos que avanzan a zancadas desproporcionadas y parecen tener bajo las patas muelles en lugar de almohadillas) me ofrendó el tesoro de un palo nudoso apretado entre sus fauces que, al tratar de apresar entre mis manos, retiró juguetón en un tira y afloja de lo más infantil y asilvestrado; un perrillo miniatura rebelde que ignoraba soberano y a sabiendas los reclamos histéricos y humillados del ser humano de su propiedad que lo perseguía indignado y escandalizado ante su desobediencia, se empeñó en escoltarme a lo largo del paseo y en treparme al regazo cada vez que me daba por aposentarme sobre la madera mugrosa de alguno de los bancos desperdigados a izquierda y derecha del camino central. Yo sólo podía contemplarlos y sonreír para mis adentros, pues en media hora había quedado con Chechu y sentía que el recibimiento del que me había hecho objeto tan pintoresca conjunción de felices criaturas constituía toda una ofrenda en materia anecdótica para mi amor. Cuando permanecemos en ese parque sentados el uno junto al otro y yo intento, sin que ninguna de sus advertencias en contra consiga hacerme desistir, llamar la atención de alguno de los animales que me agradan con silbidos, chistadas y un sonido característico inspirado en la película ¡Un, dos, tres, splash! que aprendí a ejecutar hace años a fuerza de masacrarme la garganta con inspiraciones de aire hacia dentro, él me reprende severo e impulsado por una timidez encantadora con respecto a los dueños de los animales:

- ¡Iria, sabes que me encantan los perros, pero no sus dueños!

Y la verdad es que tiene razón. Los amos de los canes son encarnaciones de la más soberana estupidez. ¡Ven aquí, Laika! ¡Tyson, no toques eso! ¡Lúa! ¡Gato! (todos nombres reales, lo juro). Si tuvieran hijos, que no los tienen, se comportarían con ellos de la misma manera en que lo hacen con sus mascotas. ¡Con el gusto que causa contemplarlos correr alocados y sin preocupación alguna por entre los arbustos y las piernas de las personas! ¿Por qué llamarlos tanto, por qué educarlos hasta la extenuación? Que se muerdan, que forniquen, que echen carreras, que den coba a los extraños... ¿a quién deberían importarle semejentes manifestaciones de la libertad? En ocasiones pienso que las personas que se comportan así con sus perros lo único que están haciendo es ejercer con criaturas inferiores la autoridad que no pueden imponer a sus semejantes. Eso me hace plantearme hasta qué punto estamos capacitados para educar a un recién nacido, ya sea humano o animal, y en qué grado esa incapacidad nuestra podría o no podría ser beneficiosa para él.

En el parque, en cambio, hay una mujer que nos tiene enamorados. Es la dueña de un chuchillo feúcho y sin pedigrí cuyo nombre, pronunciado cantarinamente por su ama, no llegamos a descifrar pero sabemos que incluye al menos una a y una o (en ese orden). La mujer es una vecina del barrio de toda la vida, medio retrasada y gallega de nacimiento, que siempre me pregunta por mi abuela a gritos de acera a acera de la calle:

- ¿¡¡¡¡¡Y qué tal mi paiiiisaaaana!!!!!?

Es una mujer bigotuda de unos cuarenta años con el pelo corto y canoso, vestida con mandil de campesina y zapatos de esparto, que se comunica a voces por el vecindario sin pudor ni consciencia alguna de las burlas que suscita. Su madre, una obesa de más de ciento cincuenta kilos, la explota desde que era adolescente con la excusa de una inmovilidad que sólo es tal porque así lo ha querido ella desde que supo a su hija cualificada para la tarea de esclava. Todas las tardes, a la misma hora, acude al parque con su perrillo para sentarse en un banco y dedicarse, con esa entrega de la que sólo los niños y los locos de remate son capaces, a llamar la atención de todos y cada uno de los canes que interceptan su visión. Y lo curioso es que lo consigue, la muy genia. Todo perro, ya sea pequeño o grande, hostil o amigable, pasota o entregado, se presta al juego interminable de pasar una y otra vez por el túnel de sus piernas abiertas y sin depilar, mientras ella ríe a carcajadas y los va rebautizando con una falta de criterio que quizá sea azarosa sólo en apariencia. ¡Pepa! ¡Lola! ¡Manolito! El caso es que es a ella, y no a sus amos, a quien los perros hacen caso. Aunque ni siquiera conozco su nombre, si algún día muriera me gustaría ir a su entierro (y con eso creo que lo digo todo).

Cambiando de tema, la semana pasada se me ocurrió que si llegara el Apocalipsis y Dios bajara de las alturas para confesarme, ante toda una multitud expectante, que debido a todas mis malas acciones y desconsideraciones para con la humanidad mi destino es el infierno, yo le contestaría lo siguiente:

- Si he de bajar al infierno, quiero hacerlo en tobogán. A poder ser con loopings y con Dazed and Confused atronando los subterráneos. Y si no no hay trato, colega. Así que aquí dejo un enlace, para los posibles ignorantes que no sepan de qué canción hablo, que espero les ayude a imaginar el modo en que este tema debe de sonar entre llamas y ya sin esperanza alguna de redención.

Chechu: te quiero.