
Se lanzará desde el trapecio sin dudarlo, maliciosa, impelida por el rencor que los diez años de explotación sin tregua han generado en su frágil cuerpecito de artista. Y es que la atracción ilusoria de cuyo balanceo dependen los asombros infantiles esbozados en ojos de buey y en bocas como de besugo se ha cansado de protagonizar espectáculos ajenos a su naturaleza. Sin más motivación que la de una venganza fraguada en el anonimato, y con un brinco que de puro prodigioso trasciende la invisibilidad, la pulga aterriza de aguijón sobre el amo para a golpe de picotazos conquistar el parasitismo. Llamadlo, si queréis, éxito evolutivo.