lunes, 9 de noviembre de 2009

En la senda del mal


Estoy en la plaza de Olavide, misteriosamente conectada a Internet y con un flamante y jovencísimo grupo de latin kings apostado ante mis ojos. Pensaba que iba a hacer más frío, pero la verdad es que esta temperatura es estupenda para estar en la calle.
Cuanto más pienso en mi vida más rara me parece, y más interesante. De no darse dicha rareza, dudo que pudiera escribir lo que escribo. No sé si es la literatura la impulsora de mi emocionalidad, o si son más bien mis emociones desbocadas las que me permiten dedicarme a la creación artística. Sólo sé que cuando me siento lánguida, rubia, desvaída, me veo incapaz de transformar las palabras en algo meritorio y digno de ser perpetuado. Quizá esté hecha para la tragedia, o quizá esté hecha para el humorismo, pero en cualquier caso a mi personalidad no le va bien ninguna clase de medianía.
A pesar de las catástrofes que, bajo la forma de conflictos románticos y traumas en vías de superación, estallan cada poco a mi alrededor, he de confesar que me siento muy afortunada por experimentar las cosas que experimento. Si la tranquilidad me anula y me castra de raíz, por qué empeñarme en alcanzar valles en lugar de aspirar a la conquista de las cimas. Por algo me habrán gustado tanto, desde siempre, las montañas rusas. ¿No se supone que el artista que lo es de corazón ha de sacrificar, por responsabilidad para con su obra, todo aquello que se interponga entre ésta y su culminación? Pues entonces quizá debiera asumir, de una vez por todas, que lo que yo debo es rendirle tributo al caos y dejarme de paso de infantiles lloriqueos. La mojigatería, da igual la forma bajo la cual se manifieste, es siempre producto de una falta de estilo congénita para la comisión de fechorías. Y además, en defensa de mi bonanza de carácter, he de añadir que estoy más que dispuesta a sufrir en mis propias carnes, y a despecho de mi más que merecida ataraxia, las consecuencias más funestas de los terrorismos emocionales que sobre mis semejantes me de por perpetrar.
Las personas que se consideran a sí mismas buenas son hipócritas, y las que por contra se consideran malas unas prepotentes. Ambas clases de individuos se me antojan, en cualquier caso, poco lúcidas y harto inconscientes. Impulsos sutiles y personalísimos someten nuestra voluntad y nos conducen, por senderos inescrutables y ambiguos, hacia destinos esbozados de antemano por no sé muy bien qué suerte de mano lúdica y omnirriente. No sé si mi destino es la literatura o el moldeado de cataclismos a escala, pero en cualquier caso lo asumo y repito, a modo de mantra, la siguiente felonía: estás en la senda del mal. Tranquilo, que yo voy detrás de ti.

domingo, 27 de septiembre de 2009

AuToSuFiCiEnCiA


No sé qué hacer hoy conmigo porque me siento alterada, acelerada y ansiosa y no logro, por mucho que lo intento, centrarme en nada ajeno a mis reacciones físicas. Antes de salir de casa, y como si quisiera potenciar este estado ansiógeno que me corroe, me he bebido de penalti una taza grande de café solo con hielo. El corazón ha empezado a palpitarme con tanta fuerza que, por un instante, ha parecido querer salírseme de la caja torácica para galopar, en clave de sístole, más allá de los márgenes de mi biología. Ahora estoy haciendo como que me siento sobre un taburete, poseída por la prisa de hacer no sé muy bien qué cosa y tratando de domar, cada vez que alguien me mira, los espasmos que azotan mis posaderas.
Tengo dinero, tiempo y libertad para hacer y deshacer como me plazca, pero por alguna inaprehensible y puñetera razón no me siento motivada para aprovecharme de ninguna de esas facilidades. Las palabras me salen a trompicones y la redacción se me resiste, así que lo de escribir vamos también, yo y mis yoes, a tener que dejarlo por hoy. Pero si no escribo, ¿qué hago? Sola y en la calle, sin ganas de leer y sin música que escuchar bajo la lluvia desvaída y lánguida, he por fuerza de intentar entretenerme con las palabras. Miro a las personas que me rodean y me siento enfermar por momentos. Decir que siento asco resultaría eufemístico, porque lo que me embarga el ánimo al contemplar las interacciones que en derredor tienen lugar se relaciona más con una sensación de putrefacción e insalubridad que con una variante desagradable del gusto. A mi derecha, vociferantes y colosales en tamaño y falta de dignidad, hay un grupo masculino de unos cuatro miembros que, a falta de habilidades lingüísticas complejas, se conforman con golpearse y gruñirse los unos a los otros en un dialecto emparentado de lejos con el castellano. He tenido que cambiar de lugar porque, cada vez que algún empujón amistoso acercaba a cualquiera de ellos al dominio ocupado por mi mesa, el desseo de aniquilarle de un vasazo la cara grotesca y gutural cobraba excesiva e inapropiada relevancia. Aunque pensándolo bien, prefiero rodearme de simios que de modernos. Me interesan más las etologías que los posados y, en el fondo de mi corazón, siempre admiré más a Goodall que al cretino de Warhol. Si bien la necedad absoluta me resulta tolerable, y aun hilarante, la mediocridad presuntuosa me saca por completo de mis casillas. La verdad es que no sé por qué escribo estas estupideces. Lo apropiado sería que registrara aquello que me conmueve, en lugar de centrarme en las cosas que no soporto o que me raptan de quicio. Y fijaos que he escrito raptan. El quicio es algo de lo que solo te pueden sacar por la fuerza, y en un momento de vulnerabilidad. ¡Qué ingenio el mío!, ¿verdad? Vulnerabilidad, verdad, verdad, vulnerabilidad. Rapto, rape, ripper, rapiña, raposa. Todo lo que comienza por rap y se me ocurre en este instante se relaciona en cierto modo con la violencia, lo cual me remite al tema prioritario aparente de este escrito: mi estado de ánimo conflictivo, prejuicioso y sociópata. ¡Qué poco interesante, de verdad! ¿Pero sobre qué escribo entonces? Escribe sobre las flores del campo, bromea mi voz interior. Sin embargo, lo más campestre que se me ocurre escribir es que me apetecería estar en un lago entre rocas, lanzándome de cabeza al agua y vestida con pieles de animal. Hasta qué punto resulta silvestre la imagen, ni lo sé ni me importa demasiado. De momento me he alejado medio grado de la intolerancia para aproximarme, a paso de tortuga, al pacífico remanso de la imaginación evocadora y libre. Continúa, se mofa la vocecita. Muy bien, vocecita, sugiéreme un nuevo tema. Habla sobre los niños pequeños, zorra. Zorra tu madre, vocecita, o sea yo, ¡qué cabeza la mía! Los niños, los niños, a ver qué coño ideo sobre los niños. ¡Ah, ya sé! Los niños me acomplejan, los niños me acobardan, los niños me dan envidia y los niños, en general, me gustan y me fascinan bastante. Aparte de eso, hoy he leído que han detenido a Roman Polansky en Suiza ( lugar al que había acudido con objeto de recoger un premio), a causa de la supuesta violación que cometió hace tiempo sobre una prepúber americana de trece años en canal. ¿Qué tengo que decir acerca del tema? Pues que las visten como putas y que dejen a Polansky en paz de una jodida vez, poco más. ¿Argumentos a favor? Lunas de hiel, El quimérico inquilino y La muerte y la doncella, para empezar. A un artista no se le encarcela, del mismo modo que a un niño pequeño no se le procesa por acoso por tocarle el culo a su prima. Si resulto políticamente incorrecta, lo lamento más bien poco. Además, el hecho de que su ex mujer haya sido desfetada, literalmente, por un emblemático asesino en serie americano, le otorga bajo mi punto de vista cierta inmunidad con respecto a los delitos cometidos en ese país de patriotas armados hasta los dientes. Por otra parte, si fue capaz de escribir Lunas de hiel y de enamorar a Emmanuelle Seigner, ha por fuerza de saber algo sobre cómo y con quién follar. Démosle, a falta de la libertad, un voto de confianza.
Y tras esta burrada provocativa y efectista, ¿sobre qué escribo, vocecita? Escribe sobre la escritura. ¡Oh, no, vocecita! ¡No me vengas con esas! ¡Metaliteratura! ¿Por qué y a cuento de qué? La metaliteratura es como una bolsa de té reutilizada, como el polvo de un tetrapléjico, como una puesta de sol convertida en fondo de escritorio en el ordenador de un agorafóbico. ¡Cualquier cosa menos esa, lo digo en serio! ¿Cualquier cosa, cualquier cosa? ¡Cualquier cosa, vocecita! Escribe sobre el desarraigo.
Allá voy: me considero una desarraigada por no pertenecer del todo a nada, ni a nadie. Me considero una desarraigada por saberme huérfana de padre y de generación. Me considero una desarraigada por el desprecio que siento ante mis semejantes por consanguinidad, y por la sensación, a caballo entre la repulsa y la incomprensión, que me embarga al mezclarme con la jauría. Me considero una desarraigada porque mi odio, que no me pertenece por completo, parece surgido de algún otrora diferente a éste en que vivo, o muero poco a poco. Me considero una desarraigada porque mis orígenes, si es que los tengo, se me antojan confusos, y porque mi lealtad, de existir, lo hace bajo directrices de moralidad dudosa. Me considero una desarraigada porque la plenitud se me escapa y el disfrute, en su acepción más hedonista y despreocupada, me enfrenta contra todos y contra mí misma. Me considero una desarraigada porque no encuentro nada, ni en la realidad ni a tres planos por encima o por debajo, que me comprometa lo suficiente como para tomar partido. Me considero una desarraigada porque el futuro es una entidad en la cual no creo, y el pasado, con toda su cohorte de nostalgias y bellos caracteres, intoxica de quimeras el presente en el que vivo, o intento vivir. Me considero una desarraigada porque renuncio, en nombre de una superexistencia mentada en vano y a traición de lo que soy, al divertimento anodino y superficial que me aportaría el pasar por integrada en un contexto hecho a la medida de mi inconformismo patológico. Me considero una desarraigada porque en cierto modo, y a pesar de las múltiples cadenas que me atan a la tierra y me rebajan, me siento libre y en posesión del secreto de la libertad que a todos se os escapa, esclavizandoos.
¡Hale, vocecita, hasta la próxima!

jueves, 24 de septiembre de 2009

From Lula Lestrange to Romeo Cosardiela Jr.


Echo de menos las tardes de invierno en que salíamos, abrigados hasta las orejas y sin cogernos de la mano, a recorrer enfervorecidos las calles de Madrid. Tú vestías vaqueros y una chupa negra; yo, faldas de colores que revoloteaban en torno a mi figura mientras fingía, sin afán alguno por que te creyeras ni una sola de mis extravagancias, ser una exótica y extrañísima criatura desconectada del mundo de los Hombres. Mientras tú emitías soliloquios provocadores con ánimo de enamorarme, yo hacía que buscaba objetos por el suelo y te observaba de reojo. Cuando de repente encontraba algo que pudiera ser de tu agrado, corría extasiada y haciéndome un poco la loca hacia donde estabas tú para, con una sonrisa radiante y las piernas apretadas de pura excitación, ofrecértela en el nido sudado y tembloroso de mi mano abierta. Me mirabas con unos ojos que parecían conocer todas y cada una de mis triquiñuelas y que, al mismo tiempo, se revelaban más que dispuestos a dejar engañarse por placer. Tu boca, que de palabra dudaba de todo y de todos, jamás dudó de lo que yo era o hacía, de lo que yo impostaba o fingía, de cómo yo, en resumen, me ofrecía a ti para que me quisieras. Recuerdo que las calles parecían más oscuras de lo habitual y, cada rincón, un escondite acogedor y misterioso. Olía un poco como a quemado, al igual que en los pueblos, y el barullo circundante de vehículos y personas en tránsito se me antojaba, concentrada como estaba en la gestación de un milagro privado, más la atmósfera de una película que la de la ciudad testigo de nuestras hazañas. El mundo podía estallar en llamas mientras nosotros, partidos de risa por nada, conquistábamos la noche y todo lo que por delante se nos cruzaba sin preguntarnos un solo instante por la suerte del universo. Me bessabas con fuerza, con ardor, sin miedo; apretabas mi cuerpo contra las paredes mientras mis piernas trataban de trepar por el tuyo y tus manos, extraviadas entre los pliegues de mi abrigo, buscaban rutas arcanas hacia mi piel desnuda y palpitante.

Echo de menos esas tardes y es por eso que quiero que te vayas, que te marches, que desaparezcas. Quiero que te largues y que me olvides rápido para que después, con apenas un ligero recuerdo de lo que supusimos el uno para el otro, vuelvas y sepas reconocerme entre la multitud. No quiero tu amor eterno, perenne e incaduco, pues correría el riesgo de que en el proceso se convirtiera en fraternal. Desseo tu tiempo, tu pensamiento, tu circunstancia; la posibilidad de erigirme en prioridad absoluta de tus más nocturnos y fantásticos desvelos. Prefiero suponerte un acertijo irresoluble a convertirme en tu compañera de fatigas y aburrimiento perpetuo. ¡Márchate! ¡Vete! ¡Desaparece! Sobre todo ¡olvídame, olvídame, olvídame!. Haz como que no existo ante tus familiares, ante tus amigos y ante ti mismo; haz como que no existo convenciéndote de que he muerto y lo nuestro es por tanto imposible; haz como que no existo, y fíjate en lo que te digo, aunque no te quede otro remedio que hacer el primer trecho a gatas y con los ojos dilatados por el terror. Prefiero no tocar fondo contigo porque después del fondo, lo sé bien, lo único que se puede es estar enterrado. Juntos y separados hasta el final, gatito, hasta el final.

Te amo.

4ETNIS

PD. Para compensar un poco la madurez emocional que destila la carta antecedente y de la cual, siendo honesta, carezco casi por completo, una última línea para el gatito: recuerda que cualquier cosa que hagas, la haré yo mil veces mejor. Y no hablo, precisamente, de tocar la guitarra. Ahora sí que siento que te quiero. ¡Al ruedo!

PPD (es que no me canso de hablar contigo). Cuando dos cuerpos o dos almas quieren encontrarse, ten por seguro que se encuentran. Como, fuera de lo que uno quiere y sin la excepción del ecologismo o de la paz mundial, no importa nada en demasía, pocas cosas se pueden añadir a lo ya dicho excepto que te quiero menos de lo que quisiera y que creo que a ti te pasa lo mismo. En cualquier caso te amo y eso es lo que en verdad importa. ¿Verdad? ¿Verdad? ¿Qué es verdad? Verdad es belleza y delirio, gatito, belleza y delirio. No nos convirtamos en feos en contacto con la realidad circundante y circuncisora.

PPPD (ahora sí que sí, una última cosa antes de que te vayas): ¿Quedamos mañana?

PPPPD. Mejor olvida eso último, ¿sí? Lo más probable es que te encuentres exhausto.

domingo, 20 de septiembre de 2009

La mala sangre


Estoy en el mismo café de ayer, aunque sentada en una ubicación diferente, tratando de sacarle algún acorde hermoso a mi portátil. Al llegar me he podido pasar diez minutos largos intentando desentrañar la maraña inexplicable del cable, que en el breve intervalo que había pasado en la profundidad de mi bolso se había convertido, no sé cómo ni por qué motivo, en un manojo de negras víboras sin principio ni fin distinguible a la vista. Es muy típico de los cables hacer eso al meterse en un bolso, y me pregunto qué extraña clase de relación puede haber entre tan dispares objetos para que al ponerlos juntos se acoplen en tan impracticable y gordiano anudamiento. Como soy competitiva y no me gusta parecer torpe, a mano desnuda y sin ayuda de espadas me he concentrado en la ardua tarea de desenmarañarlo, y en la aún más ardua tarea de no poner cara de esfuerzo en el intento. Como si lo de desenredar nudos fuera lo mío, por tener quizá un antepasado marinero, o pirata, he logrado al fin dejar el cable más lacio que mi pelo y quedarme de paso con la sensación de prepotencia que buscaba. Mis párrafos introductorios son, al igual que yo, más raros cada vez. Me parece bien. Aunque por otra parte quizá éste no sea sino un texto de desvarío y, por tanto, lo antecedente no sea más introductorio que lo que a partir de aquí me de por escribir. Si buscabais profundidad iros a nadar a otra playa, porque la mía tiene hoy la marea baja. Esto no significa, ni muchísimo menos, que esté de mal humor o con el ánimo decaído, al contrario. Diría que, por el estómago, me revolotean patitos efervescentes. A qué se debe esa efervescencia natatoria y como espumeante de cítricos ni lo sé, ni me importa gran cosa. Lo relevante es que se quede, y que lo haga además por mucho tiempo. Si para eso tengo que transformarme en una frívola, tened por seguro que lo haré. O no, depende.
Antes de entrar aquí he caminado un rato escuchando una canción de Great White que no conocía, y que se llama Bitches and another women. Como todo lo compuesto por esa banda, resulta bastante sexual. No sé si tengo más ganas de quedarme aquí escribiendo, o de salir a la calle a esquivar personas con la música atronando en mis oídos y el corazón asilvestrado cabalgándome el pecho libre, y muy deprisa. Habrá tiempo para todo, así que de momento permaneceré sentada en este granate y mullido sofá de terciopelo, con la esperanza de que mi cerebro se acabe de decantar por un tema determinado. La verdad es que hoy llevo unas pintas bastante raras. Pantalones rojos muy ajustados y remetidos por dentro de unas botas negras que, así vistas, parecen más de montar que de salir a la calle, y chaqueta con capucha verde militar por encima. El maquillaje, el de siempre, pálido cadavérico con labios rojos y ojos muy negros. Mi aspecto no es muy discreto que digamos, pero como tampoco yo soy una persona discreta y considero oportuno tratar de aparentar lo que en realidad se es, finiquitaré este párrafo confesando que me siento bastante guapa y que todo lo demás, debido a mi flamantísimo y recién adquirido cinismo, me la trae por completo al pairo.
Estoy en ese estado en que me apetece correr, sudar, pelearme y seducir, en que me siento de nuevo enfebrecida por la literatura y capacitada además para someterla al yugo antojadizo de mis palabras; en que me sé potente, asilvestrada y salvaje y existen pocas cosas con la facultad de hacerme sentir culpable. A este estado de desinhibición y furores uterinos en que me encuentro lo llamo yo la mala sangre. Supongo que, de ser un hombre o un marimacho, en lugar de por seducir me daría por meterme en broncas. Sustantivos, verbos, adverbios y adjetivos titilan ante los ojos de mi intelecto con todos los colores de un espectro extraterrestre y excesivo, como tratando de convencerme, y consiguiéndolo, de que la literatura procedente del espíritu no necesita de contenidos semánticos para erigirse en excelsa. Es en la contraposición de sus tonos, en la brillantez o apagado de las palabras que la esculpen, configurándola, donde se fragua la magia y reside el secreto de su ocurrencia milagrosa. En fin, y yo que pretendía pasar por frívola... Al leerme me entra la sospecha de que el concepto de frivolidad me es tan ajeno como a mi genoma el de un perro de aguas andaluz, y que es precisamente por no pertenecerme en demasía por lo que me resulta tan atrayente y cool. ¡Cool! Aunque odio esa palabra, lo cierto es que la utilizo bastante. Supongo que es divertida de pronunciar y que yo, como niña que soy, procuro pasarlo bien a costa de lo que sea. ¡Faltaría más!

(luego sigo, ahora voy a unirme a la jauría)

Estoy en una pelea de gallos, es decir, en una competición de cariz hip- hopero consistente en humillar al contrincante emitiendo el mayor número posible de rimas hostiles. Aunque se supone que hay que improvisarlas, al verlos tan ingeniosos y metidos en su papel uno tiene la impresión de que se lo traen de casa más que preparadito. Si yo me presentara a un concurso de semejantes características, me cuidaría mucho de elaborar por anticipado y con todo el cálculo de que fuera capaz determinadas elocuencias de probable utilidad, a saber: insultos adecuados a cualquier tipo de defecto físico que mi contrincante pudiera padecer (gordura, cabezonería, narigudez, enanismo, calvicie, acné juvenil o fealdad a secas), respuestas apropiadas al hecho más que posible de que se metieran con mis puntos flacos, con la madre que me parió o con el tamaño de mi polla y, por supuesto, rimas de chulería centradas en la grandilocuencia de dicho tamaño y en el puterío de la progenitora del otro. Con esos ámbitos cubiertos tendría tantas probabilidades de ganar como cualquiera de estos sibilinos.
Supongo que el espectador del Coliseo debía de sentir cosas parecidas a las que siento yo al presenciar estas elocuentes humillaciones mutuas, y que en realidad es normal tener cada vez más ganas de que dejen a un lado las florituras lingüísticas para por fin lanzarse, pasándose el código de honor y las reglas del concurso por el forro, a arrancarse las entrañas a bocados. En esta vida nuestra, salvo que se sea un budista o Humphrey Bogart, hay que ser de todo menos indiferente.

viernes, 18 de septiembre de 2009

LoVe WiLL tEaR uS aPaRt


Estoy en un café llamado In dreams cuyo aspecto recuerda al de las heladerías americanas de los años 50 y que, para mayor regocijo de mi amor por el detalle y por lo retro, bloquea el acceso a la conexión wi- fi con la palabra “elvis”, en minúscula. La sonrisa del camarero al confiarme la clave me ha sugerido algún tipo de celebración relacionada con el espionaje. En clandestina complicidad, las cosas saben más y mejor. En honor al nombre del bar quizá la contraseña debiera haber sido Orbison, pero supongo que resulta más apropiado un bloqueo cuya ortografía no de apenas lugar a dudas. Y digo apenas, porque entre la b y la v de Elvis bien pudiera algún cafre mostrarse dubitativo. Y tras el párrafo situacional e introductorio de rigor, me dispongo sin más preámbulo y con cara de solemnidad a arrancar algo meritorio de mis psicotrópicos y casi, casi insondables abismos.
Como cada septiembre, me invade una cierta sensación navideña. A pesar de que siempre he afirmado que para mí Año Nuevo comienza en el noveno mes del año, nunca he estado demasiado segura de a qué me refería diciendo eso. Se trataba más de una impresión ligera y no del todo transferible a palabras que de un concepto o de una opinión forjada en base a algo y, por tanto, cada vez que aludía a ella lo hacía desde el desconocimiento profundo de la causa. Es posible que se debiera a que, cuando entre mis doce y mis dieciocho años el estío tocaba a su fin, la sensación de pérdida que experimentaba era tan fuerte y en extremo desesperante que, en cierto modo, consideraba la situación más como el fin de un ciclo que como la mera conclusión de una estación meteorológica. Cuando el verano acababa y era preciso regresar a Madrid, el único consuelo que encontraba era el de pensar que en breve sería Navidad y podría passear, henchida de exaltación nostálgica, entre las luces y las aglomeraciones de ese Broadway en miniatura que es la calle Gran Vía. Si no me aferraba a esa idea, hermosa y brillante cual estrella titilante en el pozo de unos ojos negros infantiles, la partida se me hacía tan dura que ni siquiera podía disfrutar a pleno de la última semana del verano por estar pensando ya en el instante catastrófico de la despedida. De todas formas, y por mucho que tratara de adelantar las navidades para hacerme una idea más atrayente y misteriosa de mi ciudad, el instante de agosto en nos percatábamos de que el Sol se dejaba ver cada vez menos, y de que el viento, en ráfagas húmedas y congeladas, nos obligaba antes de la hora de rigor a recoger nuestros bártulos y abandonar la playa, constituía un punto de inflexión en nuestro estado de ánimo que no siempre desembocaba en un mayor disfrute de la intensidad.
Ahora me doy cuenta de que los días que con mayor fuerza tengo grabados en el corazón son precisamente aquellos previos a la despedida. Conscientes, aunque sólo a medias, de la importancia capital de nuestros desenlaces, fuimos poco a poco haciendo de ellos rituales trágicos. Año tras año, el día fatal, corríamos al edificio Géminis a enterrar entre los matorrales, o donde se nos ocurriera, alguna clase de tesoro simbólico. Pelotas de goma, figuritas de plastilina moldeadas por mí en el garaje de Fernando, tapones de botellas e incluso anillos o videojuegos que hubiéramos utilizado ambos, eran los posibles candidatos a permanecer bajo tierra durante un año a la espera de que volviéramos a reunirnos para sacarlos a la luz. Aunque Fernando tenía terminantemente prohibido desenterrarlos sin mí, cuando a lo largo del invierno me echaba de menos solía viajar hasta Valdoviño para merodear por las inmediaciones de aquellas lápidas y llegar incluso, en cierta ocasión, a faltar a su promesa removiendo algunos puñados de tierra. Recuerdo que parecíamos actores, intérpretes arrebatados de nosotros mismos cuando, después del ritual funerario, cogíamos el coche hasta la estación de tren para llegar una hora antes que mis familiares y compartir unos últimos minutos de intimidad. Nos dirigíamos primero al bar de la estación, conmocionados hasta el punto de no poder hablar, y pedíamos un café con leche que bebíamos en silencio y sin dejar de apretarnos la mano por debajo de la mesa. Después íbamos a una zona del andén donde había trenes desguazados y cubiertos de orín y, con las piernas colgando del borde, compartíamos un cigarro. Era, al igual que el café, el único que yo consumía al año, y desde entonces tengo ambas cosas asociadas al olor a gasolina y a humedad de la estación, a una excitación sexual sin afán de consumación y al graznido de los vencejos que al volar a ras de tejado anunciaban lluvia. Todos mis últimos días, sin ninguna excepción que yo recuerde, llovió de la mañana a la noche. El humor atmosférico contribuía, con su empeño en mantenerse invariable verano tras verano, a la consolidación romántica de nuestro ritual de adiós.

Todo esto me hace pensar que, en el fondo, los momentos más intensos son aquellos acotados por la inminencia de una cuenta atrás, y que la separación, a pesar de la pérdida del Otro que supone y del vacío y de la soledad que trae aparejados, es en último término lo que más profundamente ata entre sí a las personas. A pesar del sufrimiento y de la angustia que se siente ante la amenaza de la distancia, los seres humanos se aman más y mejor en una atmósfera de tragedia que en una de estabilidad absoluta. Para disfrutar cada minuto como si fuera el último, hay pocas cosas que ayuden más que la recreación de un contexto apocalíptico en el cual, efectivamente, cada minuto es el último y los implicados se ven forzados a vivir al límite de sus emociones. Transgredir, siempre que se pueda, el remanso de la certeza, y arriesgarse al sufrimiento del corazón que no ve y del cerebro que supone siempre lo peor.
Así que no sé si odio o adoro las despedidas, porque cada vez que me toca pasar por el trance de alguna experimento emociones ambiguas, y aun contradictorias. Por debajo del melodrama y de la lágrima ligera de cascos fluye, cual si fuera un río embravecido por una estampida de impalas, la esperanza fulgurante y espesa de disponerme quizá a emprender grandes aventuras. Porque si en algo hace pensar una despedida es precisamente en su reverso, el reencuentro, y ¿qué persona peliculera que se preciara se privaría de una vivencia tan propensa a la teatralidad como ésa por miedo a lo que pudiera pasar? En el reencuentro se concierta, de nuevo, una primera cita, y desde luego es la única manera que se me ocurre de volver a conocer a una persona por primera vez. Pocas experiencias resultan, a mi entender, más emocionantes que la de reencontrarse con el compañero de batalla pasado un tiempo, y con nuevas cosas que ofrecer como aval de la propia humanidad liberada y reconquistada. Por pocas cosas, pienso, merece tanto la pena correr el riesgo de perderlo todo. Al fin y al cabo, estar siempre junto al desgastado sujeto de desseo no impide, ni muchísimo menos, el extravío de su espíritu. Siendo el espíritu, en última instancia, lo que mantiene a las personas enamoradas, cabe preguntarse hasta qué punto es indicador de nada ni merecedor de esfuerzo alguno el pretender que alguien permanezca siempre, y a costa incluso de su propia dignidad, en un radio al alcance de esa vista nuestra cegata de tanto espiar.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Querubina


Suenan los Dire Straits mientras ante mis ojos, en goteo progresivo y variado, se van acomodando los espectadores del partido que se supone van a televisar en este pub irlandés de nombre The quiet man en que estoy sentada con la esperanza de hallar siquiera un ápice de intimidad. No me percibo ni mucho menos inspirada; pero hoy, por alguna extraña razón, no necesito de inspiración alguna para manifestarme del modo en que creo que quiero. Aunque no sé qué es lo que desseo decir exactamente, soy consciente de que necesito decir algo y de que, en cierta manera no del todo alejada de la catarsis, sentarme a divagar por escrito es lo más apropiado al estado de represión creativa en que me encuentro sumida. Hay cosas, hay millones de cosas, que revolotean por mi cabeza exigiendo ser relatadas y que, por indefinidas y en exceso dispersas, no acaban de decidirse por las palabras concretas que habrán de perpetuarlas haciéndolas tangibles a la vista.
Lo que siendo honesta, me apetece en realidad, es abandonarme a la música y revolcarme por el suelo de este bar. Aunque no estoy más cachonda de lo que es habitual en mí, una cierta urgencia sexual me persigue últimamente, convirtiéndome a mi pesar en alguien del todo incapacitado para el arte estático. Si pudiera hacer de mis impulsos más íntimos cuadros o textos en movimiento, es posible que a día de hoy pudiera considerárseme excelsa en lo que hago, o más bien pienso. El que la mayor parte de las sentencias que de mi boca o de mi cerebro surgen acaben rimando por casualidad, no me ayuda demasiado a creerme una buena narradora, pero hoy estoy dispuesta a como sea escribir lo que sea y supongo que en el fondo eso es lo que cuenta, y nada más. Como ya hay demasiadas cosas que, en sentido metafórico y no tanto, me castran, no voy a permitir que la autocensura perpetre sobre mí más ablaciones de las necesarias. A partir de ahora, y a pesar de las serias dudas que al respecto albergo, todo será dicho, escrito y registrado para esa posteridad imaginaria de la cual pretendo erigirme en deudora.
Últimamente me cuesta mear. Y no me refiero a que, en situaciones estresantes como puede ser el intentar hacerlo entre dos coches mientras un amigo compasivo trata a duras penas de cubrirme de la vista de los viandantes, me resulte dificultoso estimular la micción, sino a que no siento en general ganas de hacer pis. Teniendo en cuenta la cantidad ingente de líquido, alcohólico y no alcohólico, que mi estómago es capaz de ingerir en un día, y que la ausencia de dolor o escozor al hacerlo imposibilita el que padezca cistitis, no me queda otro remedio que atribuir la dificultad a alguna clase de conflicto psicológico relacionado con el aparato genitourinario. Sin pretender resultar demasiado freudiana, opino que mi incapacidad para hacer pipí con normalidad está relacionada con una cierta culpabilidad sexual de cuyos orígenes no viene al caso, ni a la apetencia, hablar. Como contraviniendo esta explicación, o quizá liberadas por la reciente ponencia de la misma, las ganas de mear han retornado a las andadas con inusitada furia. Vamos, que o voy al baño ahora mismo o por contra os obsequio, de corrido y sin respirar, con una lluvia dorada de las antológicas. Sabía que escribir iba a tener su utilidad en el día de hoy. Ahorita regreso, que diría cualquier fémina de nombre Lucrecia que tendiese, por el hecho de ser humana, a emitir por doquier y a despecho del buen gusto muletillas de cortesía prefijadas.

(Una micción más tarde)

Pues sí que tenía ganas, sí. Y lo mejor de todo es que el pis ha sido abundante, indoloro, transparente, y que por primera vez en dos semanas he sentido el vientre relajado y libre de peso. Y esto lo digo además en una época en que, debido a mis ayunos constantes, luzco más delgada que nunca. Resulta curioso percibirse pesado cuando más esbelto se está, y compensar la distorsión emocional que supone el sentirse extralimitado en algo reduciendo la ocurrencia de un acto biológico relacionado. En este caso, comer [y quizá el último punto debiera haber sido punto y coma]. Me limito a hacer una comida al día, como los perros, quizá porque yo misma me siento una perra. Y como me siento una perra sexualmente hablando me topo de repente con dificultades para orinar. Si se piensa bien, resulta todo bastante lógico. El inconsciente, como me comentaba Chechu el otro día, es una inteligencia que merecería ser considerada aparte. Lo que no sé es hasta qué punto dicha inteligencia es meritoria, o indicadora de diferencia alguna entre un ser humano y otro. A un nivel inconsciente, parecemos todos bastante inteligentes. Sobre todo los más reprimidos y artistas, sobre todo los más culpables. Quizá, el hecho de sacar estas cosas a la consciencia me entontezca en relación a esa inteligencia inconsciente de la que hablo, pero como lo más probable es que a su vez me enlistezca ante vuestros ojos y yo soy una sumisa de las excelencias aparentes, por si acaso queda dicho.
Y como en general, y aunque no soy una fanática de la obra cumbre de Henry James, disfruto con las dobles vueltas de tuerca (y las curvas torcas de rueca, que es lo que en principio había escrito por error), voy a jugar a contradecirme buscándole los tres pies al gato de la lógica. He dicho que me siento culpable en un sentido sexual y que por eso no como más que una vez al día, pero al decirlo he omitido un detalle importante: creo, sinceramente, que estoy cada vez más buena. El creer eso me hace dessear ser follada y propiciar un estado de receptividad sexual que contradice, o no, el sentimiento de culpabilidad del que hablaba. En resumen: sentirse culpable por algo desemboca en una predisposición salvaje al objeto de conflicto. Y aún hay más: el dejar de comer no es un acto inconsciente, sino todo lo contrario. Deriva, de hecho, de una voluntad lúcida por resultar cada vez más apetecible, y no tiene por meta más que reincidir en aquello que supuestamente me hace infeliz. Si esto fuera verdad, implicaría aceptar que el inconsciente no es heraldo de la inteligencia, sino de la estupidez. Si nos hace inclinarnos hacia aquello que nos aboca a la infelicidad, muy bien podría decirse que el abstracto hijo de puta no cumple sus funciones como es debido. O eso, o aceptar de una vez por todas y sin misticismo vegano de por medio que valga, que el fin último del universo y de la humanidad es la entropía y la autodestrucción Absurda (y la mayúscula no es azarosa).

Aunque le buscaba los tres pies al gato de la lógica con ánimo de contradecirme y de hacer metaliteratura, he de confesar que lo único que he conseguido ha sido ampliar y aun reafirmar lo dicho con anterioridad al último párrafo. En cualquier caso, ha sido instructivo. ¿Para qué quejarse? Los caminos de El Señor son inescrutables y el mío, por el hecho de ser señora y masculina a un tiempo, lo es mucho más y a mucha más honra. O a mucha menos, que para el caso...

¡Ciao, malditos!

jueves, 25 de junio de 2009

Cría cuervos


Creo que padezco de cierta fijación con el tema de la infancia. Apenas escribo nada que no esté relacionado, en uno u otro sentido, con la manera en que los niños perciben el mundo y, aunque la mayoría de vosotros no habéis leído ningún capítulo de los que hasta ahora han sido mis más relevantes intentos de novela, lo cierto es que no hay nada en sus contenidos que se salga del ámbito de la niñez y de la preadolescencia. Esto no sé si es un lastre o el equivalente a una obsessión poética que, con una dedicación adecuada y procurando prestarle al desarrollo del tema la atención necesaria, podría llegar en un futuro a convertirse en la piedra de toque de mi producción artística.
Mi fascinación por los niños se remonta en el tiempo hasta la época en que yo misma no era sino una niña. Pero si bien resulta del todo natural que un infante con inclinaciones literarias escriba sobre las andanzas de otros niños por él imaginados, el que un escritor adulto prefiera expresarse a través de las supuestas percepciones de niños de su creación en lugar de por las de personajes afines a su edad e intereses es cuanto menos revelador de ciertas cosas. No sé si tendrá algo que ver con todo esto esa patología tan de moda entre los miembros más perdidos de mi generación, consistente en el padecimiento de un pánico atroz a crecer y a comportarse de acuerdo con lo que esa idea exige de uno mismo, o si no es ésta, por contra, una hipótesis pseudopsicológica de lo más superficial y gratuito, pero el caso es que reconozco estar poéticamente enamorada de las luces y las sombras del universo infantil, y que pocas cosas, fuera de este ámbito, me conmueven tan hasta las raíces.
Me fascina sobremanera la mirada intensa y desprovista de artificios que los niños dirigen a las cosas y personas de su entorno, y que enmarcada en el contorno gigantesco y resplandeciente de dos ojos de buey del tamaño de lagos, parece escrutar las profundidades del alma sin apenas esfuerzo y libre de prejuicios. Si el niño es bueno o es malo, lo es en cualquier caso en un ámbito ajeno al de la moralidad. Y así, lo que debería ser maldad se transforma en perversión; y allí donde se supondría bondad, debe por contra suponerse alguna suerte de santidad de orden superior al religioso. El niño lo hace todo de raíz y desde la entraña. Si siente miedo, manifiesta pánico; si está deprimido, se muestra irritado; si llora, lo hace a borbotones y hasta la congestión. Y si además el niño es sensible y resulta posseer, en el fondo de la mirada, un deje de melancolía sensible a la belleza, ¿qué mejor prisma viviente podría requerirse para ahondar en los misterios de la existencia?
He tenido la suerte de ver tres películas que, a pesar de no formar parte de una trilogía ni de ser siquiera obra de un mismo director, guardan entre sí las suficientes similitudes como para que se las considere integradas en un mismo todo. Además de que la actriz protagonista de las tres es la misma, Ana Torrent, la temática es coincidente hasta puntos insospechados. La primera es El espíritu de la colmena, de Víctor Urice; la segunda Cría Cuervos, de Carlos Saura; y la tercera El nido, de Jaime de Armiñán. La muerte, flotando sobre la vida cual bruma inaprensible y feroz, se cierne sobre la protagonista estrechando un cerco que pide ser enfrentado; y la protagonista, que según la película tiene siete, diez o trece años y que con independencia de eso cuenta con los mejores ojos que jamás hayan existido en la historia del cine, afronta el misterio terrible en función de los recursos a su alcance. En la primera es la fantasía y la fascinación por el espejismo del cine lo que revela a Ana la posibilidad de la no existencia, y aferrada a esa imagen conmovedora del Frankenstein de Whale en que el monstruo toma una flor de la mano regordeta de la niña inclinada sobre el río, comienza a obsessionarse con la idea de invocar su espíritu para demostrarse a sí misma que tampoco ella tendría miedo, y así evadir la culpabilidad de la intolerancia. En la segunda es el fallecimiento de la madre, y su convencimiento de poder reinar sobre la vida y la muerte administrando por aquí y por allá el contenido de un poderosísimo veneno que le confió ésta antes de expirar, lo que hace que Ana tenga que enfrentarse a la negrura oculta en su propio corazón. Y en la tercera, la más oscura y osada de las tres, la sexualidad toma el relevo de lo atroz para mostrar hasta qué punto el amor, la muerte y el desseo forman parte de una misma enredadera. Si yo hiciera cine, haría un cine muy parecido a ese. Y si esa niña no fuera ya una mujer bastante más mayor que yo, sin duda querría que fueran sus ojos los que miraran de frente y abiertos de par en par el objetivo de mi cámara.
Qué casualidad que las tres películas sean, cada una a su manera, dramas rurales y no dramas a secas. No sé si es que los contextos naturales resultan más adecuados para la expresión de según qué conflictos, o si es que los cineastas españoles padecen de una incapacidad crónica para hacer de la ciudad algo interesante, pero lo cierto es que la mayor parte de las películas nacionales que me gustan (aparte de las citadas, Vacas, de Julio Medem, y Los santos inocentes, de Mario Camus) están ambientadas en la campiña. Supongo que la mera configuración de los espacios abiertos, con su profusión de bosques y páramos solitarios, posibilita el que sea la mirada, y no tanto el diálogo o las secuencias de acción, el elemento en que reposa la expresividad de lo retratado. Los diálogos son escasos, entrecortados, susurrados. Los niños hablan bajito y a cuentagotas, pero todo lo que dicen parece ser de extrema importancia y, casi sin querer, te descubres aguzando el oído y escuchando como quien espía un secreto, sin atreverte a subir el volumen de la televisión por miedo a emitir algún sonido que pueda distraerlos de sus confidencias y hacer que callen para siempre.
El terror, elemento imprescindible en cualquier manifestación artística que se precie, es más un color, una atmósfera, un afta que lo invade todo con un aura opresiva y como de catástrofe, que una secuencia física de acontecimientos pavorosos a los que el espectador pueda escapar cerrando los ojos un instante. En El espíritu de la colmena aparece la mejor escena de "susto" que he tenido ocasión de presenciar en el cine, pero por respeto a todo aquel que no la haya disfrutado todavía evitaré revelar detalles.
Por su parte, la Goyita de El Nido es superior a cualquier aspirante a Lolita que, en bodrios del calibre de la versión que Kubrick ha cedido a la posteridad, hayan intentado en vano encarnar las virtudes de la nínfula primigenia. Si bien Goyita es un tanto más oscura y brillante que sus predecesoras, a su vez parece poseedora de una sensibilidad impropia de toda nínfula que no se llame Ada y que, unida a una sencillez manifiesta más creíble en una niña de su edad, hace que trascienda el original convirtiéndola en un monstruo (entiéndase por "monstruo" la definición patafísica de Jarry - que, si he de ser sincera, estaba desseando citar desde hacía días): "Se suele llamar monstruo al acuerdo desacostumbrado de elementos disonantes: el Centauro, la Quimera son definidos así por quien no comprende. Yo llamo monstruo a todo original de inagotable belleza"

jueves, 18 de junio de 2009

RaBiEtA


Tengo ante mí una botella de vino medio vacía, pues hoy estoy pesimista, un libro insoportablemente aburrido de Guillermo Cabrera Infante y un par de revistas de cine que he leído más veces de las necesarias. Mi estado es algo problemático, pues por un lado podría decirse que no tengo ganas de hacer nada en absoluto, y por otro es evidente que me muero por que pase algo que me saque del estupor en que me encuentro sumida. He probado, para salir del trance, a fantasear sexualmente con los seres humanos al alcance de mi vista, pero o son todos demasiado engendros o yo me he vuelto demasiado frígida, porque por más que lo intento no consigo que se me levante. Si fuera hombre, cosa acerca de la cual albergo serias dudas, podría echarle la culpa al vino que llevo encima, que no es poco, pero mi condición de hembra a regañadientes me veta el empleo de excusas del calibre. Me gustaría decir que tengo ganas de follar, de escribir o de matar, pero como no es el caso y ya miento bastante en la vida oral, por esta vez haré un esfuerzo de honestidad y me limitaré a revelarme como la mujer aburrida de sí misma que soy, o que estoy.
Antes he visto una película que me ha hecho llorar y por un momento me he sentido viva, pero como el arte no es en el fondo más que una forma de evasión como cualquier otra, el efecto ha pasado pronto y vuelvo a mis andanzas de furia y desmotivación. La película se trataba, por cierto, de El espíritu de la colmena.
En ocasiones me parece absurda esta forma equívoca de comunicación que se establece a través de blogs y similares. Yo te contesto, tú me contestas, y juntos nos corremos de gusto erotómano y autosatisfecho. Excepto el Dr. Krapp ninguno ha pasado la prueba del algodón, y eso me hace plantearme si el que alguien te escriba una monería afable no depende más del hecho de que tú cumplas con tu parte del trato que de cosas como que la literatura que generas les diga algo. Como la respuesta la sabía ya de antemano, esto no es más que un párrafo retórico que introduzco con ánimo de provocar y con la certeza de que nadie, excepto el susodicho (un besso para él) leerá. ¡A la mierda Internet y sus sagradas vacas! ¿Quién las necesita? Debería darme de collejas por no haber tenido en cuenta que la red global, como todo en esta vida sucia y desprovista de chispa, se fundamenta en correspondencias y cortesías de baratillo. Como la cortesía es algo que, a despecho de la educación recibida, no se me da demasiado bien, permitidme que sin más preámbulo, y con ánimo de ofender, os mande a todos a tomar por culo.
Quizá debiera abandonar la literatura, o aplazarla hasta que encuentre, en mi realidad cotidiana, un motivo por el cual perpetuarla que no sea el de la desidia, asumida de antemano, de que todo y todos me aburren hasta la desdicha. Como ahora, que estoy aburrida y escribo, que estoy desesperada y escribo, que estoy maltrecha y escribo sobre mi aburrimiento, mi desesperación y mi maltrechez a prueba de optimismos sin que por ello, ni aunque lo generado alcance a satisfacer la más superficial de mis egolatrías, me sienta más artista que cualquiera de vosotros, cucarachas.
Estoy escribiendo una novela que, por segunda vez en mi vida y sin que sirva de garantía de nada, me satisface. ¿Y qué? Por encima de mi creatividad, y aunque me duela, están mi ira y mi tendencia al melodrama, y aunque trate de forzar ese estado que, por no se sabe qué conjunción de conjunciones, me permite escribir sobre personajes ficticios, lo cierto es que si éste no me es dado por inspiración divina, o demoníaca, ninguno de mis esfuerzos consigue evocarlo con la presteza necesaria como para hacerlo prolífico. ¡Palabras, palabras, palabras, palabras! Quisiera trascender la palabra y quedarme indefensa y en bragas ante la imagen, el aroma, el sonido exacto. Pero entre lo que quiero decir y lo que digo, entre el referente y lo referido, hay un abismo tan grande y tan solitario que en ocasiones trastabillo y caigo, ¡oh, malditos y miopes voyeurs!, sin lograr siquiera el privilegio de la ambigüedad. Si el público no me fuera tan necesario y el escribir supusiese, más que ninguna otra cosa, una toma de contacto conmigo misma y con mis intimidades, ninguna de estas tribulaciones tendría el menor sentido. Pero el caso es que el hambre de público, de espectáculo y de mediática repercusión contamina, si no mis contenidos, sí en cambio mis intervalos y mis períodos de entrega, haciendo que a mi pesar, y por mucho que trate de evitarlo, sacrifique el esmero en favor de no sé muy bien qué cosa relacionada con el aplauso.
Ahora que ya he vomitado estoy más calmada y contenta. El asco se ha esfumado y, con él, las náuseas generadoras de textos que no van a ninguna parte. ¡Salud, mis contritos! ¡Y que os aproveche!

La Liberté


En primer lugar, consideremos la libertad como una metáfora entre la cadena fantasmagórica que nos mantiene unidos a según qué causas o personalidades, y la sensación subjetiva de asfixia y sinsentido que el estar amarrados a tan ilustres y manipuladoras sogas nos produce en el corazoncito infartado de passiones insatisfechas y autoexigentes.
Si bien la libertad ha sido definida como derecho, como aspiración, como connatural al ser humano y como tantísimas otras cosas que nada, en realidad, tienen en común con ésta, es indudable que si dichas definiciones han permanecido en nuestro imaginario filosófico hasta el día de hoy, es porque albergan en sus respectivos núcleos la suficiente cantidad de verdad como para hacer de ellas materia susceptible de análisis.
¿Qué es para mí la libertad? Un dualismo motivacional que, ora se me antoja bendición ausente y desseada, ora maldición presente y temida. Cuando mi subjetividad caprichosa y, por qué no, egoísta en grado sumo, se topa de bruces y sin prolegómenos que valgan con tan anhelada falta de cadenas, lo que me invade, en lugar del sentimiento homónimo y como de caballo desbocado que cabría esperar, es por contra una especie de terror y de indefensión que, más que darme alas y propulsarme hacia el infinito campo de las posibilidades, me aletarga en no sé qué estado relacionado, eso sí, con cierto pánico al abandono que me embargaba cuando, con seis años, permanecía en casa en compañía de mi abuela, muerta de miedo por si mi madre no regresaba y, para distraer el tiempo hasta que el timbre sonaba o se escuchaba la llave traquetear en la cerradura, le escribía postales a mi progenitora que más parecían esquelas o breves testamentos que los registros emocionales típicos de un niño que echa de menos a alguien. Aunque entre mis truculentos epitafios había te quieros, dibujos y frases de amor, también se daba en ellos cierto tipo de elementos que nada tenían que ver con la nostalgia del infante temporalmente abandonado por una cita o por un puesto de trabajo. Hace poco encontré, rebuscando en cajones olvidados, una de esas misivas que cada atardecer dejaba, con puntualidad escrupulosa, sobre la cama de mi madre. Consistía ésta en una carta en la que había un dibujo y una dedicatoria de lo más escabrosa: el dibujo no era más que la silueta de mi mano regordeta, cuidadosamente perfilada por una cera negra Plastidecor, a la que después había añadido el complemento imaginario de una sortija y de un reloj que marcaba la hora a la que mi madre solía regresar a casa. La dedicatoria era la siguiente: “para que te acuerdes de mí cuando ya no esté aquí”. Recuerdo la tarde exacta en que mi madre leyó esa carta, y su rostro de sorpresa y ternura infinitas cuando, tras dejarla sobre la mesilla y dirigiéndose a la versión más bajita e indefensa de mí misma que aguardaba en la puerta de su cuarto a la espera de un comentario a favor o en contra de lo expresado, me dijo lo siguiente: “¿Pero es que te vas a marchar de casa? Anda, ven aquí...” También recuerdo la forma en que me abalancé sobre la cama y, a horcajadas sobre su cuerpo y comiéndomela a bessos, le contesté que lo que me daba miedo es que a ella le pasara algo. Analizado desde la distancia, el diálogo no parece tener mucho sentido. Ignoro la razón de que, temiendo como temía la posibilidad insoportable de su muerte, no escribiera sino algo que sugería una cierta preocupación por la de la mía, y se me ocurre que quizá, y sin que existiera una volición consciente por mi parte, lo que estaba ejercitando con ese tipo de mensajes era una versión rebuscada y del todo ajena a mi control de extorsión emocional. Por decirlo de algún modo: como no me atrevía a expresar directamente mis temores; esto es, ser abandonada, lo que hacía era sugerirlos en sentido inverso para que ella se percatara de la clase, aunque no de la dirección, de los conflictos que en verdad me afligían. Los psicólogos lo llaman “ansiedad de separación” y yo me siento una privilegiada por guardar recuerdos tan nítidos de lo que fue mi infancia, y poder así comprender de una forma rayana en la analogía lo que dicha ansiedad significa verdaderamente para un niño tembloroso que aguarda la llegada de alguien con los dedos cruzados y todos los tics nerviosos que imaginarse puedan. Mientras mi madre permanecía fuera de casa, solía autoimponerme ejercicios que, según lo indicado por mis tendencias animistas, contribuían a que ella llegara a casa sana y salva. Así, cogí por costumbre el comer, a intervalos de cuarto de hora, una pastilla de cera de depilar hasta que escuchaba el sonido ansiado de las llaves. Pensaba que, si dejaba de comer el asqueroso caramelo guiándome por la repulsión y el miedo a enfermar que me asaltaban cada vez que lo hacía, a mi madre podría pasarle algo. Esto, que no es sino una forma rebuscada y patológica de responsabilizarse de cosas que a uno no le atañen (como puede ser el hecho de que alguien te abandone, por la voluntad propia del desapego o por la ajena de la muerte), es quizá la misma estrategia que hoy día sigo aplicando ante situaciones que me vulneran dejándome a solas conmigo misma y con mis extraños recursos de afrontación. En lugar de limitarme a controlarme a mí misma (lo cual sería ya bastante trabajoso) trato de controlar todo lo que me rodea y que no es mi responsabilidad.
Volvamos al tema de la libertad. La libertad ideal, extrema y pura no es sino aquella situación en que de repente, y sin excusas que valgan, te encuentras a solas contigo mismo y con tus miedos. Y entonces, y a despecho de lo que hasta el momento habías desseado (ser libre), de repente quisieras volver a encadenarte y, de tener a mano los grilletes abstractos que tan calladito e irritado te mantenían, tú mismo cerrarías su presa en torno a la perfección nívea y libertada de tu muñeca otrora retenida y mancillada de pesadas cadenas. La diferencia entre el miedo a la libertad de la infancia y el de la edad adulta, o juvenil, es que los recursos de extorsión que se conocen y se saben utilizar en ésta son, en detrimento de la simbología, más directos y chantajistas que los precursores de nuestra niñez y, por tanto, resultan mucho menos efectivos en ese arte innoble y antiquísimo que es el de despertar lástima.
Por mucho que se diga que el ser humano es gregario por naturaleza, no menos cierto es que la necesidad de estar solos, y a expensas de nuestros recursos, supera en ocasiones a la de sentirnos unidos a alguien. Así, cuando contamos con todo el amor y las atenciones que podíamos dessear, habiendo incluso forzado un acercamiento del Otro a los cuidados requeridos por nosotros, nos descubrimos en cambio agobiados y con ganas auténticas de mandarlo todo a la mierda para quedarnos solos y a la deriva.

No sé si tendrá algo que ver con todo esto, pero últimamente he estado observando mi comportamiento al votar películas en Filmaffinity y he llegado a conclusiones bastante graciosas. Como supongo sabrá todo el mundo, la susodicha página web incluye un servicio de búsqueda de medias naranjas cinéfilas, que se realiza a partir de las estadísticas de tus valoraciones. A partir de unas pocas notas adjudicadas por el usuario -cuantas más, mejor- el programa le pone en contacto con personas afines a sus preferencias. Eso permite, entre otras cosas, que se de un flujo constante de recomendación de películas entre el usuario y sus correspondientes almas gemelas. A lo que me refiero con lo de haber llegado a conclusiones graciosas es a que, por ejemplo, cuando una película me ha gustado moderadamente y tengo dudas acerca de la nota que atribuirle, me suelo fijar, de forma instintiva y antes siquiera de haberla puntuado, en la opinión de los que se supone son los usuarios con gustos más parecidos a los míos y entre los cuales, y por si acaso se trata de alguno de vosotros, se cuentan un tal CAMONTOL y un tal Mr. Quality. Si, pongamos por caso, la nota media de mis almas gemelas para esa película es de 7`5, tiendo a subir a 7 el 6 con que había previsto puntuarla; y si sicha nota media resulta ser de 6, lo que hago es bajar a 7 el 8 que quizá le habría atribuido. Esto no ocurre, por ejemplo, en películas que me han encantado o repelido por completo y de las cuales mis almas gemelas tienen una opinión contraria o moderada. Es decir, que si la película en cuestión me encandila o se me antoja un bodrio, no solo no me avergüenzo de mi criterio equidistante sino que además me enorgullezco de él. Conclusión: el amor te hace libre. Ya sé que me he saltado unas cuantas premisas y que el aforismo, en relación con lo que he dicho, sea quizá un poco precipitado. Además, teniendo en cuenta que no sólo las películas que me enamoran, sino también aquellas que me desagradan por completo, me permiten votar con total libertad, tal vez no sea exactamente el enamoramiento el responsable de tal cosa. ¿Cuál es la causa, pues, de tamaña ausencia de cadenas? Si algo en común tienen el amor y el odio es la presencia de una cierta cantidad de intensidad, así que atajando de nuevo, y debido a que esta vez estoy convencida de lo que suscribo, me atrevo a afirmar que es la intensidad de la emoción sentida lo que que te hace libre y, por tanto, te aleja de la mediocridad.
Por otra parte, y rompiendo una lanza en mi favor, he de decir que por lo general cambio mis valoraciones a lo largo de los días posteriores a su registro, de darse en mis fueros la sospecha de que han sido contaminadas por criterios ajenos. Al igual que las obras de arte, también las opiniones se reconstruyen y enriquecen con el tiempo.
¡Vaya sarta de gilipolleces!, ¿no? Al fin y al cabo, todo lo anterior puede ser explicado en base al hecho de que es mucho más sencillo opinar radical que moderadamente. Números como el 6, el 7 y el 8 resultan del todo ambiguos en comparación con sus primos el 0 y el 10. Y ya puestos a fardar de cinefilia, ¿para qué complicarse la pedantería con películas que ni le van ni le vienen a uno?
Ciao, bellos!

miércoles, 27 de mayo de 2009

L' imagination au pouvoir


Quiero escribir una historia de piratas, pero también quiero escribir una historia sobre la adolescencia y los ritos iniciáticos infantiles. Quiero escribir un canto a la libertad, pero también quiero descender a los más oscuros y tortuosos reductos del Hombre. Quiero escribir un relato de misterio que a su vez sea una epopeya de aventuras y un libro de viajes como los que escribe Durrell. Quiero fragmentos en torrente que estallen como los de los Trópicos. Quiero la delicadeza, la perversidad y lo voluptuoso de Nabokov; el lirismo y la despreocupación de ese Rimbaud vagabundo que paseaba mejor que escribía y que, si se hizo poeta, fue más por descansar las piernas que por trascender el siglo. Quiero la erudición de Brierce y De Quincey, la energía creadora de Asimov y Stephen King; la honestidad escandalosa que alcanza a vislumbrarse en ciertos diarios inspirados en Viena pero escritos en París por meritorias féminas de pechos pequeños y erguidos como los de las púberes. Quiero la redondez argumental de El Padrino, la riqueza dramática e interactiva de una historia coral, el componente atávico de la Tragedia, la toxicidad adictiva de según qué best- sellers de mi gusto. Quiero que mi novela abarque toda la vida e ilumine la totalidad de la experiencia, quiero que mi obra sea la demostración compacta y autosuficiente de todo lo que he sido, que soy y que seré.

Creo que no se puede alcanzar la gloria (y por gloria me refiero a la satisfacción que se siente al saber que la misión para la que uno estaba destinado, sea ésta artística o de cualquier otro rango, ha sido satisfecha hasta el más escrupuloso detalle), escribiendo fragmentos en prosa del cariz de los que yo escribo. Podría, eso sí, alcanzar una cierta reputación entre mis contemporáneos, y aun ser recordada en algún curso de literatura experimental impartido por el profesor soplagaitas de turno, en cualquier facultad prestigiosa que albergara las generaciones venideras de insoportables poetuchos en ciernes vestidos como para matar. Pero la gloria verdadera, esa a la que yo me refiero y que no es cosa de guasa ni de ironía por mi parte, se me escaparía para siempre y, de existir un limbo infraterreno más allá de la muerte para las personas tragicómicas y agridulces como yo, que a falta de un talento despierto para la maldad y la inmoralidad aventurera se conforman con ejercer su dominio de la lengua de víbora sobre sus pálidos y desleídos prójimos; de existir un paréntesis semejante, decía, me imagino en un lamento inaguantable y eterno más cruel y grotesco que cualquiera de los infiernos que pintarse o escribirse puedan. Por el camino que voy imagino que, con suerte, podría llegar a convertirme en una de esas autoras sobrevaloradas cuyo desequilibrio emocional y sus escándalos, y no tanto su literatura, han contribuido a hacerles un hueco en la Historia Universal de las Letras. El verdadero talento de un escritor reside en saber salirse de sí mismo, en saber dar forma y contenido a unos personajes que de puro reales y multidimensionales alcancen a robarle el aire del cuartucho mal ventilado desde el cual les insufla la vida el repiqueteo armonioso de unos dedos y el ronroneo constante de una imaginación desbocada y por completo superior al Hombre que la posee. Que los personajes trasciendan la existencia del demiurgo, y que el demiurgo comprenda y humille de una vez la testa ante aquellos que han de perpetuarle en la inmensidad resplandeciente de pupilas que leen, dilatando o contrayendo la atención en función del interés reportado por aquello que interceptan. Le realidad perceptiva y vivencial del escritor ha de estar presente, pero del mismo modo en que el milagro de la polinización está presente en la ráfaga de viento que, en un cruce de calles secundarias, te azota el rostro y te inspira, como de pasada, a saber qué fantasía pánica sobre plantas carnívoras e invernaderos frecuentados por infantes. En la maestría o sutileza con que consigue un artista infiltrarse en su obra reside el alcance del talento por el cual ha de ser recordado. A medio camino entre el deje y el incógnito, la filosofía del creador ha de procurar asomarse a lo creado, sin inmiscuirse ni contaminar un ápice el destino lógico y las necesidades de sus personajes. Todo lo que se expone demasiado a las claras y en clave de ensayo es revelador de una incapacidad para trascenderse a uno mismo. El ensayo apesta a manifiesto, y el manifiesto a utilidad. Ni qué decir tiene que todo arte, para ser excelso, ha de ser más inútil que útil, y que ni toda la filosofía del mundo, con sus premisas perfectamente hilvanadas y sus tautologías ensalzadas a la categoría de iconos, es capaz de llegarle a las suelas a la miseria concreta y plástica de un personaje en particular. Si quieres escribir un manifiesto contra la pena de muerte, y además pretendes que dicho manifiesto cale hondo en los corazones, moléstate en inventarte unos personajes que la sufran en sus propias carnes y que conmuevan, de una manera más próxima a la estética que a la moral o a los principios, los ánimos de aquellos que les siguen en sus correrías. Lo que por apartados se expresa y sin ejemplo alguno pretende hacerse conmovedor no trasciende más allá de lo puramente anecdótico. El símbolo, como en los sueños, es necesario. Lo no simbólico perece pronto y no perdura en la conciencia humana. El no - símbolo apesta. Este texto apesta. Todos mis esfuerzos de ahora en adelante se dirigen a la finalidad sublime de hacerme grata a vuestros olfatos.

martes, 26 de mayo de 2009

Misérable


En ocasiones me da la impresión de que todo a mi alrededor fluye lenta, muy lentamente. En ocasiones tengo la intuición de que caminamos hacia la muerte, sutilmente arrastrados por nuestro perezoso destino, a través de no sé qué grumo viscoso, embrutecedor y como lleno de algas, sin más consciencia de velocidad que la que tendría una tortuga al sol, un día de primavera, del movimiento centrípeto de la tierra respecto a su eje. Sé que la soledad es necesaria, sé que estar sola es necesario. Siendo como soy, solitaria, me resulta sencillo encontrar la intimidad en cualquier parte. Aun cuando me cito con personas, y éstas me hablan y yo contesto, me resulta insultantemente sencillo evadirme de la situación y hacer simplemente como que estoy, a través de una especie de versión robotizada de mí misma a la que descubro, no sin cierto asombro, contestando a las personas y aun demostrando interés por ellas, y que se diferencia de mi yo auténtico (que ni siquiera sé si es el que ahora escribe) en tres excesos del carácter: es más serio, más esquivo y más lento en contestar. Cuando esa Iria ficticia se manifiesta, la auténtica se aisla en su trópico interno y, como quien bombea una glándula, liba de sus pensamientos y construye quimeras de solipsismo y diamante que, al estallar tras la opacidad casi inexpresiva de su pupilas, crean por un instante la ilusión de que atiende a lo que a su alrededor sucede.
Hablar de mí misma en tercera persona no deja de resultarme algo extravagante, así que para matar el rato y como quien hace un crucigrama, voy a describir al individuo que hay a mi derecha, sentado frente a una muchacha de estupidez pareja y correspondiente. Imaginaos a un caballo, disfrazadlo de Sherlock Holmes, y tendréis una idea bastante aproximada de su silueta general. De unos cuarenta años, con rostro alargado y como moldeado en plastilina, de rasgos algo más moderados que los de un Mr. Potato de los de antes y lo suficientemente amanerado y pomposo como para estar fumándose una pipa como quien se fuma un Marlboro, y aún peor, pues no contento con chupetear el extremo como un goloso y con expulsar hacia arriba volutas anilladas de humo que se deshacen al instante en hilachas de fantasmagoría, se entretiene en fingir, con una frecuencia extralimitada y escasamente elegante, que el llamativo instrumento se le apaga cada dos por tres y como por arte de magia, para inclinarse sobre su interlocutora e impresionarla aún más si cabe exhibiendo una habilidad portentosa en todo lo que se refiere a manipulaciones y encendidos del espíritu. Por lo que he deducido de la conversación, él es una especie de profesor y ella una especie de alumna o ex- alumna altamente interesada en conmoverle. Su conversación es tan banal como atrayente y, del mismo modo en que cuando por casualidad me cruzo en la calle con un deforme, un tullido, un retrasado, o con alguna de esas mujeres a las que les ha desgraciado la cara con ácido algún marido celoso y no tienen por nariz más que un par de fosas negras, dilatadas y esqueléticas que parecen ensanchar el alcance de su sombra hasta más allá de la cuenca de los ojos, no puedo evitar mirar con disimulo y aun con descaro la magnitud de su desgracia (que por no sé qué oscura y retorcida senda nos consuela o refocila de algún modo por completo contrario a la piedad); del mismo modo, decía, me descubro atraída una y otra vez hacia la conversación vergonzosa que mantienen los anodinos de la mesa de al lado. Y sí, ya sé que el poeta debería sacar partido de las cosas hermosas y no perder su tiempo sublime en barruntos seniles de vieja archirrabiosa y frígida, pero en fin... también decía Miller que lo que el poeta tiene, por encima de todas las cosas, es un gran detector de mierda en su interior. Aunque yo misma creo, contradiciendo al pequeño y belicoso Henry, que lo que el poeta tiene por sobre todas las cosas es un radar sensible a la belleza más que a la mierda (pues al fin y al cabo, ésta apesta y un poeta, dígase lo que se diga, no deja de ser un artista y por tanto un frívolo partidario de lo agradable), le citaré en esta ocasión como argumento de autoridad en contra del pensamiento de no sé cuál de todos mis yoes manifiestos. Por si acaso no se trata de aquel con el cual me identifico ahora, me curo en salud contradiciéndome de antemano y abriéndome camino, ora con ideas de jardinero, ora con machetazos de filósofo, a través del gradiente enmarañado de premisas que me separa y me aisla de la Verdad.
Hoy me he sentido pequeña. Cual insecto diminuto al pie de la orgullosa catedral gótica que, erigida por organismos de una especie privilegiada en todo superior a la suya, le recordara al paupérrimo bichejo su incapacidad física e intelectiva para llevar a buen término construcción semejante, hoy me he sentido abrumada ante un autor: Victor Hugo. ¿Qué se puede escribir después de Los Miserables, Dios mío, qué? Juro que si no hubiera sentido esto mismo muchas veces antes, me habría desesperado sin remisión ante el abismo de absurdo y mediocridad sugerido por esa idea fanática y equivocada que ha venido a perturbarme hoy, nada más amanecer, provocándome incluso un corte de digestión que todavía no he conseguido superar del todo. Si ahora, que me siento algo confusa y que soy, en grado superior al de antaño, consciente de mi ignorancia y de mis limitaciones como artista, viniera por vez primera un pensamiento como ese a contaminar mi esperanza de trascender la guadaña de la Inexistencia, creo que sucumbiría a la angustia y que mi creatividad se vería resentida de muerte. En cambio, cuando el agravio de la comparación entre mi talento y el talento de otros vino a ponerle la zancadilla a mi prepotencia narcisista de adolescente prodigiosa y cínica, era yo lo suficientemente precoz y estúpida como para no prestarle más atención que a cualquiera de los amigos a quienes dejo, de tanto en tanto, bajo la tutela de mi yo robótico, y, por decirlo de algún modo, capeé ese temporal repentino y pionero tirando a base de bien de mis recursos de ignorancia juvenil. Ahora que soy más timorata y humilde, me alegro de que la idea de la propia pequeñez no sea sino una reincidencia autoconsciente de la cual, en cierto modo, he conseguido inmunizarme en respuesta a una exposición periódica. A un lado, Víctor Hugo y su obra total; al otro, este engendro pedante que más que hablar parece que esputa, y que al hacer suyas las palabras de otros alcanza a conseguir ser detestado en consonancia con aquellos a los que alude, citando la parte más frívola e insustancial de sus obras. Creo haber escuchado que en un momento dado le ha dicho a la chica que le acompaña, que se ríe como una estúpida y cuyo aspecto es más parecido al de una peluquera que al de una artista, que "todos somos unos neopensantes". ¡Bendita gilipollez! Todavía me causa asombro que existan individuos que, no contentos con no saturar ni la más nuclear de las partículas (en este caso, la que se refiere al concepto de "pensantes"), traten de especializarse prefijando aquello de lo que andan precisamente escasos. ¡Neopensantes! Creo que de haber sido yo la interlocutora le habría arrojado al rostro lo que fuera que estuviese bebiendo. Y además, no olvidemos que Orwell era un traidor y un chivato. Untado y comprado por un sistema sospechosamente parecido al que criticaba en sus mediocres obras, y que le censuraba en su propio país para después, en una maniobra hipócrita, postmoderna y utilitaria, hacerle propaganda en el extranjero en respuesta a una política esencialmente expansionista y espía, bien pudo así haber triunfado. Y me pregunto: cuando un gilipollas cita a otro de su misma calaña, ¿qué es lo que se obtiene? ¿Una secuencia de muñecas diabólicas rusas? ¿Una tautología de callejón sobre la cual lo más sensato es no pronunciarse ni preguntarse nada? ¿Metaliteratura de barrio de moda al servicio de esa educación globalizada que más parece un bisoñé que un mechón de cabello natural y untuoso? ¿Material para un delirio mediocre y mediocrizante como éste que ahora me ocupa? El neopensante, que a juzgar por las sandeces que dice y en base al criterio manifestado por Doyle, debe de pertenecer a la escuela watsoniana, exhibe cual ramillete de begonias su estupidez a prueba de sabidurías pero en absoluto impermeable al sarcasmo y se crece, como se crecería un gusano con gafas ante la montaña de libros susceptibles de roedura que recién hubiera descubierto en la casa del huésped de su elección, mientras la chica se estremece, enrojece y desploma la mirada bajo el peso de las pestañas, que cansadas de sostener la del erudito papanatas se dirigen a la concreción cálida y reaccionaria de un regazo predispuesto tanto a la misa como a ese furtivo besso que parece querer escapársele de los labios estúpidamente risueños y vasallos. Si al menos fuera ella adolescente en lugar de adulta, preciosa en lugar de anodina y rechoncha, y albergase en la mirada un poso salvaje que gritara en silencio contra la superficialidad del mundo y de la conversación que por no se sabe qué conjunción de planetas regentes ceñudos se acabase de gestar, podría entender su interés manifiesto y aún sus ganas de ser catapultada por obra y gracia de un despojo elocuente como ese que tiene por mentor. Pero sus formas no me conmueven, su rostro con papada me resulta ridículo y su voz aguda y como de grillo asertivo me provoca ardor de estómago y como una especie de otitis maléfica que hace de mis tímpanos badajos desafinados de campana de iglesia. Quiero que se vayan, y que se vayan pronto. Su cháchara se me antoja compulsiva; su lucidez, la del indie recién nacido que a falta de una cultura general ha de conformarse con un tuneado de emergencia y que ante la duda, provenga ésta de donde provenga, todavía alcanza a decir, en lo que no es más que una variante urbanita de esa cortesía provinciana e hipócrita de toda la vida, que lo que dices le parece muy interesante y, ya de paso, que si has leído a tal o cuál autor de su gusto.
Mi desprecio a las personas es la proyección del desprecio que no puedo evitar sentir ante según qué facetas de mí misma. En cambio, el amor casi incondicional y del todo romántico que a temporadas manifiesto hacia aquellos semejantes míos que mejor consiguen conmoverme, tiene su origen en esa otra versión de mi más profundo yo consistente en necesitar sentirse amado a ultranza por los demás. Tal cual presento lo precedente, muy bien podría decirse que aquello que me hace aparecer egoísta y desconsiderada ante el populacho, es precisamente aquello que me vulnera y me empatiza; ya encumbrada, ya a ras de suelo; con todo aquel que me mira y se reconoce en mi gesto de desdén. Como decía mi abuelo, al que nunca conocí pero del cual, a juzgar por las declaraciones que sobre su persona y personalidad han hecho sus descendientes y allegados más próximos, cabía esperar una actitud y una fortaleza de espíritu similares a las del Clint Eastwood de Sin Perdón: es mejor tener amigos hasta en el infierno. Y muy a pecho debía de tomarse el dicho porque, según mi madre, salir con él a cualquier parte se convertía en un auténtico calvario si se tenían seis años y se pretendía llegar antes de la hora de la cena a la feria prometida desde hacía una semana. Cada dos pasos, mi abuelo se encontraba con alguien que le reconocía: con el secretario general de Astilleros que ofrecía, ayudado de un ritual de risotadas y palmadas en la espalda, una colocación instantánea a cualquiera de sus hijas, al proveedor del bar Bello (al llegar al cual, y si la memoria no me engaña, recuerdo haber tenido estrepitosos berrinches al ver denegado mi permiso para tomarme un polo de hielo cuando años más tarde, y ya con mi abuelo en el nicho correspondiente del cementerio de Mera, acudía con mi madre temerosa de anginas infantiles al mismo local que en su día frecuentaba él), al ladronzuelo del barrio que como no es malo del todo acepta algún que otro sermón conciliador y que, de ser preciso, se daría de cuchilladas con quienesquiera que fuesen sus compinches en defensa del viejo imponente que sin prejuicio ni condescendencia alguna accede cada día a estrecharle la mano, y aun a tirarle de las orejas de terciarse o de tratarse, tal vez, de su cumpleaños. Es bueno tener amigos hasta en el infierno, eso decía mi abuelo. He de suponer que tratábase de una persona bastante más pragmática que yo, pues, a pesar de lo que deducirse pueda a raíz de este retrato parcial de su actitud con respecto al mundo, he de confesar que mi abuelo mostrábase algo más rudo en según qué situaciones de su incumbencia. Él no era el tipo que, ante una injusticia racista como la que podía suponer el que un grupo de niños rechazaran al negro de doce años recién llegado a la vecindad negándose a pasarle la pelota en el parque, se quedara callado. Sin duda, él intercedería por el pequeño y aun consentiría en enfurecerse contra sus vecinos, exponiéndose al rechazo y a un posible encontronazo físico con aquellos que hasta hace un lapso considerábanle todavía un igual. Pero tampoco era aquel que, para predicar con el ejemplo, aceptara de buen grado el que la más voluptuosa y solicitada de sus polluelas accediera a bailar con un hombre de color por mero capricho. Mi tía Lourdes, sin ir más lejos, siendo la mayor y la más casquivana de las hijas y, por otra parte, habiéndose erigido en favorita indiscutible del misterioso e impenetrable anciano que le había caído en gracia como padre, recibió en cierta ocasión una bofetada por danzar, a lo largo de una de esas fiestas de barrio en que las almas rasas de la adolescencia déjanse llevar por la música y por los brebajes que a tal fin son preparados por más experimentadas almas que las suyas, con un espécimen atractivo y exótico de macho del color de la melaza que, con gran probabilidad, no sería sino aquel a quien hacía años el viejo había conseguido integrar entre los alevines futboleros de la zona por él vigilada. La integridad transformábase en hipocresía cuando de lo que se trataba era de atrincherar el redil de su propiedad. De la piedad al desprecio hay un paso, y lo que en unos es convencimiento ideológico y bondad natural, no es en otros sino una variante extraña y no del todo indigna de la tolerancia. Tolerante, sí; ¡y aun íntegro! Pero para según qué cosas. Un exceso de facilidad a la hora de hacer el bien resta méritos al ser humano, en tanto en cuanto el mérito siga midiéndose en proporción directa al esfuerzo realizado. Si el santo nace, el santo carece de talento alguno para la santidad. Si por contra, el santo se hace, la santidad no es más que la culminación de un arte que ha de caer en la tentación y en la impiedad una vez tras otra, hasta hacerse meritorio y trascender más allá de un don otorgado desde fuera.
¿A qué venía todo esto? Si vosotros, oh lectores adormecidos o extasiados ante mis líneas, no lo sabéis, menos lo he de saber yo, que no soy más que una practicante de pacotilla con tendencia al autoanálisis. Conclusiones: quiero ser mejor que Victor Hugo. Quiero ser mejor que cualquiera de los hombres. Quiero ser mejor y, a lomos de esa quimera infantiloide y megalómana, os reto a que tratéis de hacer naufragar mi montura. La pobre es novata y tiende a precipitarse a los abismos, así que ¡os insto! Impedid a toda costa que remonte el vuelo y seré toda vuestra, pequeñita, desmenuzada, con el puñito apretado de propósitos y las aspiraciones del tamaño de catedrales de las que amilanan. Aprovechad, aprovechad antes de que enloquezca y ya no sepa lo que me diga ni lo que me haga para siempre jamás de los jamases. Jamás de los Jamases no deja de ser buen nombre para un fraile...

lunes, 23 de marzo de 2009

MAMMA Abigail


Estoy en el Pepe Botella tomándome un café con leche. La camarera, una negra de cara apacible y formas redondeadas, suscita en mí fantasías relacionadas con plantaciones de algodón. Apenas habla, pero hay algo en su sonrisa tranquila y como de vaca que apacigua los ánimos y hace que uno se sienta como en casa. Aunque al caer la tarde este local se transforma en un hervidero de indies, por la mañanas no hay apenas nadie y se puede disfrutar, gracias a la distribución de las mesas y a la tenue iluminación rosada procedente de las lámparas minúsculas, de una cierta intimidad.
En tercero de carrera solía venir a estudiar aquí. Llegaba sobre las cuatro de la tarde y permanecía embebida en mis libros hasta que Chechu, que salía de trabajar a las ocho, pasaba a recogerme en moto. A esas horas poco quedaba ya de la atmósfera matutina, tranquila y como de salón de jazz, que tan apropiada resultaba para el estudio y la escritura. Las mesas se abarrotaban de individuos cuya vestimenta delataba una excesiva premeditación, la camarera descendiente de la madre Abigail era relevada por otra de aspecto más joven y eficiente; y el barullo de las conversaciones sobre música y teatro vanguardista sustituía la cadencia sutil y agradabilísima de la bossa nova que, hasta entonces, más como un matiz del propio silencio que como un verdadero hilo musical, había susurrado en mi oído promesas de bohemia en lugares tropicales y remotos, por una contaminación ambiental in crescendo más propia de un gallinero de diseño que de un antro carismático digno del nombre que ostentaba. Ante el panorama desolador de gente cool y extrovertida que invadía el otrora misterioso recinto, a Chechu le faltaba tiempo para tironearme de la manga en un intento por meterme prisa y escapar cuanto antes de allí. Y la verdad es que razón no le faltaba, pues a partir de cierta hora aquello parecía más un muestrario que un refugio de los que a mí me gusta utilizar como base de operaciones. Bajo el prisma de aquel nuevo público responsable del sostenimiento económico del local (pues como ya he dicho, en horas tempranas, sólo unos pocos gatitos acudíamos allí a por nuestra leche), el lugar degeneraba hacia la homogeneización característica de Malasaña y perdía, a ritmo de garaje, todo el encanto que pudiera haber tenido hacía tan solo unos instantes. Algo que siempre se me había antojado en completa y flagrante discordancia con el estilo del bar era la extraña elección de los pósters que decoraban las paredes, y que no debió de haber consistido, a juzgar por los resultados, sino en una selección más bien poco afortunada de carteleras de películas españolas que no guardaban más conexión entre sí que la de pertenecer, por alguna misteriosa razón fuera del alcance de mi indiscutible buen gusto, a la cultura subterránea indie- pop de los clientes que frecuentaban el garito. Esto era algo muy pragmático, pero también vulgar en extremo. Y como entre lo pragmático y lo notorio no debería haber duda posible (no al menos en una mente artística), no creo equivocarme al afirmar que el haber escogido las imágenes en base al mal gusto de su público potencial no decía gran cosa acerca de la sensibilidad estética de los dueños. Lo más curioso es que hoy, al llegar al bar y quedarme un instante parada en el centro, buscando con la mirada la mejor ubicación de entre todas las disponibles, noté que algo había cambiado pero no me percaté enseguida de lo que podía ser. Medio café después, y ya acostumbrada a la atmósfera e iluminación particulares, mi vista revoloteó de la pantalla del portátil a la pared izquierda del local, y entonces caí en la cuenta. En las blancas paredes no quedaba rastro alguno de aquellas carteleras cinematográficas atroces y, en su lugar, acuarelas con la imagen de Pepe Botella aparecían repartidas por todas partes. Sobra decir que el detalle me agradó y que además, estimulada por la novedad visual, no pude evitar pensar para mis adentros que el hecho de que un bar llamado Pepe Botella fuera, y con creces, el recinto con menos borrachos por metro cuadrado de Malasaña, no dejaba de ser una paradoja. Me pregunté si el bar había cambiado de dueños, o si por contra éstos habían decidido, a raíz de una revelación mesmérica y en un intento por trascender su umbral límite de abstracción, volverse postmodernos.
Me niego a plantearme siquiera la posibilidad de que esa camarera negra de maneras amables como las de las abuelas y de sonrisas y de silencios envenenados de soul, pueda ser una de las dueñas del local. El mal gusto de esta hipótesis es excesivo hasta el punto de hacer que la próxima vez que la vea le pida perdón por haber desconfiado de su pureza. Asociados a esa camarera me azotan el rostro ráfagas de maizal y aromas de tartas puestas a enfriar en la ventana; cada una de sus sonrisas serenas y sabiamente moduladas, hace que se me ocurran mil transiciones posibles entre la esclavitud y la libertad humanas. Y lo mejor de todo es que la camarera en cuestión ni siquiera es de edad avanzada, y que es su disposición, la configuración de gestos en su rostro, su proceder desenvuelto y pacífico, la suavidad con que abandona tetera y platillo sobre la mesa, sin hacer apenas ruido y sin nunca dejar de mirar a los ojos del cliente, lo que me hace suponerle la sabiduría y los poderes esotéricos de una reputada santera en Nueva Orleans. Hay algo en su actitud que oscila entre la desconfianza y la solicitud, y que en cierto modo me recuerda a la manera en que entre humanos se desenvuelve el ganado. Yo siempre les he tenido un poco de miedo a las vacas y a los caballos, y me pregunto si parte de ese miedo no es acaso el responsable de que la camarera en cuestión y yo nos llevemos tan bien. Como está claro que ella no es muy proclive a las confianzas, y que a mí me intimidan a la vez que me agradan sus maneras, cada vez que coincidimos (yo a la borda de la mesa y ella mirándome bandeja en mano y como a la espera de una recompensa), se conjura entre nosotras cierto entramado de sutiles cortesías que, como por arte de birlibirloque y en medio de un suave aroma (el del café o el del té de jazmín), hace que las cosas funcionen como cabía esperar y que todo fluya con la suavidad de un haiku desde el instante en que entro hasta el momento en que decido abandonar el bar.

jueves, 19 de marzo de 2009

Querida Laura (a entregar tras mi posible despido)


Ayer (mi día libre) me llamaste a las cinco de la tarde para decirme que si por favor podía venir hoy tres horas antes porque uno de los moderadores de la mañana, Luís, “ya no estaba con nosotros”. Después de sobresaltarme un instante al pensar que quizá el moderador había muerto, caí en la cuenta de que te referías a otra cosa. Y es que, chica, sólo a una doctorada en diplomacia como tú podía ocurrírsele utilizar semejante eufemismo para referirse a un despido. El hecho de que para ti sea más eufemística la muerte que el cese de un contrato también da que pensar lo suyo, pero seguro que a estas alturas –y aunque sea eso lo que pretenda en el fondo la presente epístola-, no te voy a enseñar nada sobre ti misma que no sepas ya. En fin… a lo que íbamos. El caso es que yo, dado que estaba en El Retiro con el amor de mi vida de muy buen humor y sin preocupación alguna, te dije que vale. Total, y teniendo en cuenta la miseria que nos pagáis, un sobresueldo nunca viene mal. Y además, como caía en festivo, no me vería en la obligación de aguantarte. Si algo bueno tiene trabajar los fines de semana, es el hecho de que en la oficina no haya absolutamente nadie. Al llegar aquí, me he encontrado con un panorama cuanto menos curioso. El moderador de por la noche, al que también habías convencido para que hiciera tres horas más de las que le correspondían, me dice que Luís (el presunto difunto), ha llegado a las siete de la mañana para cumplir con su jornada laboral y sin conocimiento alguno de su nueva situación de parado. Cuando te ha llamado para pedirte explicaciones, le has dicho que la comunicación del despido era responsabilidad de la ETT, y no tuya. Eso me ha hecho bastante gracia por dos motivos: primero, porque es mentira (yo misma he presenciado cómo comunicabas despidos a moderadores derivados de una empresa de trabajo temporal), y segundo, porque aunque fuera cierto deberías haber tenido el detalle, ya que no la obligación, de llamarle. Teniendo en cuenta que te ha hecho más de un favor (entre otros, adelantar el regreso de un viaje para poder entrar a trabajar un día antes de lo acordado), y suponiendo que por encima de lo que a uno le compete haya otra cosa más humana e importante llamada consideración, no creo equivocarme al afirmar que deberías haberle llamado para que al menos no hubiera madrugado en vano hoy.
Otra cosa que me ha hecho gracia ha sido la desaparición repentina del altavoz. O sea, que pretendéis que una persona se quede aquí nueve y hasta doce horas (incluso dieciocho se pasó Cristina, que en paz descanse, en una ocasión) sin que tenga la posibilidad de escuchar siquiera una triste canción. Quizá penséis que aumentaremos nuestro rendimiento si nos vemos sometidos a una privación sensorial absoluta, pero yo te aseguro que no. En primer lugar, a los seres humanos nos gusta que nos traten bien, y cuando las putadas que nos hacen sobrepasan un umbral, tendemos a volvernos testarudos e impredecibles. De este modo, al descubrir el desvanecimiento de tan socorrido periférico (que entre otras cosas, me hubiera permitido ponerme a la entretenida tarea de moderar/ animar los chats con el único añadido de un acompañamiento rítmico y sin perder un segundo más de tiempo), me he visto obligada a pasarme media hora pensando en cómo desconectar los altavoces de tu ordenador sin alterar ni un ápice la impecable organización de tu mesa. Cuando por fin lo he conseguido, a pesar de la sensación de triunfo inicial he caído en la cuenta de que continuaba cabreada contigo. Y entonces, en lugar de ponerme a moderar con la ayuda inestimable de tu altavoz personal, he decidido convertir mi cabreo en algo productivo escribiéndote esta carta que tarde o temprano te entregaré. Si te fijas, llevo aquí cuatro horas y menos moderar puede decirse que he hecho de todo. En términos de rendimiento, y como puedes comprobar, no habéis avanzado gran cosa que se diga.
Intuyo, por otro detallito captado en la oficina, que me vais a despedir en breve. Y qué detallito, te estarás preguntando. Pues el de una especie de media estadística que habéis elaborado con los mensajes (no sé si emitidos o recibidos) de cada moderador, y que me sitúa, misteriosamente, unas décimas por debajo de mi compañero de turno. Dado que raro es el día que no le supero, y con creces, en mensajes recibidos, no entiendo cómo su media global puede ser mejor que la mía. Aunque se me dieran mal las matemáticas, que no es el caso, el nivel de éstas es elemental. Sé que Jose es íntimo amigo tuyo y que a los amigos hay que cuidarlos, pero estoy bastante intrigada acerca del modo en que me vas a vender la justicia de mi despido. Y como además yo estoy contratada por empresa, y no por ETT, mucho me temo que esta vez el tema sí que te compete. Ya nos veremos las caras, supongo.
Ahora quería hacerte unos apuntes sobre tu personalidad. Trataré de ser lo más concisa y respetuosa posible. A ver, Laura, yo no creo que seas una mala persona. No tienes carisma para ello. Eres débil y sumisa, así que como mucho, y siempre con un gran esfuerzo, podrías llegar a la categoría de secuaz. Pero son esas características tuyas, debilidad y sumisión, las que te convierten en una mensajera extraordinaria. Como eres una coordinadora subordinada a un jefe, con decir que las órdenes vienen de arriba te libras de la responsabilidad de dar explicaciones. Me parece una táctica muy buena, pero también muy cobarde. Además, el que hayas accedido a dejar a un lado tus principios para convertirte en la mensajera de un completo impresentable no dice mucho en tu favor. Si al menos te pagara una pasta podría entenderlo, pues no hay nunca que olvidar que todo hombre tiene un precio. Pero tampoco hay que olvidar que hasta que ese precio es descubierto uno sigue siendo libre. Que tu libertad está más que comprometida con la empresa, no hace falta ni que lo digas. Basta como muestra de ello el hecho de que se te pueda llamar a cualquier hora del día y de la noche, los trescientos sesenta y cinco días del año. Pero, a lo que íbamos, cumplir órdenes y estar siempre hasta el cuello de trabajo no te convierte, ni por asomo, en una persona buena. Si hubieras nacido en el Tercer Reich y por casualidad hubieras encontrado colocación en la GESTAPO, ¿cumplirías todas las órdenes que se te dieran? Ya me imagino tus diplomacias:
VIEJA JUDÍA (voz en falsete): por favor, señora, ¡sólo soy una pobre anciana con artritis! ¡No me apetece ducharme!
LAURA (voz suavizada): tranquila, que el agua estará calentita…
VIEJA JUDÍA (voz en falsete): por favor, por caridad, que luego me duelen los huesos…
LAURA (voz suavizada): son órdenes de arriba, lo siento.
VIEJA JUDÍA (voz en falsete): ah, bueno, si son órdenes de arriba entonces dúcheme.
Cumplir órdenes no te convierte en una persona digna, Laura, y lo que tú hiciste aquel día, al entrar en el call center y decirnos, roja de vergüenza, que por favor cuidáramos el aseo personal porque el jefe se había quejado, fue una de las cosas más indignas y humillantes que he visto hacer en mi vida a nadie. Mucho mejor hubiera sido que cogierais aparte a la persona que pensabais era la culpable del supuesto mal olor y le evitarais la situación penosa de ser el centro de tan negativa atención, convirtiéndole además en el protagonista de todos los cuchicheos de la semana. En cualquier caso, la diferencia entre tú y yo es que yo jamás habría acatado esa orden. No te guardo ningún rencor, porque la verdad es que me diste más lástima que otra cosa, pero te recomiendo que reflexiones acerca de todo esto para ver si de aquí al 2010 te conviertes en una persona un poquitín más íntegra.

Sin otro particular, y atentamente, se despide

4ETNIS

martes, 17 de marzo de 2009

Con los zapatos de su madre


Estoy en el bar donde aluciné el diálogo de las máquinas tragaperras, y como no sabía qué pedir exactamente, pues me encuentro en uno de esos estados de capricho indeciso y cambiante tan frecuentes en mí, he acabado por decirle al barman que me pusiera una Fanta de naranja con granadina. He estado a punto de decantarme por un Bitter Kas, por el hecho de que es la bebida bajo cuyos efectos escribí los dos primeros capítulos de mi novela hace ya casi dos años, pero como no era precisamente algo amargo lo que mi paladar solicitaba, he optado por un equivalente cromático de sabor opuesto que además de apetecerme porque sí, era justo la bebida que tomaba cuando con quince años acudía hacia las ocho, puntual como un reloj kantiano, al chiringuito de la playa de La Freixeira a tomarme algo. Como todavía no bebíamos, mi amiga Carla y yo jugábamos a hacernos las mayores probando bebidas sin gradación de aspecto alcohólico. Recuerdo la brisa del mar agitando nuestras melenas decoloradas por el sol, y el charco de humedad bajo nuestras posaderas todavía empapadas tras el último baño. Bebíamos nuestros dulcísimos combinados con avidez de borrachas y lanzando miradas de soslayo a uno y otro lado para observar la reacción de los padres de familia que se sentaban rodeados de chiquillos vociferantes en las mesas próximas. La verdad es que más que hacia nuestros vasos, miraban hacia nuestros bikinis ajustados de tiras revoltosas que parecían no poder quedarse quietas un instante y que resbalaban, sin que nada pudiera oponerse en contra, por el salado de la piel hasta quedar inertes y como desplomadas sobre la holgura replegada y cálida de nuestras axilas.
Lo de jugar a hacerme la mayor ha sido una constante a lo largo de mi vida infantil y preadolescente. Cuando era pequeña mi madre solía prestarme, conmovida por mis ruegos constantes y no sin antes advertirme que por favor la tratara con cuidado, su Olivetti verde oliva para que jugara a las secretarias. Como eso de las secretarias me parecía algo muy de mayores, me decía a mí misma que para poner a prueba mi madurez tenía además que tomarme un vaso entero de leche. La cosa en sí misma no hubiera tenido mayor importancia de no haber sido la leche, desde que tengo uso de razón, uno de los pocos alimentos cuyo olor es capaz por sí solo de inducirme el vómito. Supongo que para mis adentros pensaba que ser mayor implicaba hacer cosas que a uno no le apetecían (¡y cuánta razón tenía además!). Recuerdo la escena como si hubiera sucedido ayer mismo: yo, una niña algo rellenita de larguísima melena castaña y con aspiraciones del tamaño de catedrales, sentada con recogimiento sobre una silla alta de madera y vestida para la ocasión con un pañuelo de señora y unas gafas sin cristales que mi madre había manipulado para mi uso personal, alternando miradas entre la anacrónica máquina de cinta bicolor erguida sobre la mesa y el reto en forma de vaso que lleno hasta el borde reposaba a su izquierda. Tras escribir con afectación un par de informes que lamento no haber conservado en mi poder, aunque sólo fuera por aumentar un par de microgramos las toneladas de papel que en materia de documentos personales acumulo bajo la cama, tomé aire un par de veces y de un trago y sin respirar hice desaparecer en mi estómago el níveo contenido del vaso. La respuesta no se hizo esperar, y ante las convulsiones espasmódicas de mi entramado digestivo me vi obligada a bajar de la silla con más bien poca elegancia y a correr hacia el baño con la esperanza vana de llegar a tiempo y no dejarlo todo pringado. A partir de ese día, decidí referirme a la leche con un nombre de asquerosidad equivalente a la de su sabor: flujo de vaca.
A los doce, en cambio, mi manera de hacerme la mayor era otra. Los días en que me daba por madrugar en Valdoviño, me compraba un periódico en el kiosco cercano a la playa y me dirigía hacia El Coyote (que además del nombre contaba entre sus extravagancias con unos tickets que rezaban lo siguiente: “Lindamos con el Reino Unido con el mar por medio”), y sin pestañear le pedía al camarero un café irlandés. A continuación me sentaba en uno de los bancos de madera pegados a las cristaleras tras las cuales se extendía la infinitud aparente de la arena, abría el periódico por la mitad y, poniendo cara de interesante, me entregaba a la lectura intensa y concentrada del horóscopo y las necrológicas del día. Siempre leía mi signo y el de Fernando un par de veces para después encontrarme con él y darle el parte matutino de compatibilidades y planetas regentes, y me entretenía buscando entre las esquelas algún apellido similar al mío. Tras tomarme el café evitando la exteriorización de mi disgusto ante determinados sabores, salía del Coyote y, no sin antes descalzarme saltando a la pata coja y sujetando el periódico entre los dientes, corría hacia la línea del mar enfebrecida por el ligero mareo del licor y la brisa fresca sobre el rostro libre de maquillaje.
Ahora, en lugar de hacerme la mayor me veo obligada a disimular cada día el infantilismo congénito que me embarga. Esto de ir contra corriente es algo muy propio del ser humano y yo, por encima de todas las cosas y a pesar de cierto ultraterreno amaneramiento, soy desde luego humana, muy humana.
Y como este texto no va a ninguna parte y además me apetece irme a casa a ver capítulos de Twin Peaks, corto y cierro y a otra cosa.