jueves, 18 de junio de 2009

La Liberté


En primer lugar, consideremos la libertad como una metáfora entre la cadena fantasmagórica que nos mantiene unidos a según qué causas o personalidades, y la sensación subjetiva de asfixia y sinsentido que el estar amarrados a tan ilustres y manipuladoras sogas nos produce en el corazoncito infartado de passiones insatisfechas y autoexigentes.
Si bien la libertad ha sido definida como derecho, como aspiración, como connatural al ser humano y como tantísimas otras cosas que nada, en realidad, tienen en común con ésta, es indudable que si dichas definiciones han permanecido en nuestro imaginario filosófico hasta el día de hoy, es porque albergan en sus respectivos núcleos la suficiente cantidad de verdad como para hacer de ellas materia susceptible de análisis.
¿Qué es para mí la libertad? Un dualismo motivacional que, ora se me antoja bendición ausente y desseada, ora maldición presente y temida. Cuando mi subjetividad caprichosa y, por qué no, egoísta en grado sumo, se topa de bruces y sin prolegómenos que valgan con tan anhelada falta de cadenas, lo que me invade, en lugar del sentimiento homónimo y como de caballo desbocado que cabría esperar, es por contra una especie de terror y de indefensión que, más que darme alas y propulsarme hacia el infinito campo de las posibilidades, me aletarga en no sé qué estado relacionado, eso sí, con cierto pánico al abandono que me embargaba cuando, con seis años, permanecía en casa en compañía de mi abuela, muerta de miedo por si mi madre no regresaba y, para distraer el tiempo hasta que el timbre sonaba o se escuchaba la llave traquetear en la cerradura, le escribía postales a mi progenitora que más parecían esquelas o breves testamentos que los registros emocionales típicos de un niño que echa de menos a alguien. Aunque entre mis truculentos epitafios había te quieros, dibujos y frases de amor, también se daba en ellos cierto tipo de elementos que nada tenían que ver con la nostalgia del infante temporalmente abandonado por una cita o por un puesto de trabajo. Hace poco encontré, rebuscando en cajones olvidados, una de esas misivas que cada atardecer dejaba, con puntualidad escrupulosa, sobre la cama de mi madre. Consistía ésta en una carta en la que había un dibujo y una dedicatoria de lo más escabrosa: el dibujo no era más que la silueta de mi mano regordeta, cuidadosamente perfilada por una cera negra Plastidecor, a la que después había añadido el complemento imaginario de una sortija y de un reloj que marcaba la hora a la que mi madre solía regresar a casa. La dedicatoria era la siguiente: “para que te acuerdes de mí cuando ya no esté aquí”. Recuerdo la tarde exacta en que mi madre leyó esa carta, y su rostro de sorpresa y ternura infinitas cuando, tras dejarla sobre la mesilla y dirigiéndose a la versión más bajita e indefensa de mí misma que aguardaba en la puerta de su cuarto a la espera de un comentario a favor o en contra de lo expresado, me dijo lo siguiente: “¿Pero es que te vas a marchar de casa? Anda, ven aquí...” También recuerdo la forma en que me abalancé sobre la cama y, a horcajadas sobre su cuerpo y comiéndomela a bessos, le contesté que lo que me daba miedo es que a ella le pasara algo. Analizado desde la distancia, el diálogo no parece tener mucho sentido. Ignoro la razón de que, temiendo como temía la posibilidad insoportable de su muerte, no escribiera sino algo que sugería una cierta preocupación por la de la mía, y se me ocurre que quizá, y sin que existiera una volición consciente por mi parte, lo que estaba ejercitando con ese tipo de mensajes era una versión rebuscada y del todo ajena a mi control de extorsión emocional. Por decirlo de algún modo: como no me atrevía a expresar directamente mis temores; esto es, ser abandonada, lo que hacía era sugerirlos en sentido inverso para que ella se percatara de la clase, aunque no de la dirección, de los conflictos que en verdad me afligían. Los psicólogos lo llaman “ansiedad de separación” y yo me siento una privilegiada por guardar recuerdos tan nítidos de lo que fue mi infancia, y poder así comprender de una forma rayana en la analogía lo que dicha ansiedad significa verdaderamente para un niño tembloroso que aguarda la llegada de alguien con los dedos cruzados y todos los tics nerviosos que imaginarse puedan. Mientras mi madre permanecía fuera de casa, solía autoimponerme ejercicios que, según lo indicado por mis tendencias animistas, contribuían a que ella llegara a casa sana y salva. Así, cogí por costumbre el comer, a intervalos de cuarto de hora, una pastilla de cera de depilar hasta que escuchaba el sonido ansiado de las llaves. Pensaba que, si dejaba de comer el asqueroso caramelo guiándome por la repulsión y el miedo a enfermar que me asaltaban cada vez que lo hacía, a mi madre podría pasarle algo. Esto, que no es sino una forma rebuscada y patológica de responsabilizarse de cosas que a uno no le atañen (como puede ser el hecho de que alguien te abandone, por la voluntad propia del desapego o por la ajena de la muerte), es quizá la misma estrategia que hoy día sigo aplicando ante situaciones que me vulneran dejándome a solas conmigo misma y con mis extraños recursos de afrontación. En lugar de limitarme a controlarme a mí misma (lo cual sería ya bastante trabajoso) trato de controlar todo lo que me rodea y que no es mi responsabilidad.
Volvamos al tema de la libertad. La libertad ideal, extrema y pura no es sino aquella situación en que de repente, y sin excusas que valgan, te encuentras a solas contigo mismo y con tus miedos. Y entonces, y a despecho de lo que hasta el momento habías desseado (ser libre), de repente quisieras volver a encadenarte y, de tener a mano los grilletes abstractos que tan calladito e irritado te mantenían, tú mismo cerrarías su presa en torno a la perfección nívea y libertada de tu muñeca otrora retenida y mancillada de pesadas cadenas. La diferencia entre el miedo a la libertad de la infancia y el de la edad adulta, o juvenil, es que los recursos de extorsión que se conocen y se saben utilizar en ésta son, en detrimento de la simbología, más directos y chantajistas que los precursores de nuestra niñez y, por tanto, resultan mucho menos efectivos en ese arte innoble y antiquísimo que es el de despertar lástima.
Por mucho que se diga que el ser humano es gregario por naturaleza, no menos cierto es que la necesidad de estar solos, y a expensas de nuestros recursos, supera en ocasiones a la de sentirnos unidos a alguien. Así, cuando contamos con todo el amor y las atenciones que podíamos dessear, habiendo incluso forzado un acercamiento del Otro a los cuidados requeridos por nosotros, nos descubrimos en cambio agobiados y con ganas auténticas de mandarlo todo a la mierda para quedarnos solos y a la deriva.

No sé si tendrá algo que ver con todo esto, pero últimamente he estado observando mi comportamiento al votar películas en Filmaffinity y he llegado a conclusiones bastante graciosas. Como supongo sabrá todo el mundo, la susodicha página web incluye un servicio de búsqueda de medias naranjas cinéfilas, que se realiza a partir de las estadísticas de tus valoraciones. A partir de unas pocas notas adjudicadas por el usuario -cuantas más, mejor- el programa le pone en contacto con personas afines a sus preferencias. Eso permite, entre otras cosas, que se de un flujo constante de recomendación de películas entre el usuario y sus correspondientes almas gemelas. A lo que me refiero con lo de haber llegado a conclusiones graciosas es a que, por ejemplo, cuando una película me ha gustado moderadamente y tengo dudas acerca de la nota que atribuirle, me suelo fijar, de forma instintiva y antes siquiera de haberla puntuado, en la opinión de los que se supone son los usuarios con gustos más parecidos a los míos y entre los cuales, y por si acaso se trata de alguno de vosotros, se cuentan un tal CAMONTOL y un tal Mr. Quality. Si, pongamos por caso, la nota media de mis almas gemelas para esa película es de 7`5, tiendo a subir a 7 el 6 con que había previsto puntuarla; y si sicha nota media resulta ser de 6, lo que hago es bajar a 7 el 8 que quizá le habría atribuido. Esto no ocurre, por ejemplo, en películas que me han encantado o repelido por completo y de las cuales mis almas gemelas tienen una opinión contraria o moderada. Es decir, que si la película en cuestión me encandila o se me antoja un bodrio, no solo no me avergüenzo de mi criterio equidistante sino que además me enorgullezco de él. Conclusión: el amor te hace libre. Ya sé que me he saltado unas cuantas premisas y que el aforismo, en relación con lo que he dicho, sea quizá un poco precipitado. Además, teniendo en cuenta que no sólo las películas que me enamoran, sino también aquellas que me desagradan por completo, me permiten votar con total libertad, tal vez no sea exactamente el enamoramiento el responsable de tal cosa. ¿Cuál es la causa, pues, de tamaña ausencia de cadenas? Si algo en común tienen el amor y el odio es la presencia de una cierta cantidad de intensidad, así que atajando de nuevo, y debido a que esta vez estoy convencida de lo que suscribo, me atrevo a afirmar que es la intensidad de la emoción sentida lo que que te hace libre y, por tanto, te aleja de la mediocridad.
Por otra parte, y rompiendo una lanza en mi favor, he de decir que por lo general cambio mis valoraciones a lo largo de los días posteriores a su registro, de darse en mis fueros la sospecha de que han sido contaminadas por criterios ajenos. Al igual que las obras de arte, también las opiniones se reconstruyen y enriquecen con el tiempo.
¡Vaya sarta de gilipolleces!, ¿no? Al fin y al cabo, todo lo anterior puede ser explicado en base al hecho de que es mucho más sencillo opinar radical que moderadamente. Números como el 6, el 7 y el 8 resultan del todo ambiguos en comparación con sus primos el 0 y el 10. Y ya puestos a fardar de cinefilia, ¿para qué complicarse la pedantería con películas que ni le van ni le vienen a uno?
Ciao, bellos!

4 comentarios:

Lucas dijo...

Cuando hablamos y describimos conceptos ambiguos o imaginarios, es decir, aquellos con significado alta o puramente subjetivos, es inevitable proyectar en directa proporción a la ambigüedad, parte de nuestra más profunda personalidad.
Definir la libertad es tratar de acotar una idea por naturaleza inabarcable. Además y en mi opinión, ¿conceptos? imposibles de definir, son así, porque en realidad no existen.
Así que, cambiando las formas, continuas hablando con ingeniosa sinceridad, de ti misma. Me ha encantado, besos.

Lucas dijo...

Es más, si de mi dependiese ponerte una nota, sin duda sería 10.
Cambiando de tema,la película Crank:Veneno en la sangre, estoy seguro que te encantaría, si es que no la has visto ya.
Saludos y que tu luz te guíe.

Lula Lestrange dijo...

¡Hola, Lucas! ¡Cuánto tiempo!
Desde luego, tratar de definir un concepto como éste que da nombre al tópico resulta absurdo además de pretencioso.
Pero muchas veces, el mero acto de registrar palabras sobre un papel o una pantalla te pone de acuerdo contigo mismo y con tus disensiones.
Si quieres ponerme nota, ponme un 9. El 10 es para pedantes cuatroojos y delegados de clase.

Un besso,

4ETNIS

Lucas dijo...

Pues bien pensado, si que es cierto que, el 9 es un número que como que te pega más.XD. Aunque a mi el 5 pelao, siempre me a parecido el que más merito tiene, ya que demuestra que no se ha invertido más tiempo del necesario para progresar, jeje.
Un placer reencontrarte. Besso.