domingo, 7 de junio de 2015

BaD iS tHe NeW gOOd

 https://scontent-mad1-1.xx.fbcdn.net/hphotos-xap1/v/t1.0-9/10492145_594043924042853_4927629858997646648_n.jpg?oh=087ab88aeee51e465a645ecea4144dd2&oe=55F5D7ED
Sí al selfie que nos revela en soledad, que es como estamos en realidad, y no a la foto grupal de felicidad para integrados integrales que sonríen, no vaya a ser que les tomen por losers, haciendo como que nada es distópico. Ofrecedle al Gran Hermano biografías trágicas y dejad de inmortalizar vuestros eventos de mierda. Viéndoos así de ufanos pareciera que la cosa funciona y todo, lo cual es reaccionario y os convierte en una especie de esquiroles. Que los pucheros y las caras de NO sustituyan en vuestras fotos a las sonrisas de hiena. No nos interesan vuestros bessos frente a la torre Eiffel ni veros partidos de risa haciendo como que sujetáis la de Pisa, sino la instantánea del antro sórdido donde os drogaron hasta conseguir que la gozárais con esas chorradas de gusto pésimo y espíritu peor todavía.
Vuestros álbumes no sirven ni para calzar mesas, así que menos reírse y más morirse frente al objetivo que os revela. Que vuestro descontento conste en acta a despecho de parecer fracasados, malqueridos, amargos o al borde del abismo suicida.
A ese Gran Hermano que no contento con esconder la mierda y fingir que no huele a cuadra quiere ahora eliminarla, esto es negarla, vendiéndonos la idea absurda de que si algo mola por fuerza ha de estar limpio y descojonado de risa, le interesa que os mostréis felices, integrados e ignorantes de que el mundo es en parte una cloaca inmunda. Evisceraos y mostradle a la cámara vuestros intestinos sucios y revueltos en lugar de dar coba al sistema jugando a negar lo negro.
Lo negro existe, está ganando terreno y crece de dentro hacia fuera echando raíces en nosotros. O dejamos constancia de lo negro, que en cuanto es mentado se diluye y pierde poder, exorcizado al ser descrito y llamado por su nombre de pila, o la negrura del mundo empalidecerá frente a la que desde nuestros adentros se le viene ya encima.
La apología del mal os es bien.

lunes, 9 de marzo de 2015

La nueva ley antipornografía infantil no arrasará con nuestras bibliotecas



El artículo 189 del futuro Código Penal recoge las siguientes definiciones de “pornografía infantil”:

i) todo material que represente de manera visual a un menor participando en una conducta sexualmente explícita real o simulada,
ii) toda representación de los órganos sexuales de un menor con fines principalmente sexuales,
iii) todo material que represente de forma visual a una persona que parezca ser un menor participando en una conducta sexualmente explícita real o simulada o cualquier representación de los órganos sexuales de una persona que parezca ser un menor, con fines principalmente sexuales, o
iv) imágenes realistas de un menor participando en una conducta sexualmente explícita o imágenes realistas de los órganos sexuales de un menor, con fines principalmente sexuales

Esta reforma del código penal, que hace poco ha sido aprobada por el Congreso de los Diputados, espera la revisión del Senado para entrar en vigor. Teniendo en cuenta que el partido que gobierna lo hace con mayoría absoluta y que el Senado sirve, como cualquiera sabe, para más bien poco, es probable que de aquí a unos meses y en base a lo que reza el apartado IV parte de los cómics que tenemos en casa sean ilegales.

Sin empezar todavía a debatir lo que significa en ese contexto la palabra “realistas”, parece obvio que una gran cantidad de obras de arte va a ser puesta en entredicho a la luz de las nuevas definiciones. Ya sólo en el ámbito del manga y el anime japonés y sin necesidad de entrar en el de la pornografía hentai el barrido sería casi absoluto. Si hasta en series como Dragon Ball aparecen escenas que según el nuevo código serían punibles (esa Bulma menor de edad enseñándole su cosa a Muten Roshi a cambio de la tercera esfera de dragón, por citar uno solo de entre el elenco casi infinito de ejemplos: https://www.youtube.com/watch?v=ZClUUbNc5r0 ), géneros especializados como el loli y el shotacon o el anime echhi estarían directamente prohibidos. No sé a qué se referirán con lo de “conducta sexualmente explícita”, pero no creo que sea necesario poner a follar a los personajes para que una conducta pueda ser calificada de explícitamente sexual. En series como Dragon Ball, Dr. Slump y otras muchas a los hombres (especialmente si son ancianos) les mana sangre de los ojos y la nariz al mirar con lascivia a niñas púberes. Según el nuevo Código Penal, estos materiales que no merecen siquiera ser catalogados como softcore estarían incluidos en la definición de “pornografía infantil”.

Una de las primeras cosas que vienen a la cabeza al leer esta definición, que como poco es ambigua e incompleta, es que el dibujo de un menor, a no ser que sea el de un menor que exista como persona jurídica, no es la representación de una persona sino la de un personaje de ficción. Es decir, que si dibujas en pelotas a tu vecina de doce años tomando el sol vas al trullo sin más demora, pero si dibujas al alumnado de Hogwarts en un contexto de bestialismo y orgía pederasta sólo vas a la cárcel si las facciones de los dibujos se corresponden con las de Emma Watson, Daniel Radcliffe y compañía. Si dibujas a Justin Beaver sodomizado por un monstruo tentacular y el dibujo se le parece lo suficiente, a la trena por degenerado, pero si tienes la suerte de dibujar como el culo la ley te exculparía por definición. ¿Cuánto de realista, entonces, tendría que ser el dibujo? ¿La mera inclusión de tentáculos convertiría, por muy parecido que el menor fuera al niño real, el dibujo en no realista? ¿Y si cuando haces los dibujos el verdadero Justin Beaver es ya mayor de edad y consiente en ello? Aunque es evidente que lo que la ley trata de penar es la mera representación gráfica de un menor de edad, ficticio o no, involucrado en conductas sexuales, pienso yo que hasta para ponerse reaccionario hay que preocuparse de redactar mejor las leyes. A priori se le ocurren a uno infinitas maneras de escabullirse entre los intersticios de ésta.

Para lo que la directiva europea que contiene esta ley se redactó es para luchar contra los abusos y la explotación sexual de los menores, con lo cuál cabe preguntarse a qué menor perjudica el que alguien se la menee mirando lolicon o alguna escena depravada de Black Bible, To love Ru, G- Spot, Negima, Berserk o Love Hina. Dado que no hay ningún menor de verdad implicado en la realización de los dibujos, lo que la ley trata de penar por fuerza tiene que ser otra cosa. Otra cosa que la ley no explica y que por tanto habrá que deducir.

En su obra Ladrones de inocencia: pedófilos, el profesor Guillermo Cánovas (presidente de la ONG Acción Contra la Pornografía Infantil y de la organización PROTÉGELES) afirma lo siguiente:

Los pedófilos pasivos son individuos que normalmente no llegan a trasladar sus <> al terreno de la realidad, si bien es cierto que resulta absolutamente imposible determinar cuántos y cuánto tiempo continuarán manteniéndose al margen de la acción. Evidentemente, la mayoría de los pedófilos activos han sido previamente pedófilos pasivos.

También dice que:

En la mayoría de las ocasiones, los pedófilos pasivos son también pedófilos de desarrollo, es decir, individuos que han desarrollado esta tendencia normalmente a partir del consumo masivo de pornografía y pornografía infantil.

En el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), la pedofilia aparece definida como una parafilia, esto es, como una desviación de la sexualidad normal, que tiene por objeto a niños menores de trece años y que se perpetúa debido a la acción de varios factores. Entre estos factores destaca el de la presencia de distorsiones cognitivas, es decir, de ideas distorsionadas y falsas creencias que los pedófilos tienen acerca del contacto sexual con menores. En la obra Abuso sexual en la infancia: víctimas y agresores de los expertos en Terapia de Conducta Enrique Echeburúa y Cristina Guerricaecheverría, se enumeran algunas de las distorsiones cognitivas que actúan como precipitantes o contribuyen a mantener la parafilia:

- La víctima desea el contacto sexual y lo busca activamente.
- El menor disfruta con la relación sexual.
- Los contactos sexuales son una muestra de cariño.
- Los contactos sexuales forman parte de la educación sexual de la víctima.
- Al no forzar físicamente a la victima, ésta no va a desarrollar consecuencias psicopatológicas.
- Yo también sufrí abusos sexuales en la infancia y no me ha ocurrido nada malo por ello.

Estas distorsiones cognitivas estarían reforzadas, según el profesor Cánovas, sobre todo por una cosa que el código no señala como delito, y cito:

La pornografía infantil escrita o <> tiene los mismos efectos devastadores en la mente de muchos individuos que las imágenes en sí. Es más, cabría considerar que la impronta que dejan en el cerebro de muchos pedófilos resulta más intensa que las propias fotografías, y transmite todas las <> que permiten a estos individuos desarrollar sus disonancias cognitivas.

Si no he entendido mal, a la generación y el mantenimiento de las fantasías pederastas contribuye, con mayor intensidad que la contemplación visual de fotografías y dibujos realistas, la lectura de material escrito sobre el tema. Ya sea porque presenten al menor como reponsable de la situación, porque minimicen el impacto del abuso sobre el menor o porque directamente sugieran que violar a un menor es didáctico y por lo tanto está moralmente bien, las palabras parecen tener sobre la mente de ciertos individuos un poder superior al de cualquier imagen, real o ficticia. Un cómic mudo inspirado en Lolita, la obra celebérrima de Nabokov, sería según el nuevo código ilegal y por extensión punible (en todo el posible espectro de situaciones, además, en que se entre en relación con él: visualización a sabiendas de lo que se va a encontrar; produción, posesión, difusión y comercialización del material), y sin embargo la novela original, que según los expertos en el tema sería sobre la mente de ciertos individuos más perniciosa que un cómic sin diálogos inspirado en ella, no entra dentro de lo que el nuevo código entiende por pornografía infantil. Si de lo que se trata es de prevenir que la mente de ciertos individuos se vea sometida a estímulos que la trastornen, poniendo asi a los menores en riesgo de victimización sexual, de entrada se está haciendo ya algo mal.

Como es evidente que no hay nada en absoluto que justifique que clásicos como Lolita, Ada o el ardor o Muerte en Venecia sean prohibidos o tachados de pornográficos por nadie, algo ha de haber en la afirmación del profesor Cánovas que no se entiende bien. La clave puede estar en que este tipo de literatura tenga una influencia perniciosa sólo sobre el cerebro de ciertos individuos, no sobre el cerebro de todos los individuos. Y no me refiro a que como casi nadie lee nada más que el diario deportivo y los manuales de instrucciones de las cosas, no haya que preocuparse mucho por que libros así vayan a caer en las manos de un gran número de pederastas dispuestos a pasar a la acción, sino a que el arte (incluso aquél que pudiéramos tachar de desviado o definitivamente pervertido) sólo tiene efectos perniciosos sobre psicologías tocadas de antemano. Ya lo dice el modelo conocido como de diátesis/ estrés, explicativo del desarrollo de las enfermedades mentales: sobre una condición previa de vulnerabilidad psicológica, un estresor actúa precipitando el desarrollo de la enfermedad. Este estresor puede ser cualquier cosa. Una mente con tendencias pedófilas previas podría verse empujada, por el consumo reiterado de cierta clase de literatura, cómics o películas, a transgredir la ley, pero también podría surtir el mismo efecto un despido o el fallecimiento de su madre. Ilegalizar arte susceptible de desatar a unos pocos que de base no están ya muy bien es legislar partiendo de un criterio de enfermedad, lo cuál parece a todas luces mal punto de partida si lo que se pretende es construir una sociedad sana.

Para algunos expertos, el hentai de tipo ecchi, shota y lolicon no sólo no empuja al delito de estupro sino que lo previene. Y lo consideran a pesar de casos como el de Tsutomu Miyazaki, que además de pedófilo y asesino en serie era un consumidor compulsivo de manga y hentai. El tema recuerda inevitablemente a la polémica de si la violencia en los videojuegos, los cómics, las películas y las series de televisión (la violencia en el arte, en definitiva) promueve los actos de brutalidad o por el contrario los reduce en numero al servir de catarsis a nuestros impulsos más agresivos. Puede que James Holmes, el chico de pelo naranja que acribilló a varias personas en un cine de Denver, se inspirara en el personaje del Joker para cometer los asesinatos, pero prohibir o censurar por ello El caballero oscuro sería ridículo. No sólo tendría que prohibirse esa película, sino la presencia en el cine de malvados carismáticos en general. Por si las moscas, que yo sepa, sólo se legisla en las distopías.

Por otro lado, el fenómeno de la insensibilización es definido en psicología como una atrofia progresiva de la capacidad de respuesta emocional del individuo, debida a la exposición a estímulos cada vez más potentes. Aunque aplicada de forma sistemática en un entorno terapéutico la desensibilización puede emplearse en el tratamiento de las fobias y las adicciones, el consumo de pornografía reiterado al parecer provoca sobre los hombres una insensibilización progresiva a estímulos sexuales considerados normales. A través de un circuito neuronal idéntico al que emplearía cualquier otro desencadenante adictivo (drogas, apuestas, compras compulsivas), la pornografía provoca un incremento a corto plazo de la dopamina que actúa a modo de recompensa elevando el estado de ánimo. Al igual que sucede en el establecimiento de cualquier otra adicción, el consumo prolongado hace que el individuo desarrolle tolerancia y que cada vez necesite dosis mayores para alcanzar los mismos niveles de dopamina liberada. Naomi Wolf lo explica así en su ensayo El mito del porno:

Este efecto de la dopamina explica por qué la pornografía tiende a ser cada vez más extrema con el tiempo: las imágenes sexuales ordinarias pierden su poder, lo que lleva a los consumidores a necesitar imágenes que rompan tabúes de otras maneras, con el fin de sentirse igual de bien. Por otra parte, algunos hombres (y mujeres) tienen un ‘agujero de dopamina’ –su sistema cerebral de recompensa es menos eficiente–, lo que los hace más propensos a convertirse en adictos a la pornografía extrema con más facilidad.

Podría decirse que la pornografía, sobre todo si es consumida de forma masiva, insensibiliza a la larga a los individuos, esto es, los embrutece. Aunque lo que Naomi Wolf dice es que muchos hombres, debido al consumo masivo de porno, pueden manifestar problemas de impotencia y eyaculación precoz y perder la capacidad de sentirse atraídos por sus parejas, no parece descabellado suponer que puedan también desarrollar trastornos de otra índole. Esto es lo que sucede con los pedófilos de desarrollo, que sólo manifiestan la tendencia parafílica tras el contacto con grandes cantidades de porno. La pornografía normal, entonces, podría también ser calificada de perniciosa en el sentido de que se encarga de franquearle el paso a la más extrema. A la aberración se llega tras el consumo de cosas no tan aberrantes, con lo cuál puestos a prohibir habría que prohibir el porno al completo. Podrían alegarse además más motivos para dicha prohibición. El papel denigrado de la mujer en el porno, la apología de la violación en el porno, los disfraces de colegiala en el porno (que aunque los luzcan mujeres claramente desarrolladas sugieren, lo mismo que los vídeos vouyeristas y de roces en el transporte público, cosas que ciertas mentes podrían malentender). En el loli y el shotacon, al menos, parecen tener cierto peso conceptos como el de kawaii (ternura) y moé (que se refiere a la representación de jóvenes tiernos e indefensos de los que el espectador, a menudo, se enamora), muy relacionados con el fenómeno de las waifus (en japonés algo así como esposas), que son básicamente personajes femeninos con los que los fans establecen relaciones platónicas y cuya anatomía, más neoténica que infantil, es la prolongación de alguna suerte de inocencia o pureza moral.

Sin entrar a discutir qué es más enfermizo, si el porno normal occidental o que alguien piense en un dibujo animado como su pareja, lo que está claro es que no se puede prohibir lo uno y lo otro no. Y menos con una ley ambigua y poco desarrollada con la que salvo de casualidad ni siquiera es posible atinar. ¿Y si una película adquiere dramatismo, y por tanto gana calidad, con alguna escena de cariz sexual en la que intervenga un menor? ¿Qué es lo que va a penar la ley y qué es lo que no? ¿El mal gusto también lo va a penar? ¿Y cómo saben, además, que los pedófilos de desarrollo no han sido perjudicados menos por el porno de dibujos que por el porno normal, que les ha hecho incapaces a la larga de ver atractivas a sus parejas? Puestos a hilar fino qué menos que hacer un tapiz, ¿no? Y más cuando está en juego nada menos que la libertad creativa. Deberían dar a los ilustradores una explicación convincente de por qué van a emascularles. Que demuestren que castrarles va a hacer del mundo un lugar mejor y que por tanto les toca joderse. Vamos, digo yo.






jueves, 12 de febrero de 2015

QuÉ MaLaS Son


Siempre me ha molestado, ya que no sorprendido, que Perros de paja sea considerada misógina por algunos. Alegan, creo, que la Amy interpretada por Susan George no es clara y que el desenlace ultraviolento que se desata es en cierto modo precipitado por su actitud. ¿Qué actitud es ésta, me pregunto yo, que hace a ciertas personas suponer que Peckinpah quiso dar una imagen desfavorable de la mujer? Aunque en realidad Peckinpah hubiera querido retratar a una mujer perversa, no por ello tendría que estar tratando de insinuar que todas son como su personaje, pero en fin, que tampoco me parece probable que el director (o que el escritor de la novela, pues basada en una novela está) hayan pretendido sugerir que Amy sea una cabrona. O no más cabrona, al menos, que el resto de los personajes implicados. ¿Por qué se espera de ella una mayor integridad, una mayor coherencia? ¿Porque es una mujer? Que los hombres de la historia sean o pusilánimes o bestias primitivas (la mayor parte del tiempo ambas cosas) no trata, al parecer, de dar una imagen desfavorable del hombre, pero que se note que a Amy le gusta que la miren y que su rostro durante la violación no sea una máscara perfecta de dolor sí que está puesto ahí, o eso piensan algunos, porque Peckinpah es un misógino.  Pues bien, a la luz de lo que acabo de exponer yo digo que no sólo Perros de paja no es una película misógina (no sé si Sam Peckinpah lo será, pero a lo que me estoy refiriendo aquí es a una obra y no a un autor), sino que los que dicen que lo es son los misóginos. 

Esperar que el comportamiento de Amy sea intachable teniendo en cuenta el que muestra el resto del plantel es medieval. Recuerda a la caza de brujas y al tema de las posesiones demoníacas. Si un hombre se comporta como una bestia para imponerse hace, ni más ni menos, lo que se espera de él. Si una mujer es consciente, siquiera durante un lapso breve, del alcance de su poder es diabólica. Cualquier personaje femenino que en el cine muestra cierta ambigüedad, esto es, que no es plano, es puesto en cuarentena al instante por unos y por otros. Y con esto me refiero tanto a los de un lado (si es que es posible hablar de lados dentro de un mismo continuo de estupidez) como a los del otro. Tanto a los que en efecto asocian ciertas características desviadas al sexo femenino como a los que, cual adalides de lo correcto (de lo políticamente correcto, se sobreentiende), están siempre escandalizándose con espectros misóginos sin caer en la cuenta de que ellos son, como mínimo, tan machistas como aquellos a quienes creen combatir.

En la escena de la violación (que no olvidemos que es una verdadera violación, en el sentido de que Amy dice enfática y repetidamente que no y opone al acto fuerza física) fue muy controvertido el hecho de que ella, que por cierto estaba siendo forzada por un antiguo novio suyo y cuyo hasta entonces pusilánime marido no la miraba ni con un palo, haya momentos en los que parece que disfruta con el asunto. Sin pretender sugerir que a las mujeres les guste ser violadas más de lo que pretendo sugerir que a los hombres les guste violar (adalides de lo correcto, que os veo venir), creo que no es descabellado suponer, teniendo en cuenta además lo agradable que en el fondo es que lo toquen a uno, que no es necesario que una persona (ni hombre ni mujer) sea mala para que su cara muestre cierta confusión cuando el que la está violando es además una antigua pareja. No sé si Peckinpah pretendió con esto esputar a la cara del sexo femenino, pero desde luego no es lo que la película muestra. Como dijo no sé quién en referencia a que los escritos sobre la obra de un autor lleguen a ocupar más espacio que  la obra completa del autor en cuestión,  "si Kafka hubiera querido decir lo que dicen sus críticos lo habría escrito él, ¿no?". Pareciera que el autor que presenta un personaje femenino tridimensional, o sea interesante, con todas las ambigüedades que cualquier personaje interesante y tridimensional conlleva, se arriesgara a ser tachado de insensible. No debería confundirse la lucha por la igualdad de derechos con la mojigatería, y menos cuando de lo que se habla es de una película como Perros de paja, ultraviolenta. 

Aunque no he visto el remake (los remakes de ciertas películas son por completo innecesarios y una osadía por parte de los nuevos directores que, es mi opinión, deberían si su revisión resulta ser un fiasco -y lo resultará en el noventa y nueve por ciento de los casos- hacerse el seppuku por sentido del honor), estoy segura de que en él habrá quedado poco de la ambigüedad original del personaje de Amy. Como ya pasó con el desleído remake de La última casa a la izquierda (película que a su vez es un nada desleído remake, aunque eso sí extraoficial, de aquella rape & revenge pionera - y por tanto sin revenge- que es El manantial de la doncella),  los momentos más crudos habrán sido suavizados, cuando no suprimidos, para hacer la película accesible a todos. Da igual el tiempo que pase y que la subversión esté en cierto modo de moda, al final ni siquiera hemos superado la asociación entre sexualidad y perversidad moral (femenina) que grabó a fuego en nosotros el cristianismo. Creyendo defender una causa justa, exigimos que en un entorno en el que claramente impera la ley de la selva la mujer, por el mero hecho de ser mujer, sea mostrada como pasiva y sufridora en esencia. El personaje de David, en este contexto selvático y predatorio alejado del mundo de la razón, tiene en cada momento lo que se merece. Cada personaje lo tiene, en realidad, y de ahí que la película resulte tan redonda y conmueva del modo en que lo hace.  El mensaje es claro, y ultraviolento: ¿con qué derecho le exiges a tu mujer que se comporte como una dama si tú eres incapaz de comportarte como se comporta un hombre? David termina por captar el mensaje y, decidido a jugar a los bolos, no se conforma con menos de un pleno, pero al final todos acaban perdiendo algo. En el caso de David, tal vez la inocencia que le hacía bueno. Es lo que tiene pasar a regirte por leyes como las del territorio y negarte a que nadie venga a mearse en tu jardín.

domingo, 8 de febrero de 2015

La Deep Web




Este verano me enteré de que lo que conocemos por Internet, oséase, la Internet directamente accesible a través de buscadores habituales como Google, es sólo la punta del iceberg de un espacio gigantesco y salvaje conocido como Internet Profunda en el que, si se tiene la pericia suficiente, es posible una navegación de aventura.

Como leí en no recuerdo dónde, "la Deep Web ofrece un consuelo simbólico y psicológico al usuario". A mí, que como ya he dicho supe de su existencia en verano y que estaba, por aquel entonces, necesitada de consuelo, desde luego me pareció que lo ofrecía. De entrada el curioso que se aventura en la Deep Web vía TOR (siglas de The Onion Router, un buscador que hasta cierto punto permite el anonimato en la red), tiene la sensación de adentrarse en un terreno misterioso y parecido al que los primeros usuarios de Internet debieron de tener la sensación de acceder. Los tiempos de búsqueda más lentos, la interfaz rudimentaria y la necesidad de escribir la dirección completa de las páginas web (las cuáles además de mudarse cada dos por tres de ubicación no tienen nombres intuitivos como en Google, sino que se llaman por secuencias aleatorias de caracteres), remiten al niño oculto en nuestro adulto exterior a películas como Terminator, Juegos de guerra o Robocop. Todo es más oscuro y recuerda a como era la Red en sus inicios, y el diseño minimalista de las páginas se parece poco al entorno de ventanas e imágenes flash que estamos acostumbrados a manejar. Es inevitable pensar en hackers conocedores de Linux y en información gubernamental secreta a la deriva en ese espacio virtual pero también simbólico que es la Red, al sumergir el hocico en esta cara oculta de la luna internauta que por si fuera poco está plagado, como cualquier espacio inexplorado lo está, de leyendas urbanas con las que jugar un rato a creer que todavía creemos. A mí, como ya he dicho, me resultó la mar de consolador.

Además de un espacio simbólica y psicológicamente acogedor, la Deep Web ofrece la posibilidad, acaso la ilusión de la posibilidad, de navegar sin ataduras. Como si se tratara de un país imaginario o arquetípico cuenta hasta con su propia moneda virtual, el bitcoin, que a veces se asoma al mundo real cual amish que hubiera alcanzado la mayoría de edad participando de la bolsa, y cosas así. Como casi todo en lo que nos va la vida en esta vida, esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes. No hay publicidad, ni control ni censura, lo cual está muy bien siempre que no seamos de los que se escandalizan fácilmente. Si el foro 4chan es famoso por no andarse con remilgos con respecto a lo que permite a sus usuarios publicar, el que sería el equivalente de la Deep (y que en su versión en castellano se llama cebollachan) llega al punto de tolerar apologías de cosas que son delito. Un espacio en el que, sin necesidad de buscar demasiado, se encuentran páginas de pornografía infantil, de venta de armas, drogas y material robado, de anuncios por palabras de sicarios y demás sujetos que ofrecen servicios inverosímiles o por completo ilegales, por necesidad tiene que estar patrullado además de por curiosos por gentuza y por las fuerzas del orden. Aun así, como decía, son más las ganas de creer en que todavía existe algo no regulado por la ley (el equivalente actual y cyberpunk de aquellas tierras inexploradas de la era presatélite que hacían a los hombres embarcarse en viajes de descubrimiento) que lo que de interesante pueda encontrarse, durante un garbeo superficial, en esta parte sumergida de la Red de Redes. Si no se anda uno con ojo y se abstiene de meter la nariz donde no debe puede acabar pescando un resfriado, o algo peor. O eso es lo que nos gusta pensar para que el concepto de Deep Web siga resultándonos atractivo, ¿no? Dónde acaba la leyenda urbana y comienza la peligrosidad real no es fácil decirlo, pero es poco probable que la policía vaya a arrestarnos por entrar una vez, por casualidad o a sabiendas de lo que vamos a encontrar, en una página de contenido dudoso. El moverse por un espacio virtual (esto es, lo suficientemente alejado de lo tangible como para que nuestro sentimiento de seguridad no se vea amenazado) en el que no existe control sobre lo que se publica (o al menos no más control que el que el temor de cada cuál, principalmente al arresto o a ser víctima de un hackeo fatal, le haga autoimponerse) ha por fuerza de despertar al sabueso oculto en todos. ¿Y si contra todo pronóstico fuéramos al final los primeros en descubrir algo de interés? ¿Qué persona, no digamos ya qué hacker, no ha soñado alguna vez con ser detective y revelar lo que está oculto?

A la Deep Web la mayoría llegan porque la han oído nombrar en algún vídeo de DrossRotzank, un usuario de Youtube conocido por elaborar microdocumentales y rankings perturbadores sobre temas en esencia oscuros y cuyo discurso, si se tiene paciencia para bucear en las decenas de vídeos de opinión que ha ido subiendo a su canal, tiene más miga de lo que en principio pudiera parecer. Otros entran buscando, no tanto por psicopatía como por curiosidad morbosa y algo descerebrada, la secuencia snuff de la que hablaba alguna creepypasta que se han tragado más por la necesidad de creer en algo que por idiotez pura y dura, y hacen búsquedas repetidas de memes del calibre de Daisy' s destruction, Dafu Love o Burger Baby sin encontrar nada más que burlas y enlaces falsos que usuarios más veteranos que ellos ponen allí para ridiculizarles. Podría decirse que todo el que entra en un primer momento en la Deep, no bien se ha enterado del secreto a voces que es su existencia, lo hace con la idea de comprobar por sí mismo si es verdad que por allí pululan cosas que en la Red de arriba no se encuentran. Lo que en realidad se encuentran en la Deep Web son páginas que los buscadores normales no indexan. Desde sitios privados de universidades, bases de datos y listas de clientes de empresas hasta webs de hackeo y bibliotecas virtuales desde las que pueden descargarse manuales y libros difíciles de encontrar. En definitiva, pocas cosas que si se sabe buscar no puedan conseguirse en la Internet de siempre y algunas cuya utilidad pocos sabrían aprovechar por desconocimiento.

Las páginas de la Deep Web, cuyo logotipo es una cebolla, pertenecen al dominio .onion. La palabra onion, cebolla en inglés, alude a la disposición en capas de los proxys cifrados que TOR utiliza para asegurar el anonimato. La Deep Web es una cebolla dispuesta en capas en la que la información puede encontrarse pero también no encontrarse en absoluto. Por si fuera poco TOR es un navegador lento que nada tiene que ver con ese eficiente robot araña de Google capaz de adelantarse al pensamiento del usuario, que ya no tiene ni que esforzarse en escribir para encontrar de inmediato lo que buscaba y también lo que no. Aunque no creo que sea imposible toparse con algo de interés en la Internet profunda, está claro que la mayoría de las cosas que el curioso medio busca no es que no se encuentren con facilidad sino que ni siquiera existen. Con respecto a esa leyenda urbana de peso específico en Internet que es el snuff (películas en las que se filman asesinatos reales para su explotación comercial sumergida), no me atrevería a decir que jamás se haya filmado una snuff ni que no exista la posibilidad de encontrar en la Internet superficial o profunda al menos un vídeo de esa naturaleza. Lo que digo es que ciertos vídeos snuff a los que se alude en multitud de páginas y foros, cuyo contenido parece haberse filtrado en forma de narración escrita de lo que muestran pero de cuya existencia nunca hay pruebas porque nadie, jamás, los ha visto de primera mano, son pura invención. Sin entrar en detalles sobre lo que se afirma que contienen, sólo decir que se trata de un catálogo de aberraciones tan grotescas que resulta difícil creer que existan en cifra tal, y no tanto por fe en la bondad del Hombre como por lo desagradable que hasta para un psicópata de los peores sería tener que ejecutarlas. La supuesta organización criminal que se oculta tras las sigas NLF (No Limits Fun), responsable en teoría de al menos un vídeo snuff que por un buen puñado de bitcoins se rumorea que está disponible en la Deep, no es en mi opinión más que un cuento. Y la palabra cuento no es banal. Cualquiera diría que existe alguna suerte de folklore, de tradición oral sumergida de lo horrible, capaz de consolidar a la larga arquetipos como el de NLF. Esta siniestra organización parece más un producto del inconsciente colectivo que una realidad tangible, y recuerda, por lo artificioso de su malignidad, a aquellos bailes de máscaras de Eyes Wide Shut. Al igual que los cuentos maravillosos, que hasta que acaban bien transitan por horrores atroces que sin embargo comprendemos a la perfección (brujas caníbales, padres incestuosos, maridos que te cortan la cabeza), las leyendas urbanas hoy en boga son de gestación colectiva y están conformadas por cosas que nos dan miedo a todos. A todos los que crecimos a la vera de esta cultura y no de otra, digo, aunque quién sabe si el temor a ser destripado en un búnker para solaz de los ricos más degenerados no se ha hecho, con el paso del tiempo, tan arquetípico como una madrastra o como la necesidad de superar siempre tres pruebas.

Las leyendas urbanas han proliferado, como no podía ser de otra manera, en un espacio como el de Internet en el que cada cuál es más o menos libre de escribir lo que le plazca. Un usuario afirma haberse topado con información o imágenes escalofriantes y, según la habilidad que tenga para contarlo, puede llegar a ser creído a medias por un número nada desdeñable de individuos que en el fondo están deseosos de que les convenzan de lo que sea. La fe en lo oculto (en el sentido de esotérico o de escondido sin más) y en la existencia de conspiraciones es una forma como cualquier otra de evadir el aburrimiento. En Internet las leyendas urbanas han mutado en creepypastas, algunas de las cuáles versan sobre la Deep Web y sobre los peligros que en ella acechan al usuario incauto o demasiado curioso. Una creepypasta es un relato anónimo, de contenido inquietante o terrorífico y sin valor literario alguno que ciertos usuarios copian y pegan en foros temáticos con ánimo de incomodar. Narrados en primera o tercera persona del singular, combinan acontecimientos reales con dramatizaciones por completo inventadas para crear la ilusión de que lo que cuentan le ha pasado hace poco a alguien. Son leyenda urbana hecha literatura pulp. Entre las creepypastas más comunes está la del curioso que se topa por casualidad con un vídeo snuff en alguna web que o ya no existe o en la cuál es ya imposible encontrar el archivo en cuestión. Cualquiera que dé algo de crédito a este tipo de relatos acabará, con toda probabilidad, llamando a las puertas de la Deep. Otro de estos fenómenos de Internet que son, además de creepypasta, obras de arte transmedial, es la página web Normal porn for normal people (http://normalpornfornormalpeople.com/). Se describe como dedicada a la erradicación de la sexualidad anormal, o algo parecido, y su contenido consiste en una serie de perturbadores vídeos en blanco y negro grabados, es de suponer, por la persona responsable de la página. Si bien los vídeos no contienen nada censurable en sí mismo (desde luego, y con la excepción de uno en el que un gordo lame un lavaplatos que pudiera tacharse de difusamente  parafílico, no son pornográficos en absoluto) consiguen de algún modo sugerir que son fragmentos de algo de mayor duración. Imágenes fijas de personas enmascaradas o mirando a la pared, voces de niños que jamás llegan a salir en pantalla, paseos cámara en mano por pasillos oscuros y escaleras hacia abajo que recuerdan a los del canal Jack Torrance. Nada censurable ni demasiado espantoso, pero sí inquietante y a ratos hasta amenazador. La cosa no tendría mayor importancia (al fin y al cabo cualquier artista conceptual de nuevo cuño tiene derecho a colgar lo que le salga de las gónadas en Internet) si no fuera por un posteo en referencia a la página que publicó el usuario de un foro. En él afirmaba que una noche que curioseaba por la web de marras se había topado con algunos clips insólitos. En uno de ellos un hombre obeso, reflejado en un espejo fuera de cámara, supuestamente se masturbaba; en otro un perro parecía sufrir en el suelo los síntomas de una intoxicación. En el que revolucionó la caja de comentarios del post una mujer atada a una cama era despedazada por un chimpancé. Por supuesto, cuando multitud de usuarios acudieron a la página en estampida para buscar los vídeos de los que esa persona hablaba no encontraron nada reseñable. Sólo las mismas grabaciones caseras e inquietantes de siempre. Fue la verosimilitud que logró el post de esta persona, gracias a que intercaló descripciones de vídeos que existían en la página con las de otros que no, lo que convierte esta anécdota en especial incluso desde un punto de vista sociológico. Al parecer la policía ha cerrado ya la web un par de veces, aunque ésta siempre acaba reabriendo. El revuelo ha sido grande hasta el punto de haber generado una investigación. Es probable que el autor del post sea el propio creador del dominio, que no sé si con la intención de conseguir publicidad o si porque, en realidad, la obra de arte no era tanto el contenido de la página web como el revuelo que la creepypasta asociada a ella iba a causar, la abrió con ánimo de dar apoyo a una trola de su invención

Naufragando por la Deep Web me he encontrado con usuarios que preguntaban por el vídeo snuff del chimpancé, bautizado como "useless" por la persona que inició la polémica. Esto es a lo que me refiero con lo de que en la Deep impera un caos de leyenda y desinformación en el que es complicado, cuando no imposible, discriminar entre realidad y fantasía. Por debajo de la Deep, en lo que es ya un fondo abisal en toda regla, se extienden las Islas Marianas de la Red (bautizadas así en honor no tanto de la virgen como de la fosa). En ellas se supone que se ubican redes gubernamentales de acceso restringido y espacios a los que se entra por estricta invitación. El acceso ilegal a cualquiera de sus contenidos podría enviar a una persona a la cárcel, o algo peor. Puede que esto suene mitológico y a leyenda de las de manual, pero resulta bastante verosímil en comparación con el siguiente nivel de profundidad que se le supone a Internet: Zion. De este espacio legendario se dice que, quien llega a él, tiene la oportunidad de apagar la Red Global. No sé si el apagado consiste en pulsar un botón de un color determinado o si para culminarlo hay que lanzar contra el sistema alguna suerte de troyano mesiánico, pero que Zion exista (siquiera como meme) en el imaginario de nuestra época da que pensar bastante. Entronca con la atracción por lo apocalíptico y con la moda de concebir la realidad como algo en esencia relativo. Ya se insinuaba en aquel anime extraño que en su día se comparó con Twin Peaks titulado Serial Experiments Lain: si existe un Dios está en la Red. Sí, si existe está en la Red y casi seguro que vive sumergido, como Antiguo que es, más abajo de las Marianas.

Leyendas urbanas aparte, el que exista un espacio sin censura en el que en teoría es posible una comunicación más libre no debería ser tomado a guasa ni olvidado sin más. La Deep Web ya tuvo su papel durante la Primavera Árabe, posibilitando a la gente comunicarse y organizarse contra un poder opresor que vigilaba la superficie de Internet como si fuera una calle más del país. No todo en la Deep Web es Dark Web, a pesar de que ésta ocupe un porcentaje notable de su extensión total, y por tanto pueden buscársele usos si no menos subversivos sí más nobles desde un punto de vista ético. En un presente en el que el Gran Hermano campa a sus anchas disfrazado de lo que no es (la aparente libertad que tenemos para decir lo que queremos decir es una falacia, con ese concepto desviado del respeto que nos obliga a guardar las formas ante posturas claramente impresentables y peligrosas, y una libertad de expresión mal entendida que hace que la gente se ponga a opinar sobre lo que sea, de cualquier manera, sólo porque es su derecho y los derechos han de ejercerse aunque sea en vano), la Deep Web podría acogernos cuando aquello que tengamos que exponer no sea de la incumbencia de Google ni de los gobiernos a los que vende información. Quién sabe. No es descabellado suponer que cualquier revolución que hoy por hoy se dé empezará en Internet. Y que cuando eso ocurra la Deep Web puede ser algo más que un espacio consolador y simbólico, en el sentido de que da margen y ofrece anonimato a cualquiera decidido a conspirar.

jueves, 5 de febrero de 2015

El ArTe De MaTaR



El primer giallo que vi en mi vida, por casualidad y mucho antes de empezar a obsesionarme con el género fue Rojo Oscuro. No me gustó. Aquella primera vez, me refiero, con un paladar bastante analfabeto que perdió el tiempo, listillo patético, en criticar lo barato de la trama principal en lugar de limitarse a comer disfrutando las escenas como lo que son: caramelos.

El giallo es al slasher, o en un sentido más amplio al asesinato cinematográfico, lo que la haute cuisine a la gastronomía o la alta costura al mundo de la moda. Mas el refinamiento del gusto que en ámbitos como el de la cocina o el diseño puede ser subversivo pero también no serlo en absoluto, en el giallo va por fuerza acompañado de una suspensión del sentido de la moral que además de subversiva es perversa. La fotografía en el giallo, obcecada en la búsqueda de una clase particular de belleza, consigue de pura empatía y sensibilidad para con los objetos que revela componer odas tácitas al asesinato. Odas que además carecen, al contrario que en obras como el clásico de De Quincey "Del asesinato considerado como una de las bellas artes", de todo vestigio irónico o satírico que permita interpretar lo que se ve como metáfora de otra cosa distinta. El giallo, de la mano de una fotografía voyeurista que convierte en cómplice a quien se queda mirando, presenta el asesinato como la forma más elevada de arte y, dentro de éste, la muerte de una mujer hermosa como la más sublime variante de todas. Los primerísimos planos de la boca, del cuchillo, de la sangre que empapa la ropa ciñéndola todavía más si cabe al cuerpo; las composiciones cromáticas que logran, ora con contrastes radicales ora difuminando y confundiendo las fronteras, que los colores chillen o susurren como criaturas vivas, dan a entender que lo que se muestra es, si bien no correcto desde una perspectiva moral, sí indiscutiblemente bonito de contemplar. El giallo parece ilustrar lo mismo que aquella pintada de King Mob que, aludiendo a De Quincey o quizá a malditos de ironía menos evidente, decía que el crimen era la expresión más elevada de sensualidad. El mismo Edgar Allan Poe llegó a afirmar que "la muerte de una mujer hermosa era, sin duda, el tema más poético del mundo". 

El giallo no se detiene tanto en mostrarnos parafilias como en hacérnoslas sentir y, por extensión, disfrutar. No se entretiene en dar miedo sino en estimular alguna suerte de libido tanatoria oculta en todos que hace que, según la forma en que nos cuenten el cuento, prefiramos identificarnos con el lobo. El giallo juega con la ventaja de saber que los seres humanos confundimos, más a menudo de lo que nos gusta reconocer, los conceptos de belleza y bondad. Algo que es hermoso no puede ser tan malo. La fotografía tramposa y hechicera nos sumerge de lleno en el sentimiento parafílico y después nos muestra, a través de un gore explícito que sin embargo es menos realista que conceptual y simbólico, todo lo que deseamos ver. Promete para después cumplir poniéndonos del lado de algo atroz que sin embargo es bello. Nos compra con caramelos como a niños, nos torna polimorfos y perversos decantándonos por lo que es disfrutable sin más, con independencia de criterios éticos. Hasta las tramas en ocasiones incoherentes o flagrantes en su estupidez ayudan a cimentar la sensación de que, como en el porno, sólo lo que necesitamos ver no es superfluo. En el giallo es McGuffin todo lo que no es muerte o acecho. Las tramas están al servicio de ese fin en sí mismo que es matar y apenas si importan. De ahí el aroma a serie B y a exploit que, sin perjuicio de la exquisitez extraña pero macroscópicamente perceptible que poseen, emana de estas películas como un perfume barato que sin embargo logra seducirnos.

Aunque la función catártica del cine de terror no se limita al giallo, el modo en que éste se recrea en sí mismo y su estética exaltada al sugerir cuando no al celebrar el Mal y la avidez asesina lo hacen más controvertido que otros géneros considerados "más duros", como el slasher, que si bien derrocha casquería y sexo explícito en dosis muy superiores a las del giallo, es a todas luces inocente y de intenciones cristalinas en comparación con éste. Mientras que en todo slasher que se precie de serlo se pasa bien a fuerza de sufrir con las víctimas (el tipo de catarsis adaptativa y políticamente correcta que nos hace taparnos la cara con un cojín para no ver demasiado), en el giallo la satisfacción deriva de sentir como siente el asesino (lo cuál transmuta la empatía en morbosidad voyeur y nos hace permanecer con los ojos fijos en la pantalla). Toda una experiencia de realidad virtual que casi siempre es mejor disfrutar a solas, pues dependiendo de quién se tenga al lado mirar giallo puede convertirse en lo mismo que estar sentado con tus padres viendo una película de acción que de repente y de forma inesperada se sube mucho de tono. Si se quiere prestar atención a un giallo es mejor verlo solo, porque en cuanto hay alguien más la cosa tiende a ponerse afrodisíaca o incómoda y ésa no es manera de ver cine. El giallo es en cierto modo pornografía hipotalámica, velada y sólo a medias comprensible por nuestra parte consciente, que un día se queda enganchada a la imaginería propia del género sin saber exactamente  qué es lo que le gusta y por qué. 
La forma ordenada y ritual en que los elementos más convencionales del género son presentados en cada giallo (el testigo de un asesinato brutal que deviene en detective, los guantes negros que prologan el derramamiento de sangre, las infinitas variaciones sobre el tema de una muerte que en el fondo es siempre la misma y que funciona a la manera de una obsesión poética, el homicidio de una mujer hermosa a manos de otra de su misma condición que no se revela como tal hasta el desenlace -lo cuál me remite al refinado homenaje que Brian de Palma rindió a Hitchcock en Vestida para matar, que con bastante más de giallo que muchos giallos fundacionales y en lo que quizá no sea sino un guiño invertido al género la asesina resulta ser un hombre que se traviste para liquidar mujeres) hace que estas películas resulten metacinematográficas en esencia, o lo que es lo mismo, que se construyan como homenajes a una estética de la que toman prestado el sentido. No se concibe giallo sin que cierto grado de homenaje se dé, lo cuál deriva en que su calidad no dependa tanto de una trama genuina como de la maestría alcanzada en reorganizar unos elementos familiares y por todos conocidos que no pueden faltar, pues sin ellos el giallo dejaría de ser giallo para solaparse inevitablemente con otros géneros centrados en la figura del psychokiller. 

El giallo puede ser considerado un subgénero del cine de terror, pero tampoco es descabellado concebirlo como cine en esencia experimental. El horror es un elemento central del giallo, pero sólo a base de terror no se construye una película representativa del género. Lo terrorífico en el giallo se trata de una forma tan estilizada que en ocasiones llega al extremo de perder la capacidad de asustar. Algunas escenas de muerte son más disfrutables como composiciones plásticas o piezas de erotismo desviado que como secuencias atemorizantes con las que pasar un auténtico mal rato, y de hecho cuando el cuerpo pide experimentar terror del que incomoda y crispa hasta la náusea el giallo debería tal vez ser nuestra última opción. Los síntomas que la visualización de un buen giallo conlleva tienen más que ver con los del síndrome de Stendhal que sufre Asia Argento en la película homónima que protagoniza a las órdenes de su padre que con los del pánico propiamente dicho, y es por eso que los giallos hay que reservarlos para esos días sibaritas y un poco snobs en que el cuerpo nos pide caprichos caros.

Una joya desconocida de carácter puramente experimental y más mirloblanquista de lo que cualquier giallo, excepto por supuesto la pieza maestra Suspiria, es ya de por sí, es la producción belga Amer. Prácticamente muda y sin ningún diálogo (los personajes a veces dicen algo pero jamás son respondidos por nadie), parece haber querido suprimir lo poco de superfluo que a modo de hilo conductor conservan los giallos. Dividida en tres secciones desconectadas entre sí que sin ningún problema podrían funcionar como cortometrajes, resulta todavía más metacinematográfica que las fuentes de las cuáles bebe. Cada historia homenajea un elemento propio del género, aunque sólo la tercera es propiamente un giallo. Arranca con lo que parece un tributo a giallos de tinte sobrenatural como los de la famosa trilogía de las madres de Argento, continúa con una suite alejada de lo terrorífico que sin embargo es la pieza de mayor calidad de toda la cinta y que es un guiño, o así me lo parece a mí, a esa fotografía omnisciente e hipersexualizada que convierte en giallo el slasher; y acaba con un microgiallo de corte clásico en el que la perversión da una vuelta más de tuerca y a la parafilia del asesino se opone la de la protagonista, que parece estar pidiendo a gritos, o a gemidos más bien, que acaben con ella.  Quizá Amer no es la película más adecuada para introducirse en el género, pero para el fanático que rastrea a la caza de un formato que cada vez se deja ver menos y con peores resultados supone un regalo.

miércoles, 16 de julio de 2014

Sobre la fragancia Flower' s barrow de Lush:



Este perfume huele definitivamente a flores muertas, a vegetación podrida, a flora descompuesta y espectral. El propio nombre lo dice, aunque al principio no caí: Túmulo de flores. O Flor de túmulo, que suena mejor. El perfume más gótico que he tenido el gusto de oler y que utilizo, lo confieso, de modo más bien compulsivo y a pesar de que alguna de sus notas de fondo me repugne. Lo de las repugnancias debe de ser como lo de las fealdades, que algunas (muy pocas) en vez de repeler atraen. 
El perfume no es del todo grato a la nariz, pero sí muy sofisticado. No podría no serlo tratándose, como en efecto se trata, de un perfume conceptual. Un perfume llamado Flor de túmulo que huele a rosa, geranio, salvia, tomillo y grosellas negras, sí, pero a rosa, geranio, salvia, tomillo y grosellas muertos. Jean-Baptiste Grenouille alabaría lo conseguido de esta fragancia, aunque sin duda él la sintetizaría mejor. Pero entendería, no me cabe la menor duda, la intención que se adivina en sus creadores.
El perfume es decadente y vampírico, y aunque siniestro consigue excitar los sentidos. En sus momentos más alegres huele un poco a tiesto (será el geranio), y en sus caídas en picado a flores con moho. Una exquisitez para narices algo desviadas que gusten de fragancias polimorfas y por completo amorales. Lestat usaría este perfume. Y Felicidad Blanc también. 

Chapeau

jueves, 21 de noviembre de 2013

Nada (cuanto más lejos mejor)

Pertenezco a una generación que ni trabaja, ni estudia ni holga como manda Satanás. Pertenezco a una generación de yonkis desmotivados hasta las cejas. A una generación de infantes crónicos que se ajan, cada día que pasa más, encerrados en cuerpos de jóvenes hechos unos auténticos zorros. A una generación de fracasados que nunca más lo serán, gracias a que a fuerza de perderlo todo una y otra vez no tienen, por fortuna, ya nada más que extraviar y pueden, para regocijo de una servidora, dedicarse al crimen y a la violencia. A una generación de pusilánimes sin principios ni fines a la vista que el día menos pensado, por a saber qué reorganización fortuita de las fuerzas de la entropía y del caos (o a consecuencia de ese diseño inteligente que nos hizo a imagen y semejanza de un dios vengativo y de permanente mala gaita), se condensarán en hordas enfurecidas de asesinos y violadores vocacionales. Sin nada que perder, sin ganas de lograr absolutamente nada, apenas impulsados por esa parte del cerebro más reptiliana y primitiva que nos aproximaría, de ser dominante, a las bestias, avanzarán hacia la comisión de fechorías aberrantes. Los que no opten por la violencia será porque están muertos, postrados o encerrados en clínicas mentales. Más de una década de disipación absoluta ha de tener sus consecuencias, y como ocurre en la selva los débiles serán eliminados. Enloquecerán de cáncer o morirán de falta de objetivos, qué más da; en cualquier caso estarán para el arrastre. Los que quedemos, si es que no nos autoeliminamos en ese segundo round que serán las tandas de suicidios (debidos a la depresión que la muerte y el enloquecimiento de seres queridos nos causarán, o a una falta de objetivos más acentuada y de carácter más siniestro en relación a la edad que ya iremos teniendo), sólo podremos dedicarnos a la violencia.
A mi parte más cínica, dominante sobre el resto de mis partes (excepto tal vez sobre mis genitales, que no son nada cínicos y que tienden a dominarlo casi todo, menudos son ellos), le parece un final tan bueno como cualquier otro. El no tener nada que hacer ni confiar en ir a tenerlo en breve ni en realidad a la larga me ha generado una sed de sangre que ni los hunos. Creo que no soy asesina en serie más por miedo a que me pillen que porque me parezca una ocupación aburrida, y si todavía temo que me descubran será porque considero que algo tengo que perder (aunque bien poco y disminuyendo, dicho sea de paso). Espero, con anhelo del que te hace frotarte las manos, el día en que lo que perder tengo mengüe hasta desaparecer del todo. Y además posseo una conciencia forense refinada por años de lecturas sangrientas, lo cual es toda una suerte en esta era tecnológica en que pueden pillarte por los pelos (dejados en la escena del crimen, y porque aun con tecnología de por medio- demos gracias a Lucifer- la policía sigue siendo bastante incompetente -¿se considera esto un insulto, por cierto? Si es que sí métanme en la cárcel, se lo ruego, muero por pasar por la experiencia de chirona para incitar a motines y enrollarme con una presa con cara de chunga pero pibona). Quizá se deberían haber invertido más publicidad y recursos en que la chusma acudiera a ver en masa cine independiente y de autor en lugar de amariconadas de acción y de superación personal. Las fantasías generadas por tantísima testosterona audiovisual serán siempre contrarias a los intereses oficiales. La testosterona a litros (testosterona que yo he ingerido, de rodillas y con la fruición de un verdadero marimacho) genera individuos fuera de control. No digamos ya individuas. Dispuestos a todo (siempre que el todo en cuestión no requiera mover una meninge) con tal de seguir operando fuera del plano de lo real, pues lo real no surge por meramente imaginarlo y además implica volver a tener cosas que perder. Un engorro, vamos. Hace tiempo ya que hablamos de lo real pero que no actuamos sobre lo real en absoluto. El postmodernismo y la reinterpretación crónica de los símbolos (y los mañaneos, y las tertulias interminables entre yonkis cargados de razón) nos han hecho procrastinadores. Y procrastinaremos, que a nadie le quepa duda, hasta deslomarnos o deslomar a la nada. Al fin y al cabo es ella o nosotros. O ella o yo, o ella y yo o vosotros, o vosotros y ella o yo, si no os importa y ya que entre otras cosas soy miembro de una generación de integrante único. Lástima que ya no sepa si mi enemigo es la nada o sois vosotros. Quizá no sea sino yo misma influenciada por la nada y por vosotros, cucarachas. Esta mezquindad que me possee no puede haber sido idea mía, sino que por fuerza ha de haberme sido irradiada desde el exterior. A lo mejor no sería tontería hacerme con uno de esos capirotes de papel de plata (que si se revela inútil podré al menos emplear para fumar en narguile o heroína). O a lo mejor es sólo que empiezo a enloquecer de cáncer y que ni siquiera estoy destinada a sucumbir en la tanda de suicidios, sino mucho antes.
Marcho, hasta el advenimiento del próximo melocotón, a fabricar explosivos de elaboración casera. Que os follen a todos y a mí la primera, como de hecho están ya haciendo. Nos veremos, por encima de vuestro cadáver, en el infierno.

lunes, 14 de noviembre de 2011

El orden de los monotremas


Mi madre es una rara avis del orden de los monotremas que siempre ha sabido valerse por sí misma. Para traerme al mundo, mi madre puso un huevo y, viendo que era bueno, decidió hervirlo en agua toffana en el interior de un caldero negro y vuelto del revés, añadiendo a cada rato ingredientes de su gusto entre los que se encontraban, o al menos así me gusta pensarlo, grasa y corazones infantiles; cicuta, yerba mora y beleño; bufotenina de príncipe encantado, mandrágoras con cara de trasgo arrancadas de la tierra con la ayuda de mulas sordas de fertilidad extraordinaria; ruda, estramonio y nux vomica y al menos tres corazones de gacela que, arrebatados por la fuerza en la oscuridad de inciertos y profundos bosques a cazadores de talante bondadoso, se desangraban atravesados por catorce alfileres involucrados en prácticas abortivas. Con todo esto hizo un emplasto, una mezcolanza, un guiso, que cierta noche de buena luna enterró al pie de una higuera de tronco voluptuoso y retorcido. Noche tras noche, sobre el nicho que habría de contener su homúnculo, aspergió orines, sudor y menstruación procedentes de su propio cuerpo hasta que la tierra pareció ir adoptando el aire gordezuelo y lácteo de las crías de hombre. Con heno, acónito, láudano, mimo y paciencia infinitos entretejió una cuna diminuta, esférica o rectangular según el ojo con el cual se la mirara, que cabía en el hueco de la chimenea y que, además de mecerse sola para adormecer a toda criatura que en su interior osara arrebujarse, sabía cómo hacer que un homúnculo se desarrollara pleno, creciendo a la par en grandeza y delirios y transmutando, como en efecto así se le antojó al que resulté ser yo, su sexo en el que más le complaciera. Así, de homúnculo masculino y con la ayuda de ciertos bebedizos cuya composición me está vetado revelar a cualquiera ajeno al mundillo de los pactos diabólicos, me transformé en un retoño de ninfa que, en aquellos primeros años de la metamorfosis y a modo de efecto secundario por la ingesta de tantísima ponzoña, más se asemejaba a un tubérculo negruzco que a clase alguna de delicada y feérica criatura. Las lágrimas que derramaba ante el reflejo de mi deformidad en todo espejo o charco que en mi camino se cruzara no conmovían a mi madre, que como sabiendo algo que yo ignoraba por haber sufrido, tal vez, similar experiencia en carne propia, sonreía condescendiente y enigmática susurrando cuando cabizbaja me veía alejarme que, lo que no me matara, más fuerte y poderosa me haría a la larga.
Fuerte y poderosa. Fuerte y poderosa. Con tan majestuosos vocablos bombeando hacia mi astro músculo sangre, animalidad y expectativas, fui con los años perdiendo la costra de fealdad aparente y aprendiendo, a veces a fuerza de trompicones capitales, que intentar esgrimir una pose acorde con la propia naturaleza constituye, cuando dicha naturaleza se revela entrópica, la más sublime y directa de las vías para desarrollar una cierta monstruosidad de carácter. Para Jarry, que por cierto es la segunda vez que lo saco a colación en un texto, monstruo no es sino “todo original de inagotable belleza”; lo cual me hace cuestionarme hasta qué punto una monstruosidad de carácter debe ser considerada “maligna” y, en base a la perfección o elaboración de dicha malignidad, el grado en que puede o no entenderse como artística o hermosa. Si existen autores capaces de considerar el crimen, y más concretamente el asesinato, como una más de las bellas artes, sin que además quede claro en ningún momento en qué medida están mostrándose cínicos o creen verdaderamente en lo que dicen, ¿por qué no hacer de la monstruosidad de cada uno, sobre todo de la de aquellos ejemplares especialmente dotados para la comedia y el enredo, una suerte de ejercicio estético en el cual, el alejarse de la vulgaridad, fuera en el fondo el principal objetivo?
Pero volvamos a aquellos dos plúmbeos sintagmas, porque tenían más de sintagma que de palabra al implicar, del modo en que lo hacían, tantísimos condicionamientos: Fuerte y Poderosa. Sobre la ninfa transexual y de aspecto negruzco y arrugado que fui, los sintagmas susodichos actuaron a modo de mantra, y tanto fue así que, sin apenas darme cuenta de lo que ocurría, comenzaron a sucederse cambios sensibles: la costra dura y como de patata vieja comenzó a desprenderse de la carne tierna, que aunque algo irritada y blancuzca por tantos años al amparo de los rayos solares y arañada, en líneas curvas rojo- amarronadas que se dirían las pinceladas de un pintor novato, sugería ya la promesa del tacto bruñido y lustroso de las esfinges, las cariátides y los mascarones de proa de algunos buques pirata. Los huesos, que hasta entonces habían permanecido entumecidos y como encorvados sobre sí mismos en una postura agazapada y asimétrica que recordaba a la de los simios y a la de no pocos perdidos eslabones, parecieron de pronto desplegarse y adoptar, por efecto de una grácil e inmediata reconfiguración, cierto aire gallardo y como de comerse el mundo. Ya erguida y en carne viva, libre de agarrotamientos y de rudas y corticales crisálidas, recuerdo haber salido al exterior, desnuda y sangrando por al menos tres orificios de mi cuerpo, a beberme el aire, el ruido y cualquier cosa susceptible de hacerme estremecer. En algún instante de aquella orgía sensorial perdí el conocimiento y me desplomé contra una piedra de pico, y a pesar de que un nuevo y sangrante orificio se había abierto paso a través de mi cráneo imberbe y traslúcido, más que a un lacerante dolor asocio el instante de la brecha a una especie de abrazo cósmico brusco. Cuando desperté del trance y del pasajero extravío, era humana.
Monstruosa, excesiva, demasiadamente humana; pura de raza y cepa y corrompida hasta la raíz. Dispuesta a todo con tal de crecer en quimérica y compleja sofisticación, pero con una debilidad de base que con el tiempo me llevaría a perpetrar algunas deconstrucciones. La fijación con el dominio y con el poderlo todo es del todo incompatible con la inseguridad a que aboca la humana mortalidad. Consciente de la muerte y del absurdo pasajero del existir que, agostándose en un eterno estío celular, parece perpetrar sobre el cuerpo un desgaste centrífugo, sólo resta consumirse a paso de tortuga y pleurar por que a la dulce y bella vida siga antojándosele colmarnos de frutos maduros y dehiscentes.