lunes 9 de noviembre de 2009

En la senda del mal


Estoy en la plaza de Olavide, misteriosamente conectada a Internet y con un flamante y jovencísimo grupo de latin kings apostado ante mis ojos. Pensaba que iba a hacer más frío, pero la verdad es que esta temperatura es estupenda para estar en la calle.
Cuanto más pienso en mi vida más rara me parece, y más interesante. De no darse dicha rareza, dudo que pudiera escribir lo que escribo. No sé si es la literatura la impulsora de mi emocionalidad, o si son más bien mis emociones desbocadas las que me permiten dedicarme a la creación artística. Sólo sé que cuando me siento lánguida, rubia, desvaída, me veo incapaz de transformar las palabras en algo meritorio y digno de ser perpetuado. Quizá esté hecha para la tragedia, o quizá esté hecha para el humorismo, pero en cualquier caso a mi personalidad no le va bien ninguna clase de medianía.
A pesar de las catástrofes que, bajo la forma de conflictos románticos y traumas en vías de superación, estallan cada poco a mi alrededor, he de confesar que me siento muy afortunada por experimentar las cosas que experimento. Si la tranquilidad me anula y me castra de raíz, por qué empeñarme en alcanzar valles en lugar de aspirar a la conquista de las cimas. Por algo me habrán gustado tanto, desde siempre, las montañas rusas. ¿No se supone que el artista que lo es de corazón ha de sacrificar, por responsabilidad para con su obra, todo aquello que se interponga entre ésta y su culminación? Pues entonces quizá debiera asumir, de una vez por todas, que lo que yo debo es rendirle tributo al caos y dejarme de paso de infantiles lloriqueos. La mojigatería, da igual la forma bajo la cual se manifieste, es siempre producto de una falta de estilo congénita para la comisión de fechorías. Y además, en defensa de mi bonanza de carácter, he de añadir que estoy más que dispuesta a sufrir en mis propias carnes, y a despecho de mi más que merecida ataraxia, las consecuencias más funestas de los terrorismos emocionales que sobre mis semejantes me de por perpetrar.
Las personas que se consideran a sí mismas buenas son hipócritas, y las que por contra se consideran malas unas prepotentes. Ambas clases de individuos se me antojan, en cualquier caso, poco lúcidas y harto inconscientes. Impulsos sutiles y personalísimos someten nuestra voluntad y nos conducen, por senderos inescrutables y ambiguos, hacia destinos esbozados de antemano por no sé muy bien qué suerte de mano lúdica y omnirriente. No sé si mi destino es la literatura o el moldeado de cataclismos a escala, pero en cualquier caso lo asumo y repito, a modo de mantra, la siguiente felonía: estás en la senda del mal. Tranquilo, que yo voy detrás de ti.

domingo 27 de septiembre de 2009

AuToSuFiCiEnCiA


No sé qué hacer hoy conmigo porque me siento alterada, acelerada y ansiosa y no logro, por mucho que lo intento, centrarme en nada ajeno a mis reacciones físicas. Antes de salir de casa, y como si quisiera potenciar este estado ansiógeno que me corroe, me he bebido de penalti una taza grande de café solo con hielo. El corazón ha empezado a palpitarme con tanta fuerza que, por un instante, ha parecido querer salírseme de la caja torácica para galopar, en clave de sístole, más allá de los márgenes de mi biología. Ahora estoy haciendo como que me siento sobre un taburete, poseída por la prisa de hacer no sé muy bien qué cosa y tratando de domar, cada vez que alguien me mira, los espasmos que azotan mis posaderas.
Tengo dinero, tiempo y libertad para hacer y deshacer como me plazca, pero por alguna inaprehensible y puñetera razón no me siento motivada para aprovecharme de ninguna de esas facilidades. Las palabras me salen a trompicones y la redacción se me resiste, así que lo de escribir vamos también, yo y mis yoes, a tener que dejarlo por hoy. Pero si no escribo, ¿qué hago? Sola y en la calle, sin ganas de leer y sin música que escuchar bajo la lluvia desvaída y lánguida, he por fuerza de intentar entretenerme con las palabras. Miro a las personas que me rodean y me siento enfermar por momentos. Decir que siento asco resultaría eufemístico, porque lo que me embarga el ánimo al contemplar las interacciones que en derredor tienen lugar se relaciona más con una sensación de putrefacción e insalubridad que con una variante desagradable del gusto. A mi derecha, vociferantes y colosales en tamaño y falta de dignidad, hay un grupo masculino de unos cuatro miembros que, a falta de habilidades lingüísticas complejas, se conforman con golpearse y gruñirse los unos a los otros en un dialecto emparentado de lejos con el castellano. He tenido que cambiar de lugar porque, cada vez que algún empujón amistoso acercaba a cualquiera de ellos al dominio ocupado por mi mesa, el desseo de aniquilarle de un vasazo la cara grotesca y gutural cobraba excesiva e inapropiada relevancia. Aunque pensándolo bien, prefiero rodearme de simios que de modernos. Me interesan más las etologías que los posados y, en el fondo de mi corazón, siempre admiré más a Goodall que al cretino de Warhol. Si bien la necedad absoluta me resulta tolerable, y aun hilarante, la mediocridad presuntuosa me saca por completo de mis casillas. La verdad es que no sé por qué escribo estas estupideces. Lo apropiado sería que registrara aquello que me conmueve, en lugar de centrarme en las cosas que no soporto o que me raptan de quicio. Y fijaos que he escrito raptan. El quicio es algo de lo que solo te pueden sacar por la fuerza, y en un momento de vulnerabilidad. ¡Qué ingenio el mío!, ¿verdad? Vulnerabilidad, verdad, verdad, vulnerabilidad. Rapto, rape, ripper, rapiña, raposa. Todo lo que comienza por rap y se me ocurre en este instante se relaciona en cierto modo con la violencia, lo cual me remite al tema prioritario aparente de este escrito: mi estado de ánimo conflictivo, prejuicioso y sociópata. ¡Qué poco interesante, de verdad! ¿Pero sobre qué escribo entonces? Escribe sobre las flores del campo, bromea mi voz interior. Sin embargo, lo más campestre que se me ocurre escribir es que me apetecería estar en un lago entre rocas, lanzándome de cabeza al agua y vestida con pieles de animal. Hasta qué punto resulta silvestre la imagen, ni lo sé ni me importa demasiado. De momento me he alejado medio grado de la intolerancia para aproximarme, a paso de tortuga, al pacífico remanso de la imaginación evocadora y libre. Continúa, se mofa la vocecita. Muy bien, vocecita, sugiéreme un nuevo tema. Habla sobre los niños pequeños, zorra. Zorra tu madre, vocecita, o sea yo, ¡qué cabeza la mía! Los niños, los niños, a ver qué coño ideo sobre los niños. ¡Ah, ya sé! Los niños me acomplejan, los niños me acobardan, los niños me dan envidia y los niños, en general, me gustan y me fascinan bastante. Aparte de eso, hoy he leído que han detenido a Roman Polansky en Suiza ( lugar al que había acudido con objeto de recoger un premio), a causa de la supuesta violación que cometió hace tiempo sobre una prepúber americana de trece años en canal. ¿Qué tengo que decir acerca del tema? Pues que las visten como putas y que dejen a Polansky en paz de una jodida vez, poco más. ¿Argumentos a favor? Lunas de hiel, El quimérico inquilino y La muerte y la doncella, para empezar. A un artista no se le encarcela, del mismo modo que a un niño pequeño no se le procesa por acoso por tocarle el culo a su prima. Si resulto políticamente incorrecta, lo lamento más bien poco. Además, el hecho de que su ex mujer haya sido desfetada, literalmente, por un emblemático asesino en serie americano, le otorga bajo mi punto de vista cierta inmunidad con respecto a los delitos cometidos en ese país de patriotas armados hasta los dientes. Por otra parte, si fue capaz de escribir Lunas de hiel y de enamorar a Emmanuelle Seigner, ha por fuerza de saber algo sobre cómo y con quién follar. Démosle, a falta de la libertad, un voto de confianza.
Y tras esta burrada provocativa y efectista, ¿sobre qué escribo, vocecita? Escribe sobre la escritura. ¡Oh, no, vocecita! ¡No me vengas con esas! ¡Metaliteratura! ¿Por qué y a cuento de qué? La metaliteratura es como una bolsa de té reutilizada, como el polvo de un tetrapléjico, como una puesta de sol convertida en fondo de escritorio en el ordenador de un agorafóbico. ¡Cualquier cosa menos esa, lo digo en serio! ¿Cualquier cosa, cualquier cosa? ¡Cualquier cosa, vocecita! Escribe sobre el desarraigo.
Allá voy: me considero una desarraigada por no pertenecer del todo a nada, ni a nadie. Me considero una desarraigada por saberme huérfana de padre y de generación. Me considero una desarraigada por el desprecio que siento ante mis semejantes por consanguinidad, y por la sensación, a caballo entre la repulsa y la incomprensión, que me embarga al mezclarme con la jauría. Me considero una desarraigada porque mi odio, que no me pertenece por completo, parece surgido de algún otrora diferente a éste en que vivo, o muero poco a poco. Me considero una desarraigada porque mis orígenes, si es que los tengo, se me antojan confusos, y porque mi lealtad, de existir, lo hace bajo directrices de moralidad dudosa. Me considero una desarraigada porque la plenitud se me escapa y el disfrute, en su acepción más hedonista y despreocupada, me enfrenta contra todos y contra mí misma. Me considero una desarraigada porque no encuentro nada, ni en la realidad ni a tres planos por encima o por debajo, que me comprometa lo suficiente como para tomar partido. Me considero una desarraigada porque el futuro es una entidad en la cual no creo, y el pasado, con toda su cohorte de nostalgias y bellos caracteres, intoxica de quimeras el presente en el que vivo, o intento vivir. Me considero una desarraigada porque renuncio, en nombre de una superexistencia mentada en vano y a traición de lo que soy, al divertimento anodino y superficial que me aportaría el pasar por integrada en un contexto hecho a la medida de mi inconformismo patológico. Me considero una desarraigada porque en cierto modo, y a pesar de las múltiples cadenas que me atan a la tierra y me rebajan, me siento libre y en posesión del secreto de la libertad que a todos se os escapa, esclavizandoos.
¡Hale, vocecita, hasta la próxima!

jueves 24 de septiembre de 2009

From Lula Lestrange to Romeo Cosardiela Jr.


Echo de menos las tardes de invierno en que salíamos, abrigados hasta las orejas y sin cogernos de la mano, a recorrer enfervorecidos las calles de Madrid. Tú vestías vaqueros y una chupa negra; yo, faldas de colores que revoloteaban en torno a mi figura mientras fingía, sin afán alguno por que te creyeras ni una sola de mis extravagancias, ser una exótica y extrañísima criatura desconectada del mundo de los Hombres. Mientras tú emitías soliloquios provocadores con ánimo de enamorarme, yo hacía que buscaba objetos por el suelo y te observaba de reojo. Cuando de repente encontraba algo que pudiera ser de tu agrado, corría extasiada y haciéndome un poco la loca hacia donde estabas tú para, con una sonrisa radiante y las piernas apretadas de pura excitación, ofrecértela en el nido sudado y tembloroso de mi mano abierta. Me mirabas con unos ojos que parecían conocer todas y cada una de mis triquiñuelas y que, al mismo tiempo, se revelaban más que dispuestos a dejar engañarse por placer. Tu boca, que de palabra dudaba de todo y de todos, jamás dudó de lo que yo era o hacía, de lo que yo impostaba o fingía, de cómo yo, en resumen, me ofrecía a ti para que me quisieras. Recuerdo que las calles parecían más oscuras de lo habitual y, cada rincón, un escondite acogedor y misterioso. Olía un poco como a quemado, al igual que en los pueblos, y el barullo circundante de vehículos y personas en tránsito se me antojaba, concentrada como estaba en la gestación de un milagro privado, más la atmósfera de una película que la de la ciudad testigo de nuestras hazañas. El mundo podía estallar en llamas mientras nosotros, partidos de risa por nada, conquistábamos la noche y todo lo que por delante se nos cruzaba sin preguntarnos un solo instante por la suerte del universo. Me bessabas con fuerza, con ardor, sin miedo; apretabas mi cuerpo contra las paredes mientras mis piernas trataban de trepar por el tuyo y tus manos, extraviadas entre los pliegues de mi abrigo, buscaban rutas arcanas hacia mi piel desnuda y palpitante.

Echo de menos esas tardes y es por eso que quiero que te vayas, que te marches, que desaparezcas. Quiero que te largues y que me olvides rápido para que después, con apenas un ligero recuerdo de lo que supusimos el uno para el otro, vuelvas y sepas reconocerme entre la multitud. No quiero tu amor eterno, perenne e incaduco, pues correría el riesgo de que en el proceso se convirtiera en fraternal. Desseo tu tiempo, tu pensamiento, tu circunstancia; la posibilidad de erigirme en prioridad absoluta de tus más nocturnos y fantásticos desvelos. Prefiero suponerte un acertijo irresoluble a convertirme en tu compañera de fatigas y aburrimiento perpetuo. ¡Márchate! ¡Vete! ¡Desaparece! Sobre todo ¡olvídame, olvídame, olvídame!. Haz como que no existo ante tus familiares, ante tus amigos y ante ti mismo; haz como que no existo convenciéndote de que he muerto y lo nuestro es por tanto imposible; haz como que no existo, y fíjate en lo que te digo, aunque no te quede otro remedio que hacer el primer trecho a gatas y con los ojos dilatados por el terror. Prefiero no tocar fondo contigo porque después del fondo, lo sé bien, lo único que se puede es estar enterrado. Juntos y separados hasta el final, gatito, hasta el final.

Te amo.

4ETNIS

PD. Para compensar un poco la madurez emocional que destila la carta antecedente y de la cual, siendo honesta, carezco casi por completo, una última línea para el gatito: recuerda que cualquier cosa que hagas, la haré yo mil veces mejor. Y no hablo, precisamente, de tocar la guitarra. Ahora sí que siento que te quiero. ¡Al ruedo!

PPD (es que no me canso de hablar contigo). Cuando dos cuerpos o dos almas quieren encontrarse, ten por seguro que se encuentran. Como, fuera de lo que uno quiere y sin la excepción del ecologismo o de la paz mundial, no importa nada en demasía, pocas cosas se pueden añadir a lo ya dicho excepto que te quiero menos de lo que quisiera y que creo que a ti te pasa lo mismo. En cualquier caso te amo y eso es lo que en verdad importa. ¿Verdad? ¿Verdad? ¿Qué es verdad? Verdad es belleza y delirio, gatito, belleza y delirio. No nos convirtamos en feos en contacto con la realidad circundante y circuncisora.

PPPD (ahora sí que sí, una última cosa antes de que te vayas): ¿Quedamos mañana?

PPPPD. Mejor olvida eso último, ¿sí? Lo más probable es que te encuentres exhausto.

domingo 20 de septiembre de 2009

La mala sangre


Estoy en el mismo café de ayer, aunque sentada en una ubicación diferente, tratando de sacarle algún acorde hermoso a mi portátil. Al llegar me he podido pasar diez minutos largos intentando desentrañar la maraña inexplicable del cable, que en el breve intervalo que había pasado en la profundidad de mi bolso se había convertido, no sé cómo ni por qué motivo, en un manojo de negras víboras sin principio ni fin distinguible a la vista. Es muy típico de los cables hacer eso al meterse en un bolso, y me pregunto qué extraña clase de relación puede haber entre tan dispares objetos para que al ponerlos juntos se acoplen en tan impracticable y gordiano anudamiento. Como soy competitiva y no me gusta parecer torpe, a mano desnuda y sin ayuda de espadas me he concentrado en la ardua tarea de desenmarañarlo, y en la aún más ardua tarea de no poner cara de esfuerzo en el intento. Como si lo de desenredar nudos fuera lo mío, por tener quizá un antepasado marinero, o pirata, he logrado al fin dejar el cable más lacio que mi pelo y quedarme de paso con la sensación de prepotencia que buscaba. Mis párrafos introductorios son, al igual que yo, más raros cada vez. Me parece bien. Aunque por otra parte quizá éste no sea sino un texto de desvarío y, por tanto, lo antecedente no sea más introductorio que lo que a partir de aquí me de por escribir. Si buscabais profundidad iros a nadar a otra playa, porque la mía tiene hoy la marea baja. Esto no significa, ni muchísimo menos, que esté de mal humor o con el ánimo decaído, al contrario. Diría que, por el estómago, me revolotean patitos efervescentes. A qué se debe esa efervescencia natatoria y como espumeante de cítricos ni lo sé, ni me importa gran cosa. Lo relevante es que se quede, y que lo haga además por mucho tiempo. Si para eso tengo que transformarme en una frívola, tened por seguro que lo haré. O no, depende.
Antes de entrar aquí he caminado un rato escuchando una canción de Great White que no conocía, y que se llama Bitches and another women. Como todo lo compuesto por esa banda, resulta bastante sexual. No sé si tengo más ganas de quedarme aquí escribiendo, o de salir a la calle a esquivar personas con la música atronando en mis oídos y el corazón asilvestrado cabalgándome el pecho libre, y muy deprisa. Habrá tiempo para todo, así que de momento permaneceré sentada en este granate y mullido sofá de terciopelo, con la esperanza de que mi cerebro se acabe de decantar por un tema determinado. La verdad es que hoy llevo unas pintas bastante raras. Pantalones rojos muy ajustados y remetidos por dentro de unas botas negras que, así vistas, parecen más de montar que de salir a la calle, y chaqueta con capucha verde militar por encima. El maquillaje, el de siempre, pálido cadavérico con labios rojos y ojos muy negros. Mi aspecto no es muy discreto que digamos, pero como tampoco yo soy una persona discreta y considero oportuno tratar de aparentar lo que en realidad se es, finiquitaré este párrafo confesando que me siento bastante guapa y que todo lo demás, debido a mi flamantísimo y recién adquirido cinismo, me la trae por completo al pairo.
Estoy en ese estado en que me apetece correr, sudar, pelearme y seducir, en que me siento de nuevo enfebrecida por la literatura y capacitada además para someterla al yugo antojadizo de mis palabras; en que me sé potente, asilvestrada y salvaje y existen pocas cosas con la facultad de hacerme sentir culpable. A este estado de desinhibición y furores uterinos en que me encuentro lo llamo yo la mala sangre. Supongo que, de ser un hombre o un marimacho, en lugar de por seducir me daría por meterme en broncas. Sustantivos, verbos, adverbios y adjetivos titilan ante los ojos de mi intelecto con todos los colores de un espectro extraterrestre y excesivo, como tratando de convencerme, y consiguiéndolo, de que la literatura procedente del espíritu no necesita de contenidos semánticos para erigirse en excelsa. Es en la contraposición de sus tonos, en la brillantez o apagado de las palabras que la esculpen, configurándola, donde se fragua la magia y reside el secreto de su ocurrencia milagrosa. En fin, y yo que pretendía pasar por frívola... Al leerme me entra la sospecha de que el concepto de frivolidad me es tan ajeno como a mi genoma el de un perro de aguas andaluz, y que es precisamente por no pertenecerme en demasía por lo que me resulta tan atrayente y cool. ¡Cool! Aunque odio esa palabra, lo cierto es que la utilizo bastante. Supongo que es divertida de pronunciar y que yo, como niña que soy, procuro pasarlo bien a costa de lo que sea. ¡Faltaría más!

(luego sigo, ahora voy a unirme a la jauría)

Estoy en una pelea de gallos, es decir, en una competición de cariz hip- hopero consistente en humillar al contrincante emitiendo el mayor número posible de rimas hostiles. Aunque se supone que hay que improvisarlas, al verlos tan ingeniosos y metidos en su papel uno tiene la impresión de que se lo traen de casa más que preparadito. Si yo me presentara a un concurso de semejantes características, me cuidaría mucho de elaborar por anticipado y con todo el cálculo de que fuera capaz determinadas elocuencias de probable utilidad, a saber: insultos adecuados a cualquier tipo de defecto físico que mi contrincante pudiera padecer (gordura, cabezonería, narigudez, enanismo, calvicie, acné juvenil o fealdad a secas), respuestas apropiadas al hecho más que posible de que se metieran con mis puntos flacos, con la madre que me parió o con el tamaño de mi polla y, por supuesto, rimas de chulería centradas en la grandilocuencia de dicho tamaño y en el puterío de la progenitora del otro. Con esos ámbitos cubiertos tendría tantas probabilidades de ganar como cualquiera de estos sibilinos.
Supongo que el espectador del Coliseo debía de sentir cosas parecidas a las que siento yo al presenciar estas elocuentes humillaciones mutuas, y que en realidad es normal tener cada vez más ganas de que dejen a un lado las florituras lingüísticas para por fin lanzarse, pasándose el código de honor y las reglas del concurso por el forro, a arrancarse las entrañas a bocados. En esta vida nuestra, salvo que se sea un budista o Humphrey Bogart, hay que ser de todo menos indiferente.

viernes 18 de septiembre de 2009

LoVe WiLL tEaR uS aPaRt


Estoy en un café llamado In dreams cuyo aspecto recuerda al de las heladerías americanas de los años 50 y que, para mayor regocijo de mi amor por el detalle y por lo retro, bloquea el acceso a la conexión wi- fi con la palabra “elvis”, en minúscula. La sonrisa del camarero al confiarme la clave me ha sugerido algún tipo de celebración relacionada con el espionaje. En clandestina complicidad, las cosas saben más y mejor. En honor al nombre del bar quizá la contraseña debiera haber sido Orbison, pero supongo que resulta más apropiado un bloqueo cuya ortografía no de apenas lugar a dudas. Y digo apenas, porque entre la b y la v de Elvis bien pudiera algún cafre mostrarse dubitativo. Y tras el párrafo situacional e introductorio de rigor, me dispongo sin más preámbulo y con cara de solemnidad a arrancar algo meritorio de mis psicotrópicos y casi, casi insondables abismos.
Como cada septiembre, me invade una cierta sensación navideña. A pesar de que siempre he afirmado que para mí Año Nuevo comienza en el noveno mes del año, nunca he estado demasiado segura de a qué me refería diciendo eso. Se trataba más de una impresión ligera y no del todo transferible a palabras que de un concepto o de una opinión forjada en base a algo y, por tanto, cada vez que aludía a ella lo hacía desde el desconocimiento profundo de la causa. Es posible que se debiera a que, cuando entre mis doce y mis dieciocho años el estío tocaba a su fin, la sensación de pérdida que experimentaba era tan fuerte y en extremo desesperante que, en cierto modo, consideraba la situación más como el fin de un ciclo que como la mera conclusión de una estación meteorológica. Cuando el verano acababa y era preciso regresar a Madrid, el único consuelo que encontraba era el de pensar que en breve sería Navidad y podría passear, henchida de exaltación nostálgica, entre las luces y las aglomeraciones de ese Broadway en miniatura que es la calle Gran Vía. Si no me aferraba a esa idea, hermosa y brillante cual estrella titilante en el pozo de unos ojos negros infantiles, la partida se me hacía tan dura que ni siquiera podía disfrutar a pleno de la última semana del verano por estar pensando ya en el instante catastrófico de la despedida. De todas formas, y por mucho que tratara de adelantar las navidades para hacerme una idea más atrayente y misteriosa de mi ciudad, el instante de agosto en nos percatábamos de que el Sol se dejaba ver cada vez menos, y de que el viento, en ráfagas húmedas y congeladas, nos obligaba antes de la hora de rigor a recoger nuestros bártulos y abandonar la playa, constituía un punto de inflexión en nuestro estado de ánimo que no siempre desembocaba en un mayor disfrute de la intensidad.
Ahora me doy cuenta de que los días que con mayor fuerza tengo grabados en el corazón son precisamente aquellos previos a la despedida. Conscientes, aunque sólo a medias, de la importancia capital de nuestros desenlaces, fuimos poco a poco haciendo de ellos rituales trágicos. Año tras año, el día fatal, corríamos al edificio Géminis a enterrar entre los matorrales, o donde se nos ocurriera, alguna clase de tesoro simbólico. Pelotas de goma, figuritas de plastilina moldeadas por mí en el garaje de Fernando, tapones de botellas e incluso anillos o videojuegos que hubiéramos utilizado ambos, eran los posibles candidatos a permanecer bajo tierra durante un año a la espera de que volviéramos a reunirnos para sacarlos a la luz. Aunque Fernando tenía terminantemente prohibido desenterrarlos sin mí, cuando a lo largo del invierno me echaba de menos solía viajar hasta Valdoviño para merodear por las inmediaciones de aquellas lápidas y llegar incluso, en cierta ocasión, a faltar a su promesa removiendo algunos puñados de tierra. Recuerdo que parecíamos actores, intérpretes arrebatados de nosotros mismos cuando, después del ritual funerario, cogíamos el coche hasta la estación de tren para llegar una hora antes que mis familiares y compartir unos últimos minutos de intimidad. Nos dirigíamos primero al bar de la estación, conmocionados hasta el punto de no poder hablar, y pedíamos un café con leche que bebíamos en silencio y sin dejar de apretarnos la mano por debajo de la mesa. Después íbamos a una zona del andén donde había trenes desguazados y cubiertos de orín y, con las piernas colgando del borde, compartíamos un cigarro. Era, al igual que el café, el único que yo consumía al año, y desde entonces tengo ambas cosas asociadas al olor a gasolina y a humedad de la estación, a una excitación sexual sin afán de consumación y al graznido de los vencejos que al volar a ras de tejado anunciaban lluvia. Todos mis últimos días, sin ninguna excepción que yo recuerde, llovió de la mañana a la noche. El humor atmosférico contribuía, con su empeño en mantenerse invariable verano tras verano, a la consolidación romántica de nuestro ritual de adiós.

Todo esto me hace pensar que, en el fondo, los momentos más intensos son aquellos acotados por la inminencia de una cuenta atrás, y que la separación, a pesar de la pérdida del Otro que supone y del vacío y de la soledad que trae aparejados, es en último término lo que más profundamente ata entre sí a las personas. A pesar del sufrimiento y de la angustia que se siente ante la amenaza de la distancia, los seres humanos se aman más y mejor en una atmósfera de tragedia que en una de estabilidad absoluta. Para disfrutar cada minuto como si fuera el último, hay pocas cosas que ayuden más que la recreación de un contexto apocalíptico en el cual, efectivamente, cada minuto es el último y los implicados se ven forzados a vivir al límite de sus emociones. Transgredir, siempre que se pueda, el remanso de la certeza, y arriesgarse al sufrimiento del corazón que no ve y del cerebro que supone siempre lo peor.
Así que no sé si odio o adoro las despedidas, porque cada vez que me toca pasar por el trance de alguna experimento emociones ambiguas, y aun contradictorias. Por debajo del melodrama y de la lágrima ligera de cascos fluye, cual si fuera un río embravecido por una estampida de impalas, la esperanza fulgurante y espesa de disponerme quizá a emprender grandes aventuras. Porque si en algo hace pensar una despedida es precisamente en su reverso, el reencuentro, y ¿qué persona peliculera que se preciara se privaría de una vivencia tan propensa a la teatralidad como ésa por miedo a lo que pudiera pasar? En el reencuentro se concierta, de nuevo, una primera cita, y desde luego es la única manera que se me ocurre de volver a conocer a una persona por primera vez. Pocas experiencias resultan, a mi entender, más emocionantes que la de reencontrarse con el compañero de batalla pasado un tiempo, y con nuevas cosas que ofrecer como aval de la propia humanidad liberada y reconquistada. Por pocas cosas, pienso, merece tanto la pena correr el riesgo de perderlo todo. Al fin y al cabo, estar siempre junto al desgastado sujeto de desseo no impide, ni muchísimo menos, el extravío de su espíritu. Siendo el espíritu, en última instancia, lo que mantiene a las personas enamoradas, cabe preguntarse hasta qué punto es indicador de nada ni merecedor de esfuerzo alguno el pretender que alguien permanezca siempre, y a costa incluso de su propia dignidad, en un radio al alcance de esa vista nuestra cegata de tanto espiar.

jueves 17 de septiembre de 2009

Querubina


Suenan los Dire Straits mientras ante mis ojos, en goteo progresivo y variado, se van acomodando los espectadores del partido que se supone van a televisar en este pub irlandés de nombre The quiet man en que estoy sentada con la esperanza de hallar siquiera un ápice de intimidad. No me percibo ni mucho menos inspirada; pero hoy, por alguna extraña razón, no necesito de inspiración alguna para manifestarme del modo en que creo que quiero. Aunque no sé qué es lo que desseo decir exactamente, soy consciente de que necesito decir algo y de que, en cierta manera no del todo alejada de la catarsis, sentarme a divagar por escrito es lo más apropiado al estado de represión creativa en que me encuentro sumida. Hay cosas, hay millones de cosas, que revolotean por mi cabeza exigiendo ser relatadas y que, por indefinidas y en exceso dispersas, no acaban de decidirse por las palabras concretas que habrán de perpetuarlas haciéndolas tangibles a la vista.
Lo que siendo honesta, me apetece en realidad, es abandonarme a la música y revolcarme por el suelo de este bar. Aunque no estoy más cachonda de lo que es habitual en mí, una cierta urgencia sexual me persigue últimamente, convirtiéndome a mi pesar en alguien del todo incapacitado para el arte estático. Si pudiera hacer de mis impulsos más íntimos cuadros o textos en movimiento, es posible que a día de hoy pudiera considerárseme excelsa en lo que hago, o más bien pienso. El que la mayor parte de las sentencias que de mi boca o de mi cerebro surgen acaben rimando por casualidad, no me ayuda demasiado a creerme una buena narradora, pero hoy estoy dispuesta a como sea escribir lo que sea y supongo que en el fondo eso es lo que cuenta, y nada más. Como ya hay demasiadas cosas que, en sentido metafórico y no tanto, me castran, no voy a permitir que la autocensura perpetre sobre mí más ablaciones de las necesarias. A partir de ahora, y a pesar de las serias dudas que al respecto albergo, todo será dicho, escrito y registrado para esa posteridad imaginaria de la cual pretendo erigirme en deudora.
Últimamente me cuesta mear. Y no me refiero a que, en situaciones estresantes como puede ser el intentar hacerlo entre dos coches mientras un amigo compasivo trata a duras penas de cubrirme de la vista de los viandantes, me resulte dificultoso estimular la micción, sino a que no siento en general ganas de hacer pis. Teniendo en cuenta la cantidad ingente de líquido, alcohólico y no alcohólico, que mi estómago es capaz de ingerir en un día, y que la ausencia de dolor o escozor al hacerlo imposibilita el que padezca cistitis, no me queda otro remedio que atribuir la dificultad a alguna clase de conflicto psicológico relacionado con el aparato genitourinario. Sin pretender resultar demasiado freudiana, opino que mi incapacidad para hacer pipí con normalidad está relacionada con una cierta culpabilidad sexual de cuyos orígenes no viene al caso, ni a la apetencia, hablar. Como contraviniendo esta explicación, o quizá liberadas por la reciente ponencia de la misma, las ganas de mear han retornado a las andadas con inusitada furia. Vamos, que o voy al baño ahora mismo o por contra os obsequio, de corrido y sin respirar, con una lluvia dorada de las antológicas. Sabía que escribir iba a tener su utilidad en el día de hoy. Ahorita regreso, que diría cualquier fémina de nombre Lucrecia que tendiese, por el hecho de ser humana, a emitir por doquier y a despecho del buen gusto muletillas de cortesía prefijadas.

(Una micción más tarde)

Pues sí que tenía ganas, sí. Y lo mejor de todo es que el pis ha sido abundante, indoloro, transparente, y que por primera vez en dos semanas he sentido el vientre relajado y libre de peso. Y esto lo digo además en una época en que, debido a mis ayunos constantes, luzco más delgada que nunca. Resulta curioso percibirse pesado cuando más esbelto se está, y compensar la distorsión emocional que supone el sentirse extralimitado en algo reduciendo la ocurrencia de un acto biológico relacionado. En este caso, comer [y quizá el último punto debiera haber sido punto y coma]. Me limito a hacer una comida al día, como los perros, quizá porque yo misma me siento una perra. Y como me siento una perra sexualmente hablando me topo de repente con dificultades para orinar. Si se piensa bien, resulta todo bastante lógico. El inconsciente, como me comentaba Chechu el otro día, es una inteligencia que merecería ser considerada aparte. Lo que no sé es hasta qué punto dicha inteligencia es meritoria, o indicadora de diferencia alguna entre un ser humano y otro. A un nivel inconsciente, parecemos todos bastante inteligentes. Sobre todo los más reprimidos y artistas, sobre todo los más culpables. Quizá, el hecho de sacar estas cosas a la consciencia me entontezca en relación a esa inteligencia inconsciente de la que hablo, pero como lo más probable es que a su vez me enlistezca ante vuestros ojos y yo soy una sumisa de las excelencias aparentes, por si acaso queda dicho.
Y como en general, y aunque no soy una fanática de la obra cumbre de Henry James, disfruto con las dobles vueltas de tuerca (y las curvas torcas de rueca, que es lo que en principio había escrito por error), voy a jugar a contradecirme buscándole los tres pies al gato de la lógica. He dicho que me siento culpable en un sentido sexual y que por eso no como más que una vez al día, pero al decirlo he omitido un detalle importante: creo, sinceramente, que estoy cada vez más buena. El creer eso me hace dessear ser follada y propiciar un estado de receptividad sexual que contradice, o no, el sentimiento de culpabilidad del que hablaba. En resumen: sentirse culpable por algo desemboca en una predisposición salvaje al objeto de conflicto. Y aún hay más: el dejar de comer no es un acto inconsciente, sino todo lo contrario. Deriva, de hecho, de una voluntad lúcida por resultar cada vez más apetecible, y no tiene por meta más que reincidir en aquello que supuestamente me hace infeliz. Si esto fuera verdad, implicaría aceptar que el inconsciente no es heraldo de la inteligencia, sino de la estupidez. Si nos hace inclinarnos hacia aquello que nos aboca a la infelicidad, muy bien podría decirse que el abstracto hijo de puta no cumple sus funciones como es debido. O eso, o aceptar de una vez por todas y sin misticismo vegano de por medio que valga, que el fin último del universo y de la humanidad es la entropía y la autodestrucción Absurda (y la mayúscula no es azarosa).

Aunque le buscaba los tres pies al gato de la lógica con ánimo de contradecirme y de hacer metaliteratura, he de confesar que lo único que he conseguido ha sido ampliar y aun reafirmar lo dicho con anterioridad al último párrafo. En cualquier caso, ha sido instructivo. ¿Para qué quejarse? Los caminos de El Señor son inescrutables y el mío, por el hecho de ser señora y masculina a un tiempo, lo es mucho más y a mucha más honra. O a mucha menos, que para el caso...

¡Ciao, malditos!

jueves 25 de junio de 2009

Cría cuervos


Creo que padezco de cierta fijación con el tema de la infancia. Apenas escribo nada que no esté relacionado, en uno u otro sentido, con la manera en que los niños perciben el mundo y, aunque la mayoría de vosotros no habéis leído ningún capítulo de los que hasta ahora han sido mis más relevantes intentos de novela, lo cierto es que no hay nada en sus contenidos que se salga del ámbito de la niñez y de la preadolescencia. Esto no sé si es un lastre o el equivalente a una obsessión poética que, con una dedicación adecuada y procurando prestarle al desarrollo del tema la atención necesaria, podría llegar en un futuro a convertirse en la piedra de toque de mi producción artística.
Mi fascinación por los niños se remonta en el tiempo hasta la época en que yo misma no era sino una niña. Pero si bien resulta del todo natural que un infante con inclinaciones literarias escriba sobre las andanzas de otros niños por él imaginados, el que un escritor adulto prefiera expresarse a través de las supuestas percepciones de niños de su creación en lugar de por las de personajes afines a su edad e intereses es cuanto menos revelador de ciertas cosas. No sé si tendrá algo que ver con todo esto esa patología tan de moda entre los miembros más perdidos de mi generación, consistente en el padecimiento de un pánico atroz a crecer y a comportarse de acuerdo con lo que esa idea exige de uno mismo, o si no es ésta, por contra, una hipótesis pseudopsicológica de lo más superficial y gratuito, pero el caso es que reconozco estar poéticamente enamorada de las luces y las sombras del universo infantil, y que pocas cosas, fuera de este ámbito, me conmueven tan hasta las raíces.
Me fascina sobremanera la mirada intensa y desprovista de artificios que los niños dirigen a las cosas y personas de su entorno, y que enmarcada en el contorno gigantesco y resplandeciente de dos ojos de buey del tamaño de lagos, parece escrutar las profundidades del alma sin apenas esfuerzo y libre de prejuicios. Si el niño es bueno o es malo, lo es en cualquier caso en un ámbito ajeno al de la moralidad. Y así, lo que debería ser maldad se transforma en perversión; y allí donde se supondría bondad, debe por contra suponerse alguna suerte de santidad de orden superior al religioso. El niño lo hace todo de raíz y desde la entraña. Si siente miedo, manifiesta pánico; si está deprimido, se muestra irritado; si llora, lo hace a borbotones y hasta la congestión. Y si además el niño es sensible y resulta posseer, en el fondo de la mirada, un deje de melancolía sensible a la belleza, ¿qué mejor prisma viviente podría requerirse para ahondar en los misterios de la existencia?
He tenido la suerte de ver tres películas que, a pesar de no formar parte de una trilogía ni de ser siquiera obra de un mismo director, guardan entre sí las suficientes similitudes como para que se las considere integradas en un mismo todo. Además de que la actriz protagonista de las tres es la misma, Ana Torrent, la temática es coincidente hasta puntos insospechados. La primera es El espíritu de la colmena, de Víctor Urice; la segunda Cría Cuervos, de Carlos Saura; y la tercera El nido, de Jaime de Armiñán. La muerte, flotando sobre la vida cual bruma inaprensible y feroz, se cierne sobre la protagonista estrechando un cerco que pide ser enfrentado; y la protagonista, que según la película tiene siete, diez o trece años y que con independencia de eso cuenta con los mejores ojos que jamás hayan existido en la historia del cine, afronta el misterio terrible en función de los recursos a su alcance. En la primera es la fantasía y la fascinación por el espejismo del cine lo que revela a Ana la posibilidad de la no existencia, y aferrada a esa imagen conmovedora del Frankenstein de Whale en que el monstruo toma una flor de la mano regordeta de la niña inclinada sobre el río, comienza a obsessionarse con la idea de invocar su espíritu para demostrarse a sí misma que tampoco ella tendría miedo, y así evadir la culpabilidad de la intolerancia. En la segunda es el fallecimiento de la madre, y su convencimiento de poder reinar sobre la vida y la muerte administrando por aquí y por allá el contenido de un poderosísimo veneno que le confió ésta antes de expirar, lo que hace que Ana tenga que enfrentarse a la negrura oculta en su propio corazón. Y en la tercera, la más oscura y osada de las tres, la sexualidad toma el relevo de lo atroz para mostrar hasta qué punto el amor, la muerte y el desseo forman parte de una misma enredadera. Si yo hiciera cine, haría un cine muy parecido a ese. Y si esa niña no fuera ya una mujer bastante más mayor que yo, sin duda querría que fueran sus ojos los que miraran de frente y abiertos de par en par el objetivo de mi cámara.
Qué casualidad que las tres películas sean, cada una a su manera, dramas rurales y no dramas a secas. No sé si es que los contextos naturales resultan más adecuados para la expresión de según qué conflictos, o si es que los cineastas españoles padecen de una incapacidad crónica para hacer de la ciudad algo interesante, pero lo cierto es que la mayor parte de las películas nacionales que me gustan (aparte de las citadas, Vacas, de Julio Medem, y Los santos inocentes, de Mario Camus) están ambientadas en la campiña. Supongo que la mera configuración de los espacios abiertos, con su profusión de bosques y páramos solitarios, posibilita el que sea la mirada, y no tanto el diálogo o las secuencias de acción, el elemento en que reposa la expresividad de lo retratado. Los diálogos son escasos, entrecortados, susurrados. Los niños hablan bajito y a cuentagotas, pero todo lo que dicen parece ser de extrema importancia y, casi sin querer, te descubres aguzando el oído y escuchando como quien espía un secreto, sin atreverte a subir el volumen de la televisión por miedo a emitir algún sonido que pueda distraerlos de sus confidencias y hacer que callen para siempre.
El terror, elemento imprescindible en cualquier manifestación artística que se precie, es más un color, una atmósfera, un afta que lo invade todo con un aura opresiva y como de catástrofe, que una secuencia física de acontecimientos pavorosos a los que el espectador pueda escapar cerrando los ojos un instante. En El espíritu de la colmena aparece la mejor escena de "susto" que he tenido ocasión de presenciar en el cine, pero por respeto a todo aquel que no la haya disfrutado todavía evitaré revelar detalles.
Por su parte, la Goyita de El Nido es superior a cualquier aspirante a Lolita que, en bodrios del calibre de la versión que Kubrick ha cedido a la posteridad, hayan intentado en vano encarnar las virtudes de la nínfula primigenia. Si bien Goyita es un tanto más oscura y brillante que sus predecesoras, a su vez parece poseedora de una sensibilidad impropia de toda nínfula que no se llame Ada y que, unida a una sencillez manifiesta más creíble en una niña de su edad, hace que trascienda el original convirtiéndola en un monstruo (entiéndase por "monstruo" la definición patafísica de Jarry - que, si he de ser sincera, estaba desseando citar desde hacía días): "Se suele llamar monstruo al acuerdo desacostumbrado de elementos disonantes: el Centauro, la Quimera son definidos así por quien no comprende. Yo llamo monstruo a todo original de inagotable belleza"

jueves 18 de junio de 2009

RaBiEtA


Tengo ante mí una botella de vino medio vacía, pues hoy estoy pesimista, un libro insoportablemente aburrido de Guillermo Cabrera Infante y un par de revistas de cine que he leído más veces de las necesarias. Mi estado es algo problemático, pues por un lado podría decirse que no tengo ganas de hacer nada en absoluto, y por otro es evidente que me muero por que pase algo que me saque del estupor en que me encuentro sumida. He probado, para salir del trance, a fantasear sexualmente con los seres humanos al alcance de mi vista, pero o son todos demasiado engendros o yo me he vuelto demasiado frígida, porque por más que lo intento no consigo que se me levante. Si fuera hombre, cosa acerca de la cual albergo serias dudas, podría echarle la culpa al vino que llevo encima, que no es poco, pero mi condición de hembra a regañadientes me veta el empleo de excusas del calibre. Me gustaría decir que tengo ganas de follar, de escribir o de matar, pero como no es el caso y ya miento bastante en la vida oral, por esta vez haré un esfuerzo de honestidad y me limitaré a revelarme como la mujer aburrida de sí misma que soy, o que estoy.
Antes he visto una película que me ha hecho llorar y por un momento me he sentido viva, pero como el arte no es en el fondo más que una forma de evasión como cualquier otra, el efecto ha pasado pronto y vuelvo a mis andanzas de furia y desmotivación. La película se trataba, por cierto, de El espíritu de la colmena.
En ocasiones me parece absurda esta forma equívoca de comunicación que se establece a través de blogs y similares. Yo te contesto, tú me contestas, y juntos nos corremos de gusto erotómano y autosatisfecho. Excepto el Dr. Krapp ninguno ha pasado la prueba del algodón, y eso me hace plantearme si el que alguien te escriba una monería afable no depende más del hecho de que tú cumplas con tu parte del trato que de cosas como que la literatura que generas les diga algo. Como la respuesta la sabía ya de antemano, esto no es más que un párrafo retórico que introduzco con ánimo de provocar y con la certeza de que nadie, excepto el susodicho (un besso para él) leerá. ¡A la mierda Internet y sus sagradas vacas! ¿Quién las necesita? Debería darme de collejas por no haber tenido en cuenta que la red global, como todo en esta vida sucia y desprovista de chispa, se fundamenta en correspondencias y cortesías de baratillo. Como la cortesía es algo que, a despecho de la educación recibida, no se me da demasiado bien, permitidme que sin más preámbulo, y con ánimo de ofender, os mande a todos a tomar por culo.
Quizá debiera abandonar la literatura, o aplazarla hasta que encuentre, en mi realidad cotidiana, un motivo por el cual perpetuarla que no sea el de la desidia, asumida de antemano, de que todo y todos me aburren hasta la desdicha. Como ahora, que estoy aburrida y escribo, que estoy desesperada y escribo, que estoy maltrecha y escribo sobre mi aburrimiento, mi desesperación y mi maltrechez a prueba de optimismos sin que por ello, ni aunque lo generado alcance a satisfacer la más superficial de mis egolatrías, me sienta más artista que cualquiera de vosotros, cucarachas.
Estoy escribiendo una novela que, por segunda vez en mi vida y sin que sirva de garantía de nada, me satisface. ¿Y qué? Por encima de mi creatividad, y aunque me duela, están mi ira y mi tendencia al melodrama, y aunque trate de forzar ese estado que, por no se sabe qué conjunción de conjunciones, me permite escribir sobre personajes ficticios, lo cierto es que si éste no me es dado por inspiración divina, o demoníaca, ninguno de mis esfuerzos consigue evocarlo con la presteza necesaria como para hacerlo prolífico. ¡Palabras, palabras, palabras, palabras! Quisiera trascender la palabra y quedarme indefensa y en bragas ante la imagen, el aroma, el sonido exacto. Pero entre lo que quiero decir y lo que digo, entre el referente y lo referido, hay un abismo tan grande y tan solitario que en ocasiones trastabillo y caigo, ¡oh, malditos y miopes voyeurs!, sin lograr siquiera el privilegio de la ambigüedad. Si el público no me fuera tan necesario y el escribir supusiese, más que ninguna otra cosa, una toma de contacto conmigo misma y con mis intimidades, ninguna de estas tribulaciones tendría el menor sentido. Pero el caso es que el hambre de público, de espectáculo y de mediática repercusión contamina, si no mis contenidos, sí en cambio mis intervalos y mis períodos de entrega, haciendo que a mi pesar, y por mucho que trate de evitarlo, sacrifique el esmero en favor de no sé muy bien qué cosa relacionada con el aplauso.
Ahora que ya he vomitado estoy más calmada y contenta. El asco se ha esfumado y, con él, las náuseas generadoras de textos que no van a ninguna parte. ¡Salud, mis contritos! ¡Y que os aproveche!

La Liberté


En primer lugar, consideremos la libertad como una metáfora entre la cadena fantasmagórica que nos mantiene unidos a según qué causas o personalidades, y la sensación subjetiva de asfixia y sinsentido que el estar amarrados a tan ilustres y manipuladoras sogas nos produce en el corazoncito infartado de passiones insatisfechas y autoexigentes.
Si bien la libertad ha sido definida como derecho, como aspiración, como connatural al ser humano y como tantísimas otras cosas que nada, en realidad, tienen en común con ésta, es indudable que si dichas definiciones han permanecido en nuestro imaginario filosófico hasta el día de hoy, es porque albergan en sus respectivos núcleos la suficiente cantidad de verdad como para hacer de ellas materia susceptible de análisis.
¿Qué es para mí la libertad? Un dualismo motivacional que, ora se me antoja bendición ausente y desseada, ora maldición presente y temida. Cuando mi subjetividad caprichosa y, por qué no, egoísta en grado sumo, se topa de bruces y sin prolegómenos que valgan con tan anhelada falta de cadenas, lo que me invade, en lugar del sentimiento homónimo y como de caballo desbocado que cabría esperar, es por contra una especie de terror y de indefensión que, más que darme alas y propulsarme hacia el infinito campo de las posibilidades, me aletarga en no sé qué estado relacionado, eso sí, con cierto pánico al abandono que me embargaba cuando, con seis años, permanecía en casa en compañía de mi abuela, muerta de miedo por si mi madre no regresaba y, para distraer el tiempo hasta que el timbre sonaba o se escuchaba la llave traquetear en la cerradura, le escribía postales a mi progenitora que más parecían esquelas o breves testamentos que los registros emocionales típicos de un niño que echa de menos a alguien. Aunque entre mis truculentos epitafios había te quieros, dibujos y frases de amor, también se daba en ellos cierto tipo de elementos que nada tenían que ver con la nostalgia del infante temporalmente abandonado por una cita o por un puesto de trabajo. Hace poco encontré, rebuscando en cajones olvidados, una de esas misivas que cada atardecer dejaba, con puntualidad escrupulosa, sobre la cama de mi madre. Consistía ésta en una carta en la que había un dibujo y una dedicatoria de lo más escabrosa: el dibujo no era más que la silueta de mi mano regordeta, cuidadosamente perfilada por una cera negra Plastidecor, a la que después había añadido el complemento imaginario de una sortija y de un reloj que marcaba la hora a la que mi madre solía regresar a casa. La dedicatoria era la siguiente: “para que te acuerdes de mí cuando ya no esté aquí”. Recuerdo la tarde exacta en que mi madre leyó esa carta, y su rostro de sorpresa y ternura infinitas cuando, tras dejarla sobre la mesilla y dirigiéndose a la versión más bajita e indefensa de mí misma que aguardaba en la puerta de su cuarto a la espera de un comentario a favor o en contra de lo expresado, me dijo lo siguiente: “¿Pero es que te vas a marchar de casa? Anda, ven aquí...” También recuerdo la forma en que me abalancé sobre la cama y, a horcajadas sobre su cuerpo y comiéndomela a bessos, le contesté que lo que me daba miedo es que a ella le pasara algo. Analizado desde la distancia, el diálogo no parece tener mucho sentido. Ignoro la razón de que, temiendo como temía la posibilidad insoportable de su muerte, no escribiera sino algo que sugería una cierta preocupación por la de la mía, y se me ocurre que quizá, y sin que existiera una volición consciente por mi parte, lo que estaba ejercitando con ese tipo de mensajes era una versión rebuscada y del todo ajena a mi control de extorsión emocional. Por decirlo de algún modo: como no me atrevía a expresar directamente mis temores; esto es, ser abandonada, lo que hacía era sugerirlos en sentido inverso para que ella se percatara de la clase, aunque no de la dirección, de los conflictos que en verdad me afligían. Los psicólogos lo llaman “ansiedad de separación” y yo me siento una privilegiada por guardar recuerdos tan nítidos de lo que fue mi infancia, y poder así comprender de una forma rayana en la analogía lo que dicha ansiedad significa verdaderamente para un niño tembloroso que aguarda la llegada de alguien con los dedos cruzados y todos los tics nerviosos que imaginarse puedan. Mientras mi madre permanecía fuera de casa, solía autoimponerme ejercicios que, según lo indicado por mis tendencias animistas, contribuían a que ella llegara a casa sana y salva. Así, cogí por costumbre el comer, a intervalos de cuarto de hora, una pastilla de cera de depilar hasta que escuchaba el sonido ansiado de las llaves. Pensaba que, si dejaba de comer el asqueroso caramelo guiándome por la repulsión y el miedo a enfermar que me asaltaban cada vez que lo hacía, a mi madre podría pasarle algo. Esto, que no es sino una forma rebuscada y patológica de responsabilizarse de cosas que a uno no le atañen (como puede ser el hecho de que alguien te abandone, por la voluntad propia del desapego o por la ajena de la muerte), es quizá la misma estrategia que hoy día sigo aplicando ante situaciones que me vulneran dejándome a solas conmigo misma y con mis extraños recursos de afrontación. En lugar de limitarme a controlarme a mí misma (lo cual sería ya bastante trabajoso) trato de controlar todo lo que me rodea y que no es mi responsabilidad.
Volvamos al tema de la libertad. La libertad ideal, extrema y pura no es sino aquella situación en que de repente, y sin excusas que valgan, te encuentras a solas contigo mismo y con tus miedos. Y entonces, y a despecho de lo que hasta el momento habías desseado (ser libre), de repente quisieras volver a encadenarte y, de tener a mano los grilletes abstractos que tan calladito e irritado te mantenían, tú mismo cerrarías su presa en torno a la perfección nívea y libertada de tu muñeca otrora retenida y mancillada de pesadas cadenas. La diferencia entre el miedo a la libertad de la infancia y el de la edad adulta, o juvenil, es que los recursos de extorsión que se conocen y se saben utilizar en ésta son, en detrimento de la simbología, más directos y chantajistas que los precursores de nuestra niñez y, por tanto, resultan mucho menos efectivos en ese arte innoble y antiquísimo que es el de despertar lástima.
Por mucho que se diga que el ser humano es gregario por naturaleza, no menos cierto es que la necesidad de estar solos, y a expensas de nuestros recursos, supera en ocasiones a la de sentirnos unidos a alguien. Así, cuando contamos con todo el amor y las atenciones que podíamos dessear, habiendo incluso forzado un acercamiento del Otro a los cuidados requeridos por nosotros, nos descubrimos en cambio agobiados y con ganas auténticas de mandarlo todo a la mierda para quedarnos solos y a la deriva.

No sé si tendrá algo que ver con todo esto, pero últimamente he estado observando mi comportamiento al votar películas en Filmaffinity y he llegado a conclusiones bastante graciosas. Como supongo sabrá todo el mundo, la susodicha página web incluye un servicio de búsqueda de medias naranjas cinéfilas, que se realiza a partir de las estadísticas de tus valoraciones. A partir de unas pocas notas adjudicadas por el usuario -cuantas más, mejor- el programa le pone en contacto con personas afines a sus preferencias. Eso permite, entre otras cosas, que se de un flujo constante de recomendación de películas entre el usuario y sus correspondientes almas gemelas. A lo que me refiero con lo de haber llegado a conclusiones graciosas es a que, por ejemplo, cuando una película me ha gustado moderadamente y tengo dudas acerca de la nota que atribuirle, me suelo fijar, de forma instintiva y antes siquiera de haberla puntuado, en la opinión de los que se supone son los usuarios con gustos más parecidos a los míos y entre los cuales, y por si acaso se trata de alguno de vosotros, se cuentan un tal CAMONTOL y un tal Mr. Quality. Si, pongamos por caso, la nota media de mis almas gemelas para esa película es de 7`5, tiendo a subir a 7 el 6 con que había previsto puntuarla; y si sicha nota media resulta ser de 6, lo que hago es bajar a 7 el 8 que quizá le habría atribuido. Esto no ocurre, por ejemplo, en películas que me han encantado o repelido por completo y de las cuales mis almas gemelas tienen una opinión contraria o moderada. Es decir, que si la película en cuestión me encandila o se me antoja un bodrio, no solo no me avergüenzo de mi criterio equidistante sino que además me enorgullezco de él. Conclusión: el amor te hace libre. Ya sé que me he saltado unas cuantas premisas y que el aforismo, en relación con lo que he dicho, sea quizá un poco precipitado. Además, teniendo en cuenta que no sólo las películas que me enamoran, sino también aquellas que me desagradan por completo, me permiten votar con total libertad, tal vez no sea exactamente el enamoramiento el responsable de tal cosa. ¿Cuál es la causa, pues, de tamaña ausencia de cadenas? Si algo en común tienen el amor y el odio es la presencia de una cierta cantidad de intensidad, así que atajando de nuevo, y debido a que esta vez estoy convencida de lo que suscribo, me atrevo a afirmar que es la intensidad de la emoción sentida lo que que te hace libre y, por tanto, te aleja de la mediocridad.
Por otra parte, y rompiendo una lanza en mi favor, he de decir que por lo general cambio mis valoraciones a lo largo de los días posteriores a su registro, de darse en mis fueros la sospecha de que han sido contaminadas por criterios ajenos. Al igual que las obras de arte, también las opiniones se reconstruyen y enriquecen con el tiempo.
¡Vaya sarta de gilipolleces!, ¿no? Al fin y al cabo, todo lo anterior puede ser explicado en base al hecho de que es mucho más sencillo opinar radical que moderadamente. Números como el 6, el 7 y el 8 resultan del todo ambiguos en comparación con sus primos el 0 y el 10. Y ya puestos a fardar de cinefilia, ¿para qué complicarse la pedantería con películas que ni le van ni le vienen a uno?
Ciao, bellos!

miércoles 27 de mayo de 2009

L' imagination au pouvoir


Quiero escribir una historia de piratas, pero también quiero escribir una historia sobre la adolescencia y los ritos iniciáticos infantiles. Quiero escribir un canto a la libertad, pero también quiero descender a los más oscuros y tortuosos reductos del Hombre. Quiero escribir un relato de misterio que a su vez sea una epopeya de aventuras y un libro de viajes como los que escribe Durrell. Quiero fragmentos en torrente que estallen como los de los Trópicos. Quiero la delicadeza, la perversidad y lo voluptuoso de Nabokov; el lirismo y la despreocupación de ese Rimbaud vagabundo que paseaba mejor que escribía y que, si se hizo poeta, fue más por descansar las piernas que por trascender el siglo. Quiero la erudición de Brierce y De Quincey, la energía creadora de Asimov y Stephen King; la honestidad escandalosa que alcanza a vislumbrarse en ciertos diarios inspirados en Viena pero escritos en París por meritorias féminas de pechos pequeños y erguidos como los de las púberes. Quiero la redondez argumental de El Padrino, la riqueza dramática e interactiva de una historia coral, el componente atávico de la Tragedia, la toxicidad adictiva de según qué best- sellers de mi gusto. Quiero que mi novela abarque toda la vida e ilumine la totalidad de la experiencia, quiero que mi obra sea la demostración compacta y autosuficiente de todo lo que he sido, que soy y que seré.

Creo que no se puede alcanzar la gloria (y por gloria me refiero a la satisfacción que se siente al saber que la misión para la que uno estaba destinado, sea ésta artística o de cualquier otro rango, ha sido satisfecha hasta el más escrupuloso detalle), escribiendo fragmentos en prosa del cariz de los que yo escribo. Podría, eso sí, alcanzar una cierta reputación entre mis contemporáneos, y aun ser recordada en algún curso de literatura experimental impartido por el profesor soplagaitas de turno, en cualquier facultad prestigiosa que albergara las generaciones venideras de insoportables poetuchos en ciernes vestidos como para matar. Pero la gloria verdadera, esa a la que yo me refiero y que no es cosa de guasa ni de ironía por mi parte, se me escaparía para siempre y, de existir un limbo infraterreno más allá de la muerte para las personas tragicómicas y agridulces como yo, que a falta de un talento despierto para la maldad y la inmoralidad aventurera se conforman con ejercer su dominio de la lengua de víbora sobre sus pálidos y desleídos prójimos; de existir un paréntesis semejante, decía, me imagino en un lamento inaguantable y eterno más cruel y grotesco que cualquiera de los infiernos que pintarse o escribirse puedan. Por el camino que voy imagino que, con suerte, podría llegar a convertirme en una de esas autoras sobrevaloradas cuyo desequilibrio emocional y sus escándalos, y no tanto su literatura, han contribuido a hacerles un hueco en la Historia Universal de las Letras. El verdadero talento de un escritor reside en saber salirse de sí mismo, en saber dar forma y contenido a unos personajes que de puro reales y multidimensionales alcancen a robarle el aire del cuartucho mal ventilado desde el cual les insufla la vida el repiqueteo armonioso de unos dedos y el ronroneo constante de una imaginación desbocada y por completo superior al Hombre que la posee. Que los personajes trasciendan la existencia del demiurgo, y que el demiurgo comprenda y humille de una vez la testa ante aquellos que han de perpetuarle en la inmensidad resplandeciente de pupilas que leen, dilatando o contrayendo la atención en función del interés reportado por aquello que interceptan. Le realidad perceptiva y vivencial del escritor ha de estar presente, pero del mismo modo en que el milagro de la polinización está presente en la ráfaga de viento que, en un cruce de calles secundarias, te azota el rostro y te inspira, como de pasada, a saber qué fantasía pánica sobre plantas carnívoras e invernaderos frecuentados por infantes. En la maestría o sutileza con que consigue un artista infiltrarse en su obra reside el alcance del talento por el cual ha de ser recordado. A medio camino entre el deje y el incógnito, la filosofía del creador ha de procurar asomarse a lo creado, sin inmiscuirse ni contaminar un ápice el destino lógico y las necesidades de sus personajes. Todo lo que se expone demasiado a las claras y en clave de ensayo es revelador de una incapacidad para trascenderse a uno mismo. El ensayo apesta a manifiesto, y el manifiesto a utilidad. Ni qué decir tiene que todo arte, para ser excelso, ha de ser más inútil que útil, y que ni toda la filosofía del mundo, con sus premisas perfectamente hilvanadas y sus tautologías ensalzadas a la categoría de iconos, es capaz de llegarle a las suelas a la miseria concreta y plástica de un personaje en particular. Si quieres escribir un manifiesto contra la pena de muerte, y además pretendes que dicho manifiesto cale hondo en los corazones, moléstate en inventarte unos personajes que la sufran en sus propias carnes y que conmuevan, de una manera más próxima a la estética que a la moral o a los principios, los ánimos de aquellos que les siguen en sus correrías. Lo que por apartados se expresa y sin ejemplo alguno pretende hacerse conmovedor no trasciende más allá de lo puramente anecdótico. El símbolo, como en los sueños, es necesario. Lo no simbólico perece pronto y no perdura en la conciencia humana. El no - símbolo apesta. Este texto apesta. Todos mis esfuerzos de ahora en adelante se dirigen a la finalidad sublime de hacerme grata a vuestros olfatos.

martes 26 de mayo de 2009

Misérable


En ocasiones me da la impresión de que todo a mi alrededor fluye lenta, muy lentamente. En ocasiones tengo la intuición de que caminamos hacia la muerte, sutilmente arrastrados por nuestro perezoso destino, a través de no sé qué grumo viscoso, embrutecedor y como lleno de algas, sin más consciencia de velocidad que la que tendría una tortuga al sol, un día de primavera, del movimiento centrípeto de la tierra respecto a su eje. Sé que la soledad es necesaria, sé que estar sola es necesario. Siendo como soy, solitaria, me resulta sencillo encontrar la intimidad en cualquier parte. Aun cuando me cito con personas, y éstas me hablan y yo contesto, me resulta insultantemente sencillo evadirme de la situación y hacer simplemente como que estoy, a través de una especie de versión robotizada de mí misma a la que descubro, no sin cierto asombro, contestando a las personas y aun demostrando interés por ellas, y que se diferencia de mi yo auténtico (que ni siquiera sé si es el que ahora escribe) en tres excesos del carácter: es más serio, más esquivo y más lento en contestar. Cuando esa Iria ficticia se manifiesta, la auténtica se aisla en su trópico interno y, como quien bombea una glándula, liba de sus pensamientos y construye quimeras de solipsismo y diamante que, al estallar tras la opacidad casi inexpresiva de su pupilas, crean por un instante la ilusión de que atiende a lo que a su alrededor sucede.
Hablar de mí misma en tercera persona no deja de resultarme algo extravagante, así que para matar el rato y como quien hace un crucigrama, voy a describir al individuo que hay a mi derecha, sentado frente a una muchacha de estupidez pareja y correspondiente. Imaginaos a un caballo, disfrazadlo de Sherlock Holmes, y tendréis una idea bastante aproximada de su silueta general. De unos cuarenta años, con rostro alargado y como moldeado en plastilina, de rasgos algo más moderados que los de un Mr. Potato de los de antes y lo suficientemente amanerado y pomposo como para estar fumándose una pipa como quien se fuma un Marlboro, y aún peor, pues no contento con chupetear el extremo como un goloso y con expulsar hacia arriba volutas anilladas de humo que se deshacen al instante en hilachas de fantasmagoría, se entretiene en fingir, con una frecuencia extralimitada y escasamente elegante, que el llamativo instrumento se le apaga cada dos por tres y como por arte de magia, para inclinarse sobre su interlocutora e impresionarla aún más si cabe exhibiendo una habilidad portentosa en todo lo que se refiere a manipulaciones y encendidos del espíritu. Por lo que he deducido de la conversación, él es una especie de profesor y ella una especie de alumna o ex- alumna altamente interesada en conmoverle. Su conversación es tan banal como atrayente y, del mismo modo en que cuando por casualidad me cruzo en la calle con un deforme, un tullido, un retrasado, o con alguna de esas mujeres a las que les ha desgraciado la cara con ácido algún marido celoso y no tienen por nariz más que un par de fosas negras, dilatadas y esqueléticas que parecen ensanchar el alcance de su sombra hasta más allá de la cuenca de los ojos, no puedo evitar mirar con disimulo y aun con descaro la magnitud de su desgracia (que por no sé qué oscura y retorcida senda nos consuela o refocila de algún modo por completo contrario a la piedad); del mismo modo, decía, me descubro atraída una y otra vez hacia la conversación vergonzosa que mantienen los anodinos de la mesa de al lado. Y sí, ya sé que el poeta debería sacar partido de las cosas hermosas y no perder su tiempo sublime en barruntos seniles de vieja archirrabiosa y frígida, pero en fin... también decía Miller que lo que el poeta tiene, por encima de todas las cosas, es un gran detector de mierda en su interior. Aunque yo misma creo, contradiciendo al pequeño y belicoso Henry, que lo que el poeta tiene por sobre todas las cosas es un radar sensible a la belleza más que a la mierda (pues al fin y al cabo, ésta apesta y un poeta, dígase lo que se diga, no deja de ser un artista y por tanto un frívolo partidario de lo agradable), le citaré en esta ocasión como argumento de autoridad en contra del pensamiento de no sé cuál de todos mis yoes manifiestos. Por si acaso no se trata de aquel con el cual me identifico ahora, me curo en salud contradiciéndome de antemano y abriéndome camino, ora con ideas de jardinero, ora con machetazos de filósofo, a través del gradiente enmarañado de premisas que me separa y me aisla de la Verdad.
Hoy me he sentido pequeña. Cual insecto diminuto al pie de la orgullosa catedral gótica que, erigida por organismos de una especie privilegiada en todo superior a la suya, le recordara al paupérrimo bichejo su incapacidad física e intelectiva para llevar a buen término construcción semejante, hoy me he sentido abrumada ante un autor: Victor Hugo. ¿Qué se puede escribir después de Los Miserables, Dios mío, qué? Juro que si no hubiera sentido esto mismo muchas veces antes, me habría desesperado sin remisión ante el abismo de absurdo y mediocridad sugerido por esa idea fanática y equivocada que ha venido a perturbarme hoy, nada más amanecer, provocándome incluso un corte de digestión que todavía no he conseguido superar del todo. Si ahora, que me siento algo confusa y que soy, en grado superior al de antaño, consciente de mi ignorancia y de mis limitaciones como artista, viniera por vez primera un pensamiento como ese a contaminar mi esperanza de trascender la guadaña de la Inexistencia, creo que sucumbiría a la angustia y que mi creatividad se vería resentida de muerte. En cambio, cuando el agravio de la comparación entre mi talento y el talento de otros vino a ponerle la zancadilla a mi prepotencia narcisista de adolescente prodigiosa y cínica, era yo lo suficientemente precoz y estúpida como para no prestarle más atención que a cualquiera de los amigos a quienes dejo, de tanto en tanto, bajo la tutela de mi yo robótico, y, por decirlo de algún modo, capeé ese temporal repentino y pionero tirando a base de bien de mis recursos de ignorancia juvenil. Ahora que soy más timorata y humilde, me alegro de que la idea de la propia pequeñez no sea sino una reincidencia autoconsciente de la cual, en cierto modo, he conseguido inmunizarme en respuesta a una exposición periódica. A un lado, Víctor Hugo y su obra total; al otro, este engendro pedante que más que hablar parece que esputa, y que al hacer suyas las palabras de otros alcanza a conseguir ser detestado en consonancia con aquellos a los que alude, citando la parte más frívola e insustancial de sus obras. Creo haber escuchado que en un momento dado le ha dicho a la chica que le acompaña, que se ríe como una estúpida y cuyo aspecto es más parecido al de una peluquera que al de una artista, que "todos somos unos neopensantes". ¡Bendita gilipollez! Todavía me causa asombro que existan individuos que, no contentos con no saturar ni la más nuclear de las partículas (en este caso, la que se refiere al concepto de "pensantes"), traten de especializarse prefijando aquello de lo que andan precisamente escasos. ¡Neopensantes! Creo que de haber sido yo la interlocutora le habría arrojado al rostro lo que fuera que estuviese bebiendo. Y además, no olvidemos que Orwell era un traidor y un chivato. Untado y comprado por un sistema sospechosamente parecido al que criticaba en sus mediocres obras, y que le censuraba en su propio país para después, en una maniobra hipócrita, postmoderna y utilitaria, hacerle propaganda en el extranjero en respuesta a una política esencialmente expansionista y espía, bien pudo así haber triunfado. Y me pregunto: cuando un gilipollas cita a otro de su misma calaña, ¿qué es lo que se obtiene? ¿Una secuencia de muñecas diabólicas rusas? ¿Una tautología de callejón sobre la cual lo más sensato es no pronunciarse ni preguntarse nada? ¿Metaliteratura de barrio de moda al servicio de esa educación globalizada que más parece un bisoñé que un mechón de cabello natural y untuoso? ¿Material para un delirio mediocre y mediocrizante como éste que ahora me ocupa? El neopensante, que a juzgar por las sandeces que dice y en base al criterio manifestado por Doyle, debe de pertenecer a la escuela watsoniana, exhibe cual ramillete de begonias su estupidez a prueba de sabidurías pero en absoluto impermeable al sarcasmo y se crece, como se crecería un gusano con gafas ante la montaña de libros susceptibles de roedura que recién hubiera descubierto en la casa del huésped de su elección, mientras la chica se estremece, enrojece y desploma la mirada bajo el peso de las pestañas, que cansadas de sostener la del erudito papanatas se dirigen a la concreción cálida y reaccionaria de un regazo predispuesto tanto a la misa como a ese furtivo besso que parece querer escapársele de los labios estúpidamente risueños y vasallos. Si al menos fuera ella adolescente en lugar de adulta, preciosa en lugar de anodina y rechoncha, y albergase en la mirada un poso salvaje que gritara en silencio contra la superficialidad del mundo y de la conversación que por no se sabe qué conjunción de planetas regentes ceñudos se acabase de gestar, podría entender su interés manifiesto y aún sus ganas de ser catapultada por obra y gracia de un despojo elocuente como ese que tiene por mentor. Pero sus formas no me conmueven, su rostro con papada me resulta ridículo y su voz aguda y como de grillo asertivo me provoca ardor de estómago y como una especie de otitis maléfica que hace de mis tímpanos badajos desafinados de campana de iglesia. Quiero que se vayan, y que se vayan pronto. Su cháchara se me antoja compulsiva; su lucidez, la del indie recién nacido que a falta de una cultura general ha de conformarse con un tuneado de emergencia y que ante la duda, provenga ésta de donde provenga, todavía alcanza a decir, en lo que no es más que una variante urbanita de esa cortesía provinciana e hipócrita de toda la vida, que lo que dices le parece muy interesante y, ya de paso, que si has leído a tal o cuál autor de su gusto.
Mi desprecio a las personas es la proyección del desprecio que no puedo evitar sentir ante según qué facetas de mí misma. En cambio, el amor casi incondicional y del todo romántico que a temporadas manifiesto hacia aquellos semejantes míos que mejor consiguen conmoverme, tiene su origen en esa otra versión de mi más profundo yo consistente en necesitar sentirse amado a ultranza por los demás. Tal cual presento lo precedente, muy bien podría decirse que aquello que me hace aparecer egoísta y desconsiderada ante el populacho, es precisamente aquello que me vulnera y me empatiza; ya encumbrada, ya a ras de suelo; con todo aquel que me mira y se reconoce en mi gesto de desdén. Como decía mi abuelo, al que nunca conocí pero del cual, a juzgar por las declaraciones que sobre su persona y personalidad han hecho sus descendientes y allegados más próximos, cabía esperar una actitud y una fortaleza de espíritu similares a las del Clint Eastwood de Sin Perdón: es mejor tener amigos hasta en el infierno. Y muy a pecho debía de tomarse el dicho porque, según mi madre, salir con él a cualquier parte se convertía en un auténtico calvario si se tenían seis años y se pretendía llegar antes de la hora de la cena a la feria prometida desde hacía una semana. Cada dos pasos, mi abuelo se encontraba con alguien que le reconocía: con el secretario general de Astilleros que ofrecía, ayudado de un ritual de risotadas y palmadas en la espalda, una colocación instantánea a cualquiera de sus hijas, al proveedor del bar Bello (al llegar al cual, y si la memoria no me engaña, recuerdo haber tenido estrepitosos berrinches al ver denegado mi permiso para tomarme un polo de hielo cuando años más tarde, y ya con mi abuelo en el nicho correspondiente del cementerio de Mera, acudía con mi madre temerosa de anginas infantiles al mismo local que en su día frecuentaba él), al ladronzuelo del barrio que como no es malo del todo acepta algún que otro sermón conciliador y que, de ser preciso, se daría de cuchilladas con quienesquiera que fuesen sus compinches en defensa del viejo imponente que sin prejuicio ni condescendencia alguna accede cada día a estrecharle la mano, y aun a tirarle de las orejas de terciarse o de tratarse, tal vez, de su cumpleaños. Es bueno tener amigos hasta en el infierno, eso decía mi abuelo. He de suponer que tratábase de una persona bastante más pragmática que yo, pues, a pesar de lo que deducirse pueda a raíz de este retrato parcial de su actitud con respecto al mundo, he de confesar que mi abuelo mostrábase algo más rudo en según qué situaciones de su incumbencia. Él no era el tipo que, ante una injusticia racista como la que podía suponer el que un grupo de niños rechazaran al negro de doce años recién llegado a la vecindad negándose a pasarle la pelota en el parque, se quedara callado. Sin duda, él intercedería por el pequeño y aun consentiría en enfurecerse contra sus vecinos, exponiéndose al rechazo y a un posible encontronazo físico con aquellos que hasta hace un lapso considerábanle todavía un igual. Pero tampoco era aquel que, para predicar con el ejemplo, aceptara de buen grado el que la más voluptuosa y solicitada de sus polluelas accediera a bailar con un hombre de color por mero capricho. Mi tía Lourdes, sin ir más lejos, siendo la mayor y la más casquivana de las hijas y, por otra parte, habiéndose erigido en favorita indiscutible del misterioso e impenetrable anciano que le había caído en gracia como padre, recibió en cierta ocasión una bofetada por danzar, a lo largo de una de esas fiestas de barrio en que las almas rasas de la adolescencia déjanse llevar por la música y por los brebajes que a tal fin son preparados por más experimentadas almas que las suyas, con un espécimen atractivo y exótico de macho del color de la melaza que, con gran probabilidad, no sería sino aquel a quien hacía años el viejo había conseguido integrar entre los alevines futboleros de la zona por él vigilada. La integridad transformábase en hipocresía cuando de lo que se trataba era de atrincherar el redil de su propiedad. De la piedad al desprecio hay un paso, y lo que en unos es convencimiento ideológico y bondad natural, no es en otros sino una variante extraña y no del todo indigna de la tolerancia. Tolerante, sí; ¡y aun íntegro! Pero para según qué cosas. Un exceso de facilidad a la hora de hacer el bien resta méritos al ser humano, en tanto en cuanto el mérito siga midiéndose en proporción directa al esfuerzo realizado. Si el santo nace, el santo carece de talento alguno para la santidad. Si por contra, el santo se hace, la santidad no es más que la culminación de un arte que ha de caer en la tentación y en la impiedad una vez tras otra, hasta hacerse meritorio y trascender más allá de un don otorgado desde fuera.
¿A qué venía todo esto? Si vosotros, oh lectores adormecidos o extasiados ante mis líneas, no lo sabéis, menos lo he de saber yo, que no soy más que una practicante de pacotilla con tendencia al autoanálisis. Conclusiones: quiero ser mejor que Victor Hugo. Quiero ser mejor que cualquiera de los hombres. Quiero ser mejor y, a lomos de esa quimera infantiloide y megalómana, os reto a que tratéis de hacer naufragar mi montura. La pobre es novata y tiende a precipitarse a los abismos, así que ¡os insto! Impedid a toda costa que remonte el vuelo y seré toda vuestra, pequeñita, desmenuzada, con el puñito apretado de propósitos y las aspiraciones del tamaño de catedrales de las que amilanan. Aprovechad, aprovechad antes de que enloquezca y ya no sepa lo que me diga ni lo que me haga para siempre jamás de los jamases. Jamás de los Jamases no deja de ser buen nombre para un fraile...

lunes 23 de marzo de 2009

MAMMA Abigail


Estoy en el Pepe Botella tomándome un café con leche. La camarera, una negra de cara apacible y formas redondeadas, suscita en mí fantasías relacionadas con plantaciones de algodón. Apenas habla, pero hay algo en su sonrisa tranquila y como de vaca que apacigua los ánimos y hace que uno se sienta como en casa. Aunque al caer la tarde este local se transforma en un hervidero de indies, por la mañanas no hay apenas nadie y se puede disfrutar, gracias a la distribución de las mesas y a la tenue iluminación rosada procedente de las lámparas minúsculas, de una cierta intimidad.
En tercero de carrera solía venir a estudiar aquí. Llegaba sobre las cuatro de la tarde y permanecía embebida en mis libros hasta que Chechu, que salía de trabajar a las ocho, pasaba a recogerme en moto. A esas horas poco quedaba ya de la atmósfera matutina, tranquila y como de salón de jazz, que tan apropiada resultaba para el estudio y la escritura. Las mesas se abarrotaban de individuos cuya vestimenta delataba una excesiva premeditación, la camarera descendiente de la madre Abigail era relevada por otra de aspecto más joven y eficiente; y el barullo de las conversaciones sobre música y teatro vanguardista sustituía la cadencia sutil y agradabilísima de la bossa nova que, hasta entonces, más como un matiz del propio silencio que como un verdadero hilo musical, había susurrado en mi oído promesas de bohemia en lugares tropicales y remotos, por una contaminación ambiental in crescendo más propia de un gallinero de diseño que de un antro carismático digno del nombre que ostentaba. Ante el panorama desolador de gente cool y extrovertida que invadía el otrora misterioso recinto, a Chechu le faltaba tiempo para tironearme de la manga en un intento por meterme prisa y escapar cuanto antes de allí. Y la verdad es que razón no le faltaba, pues a partir de cierta hora aquello parecía más un muestrario que un refugio de los que a mí me gusta utilizar como base de operaciones. Bajo el prisma de aquel nuevo público responsable del sostenimiento económico del local (pues como ya he dicho, en horas tempranas, sólo unos pocos gatitos acudíamos allí a por nuestra leche), el lugar degeneraba hacia la homogeneización característica de Malasaña y perdía, a ritmo de garaje, todo el encanto que pudiera haber tenido hacía tan solo unos instantes. Algo que siempre se me había antojado en completa y flagrante discordancia con el estilo del bar era la extraña elección de los pósters que decoraban las paredes, y que no debió de haber consistido, a juzgar por los resultados, sino en una selección más bien poco afortunada de carteleras de películas españolas que no guardaban más conexión entre sí que la de pertenecer, por alguna misteriosa razón fuera del alcance de mi indiscutible buen gusto, a la cultura subterránea indie- pop de los clientes que frecuentaban el garito. Esto era algo muy pragmático, pero también vulgar en extremo. Y como entre lo pragmático y lo notorio no debería haber duda posible (no al menos en una mente artística), no creo equivocarme al afirmar que el haber escogido las imágenes en base al mal gusto de su público potencial no decía gran cosa acerca de la sensibilidad estética de los dueños. Lo más curioso es que hoy, al llegar al bar y quedarme un instante parada en el centro, buscando con la mirada la mejor ubicación de entre todas las disponibles, noté que algo había cambiado pero no me percaté enseguida de lo que podía ser. Medio café después, y ya acostumbrada a la atmósfera e iluminación particulares, mi vista revoloteó de la pantalla del portátil a la pared izquierda del local, y entonces caí en la cuenta. En las blancas paredes no quedaba rastro alguno de aquellas carteleras cinematográficas atroces y, en su lugar, acuarelas con la imagen de Pepe Botella aparecían repartidas por todas partes. Sobra decir que el detalle me agradó y que además, estimulada por la novedad visual, no pude evitar pensar para mis adentros que el hecho de que un bar llamado Pepe Botella fuera, y con creces, el recinto con menos borrachos por metro cuadrado de Malasaña, no dejaba de ser una paradoja. Me pregunté si el bar había cambiado de dueños, o si por contra éstos habían decidido, a raíz de una revelación mesmérica y en un intento por trascender su umbral límite de abstracción, volverse postmodernos.
Me niego a plantearme siquiera la posibilidad de que esa camarera negra de maneras amables como las de las abuelas y de sonrisas y de silencios envenenados de soul, pueda ser una de las dueñas del local. El mal gusto de esta hipótesis es excesivo hasta el punto de hacer que la próxima vez que la vea le pida perdón por haber desconfiado de su pureza. Asociados a esa camarera me azotan el rostro ráfagas de maizal y aromas de tartas puestas a enfriar en la ventana; cada una de sus sonrisas serenas y sabiamente moduladas, hace que se me ocurran mil transiciones posibles entre la esclavitud y la libertad humanas. Y lo mejor de todo es que la camarera en cuestión ni siquiera es de edad avanzada, y que es su disposición, la configuración de gestos en su rostro, su proceder desenvuelto y pacífico, la suavidad con que abandona tetera y platillo sobre la mesa, sin hacer apenas ruido y sin nunca dejar de mirar a los ojos del cliente, lo que me hace suponerle la sabiduría y los poderes esotéricos de una reputada santera en Nueva Orleans. Hay algo en su actitud que oscila entre la desconfianza y la solicitud, y que en cierto modo me recuerda a la manera en que entre humanos se desenvuelve el ganado. Yo siempre les he tenido un poco de miedo a las vacas y a los caballos, y me pregunto si parte de ese miedo no es acaso el responsable de que la camarera en cuestión y yo nos llevemos tan bien. Como está claro que ella no es muy proclive a las confianzas, y que a mí me intimidan a la vez que me agradan sus maneras, cada vez que coincidimos (yo a la borda de la mesa y ella mirándome bandeja en mano y como a la espera de una recompensa), se conjura entre nosotras cierto entramado de sutiles cortesías que, como por arte de birlibirloque y en medio de un suave aroma (el del café o el del té de jazmín), hace que las cosas funcionen como cabía esperar y que todo fluya con la suavidad de un haiku desde el instante en que entro hasta el momento en que decido abandonar el bar.

jueves 19 de marzo de 2009

Querida Laura (a entregar tras mi posible despido)


Ayer (mi día libre) me llamaste a las cinco de la tarde para decirme que si por favor podía venir hoy tres horas antes porque uno de los moderadores de la mañana, Luís, “ya no estaba con nosotros”. Después de sobresaltarme un instante al pensar que quizá el moderador había muerto, caí en la cuenta de que te referías a otra cosa. Y es que, chica, sólo a una doctorada en diplomacia como tú podía ocurrírsele utilizar semejante eufemismo para referirse a un despido. El hecho de que para ti sea más eufemística la muerte que el cese de un contrato también da que pensar lo suyo, pero seguro que a estas alturas –y aunque sea eso lo que pretenda en el fondo la presente epístola-, no te voy a enseñar nada sobre ti misma que no sepas ya. En fin… a lo que íbamos. El caso es que yo, dado que estaba en El Retiro con el amor de mi vida de muy buen humor y sin preocupación alguna, te dije que vale. Total, y teniendo en cuenta la miseria que nos pagáis, un sobresueldo nunca viene mal. Y además, como caía en festivo, no me vería en la obligación de aguantarte. Si algo bueno tiene trabajar los fines de semana, es el hecho de que en la oficina no haya absolutamente nadie. Al llegar aquí, me he encontrado con un panorama cuanto menos curioso. El moderador de por la noche, al que también habías convencido para que hiciera tres horas más de las que le correspondían, me dice que Luís (el presunto difunto), ha llegado a las siete de la mañana para cumplir con su jornada laboral y sin conocimiento alguno de su nueva situación de parado. Cuando te ha llamado para pedirte explicaciones, le has dicho que la comunicación del despido era responsabilidad de la ETT, y no tuya. Eso me ha hecho bastante gracia por dos motivos: primero, porque es mentira (yo misma he presenciado cómo comunicabas despidos a moderadores derivados de una empresa de trabajo temporal), y segundo, porque aunque fuera cierto deberías haber tenido el detalle, ya que no la obligación, de llamarle. Teniendo en cuenta que te ha hecho más de un favor (entre otros, adelantar el regreso de un viaje para poder entrar a trabajar un día antes de lo acordado), y suponiendo que por encima de lo que a uno le compete haya otra cosa más humana e importante llamada consideración, no creo equivocarme al afirmar que deberías haberle llamado para que al menos no hubiera madrugado en vano hoy.
Otra cosa que me ha hecho gracia ha sido la desaparición repentina del altavoz. O sea, que pretendéis que una persona se quede aquí nueve y hasta doce horas (incluso dieciocho se pasó Cristina, que en paz descanse, en una ocasión) sin que tenga la posibilidad de escuchar siquiera una triste canción. Quizá penséis que aumentaremos nuestro rendimiento si nos vemos sometidos a una privación sensorial absoluta, pero yo te aseguro que no. En primer lugar, a los seres humanos nos gusta que nos traten bien, y cuando las putadas que nos hacen sobrepasan un umbral, tendemos a volvernos testarudos e impredecibles. De este modo, al descubrir el desvanecimiento de tan socorrido periférico (que entre otras cosas, me hubiera permitido ponerme a la entretenida tarea de moderar/ animar los chats con el único añadido de un acompañamiento rítmico y sin perder un segundo más de tiempo), me he visto obligada a pasarme media hora pensando en cómo desconectar los altavoces de tu ordenador sin alterar ni un ápice la impecable organización de tu mesa. Cuando por fin lo he conseguido, a pesar de la sensación de triunfo inicial he caído en la cuenta de que continuaba cabreada contigo. Y entonces, en lugar de ponerme a moderar con la ayuda inestimable de tu altavoz personal, he decidido convertir mi cabreo en algo productivo escribiéndote esta carta que tarde o temprano te entregaré. Si te fijas, llevo aquí cuatro horas y menos moderar puede decirse que he hecho de todo. En términos de rendimiento, y como puedes comprobar, no habéis avanzado gran cosa que se diga.
Intuyo, por otro detallito captado en la oficina, que me vais a despedir en breve. Y qué detallito, te estarás preguntando. Pues el de una especie de media estadística que habéis elaborado con los mensajes (no sé si emitidos o recibidos) de cada moderador, y que me sitúa, misteriosamente, unas décimas por debajo de mi compañero de turno. Dado que raro es el día que no le supero, y con creces, en mensajes recibidos, no entiendo cómo su media global puede ser mejor que la mía. Aunque se me dieran mal las matemáticas, que no es el caso, el nivel de éstas es elemental. Sé que Jose es íntimo amigo tuyo y que a los amigos hay que cuidarlos, pero estoy bastante intrigada acerca del modo en que me vas a vender la justicia de mi despido. Y como además yo estoy contratada por empresa, y no por ETT, mucho me temo que esta vez el tema sí que te compete. Ya nos veremos las caras, supongo.
Ahora quería hacerte unos apuntes sobre tu personalidad. Trataré de ser lo más concisa y respetuosa posible. A ver, Laura, yo no creo que seas una mala persona. No tienes carisma para ello. Eres débil y sumisa, así que como mucho, y siempre con un gran esfuerzo, podrías llegar a la categoría de secuaz. Pero son esas características tuyas, debilidad y sumisión, las que te convierten en una mensajera extraordinaria. Como eres una coordinadora subordinada a un jefe, con decir que las órdenes vienen de arriba te libras de la responsabilidad de dar explicaciones. Me parece una táctica muy buena, pero también muy cobarde. Además, el que hayas accedido a dejar a un lado tus principios para convertirte en la mensajera de un completo impresentable no dice mucho en tu favor. Si al menos te pagara una pasta podría entenderlo, pues no hay nunca que olvidar que todo hombre tiene un precio. Pero tampoco hay que olvidar que hasta que ese precio es descubierto uno sigue siendo libre. Que tu libertad está más que comprometida con la empresa, no hace falta ni que lo digas. Basta como muestra de ello el hecho de que se te pueda llamar a cualquier hora del día y de la noche, los trescientos sesenta y cinco días del año. Pero, a lo que íbamos, cumplir órdenes y estar siempre hasta el cuello de trabajo no te convierte, ni por asomo, en una persona buena. Si hubieras nacido en el Tercer Reich y por casualidad hubieras encontrado colocación en la GESTAPO, ¿cumplirías todas las órdenes que se te dieran? Ya me imagino tus diplomacias:
VIEJA JUDÍA (voz en falsete): por favor, señora, ¡sólo soy una pobre anciana con artritis! ¡No me apetece ducharme!
LAURA (voz suavizada): tranquila, que el agua estará calentita…
VIEJA JUDÍA (voz en falsete): por favor, por caridad, que luego me duelen los huesos…
LAURA (voz suavizada): son órdenes de arriba, lo siento.
VIEJA JUDÍA (voz en falsete): ah, bueno, si son órdenes de arriba entonces dúcheme.
Cumplir órdenes no te convierte en una persona digna, Laura, y lo que tú hiciste aquel día, al entrar en el call center y decirnos, roja de vergüenza, que por favor cuidáramos el aseo personal porque el jefe se había quejado, fue una de las cosas más indignas y humillantes que he visto hacer en mi vida a nadie. Mucho mejor hubiera sido que cogierais aparte a la persona que pensabais era la culpable del supuesto mal olor y le evitarais la situación penosa de ser el centro de tan negativa atención, convirtiéndole además en el protagonista de todos los cuchicheos de la semana. En cualquier caso, la diferencia entre tú y yo es que yo jamás habría acatado esa orden. No te guardo ningún rencor, porque la verdad es que me diste más lástima que otra cosa, pero te recomiendo que reflexiones acerca de todo esto para ver si de aquí al 2010 te conviertes en una persona un poquitín más íntegra.

Sin otro particular, y atentamente, se despide

4ETNIS

martes 17 de marzo de 2009

Con los zapatos de su madre


Estoy en el bar donde aluciné el diálogo de las máquinas tragaperras, y como no sabía qué pedir exactamente, pues me encuentro en uno de esos estados de capricho indeciso y cambiante tan frecuentes en mí, he acabado por decirle al barman que me pusiera una Fanta de naranja con granadina. He estado a punto de decantarme por un Bitter Kas, por el hecho de que es la bebida bajo cuyos efectos escribí los dos primeros capítulos de mi novela hace ya casi dos años, pero como no era precisamente algo amargo lo que mi paladar solicitaba, he optado por un equivalente cromático de sabor opuesto que además de apetecerme porque sí, era justo la bebida que tomaba cuando con quince años acudía hacia las ocho, puntual como un reloj kantiano, al chiringuito de la playa de La Freixeira a tomarme algo. Como todavía no bebíamos, mi amiga Carla y yo jugábamos a hacernos las mayores probando bebidas sin gradación de aspecto alcohólico. Recuerdo la brisa del mar agitando nuestras melenas decoloradas por el sol, y el charco de humedad bajo nuestras posaderas todavía empapadas tras el último baño. Bebíamos nuestros dulcísimos combinados con avidez de borrachas y lanzando miradas de soslayo a uno y otro lado para observar la reacción de los padres de familia que se sentaban rodeados de chiquillos vociferantes en las mesas próximas. La verdad es que más que hacia nuestros vasos, miraban hacia nuestros bikinis ajustados de tiras revoltosas que parecían no poder quedarse quietas un instante y que resbalaban, sin que nada pudiera oponerse en contra, por el salado de la piel hasta quedar inertes y como desplomadas sobre la holgura replegada y cálida de nuestras axilas.
Lo de jugar a hacerme la mayor ha sido una constante a lo largo de mi vida infantil y preadolescente. Cuando era pequeña mi madre solía prestarme, conmovida por mis ruegos constantes y no sin antes advertirme que por favor la tratara con cuidado, su Olivetti verde oliva para que jugara a las secretarias. Como eso de las secretarias me parecía algo muy de mayores, me decía a mí misma que para poner a prueba mi madurez tenía además que tomarme un vaso entero de leche. La cosa en sí misma no hubiera tenido mayor importancia de no haber sido la leche, desde que tengo uso de razón, uno de los pocos alimentos cuyo olor es capaz por sí solo de inducirme el vómito. Supongo que para mis adentros pensaba que ser mayor implicaba hacer cosas que a uno no le apetecían (¡y cuánta razón tenía además!). Recuerdo la escena como si hubiera sucedido ayer mismo: yo, una niña algo rellenita de larguísima melena castaña y con aspiraciones del tamaño de catedrales, sentada con recogimiento sobre una silla alta de madera y vestida para la ocasión con un pañuelo de señora y unas gafas sin cristales que mi madre había manipulado para mi uso personal, alternando miradas entre la anacrónica máquina de cinta bicolor erguida sobre la mesa y el reto en forma de vaso que lleno hasta el borde reposaba a su izquierda. Tras escribir con afectación un par de informes que lamento no haber conservado en mi poder, aunque sólo fuera por aumentar un par de microgramos las toneladas de papel que en materia de documentos personales acumulo bajo la cama, tomé aire un par de veces y de un trago y sin respirar hice desaparecer en mi estómago el níveo contenido del vaso. La respuesta no se hizo esperar, y ante las convulsiones espasmódicas de mi entramado digestivo me vi obligada a bajar de la silla con más bien poca elegancia y a correr hacia el baño con la esperanza vana de llegar a tiempo y no dejarlo todo pringado. A partir de ese día, decidí referirme a la leche con un nombre de asquerosidad equivalente a la de su sabor: flujo de vaca.
A los doce, en cambio, mi manera de hacerme la mayor era otra. Los días en que me daba por madrugar en Valdoviño, me compraba un periódico en el kiosco cercano a la playa y me dirigía hacia El Coyote (que además del nombre contaba entre sus extravagancias con unos tickets que rezaban lo siguiente: “Lindamos con el Reino Unido con el mar por medio”), y sin pestañear le pedía al camarero un café irlandés. A continuación me sentaba en uno de los bancos de madera pegados a las cristaleras tras las cuales se extendía la infinitud aparente de la arena, abría el periódico por la mitad y, poniendo cara de interesante, me entregaba a la lectura intensa y concentrada del horóscopo y las necrológicas del día. Siempre leía mi signo y el de Fernando un par de veces para después encontrarme con él y darle el parte matutino de compatibilidades y planetas regentes, y me entretenía buscando entre las esquelas algún apellido similar al mío. Tras tomarme el café evitando la exteriorización de mi disgusto ante determinados sabores, salía del Coyote y, no sin antes descalzarme saltando a la pata coja y sujetando el periódico entre los dientes, corría hacia la línea del mar enfebrecida por el ligero mareo del licor y la brisa fresca sobre el rostro libre de maquillaje.
Ahora, en lugar de hacerme la mayor me veo obligada a disimular cada día el infantilismo congénito que me embarga. Esto de ir contra corriente es algo muy propio del ser humano y yo, por encima de todas las cosas y a pesar de cierto ultraterreno amaneramiento, soy desde luego humana, muy humana.
Y como este texto no va a ninguna parte y además me apetece irme a casa a ver capítulos de Twin Peaks, corto y cierro y a otra cosa.

Drink Me, Eat Me


Que todos estamos insatisfechos, es algo más que evidente. No conozco a un solo individuo que esté plenamente convencido de sus circunstancias personales y que no dessee, más que ninguna otra cosa, alcanzar alguna clase de meta personal. Puede que la insatisfacción, entendida en un sentido de impulso inspirador y generativo, sea algo sin lo cual el ser humano no podría de ningún modo evolucionar ni desarrollarse, pero cuando esa insatisfacción va además unida a una incapacidad crónica para prolongar en el tiempo el interés por nada, se convierte más en una carga que en un catalizador natural de las emociones. ¿Qué hacer cuando el descontento te paraliza en lugar de catapultarte hacia el futuro, y los sueños con los que antes te evadías de la realidad para vislumbrar, durante un instante de esplendor, un tiempo venidero mejor y más intenso, se transforman de repente en pesadillas simbólicas de tu falta de voluntad y de tu miedo patológico a fracasar y a decepcionarte a ti mismo? Si eres adolescente, tienes la posibilidad de integrarte en una tribu urbana con carisma y diluir tu individualidad en el grueso de una minoría que si bien no es ni será nunca genuina, te entretendrá al menos con la ilusión de pertenecer a una élite orgullosa de sí misma. Si no eres adolescente, la cosa es más jodida e inaplazable y se requiere de una gran esfuerzo de voluntad cuando lo que se pretende es no seguir degenerando hacia el Absurdo.
Me acaba de llamar Chechu. Hemos discutido a causa de una frase que ha dicho: “Todo el mundo sabe que eres un pozo de inconsciencia”. Además de indignarme ante el contenido de la frase en cuestión, y que en una traducción paranoica podría interpretarse como que todo el mundo me atribuye una lerdez o una tontería congénita, me he cabreado ante una implicación concreta de lo afirmado: el hecho de que Chechu comente con alguien cualquiera de mis defectos. Sé de la existencia de mi inconsciencia, del mismo modo en que sé del carácter voluntario de la misma. Me niego a aceptar la realidad de las cosas y, en base a esa negación, me libero de la responsabilidad de responder ante lo que me pasa y me atañe en primer grado. Algunos dirían que lo mío es un permanente dejarse llevar y, al hacerlo, pasarían por alto la virtud subyacente al mismo acto de abandonarse a la deriva (que no es otra que esa inmensa capacidad adaptativa a lo que por azar o por divino convenio nos depare la vida, y que acaba convirtiéndonos, tanto por mérito como por mera circunstancia, en personas esencialmente impredecibles). Pero vamos a dejarnos de egocentrismos y puestas en escena de aquello que mejor sabemos nos ensalza por encima de la media, y centrémonos en lo que verdaderamente es relevante en la definición de la propia insignificancia. Me dan miedo los conflictos y, en base a ese temor desproporcionado, los evito a toda costa y a despecho de la falta de honestidad inherente a todo esquive. Resumiendo, y en palabras cristianas, me considero una persona desaconsejable en extremo para cualquier buen hijo que se precie. Arrastro un pasado plomizo de traumas y disgustos infantiles relacionados con el abandono, y no doy fe de estar siquiera en proceso inicial de superación de ninguno de los mismos. Cualquier distracción del amor de Chechu es indicio suficiente para hacerme dudar de todo lo que se supone siente por mí; cualquier besso escatimado, cualquier mirada sospechosa dirigida a una parte concreta de mi cuerpo, me sume en un mar de dudas y un cuestionamiento irresoluble y anárquico de mi valía como ser humano. Lo que me ha molestado del discurso de Chechu no es tanto el contenido general del mismo como el hecho concreto de que me deje pasar por necia ante unos amigos a los que ni siquiera sé si quiero.
¿Y por qué, Iria, te importa tanto la opinión de unos amigos a los que ni siquiera sabes si quieres? Pues por orgullo estéril y heredado, esa es la verdad. He tomado el relevo de una especie de obligación feminista y endogámica hacia el hecho de no poder quedar nunca por menos que por encima, y no puedo evitar reaccionar con afanes de posesión ante aquello que considero me pertenece por herencia: el derecho a dominar el alma de los hombres que me aman porque quieren, porque no pueden evitarlo o por ambas cosas. Y aunque soy consciente de este defecto de base que me empaña, y desprecio el carácter que subyace a la manifestación compulsiva y debilitante del mismo, cada vez que me lo recuerdan me doy cuenta de mi incapacidad para guardar secretos y me cabreo conmigo y con el entorno que desde la lucidez me ajusticia, acomplejándome.
¿Queréis más lucidez? Pues no sé si tengo, ni si me queda a secas, ni si tenerla o reservarla me evitaría, siquiera en parte, sucumbir ante la posibilidad de no ser más que una acojonada sin ideas propias indigna de vuestras atenciones. Tampoco estoy segura de mi interés como persona, ni de no resultar en el fondo y tras un vistazo profundo un individuo por completo carente de carisma y de iniciativa propia. Pero no puedo evitar infundirme ánimos ni proclamar, para mis adentros y en un susurro de complicidad eterna para conmigo, mi reinado de emociones sin control sobre el entramado más complejo y no menos enrevesado de vuestra realidad. Si me siento niña y falta de prejuicios no es por vuestra madurez superior y excelsa, sino por mi visión privilegiada de lo que en definitiva significa el Absurdo y de lo que, en consecuencia, me veo obligada a interponer entre vosotros y mi Yo relativo: nada, nada en absoluto. No hay nada de lo que defenderse, nada hay de lo que resguardarse. Estamos todos tan perdidos como el que más, y ni todo el raciocinio de la Tierra logrará imponer un ápice de relevancia a nuestras disputas por la posesión de la razón. En esto, al menos, sé que estoy en lo cierto.
Me fastidia que Chechu hable de mí a mis espaldas, aunque en verdad tenga el derecho de manifestar cualquier cosa que se le antoje sobre mi naturaleza y mis derroteros existenciales, porque en el fondo estoy acostumbrada a hacerme pasar por inmortal e indiferente al mundo de los hombres, y toda revelación honesta por parte de cualquiera verdaderamente cercano me resume en dimensiones terrenales de cotidianidad que no estoy dispuesta a asumir como propias. La razón de mi descontento es tan dandy, tan snob, que si me malinterpretáis en términos de necedad no os lo tendré en cuenta. Soy una frívola esencialmente profunda o una filósofa superficial en esencia, ¡qué más da! La amplitud de los términos implicados me otorga una libertad de movimientos escritos tan controvertida e indemostrable, que no me queda otra que confiar en vuestra fe en lo humano para proyectarme a despecho de vuestras consciencias. De algún modo sé que mis censores, por el hecho de conocerme y tenerme calada en lo más básico, conocen las claves de mi debilidad. De algún modo, y sin necesidad de una amenaza previa evidente, sé que corro el riesgo de ser desenmascarada. Entre que repele y apetece, entre que apetece y repele. Tan ajeno y familiar a un tiempo que lo que escribo, lo escribo porque me da la gana y no por otra cosa.
Arrojad piedras, si es que podéis permitíroslo.

martes 10 de marzo de 2009

Eidética nostalgia


No tengo la menor idea de sobre qué escribir, pero me apetece hilar palabras y tras la ingestión del Orfidal que le he mangado a mi abuela esta mañana en previsión de posibles estados ansiógenos como el que, en efecto, me ha embargado hasta hace poco menos de quince minutos, he sintonizado con la actitud adecuada para ponerme manos a la obra. Ahora, la hipersensibilidad que a modo de efecto secundario traen aparejadas este tipo de sustancias, me permite contemplar la ciudad a través de la cristalera opaquizada en verde junto a la que estoy sentada, como envuelta en una bruma que matiza las concreciones verdaderamente importantes: los destellos de luz emborronada procedentes del divagar prohibitivo de los semáforos; las interacciones que tienen lugar entre los adolescentes vestidos para matar que, a la salida del instituto, se rezagan adrede y con la esperanza de intimar en miradas y bromas infantiles con la chica que les gusta, y que al saberse observada juega con su pelo teñido de violeta y ríe tres tonos por encima de lo que sería el estrépito generado por una carcajada media, mientras responde a puñetazo limpio y ruborizándose, a los cachetes que le propinan desde todos los flancos y a la carrera los ejemplares más atractivos del sexo opuesto que se saben a su vez observados por ella; la puerta tenebrosa de un supermercado llamado “Rotterdam” cuyo principal tendero podría ser, a juzgar por el nombre y por las ristras de salchichas que cuelgan de ganchos tras el escaparate frontal, el carnicero de Hannover, y al que entran ancianas de aspecto venerable y cargadas con bolsas de tela de las de antes para iniciarse, pienso yo, en las delicias y los misteriosos placeres de la antropofagia; el joven chino que contempla a su padre jugar a una máquina recreativa mientras comenta con él, en un idioma fuera de mi alcance, los pasos a seguir para dar con la clave de ciclación del chisme y llevarse el bote por la cara y sin contaminarse un ápice de la ludopatía que supura por los poros de la mujer con aspecto de ama de casa que interactúa con la máquina de al lado, y que les observa con la curiosidad frustrada del que sabe estar perdiéndose algo importante. Me entran tentaciones de levantarme del cómodo sillón en el que estoy poco menos que desplomada, acercarme a la miserable mujercilla y explicarle lo poco que sé sobre el tema a ver si con un poco de suerte me presta la atención suficiente como para entender el proceso básico. Diálogo posible:
- Buenas tardes, señora.
- Hola...bu- buenas tardes.
- Me he acercado a usted porque la he visto observar con curiosidad a esos dos caballeros asiáticos que están ahí
(En ese punto, señalo con discreción -pues no hay que olvidar que los chinos suelen reaccionar con alta susceptibilidad a toda muestra no disimulada de espontaneidad occidental- a los dos tipos de los que he hablado antes.)
- ¿Yo? ¡Yo no les estaba mirando! (Cara de niña pillada en falta negando ante el frasco de galletas roto en mil pedazos a sus pies y con una boca llena de migajas, su participación en la caída del mismo desde lo alto de la nevera)
-¡Oh! Dispénseme, en ese caso... mejor vuelvo a mi sillón.
(Hago un amago de darme la vuelta)
-¡No, no! ¿Qué iba usted a decirme?
- Por favor, tutéeme. (Ahora que sé que tengo el poder, las cosas se harán a mi manera).
- De- de acuerdo. ¿Qué ibas a decirme?
- Iba a explicarle cuál es el sistema que utilizan para dejar la máquina, y espero sepa dispensar mi jerga barriobajera, más seca que una pasa.
- ¡Oh! Así que eso es lo que hacen....
- ¿Cómo dice, señora? Es que me había distraído momentáneamente con una mosca que pasaba.
- ¿Perdón...? Bueno, decía que yo no les estaba mirando, pero que si quieres explicarme qué es lo que hacían pues que por mí encantada.
- El placer será mío, se lo aseguro. Pues verá, lo que hacen es bastante simple. Lo primero que se necesita, es una cierta cantidad de dinero. Lo segundo, tener bien claro que ese dinero no le va a reportar más que, si acaso, algún beneficio circunstancial.
-No sé si te sigo.
- Resumiendo, que si gana algo será por casualidad y no por lo elevado de la inversión. Es decir, que ganará más o menos lo mismo que haya ganado a lo largo de las tres últimas semanas de juego.
- Pero si yo no... ¡yo no juego, que quede claro! Sólo he echado una monedita que me sobraba a ver que pasaba. Por quitarme peso del monedero, ya sabes...
- ¡Uy, pues si es por el peso no se preocupe! ¡Me ofrezco voluntaria para librarla de tan plomiza carga, yo que tengo unos brazos musculados y no me resentiré de la espalda!
(Me joden las personas que se avergüenzan de sus adicciones, no lo puedo evitar. Yo soy una alcohólica y lo reconozco, ¡coño!)
- No, no, mejor explícame lo de los chinos.
- De acuerdo. Bien, pues con esa cierta cantidad de dinero debe dedicarse a jugar una y otra vez hasta dar con la clave de ciclación de la máquina, que en palabras llanas viene a ser algo así como el instante en que las combinaciones dejan de ser aleatorias y comienzan a repetirse. Es decir, el instante en el que a usted ya le es posible predecir con exactitud las combinaciones que irán a continuación.
- ¿Me estás diciendo que es posible saber qué botones tengo que apretar para llevarme el bote?
- Si es que tiene usted un pico de oro... ¿ha pensado alguna vez en dedicarse a la política?
(La mujer se ruboriza encantada ante mi halago y dice que no con la cabeza).
- Así que ya sabe, venga el próximo día con papel y lápiz y dedíquese a apuntar combinaciones. Ya sabe: fresa, moneda, berenjena; berenjena, berenjena, póker; plátano, póker, póker... Y si no está dispuesta a liberar su monedero de un peso excesivo en pro de la ciencia probabilística, siempre puede sentarse a beber una cerveza en...
- Yo no bebo.
- ¡Ah! ¿No bebe ni juega usted? Debería plantearse las drogas, entonces...
(La mujer me mira entre incrédula e incipientemente cabreada, pero esta vez no dice nada)
- Como iba diciendo, puede usted también sentarse a beber una cerveza en un lugar desde el que tenga una visión privilegiada de la máquina, y aprovechar las partidas ajenas para ir anotando las combinaciones. Eso sí, procurando que el dueño del bar no sospeche siquiera lo que está usted haciendo, o lo mejor que le puede pasar es que la próxima vez que entre la echen a patadas.
- ¿Pero esto es ilegal?
- No exactamente. Al fin y al cabo, ¿cómo va a ser ilegal mirar una inocente maquinita? Pero para situaciones como éstas crearon los casinos y los bares esas placas que dicen “Se reserva el derecho de admisión”. Ellos tienen el derecho de dejar o no dejar entrar en sus locales a quien les venga en gana.
-¡Oh! ¿Y tú te dedicas a esto?
- ¿Yo? Yo no, señora...
- ¿Y por qué, si es tan sencillo como lo pintas?
(Y es aquí el momento en que pongo cara de sobrada y me aproximo a la oreja de mi interlocutora para susurrarle, con el registro de voz más encantador y misterioso del que me veo capaz, las siguientes palabras:)
- Bueno, mi negocio es otro.
- ¿Ah, sí? ¿Y cuál, si puede saberse?
- Está bien, se lo diré. (Me abro la gabardina y le muestro la culata negra del revólver que llevo prendido al cinturón). No sabe usted a cuántos caballeros orientales he abatido ya a la salida de bares como éste. (Y le guiño un ojo con cara de psicópata y sonrisa de ángel).
La mujer, todo ojos e indignación, se apresura a recoger sus cosas.
- ¿Ya se va?
- Sí, ya me has enseñado bastante. Quizá practique lo que me has dicho, pero desde luego no en este bar.
- Sí, por mi territorio no le aconsejo que venga, porque aunque he de reconocer que me ha caído usted en gracia, la deformación profesional me impediría quizá hacer con usted una excepción.
- Esto... pues gracias, supongo. Hasta nunca, espero.
- De nada. Y recuerde una cosa: este truco sólo funciona con la Gnomos.
- ¿lanomos?
- Sí, con las máquinas que se llaman “Gnomos”. Las reconocerá porque en sus partes frontales aparece representado un enjambre de felices y enanas criaturas con aspecto de ir hasta el culo de anfetas. Las demás funcionan con ciclaciones más complejas que todavía no he descubierto. ¡Ciao!
Y tras esta ensoñación peliculera, ya no sé de qué diablos estaba hablando. ¡Ah, sí! De la belleza urbana percibida tras la ingesta de un Orfidal. Pero mira por dónde, ya no me apetece un carajo continuar por ahí. Es lo malo de los depresores del sistema nervioso central, que te vuelven un tanto errático y caprichoso e impiden que la fascinación por un tema se prolongue en el tiempo y no degenere a cosas del calibre del diálogo anterior.
Junto con la hipersensibilidad visual, el mágico comprimido me ha transformado temporalmente en una eidética olfativa. Es decir, que al salir a la calle para cambiar de bar y disfrutar de los últimos rayos de luz, he descubierto que mi olfato se asemejaba al de un policía sabueso y que podía, aferrada a cada aroma que se me enredaba en la nariz, divagar hasta la extenuación por los más odoríferos derroteros de la melancolía. Siempre he pensado que las evocaciones realizadas a partir de un olor son comparativamente mucho más poderosas que aquellas a las cuales se llega por cualquier otro conducto sensitivo. Basta una mínima ráfaga ajazminada que arribe, por casualidad, a la aspiradora sutil y cartilaginosa de mis fosas nasales, para que de repente y sin apenas darme cuenta de lo que pasa me encuentre de nuevo en Cádiz junto a mi amor, bajando de noche hacia la playa y buscando tras cada arbusto la botella de vodka y los vasos que horas antes, y como precaución ante unos padres que no debían de ningún modo enterarse de que ni todas las terapias del mundo habían conseguido que Chechu dejara de beber, habíamos escondido. Al atardecer se abrían las flores de jazmín de los maceteros cerámicos de mosaico que cada urbanización ofrendaba a la sensibilidad estética de los paseantes, y un afta envolvente y venenosa de aroma dulzón y como prohibido invadía las calles y los recovecos en un proceso contaminador e ineludible al que ni siquiera los niños más pequeños, que montaban en bicicleta y escupían su indignación timbrando compulsivamente a los incívicos que como nosotros paseaban palmito por el carril que por ley les correspondía, podían evitar sucumbir. El olor fortísimo de la flor de todas las flores suavizaba sus pedaleos y les vulneraba, transformando la estridencia de sus timbres en un sonido melódico y casi en armonía con la luz en decadencia de la carretera. Las salamandras, embriagadas tanto o más que nosotros por la promesa de nocturnidad que se olía y se leía en cada piedra, trepaban hasta la parte más elevada de los mosaicos atraídas por el calor de los focos y allí se quedaban, inmóviles, como pasmadas, a la espera de que el fragor mínimo de una pisada cercana las asustara hasta el punto de agitarse en un borrón de patas y glauconegras máculas que corría a ocultarse, sin un ápice de la elegancia mostrada al permanecer en quietud y como muertas bajo la luz artificial, entre la maraña de arbustos espinosos que se extendía a un lado y otro de la carretera a modo de bordillo natural.
Tras varias tentativas infructuosas que nos hacían permanecer en tensión, convencidos de que esta vez nuestro escondite había sido descubierto y nos habíamos quedado compuestos y sin destilado ruso inspirador, dábamos al fin con el arbusto que buscábamos y corríamos a comprar hielos, enfebrecidos de alegría, al centro comercial que se alzaba a mitad de camino cual vergel alucinado en el desierto, con sus luces estroboscópicas y su derroche en materia de caballitos, máquinas de bolas y puestos de golosinas. Y después aparecía la playa con sus dunas, sus mareas, sus enjambres de mosquitos puñeteros y el divagar caprichoso de la Luna, que cada día parecía retirarse antes adondequiera que estuviese situada su alcoba para dejarnos sumidos en una oscuridad tan profunda y espesa, que cuando el alcohol comenzaba a hacernos efecto de verdad y ya ni siquiera éramos capaces de involucrarnos en conversación alguna sin llegar a las manos o al puro insulto, nos hacía temblar de miedo y de indefensión sobre la arena fría y suavísima que parecía extenderse hasta el infinito.
Muchas fueron las conversaciones mantenidas, muchos los secretos revelados entre copa y copa y al amparo de aquel firmamento infestado de estrellas fugaces. Sobre las tres de la madrugada nos quedábamos dormidos, borrachos como cubas y abrazados el uno al otro tanto por amor como por hipotermia, y despertábamos desquiciados por el estruendo ensordecedor y la gigantesca linterna del camión de la basura. Chechu amanecía poseído por un histerismo desorbitado e hiperactivo y, convencido de estar salvándome la vida (pues un monstruo con garras, y no otra cosa, era lo que le parecía el inmenso vehículo que se aproximaba a nuestro lecho improvisado sobre la arena), me arrastraba cogiéndome por las manos, por el pelo o por lo primero que atinara a aferrar mientras gritaba, cual si fuera un niño espantado por una sombra maliciosa, que por Dios me levantara y corriera con todas mis fuerzas. Como la escena se había repetido ya unas cuantas veces y yo sabía que lo que Chechu tomaba por bestia no era más que un inofensivo vehículo del ayuntamiento, hubo una ocasión en que me negué a levantarme o a dejarme arrastrar. Chechu, endiablado como sólo él es capaz de endiablarse, comenzó a pellizcarme y a hacerme daño tratando de llevarme consigo a la fuerza. Y a mí, borracha y agresiva como un tigre intoxicado de láudano cuyos dominios hubieran sido allanados por un cachorro de hombre insignificante y audaz, no se me ocurrió otra cosa que propinarle un cabezazo en la nariz con todas las fuerzas que fui capaz de reunir. Chechu se desplomó en mis brazos inconsciente e indefenso como una cría, y entonces me asusté de verdad. Pensaba que le había matado, y comencé a llorar y a proferir lamentos hacia las estrellas errantes pidiendo que por favor se despertase ya. Chechu, que según lo que me contó después en ningún momento había perdido la consciencia y estaba divirtiéndose de lo lindo con la escena, no movió un solo músculo de la cara hasta que yo, desesperada y sin saber muy bien qué hacer, le propiné un bofetón con toda la fuerza que fui capaz de concentrar en la palma abierta de la mano. Él abrió los ojos, haciéndose el desorientado, y me arrastró a la arena junto a su cuerpo mientras me repetía una y otra vez lo maravillosa que era y lo mucho que me amaba. Sé que follamos y que nos ensuciamos hasta decir basta, pero de la vuelta a casa no conservo recuerdo alguno...
Pues eso, para que os hagáis una idea, es todo lo que trae a mi mente una tenue ráfaga de jazmín procedente de no se sabe muy bien dónde.

domingo 8 de marzo de 2009

Up in flames


Chechu me enamoró porque me parecía, entre otras cosas, exótico. Acostumbrada a desenvolverme en ambientes callejeros liberales, y a intimar con especímenes pseudo- grunge que bebían kalimotxo y se drogaban cuando podían bajo la estela difusa de no se sabía muy bien qué ideología reciclable de moda, la aparición de ese muchachito pálido y de cabello rebelde que posaba más que hablaba pero que a la vez, por no se sabe qué infame conjunción de atractivos, parecía levitar por encima de la media sin esfuerzo alguno y con una cara de chulo que tumbaba de espaldas, me dejó de todo menos indiferente. Alumno de Retamar, de familia del Opus, con una historia cuanto menos curiosa de drogodependencias y una admiración muy bien argumentada hacia El jugador de Dostoievsky, la semilla del desseo no tardó en proliferar.
Cierto día, con la excusa de prestarle unos libros y haciéndome la sueca ante el hecho de que tenía novia, concretamos una especie de encuentro en un bar próximo al Dos de Mayo. El destino quiso que Chechu se confundiera de bar y tuviera que permanecer, con la certeza de haber sido víctima de un plantón, esperándome dos horas en el lugar equivocado. Yo, por mi parte, convencida de que finalmente no había podido venir y haciendo toda una excepción en lo que suele ser mi modo habitual de proceder, le llamé a las diez de la noche para decirle, como quien no quiere la cosa, que si estaba por la zona se acercara a por los libros porque me pesaban mucho en el bolso. Arreglado el malentendido, quedé con él y con unos amigos suyos para tomar unas copas. Aunque jamás había sucedido nada explícito entre nosotros, recuerdo que nos costaba mantener las formas y que, por muchos esfuerzos que hacíamos por contenernos, las manos se nos enredaban bajo las mesas y nuestros cuerpos tendían a desplomarse el uno sobre el otro ante la mirada suspicaz y oblicua de sus amigos. Teniendo en cuenta que entre esos amigos se encontraba Alfredo, al cual hacía pocos meses que Chechu había dejado sin novia y cuya relación con él pasaba por un momento cuanto menos delicado, la idea de citarnos con ellos en plena cumbre de celo (sin habernos rozado más que cuando tocaba despedirse o cuando, embebidos de ganas de asombrarnos y entregados al delirio de juegos de palabras y guerras sintácticas que no tenían más finalidad que la de sublimar el desseo que nos consumía a ambos, nos propinábamos empujones inocentes o sucumbíamos por un instante al placer electrificante de aferranos de las manos y los antebrazos haciendo como que nos desposeíamos del turno de palabra) no fue precisamente un derroche de prudencia por nuestra parte.
Esa noche, y después de habernos desembarazado a duras penas de nuestros molestos acompañantes, acabamos compartiendo un combinado en una discoteca cercana al Parque del Oeste que, a causa del reciente asesinato de un niño pijo y bullanguero a manos de un portero gafe y extralimitado en sus funciones, ha sido hace poco y para mayor guasa nuestra metamorfoseada en biblioteca pública. Cuando llegamos al local, después de un breve trayecto en moto que pasé como entre nubes aferrada a su cintura y con las manos resguardadas en los bolsillos de sus vaqueros de rebelde, llevábamos una borrachera considerable y nos deshacíamos en carcajadas por cualquier cosa. Era la primera vez que nos quedábamos a solas, y la intimidad no tardó en aflorar entre los dos. Sentados en sendos taburetes altos, sin prestar atención alguna a las bebidas y libres al fin del yugo escrutador de las miradas de terceros, las maneras afectadas y rimbombantes que habían regido nuestra relación hasta la fecha dejaron paso a una conversación sustanciosa y honesta que desembocó, como no podía ser de otra manera, en nuestra pasión coincidente y enfermiza por el verano y por la adolescencia humana. Él me habló de Mary Joe, de Ribadesella, del aroma a pantano y detritus de la playa que cada noche enmarcaba sus aventuras en un halo oscuro de misterio; yo le hablé de Fernando, de Valdoviño, de mis carreras a través de los maizales y de la metáfora iniciática subyacente al juego noctámbulo del escondite que tanto me obsesionaba. No sé si fui yo la que acabé llorando, o si fuimos los dos los que nos descubrimos de repente con los ojos empañados y sin necesidad de recurrir a mascarada alguna de palabras. Me bessó levemente en los labios, más como un hermano que como el amante incógnito que creía ser, y me dedicó una mirada prolongada y turbadora que me licuó las piernas en dos charcos e hizo que me precipitara hacia el refugio húmedo y caliente de su cuello. Me agarró de las caderas y me sentó en la barra con urgencia, casi con brusquedad. Aún nos dirigimos una última mirada antes de que sus manos se perdieran bajo mi falda y sus dientes se cerraran sobre la carne tierna de mi escote, haciéndome apretar el abrazo de mis piernas desnudas en torno a su pecho y arquear la espalda hacia atrás sin recato alguno y a despecho de la multitud bulliciosa que nos contemplaba atónita desde ambos lados de la barra. Apenas pude reunir la suficiente presencia de ánimo para desanudarme de su lengua un instante y decirle lo bien que olía. Su olor, creo que fue su olor a bebé y como a niño bien lo que acabó por nublar del todo la escasa razón que a esas alturas barajaba más que regía mis acciones descoyuntadas en cortocircuitos de intensidad.
Cuando una hora más tarde, y tras recibir incluso la felicitación asombrada de uno de los camareros, abandonamos el bar en silencio y aferrados de la mano, estábamos profunda e irrevocablemente enamorados. Esa noche, ya en mi cama y con la respiración acelerada por la evocación compulsiva de la escena reciente (sobre todo por el detalle de la manera en que me había tocado el culo, apretando y separando a un tiempo), sólo podía pensar en lo bueno que estaba. Además de una personalidad y una inteligencia prodigiosas, el cabrón tenía un cuerpo de infarto. Sé que suena un poco frívolo, pero en ocasiones la sexualidad es muy frívola y yo no podía quitarme de la cabeza las formas firmes y masculinas en extremo que había intuido a través y por debajo de la ropa. Una semana más tarde me invitó a su casa aprovechando un viaje fortuito de sus padres y tuve ocasión de verle desnudo. Nunca hasta entonces me había turbado la contemplación de un desnudo masculino, pero el efebo perfecto y como cincelado en cerámica en que se convirtió al quitarse la ropa y quedarse de pie ante mí, sin vergüenza alguna y no del todo consciente de su excelsitud física, con los brazos relajados a los costados y el surco de los pliegues inguinales realzando la carnosidad enorme e inflamada de su sexo, afectó mi sensibilidad estética hasta el punto de que el polvo que echamos me pareció más el producto de una vivencia onírica que algo que estuviera aconteciendo en el plano de lo real. Ni siquiera se me pasó por la cabeza obstaculizar con profilaxis alguna su acceso a mi cuerpo estremecido hasta los cimientos (lo cual no significaría nada de no haber yo mostrado, desde que me inicié en los placeres de la carne, un temor hiperbólico y aun incapacitante hacia las enfermedades y los embarazos prematuros). De aquel hombre quería bebérmelo todo, porque todo él parecía estar hecho de leche y sustancias nutritivas. De aquel hombre no me importaba preñarme, porque el hijo en cuestión se parecería más a un titán que a un ser doliente de carne y hueso estigmatizado de mortalidad. Más adelante me confesó que mi comportamiento durante aquel primer encuentro sexual le hizo pensar que era una persona muy experimentada, pero lo cierto es que la pornografía de mis actos tuvo más que ver con la convicción de haber estado follando con un mito viviente que con una instrucción sexual superior a la de cualquiera. Y es que, jerarquías y sibaritismos aparte, tirarse a Baco no es lo mismo que montárselo con cualquier hijo de vecino...

sábado 7 de marzo de 2009

Cuestión de fe


Estudiar siempre me ha dado alas, y no unas alas cualquiera. Me ha dado las alas de la constancia, las de la activación mental, las del estar siempre a punto y a instancias de lo que hubiera de venir. Desde que finiquité la carrera y, con ella, todas y cada una de las interacciones humanas precisas para llevarla a buen término, en cierto modo me he vuelto una persona más descuidada y perezosa. En la actualidad, casi cualquier cosa es capaz por sí misma de sumirme en un estado de nerviosismo y ansiedad excesivos; me ahogo en un vaso de agua cuando antes, y no hace demasiado, ni un océano en marejada hubiera sido capaz de hacerme tambalear siquiera. Hoy, motivada en parte por las ganas de embeberme una vez más en ese estado imbatible de activación del que hablo, he venido a esta taberna próxima a la Puerta del Sol con la idea de recuperar de nuevo el extraviado hábito de estudio. Me he provisto, para la ocasión, de un libro sobre aprendizaje y conducta que recordaba haber disfrutado mucho en primero de carrera, y he logrado acabarme el primer capítulo -del cual, si he de ser sincera, recordaba apenas los epígrafes-, a la vez que daba cuenta de una botella de tinto y de un plato de aceitunas del color de la esperanza pesimista (verde oscuro). Lo que sí recordaba, y como si hubiera sucedido hace unos meses y no hace ya casi siete años, es la actitud con que afronté ese ya algo lejano primer año de facultad.
Ingresé en la Complutense a los dieciocho, con un expediente mediano tirando a bueno, escarmentada de la humanidad y ataviada de negro de los pies a la cabeza. Como el capricho por la moda gótica se me había esfumado a los dieciséis, la secuela estética que me quedaba era meramente cromática. ¿Por qué vistes de negro?- me preguntaban. - Porque es un color que no me distrae - contestaba. Naturalmente, ni siquiera esa mesurada y escueta contestación dejaba de ser una pose. Además de vestir de negro, usaba corbatas y maquillaje llamativo para captar la atención del entorno sin dar pie a acercamientos. No me apetecía hablar con nadie. Mi intención era licenciarme cum laude (pobre ilusa) en Psicología, para después meterme a estudiar Criminología y acabar en el FBI dando caza a criminales de la talla de Hannibal Lecter. Aún así, el mito televisivo que me llevó a decantarme por la psicología en un año en el que mis intereses naufragaban entre las Bellas Artes y la Física Molecular, fue ni más ni menos que Fox William Mulder. Mulder, para los profanos en materia X- Files, estaba licenciado en Psicología. Antes de convertirse en “El Siniestro” y asumir la investigación de los casos paranormales, había hecho carrera en la sección de crímenes violentos de la Oficina Federal. Pues bien: a eso, y no a otra cosa, es a lo que aspiraba para mis adentros cuando tras el examen de selectividad marqué como primera y única opción (siempre he sido bastante chula) los estudios de Psicología en la UCM. Por decirlo de algún modo, había madurado lo suficiente como para renunciar a estudiar ufología (especialidad que estuvo entre mis principales orientaciones hasta poco antes de realizar el examen de ingreso a la facultad), pero no lo bastante como para enfocar mi carrera hacia fines realistas en general. Resumiendo, que mi vocación por la Psicología fue la derivación natural de un desseo infantil por llevar una vida de aventuras y no el producto de una reflexión de lo que significaba, en un sentido realista, ser licenciado en la materia.
Lo peor -o lo mejor, según se mire- de todo esto, es que en la actualidad, y a un nivel interno, siguen afectándome los mismos mecanismos de siempre. Tengo alma de explorador, y ni todos los tropezones del mundo lograrán mermar ni un ápice esta línea orientativa subconsciente que me ha hecho mostrar interés, a lo largo de mi vida, por cosas tan dispares como pueden ser las profesiones que a continuación enumero: vulcanólogo, egiptólogo, espeleólogo, surfista, estafador, atracador, astronauta, policía, criminólogo, exorcista, pirata, cazarrecompensas, revienta- casinos o probabilista, asesino a sueldo, espía, criptoanalista, militar, marine, ecologista o hacker informático. Si me costó decidirme por qué estudiar, fue porque en el fondo me daba un poco igual la proyección física específica de esta inquietud por lo trepidante que me corroe desde niña.
Y ahora, con veinticinco años y ciertos amagos de fracasos a mis espaldas , retorno a los orígenes y decido ahorrar para pagarme una segunda licenciatura en la especialidad que más que ha conmovido hasta la fecha: Criminología. Pero ya no albergo esperanzas de constancia, porque soy una persona triste o madura en exceso, ¡qué lástima!, y sólo trato de postergar todo lo que se deje ese instante de desencanto en que se contacta con la realidad pétrea e inflexible que circunda y contamina cada ensoñación individual. A veces pienso que del cum laude, y aun del sobresaliente, sólo me separó el ansia incontenible de apareamiento que me poseyó a partir del segundo año de carrera. No sé hasta qué punto se puede ser excelso en nada cuando los afanes de poder relacionados con el amor y el sexo ocupan y obnubilan todo lo que se hace. En fin... quizá a las personas inconstantes y volubles hasta la náusea como la que creo y siempre he creído ser, sólo pueda colmarlas el dedicarse a ficciones de la ralea de la literatura y el arte dramático (que ofrendan la posibilidad de probarse mil vidas, sin el engorro inherente a cualquier decisión que decida tomarse en definitiva).
Lo único que sé a ciencia cierta es que necesito de la especulación fantástica para lograr interesarme por cualquier cosa, y más aún si la cosa en cuestión tiene que ver con el trabajo o con una cierta aspiración profesional. Mi desinterés por la carrera que acabé estudiando, y que se manifestó entre el segundo cuatrimestre de primero y el primero de segundo, tuvo más que ver con una pérdida de contacto con la fantasía primigenia que con un verdadero extravío del interés por las materias que se me impartían. No sé por qué, olvidé que una inspiración cinematográfica, y no otra cosa, era lo que me había llevado hasta allí, y pasé por la facultad sin otra pena ni más gloria que la de haber conocido a ciertas personas que merecían realmente la pena. De volver atrás, no sé si cambiaría algo. Conocer a Chechu me descomprometió mucho con la carrera, pero lo que significó el haberle conocido supera con creces cualquier aspiración que pudiera haber albergado con respecto a mis estudios.

miércoles 28 de enero de 2009

Alto secreto


Hoy me encuentro en misión de espionaje. Ayer recibí por correo un mail del que se supone es el presidente de un círculo independiente de escritores (Ciñe), Xavier de Tusalle, al que conocí virtualmente hará cosa de un par de años en un foro de literatura llamado Café de Artistas. Cuando digo que le conocí me refiero a que durante meses, y de manera obsesiva, me dediqué a criticar duramente sus textos y los de otros usuarios que me desagradaban. Lo hacía de forma jocosa y, por lo que parece, extremadamente ofensiva. Una tal Victoria K incluso me acusó de acoso y amenazó con llevarme a los tribunales. El caso es que el tal Xavier de Tusalle era un usuario que me irritaba especialmente. En primer lugar, me descomponía su firma pomposa. Hacía ostento de tantos títulos, responsabilidades y logros personales que aunque me hubiera gustado lo que escribía, que no era el caso, dudo que el prejuicio de base con que enfrenté sus textos me hubiera permitido ser objetiva. El caso es que el tío tenía la paciencia de un santo, y en lugar de escandalizarse y buscar aliados entre los demás usuarios, trató de congraciarse conmigo una y otra vez hasta que finalmente lo consiguió a medias. Y digo a medias, porque aunque incluso intercambié algún que otro posteo amistoso con él, en el fondo siempre le seguí considerando un gilipollas. Como ya he dicho, el señor de Tusalle es el presidente, o el no sé qué, de un círculo independiente de escritores hispanos que organizan ocasionalmente eventos y reuniones en cafeterías madrileñas. Aunque casi todas las semanas desde hace un año recibo en mi correo electrónico alguna que otra invitación, jamás se me había ocurrido acudir a ninguna de las reuniones ni responder ninguno de los mails. Ni siquiera aquellos en los que tan solo se me felicitaban las navidades, que ya es mala educación por mi parte. Ayer, en cambio, recibí uno que me hizo barajar la posibilidad de presentarme en el lugar de la cita sin revelar en ningún momento mi verdadera identidad: Laura Palmer, el exquisito cadáver de Café de Artistas. Como no estaba segura de que no conociera mi rostro, pues cuando creé el blog envié la dirección por defecto a todos mis contactos y Xavier de Tusalle se encontraba entre ellos, dudé de si seguir adelante con mi plan. Pero como una foto no es determinante a la hora de que alguien que en absoluto espera que te presentes te reconozca, decidí acercarme con la idea de negar a muerte, y nunca mejor dicho, ser Laura Palmer en el caso de que me reconociera.
Y aquí estoy, a dos mesas de distancia, escribiendo sobre todo esto y tratando de disimular un poco la perfidia que me embarga la sonrisa. Yo me esperaba que fuera un grupo de edad comprendida entre los treinta y los cuarenta años, pero no que la mayoría de los miembros hubiera ya alcanzado la cincuentena, y que incluso un par de ellos no fueran sino ancianos de boca temblorosa y gesto desinteresado. Xavier de Tusalle es el más joven, y también el de aspecto más homosexual. No estoy insinuando que lo sea, ni muchísimo menos, y de hecho estoy segura de que siempre ha querido follarme. Pero hay en su aspecto algo débil, blando, relamido, que sugiere un no sé qué repulsivo hasta la náusea. Los demás parecen los típicos sociatas simpaticones, y se comunican entre sí con voces de tenor y fuertes apretones a cuatro manos. Lo poco que distingo de la conversación, no me interesa en absoluto: que si las editoriales son una vergüenza, que si nadie les hace caso, que si qué listos somos y que qué bueno que viniste. Desde mi punto de vista, lo único que están haciendo es felicitarse por ser cojonudos y desahogar la frustración del no reconocimiento cagándose en los organismos que les ignoran. A lo mejor me equivoco, pero mira que lo dudo...
Xavier me ha mirado unas cuantas veces, no sé si porque estoy buena o porque le suena de algo mi cara. A mí, qué curioso, la suya me recuerda a la de Stephen King. Va vestido con un jersey negro de cuello alto y gesticula al hablar con movimientos armónicos de la punta de los dedos. Las piernas no se las veo desde aquí, pero apuesto mi pellejo a que lleva vaqueros. Arrastra un poco las sílabas al hablar, no sé si porque está borracho o porque él es así de afectado y punto. Y por lo demás, nada interesante que añadir. Si tuviera que explicar la razón de por qué me divierte tanto esto, no sabría qué decir. Supongo que [vaqueros negros, tenía razón] es el hecho de encontrarme de incógnito en un lugar lo que me calienta la sangre y me hace sonreír con descaro. Casi me entran ganas de levantarme de la silla, acercarme al selecto círculo, escupirme en la palma abierta de la mano y ofrecérsela a de Tusalle con la mejor de mis sonrisas:
- ¿Amigos?
Pero paso. ¿Ficción o realidad, qué más da? Si me he acercado hasta aquí ha sido para escribir este texto y no por otra cosa. Para eso y para refocilarme a costa de terceros, por supuesto: sin maldad pero sin pausa, sin pausa pero sin maldad.

Ayer por la noche y la noche anterior, los Tominokers llamaron a mi puerta


Estoy sola en la oficina hasta la una de la madrugada. Como el Chat no me está dando demasiado trabajo, y el poco que me da lo estoy haciendo a ratos y de mala manera, me ha dado tiempo a entretenerme con muchas otras cosas. Una de ellas ha sido pasar miedo. No es que me lo haya propuesto, pero con esta luz estroboscópica y este silencio sepulcral es complicado no comenzar a pensar en espectros y psychokillers al acecho. Como el ligero temor que ha comenzado hace una hora y pico se ha ido convirtiendo, por efecto del paso del tiempo y de una película de terror que acabo de ver, en una alteración emocional más que considerable, he decidido ponerme a escribir para ver si manteniéndome ocupada logro relajarme. La otra solución, que era llamar a Chechu, la he descartado por sentido común. Si le llamo a estas horas, con lo antipático y somnoliento que está últimamente, es capaz de mandarme al carajo. Aún así, es muy probable que le llame más tarde para que lea el texto presente (lo que indica que si no le llamo ahora es porque no quiero que me desconcentre, y no por consideración hacia él o por temor a las consecuencias).

La verdad es que ponerse a ver una película de terror en una oficina desierta, cuando además se está cagado de miedo previamente, no tiene demasiado sentido. La única razón honesta que puedo dar, es la de que me apetecía. Me apetecía y punto. En cuanto a la elección, no ha podido ser más desafortunada. La típica peliculilla de cacería en la que una joven, poseedora de un flamante encefalograma plano, se ve acosada y vejada por el gótico americano de turno a través de descampados, gasolineras y lavabos mugrosos, con breves secuencias carniceras en el interior de camiones cochambrosos con matrícula de Texas [por cierto, qué palabra más curiosa e hilarante: COCHAMBRE. CO- CHAM- BRE]. Si al menos hubiera satisfecho mis ansias de sangre, y la cantidad de vísceras, mutilaciones y desmembramientos hubiese copado en lo más mínimo mis juveniles y sanotas expectativas de gore, podría darme con un canto en los dientes y pasar sin más preámbulo a matar el rato naufragando por YouTube y Filmaffinity. Pero como me he quedado con ganas de terror, ahora no tengo más remedio que ponerme a escribir sobre el tema. La verdad es que no sé por qué me gusta tanto este género, teniendo en cuenta la cantidad ingente de bodrios pánicos que circulan por ahí. Podría decirse que se filma, como muchísimo, una buena película de terror cada cinco años, y que aún así, cada vez que me enfrento al visionado de alguna, mantengo siempre la esperanza de que esta vez sea la definitiva y me tope de repente con la joya del lustro. Con los títulos que tienen, y las imágenes promocionales que se gastan, lo extraño es que todavía conserve la fe. Recuerdo que hace un par de años, o quizá tres, centré mis esperanzas en las películas que jugaban con el prototipo del gótico americano: lugares desérticos del sur de Estados Unidos, en los que familias endogámicas de caníbales carniceros y tarados enfocan sus esfuerzos en la caza y consumo de seres humanos o, una ligera variante, en los que psicópatas infalibles y solitarios pasean en furgonetas amargándole la existencia a todo quisqui (especialmente si el quisqui en cuestión es un joven salido, de acampada o en viaje de estudios). Tras encontrar algunos bodrios relativamente buenos relacionados con este tema (Las colinas tienen ojos, Giro al infierno, alguna clásica de masacres, la secuencia que abre Jeeppers Creepers), perdí todo interés por el gótico tejano y me concentré en las películas de zombies y/o infectados. El problema de estas películas es que a veces, más que al miedo, a lo que incitan es a la risa. El zombie o infectado, si se piensa bien, tiene en sí mismo un aspecto bastante gracioso. En primer lugar, sus movimientos: o desquiciados y espasmódicos como los de un perro rabioso, o lentos e inconexos como los de un retrasado mental. La verdad es que más que miedo, lo que daban los zombies de La noche de los muertos vivientes era lástima. Yo creo que más que para defenderse de ellos, les disparaban a la cabeza para rematarlos y acabar con su agonía. Los de 28 días después ya son otra historia, claro, y quizá por eso sea la película de este tipo que más me ha gustado hasta la fecha. La segunda parte no es tan buena, pero cuenta en cambio con una secuencia inicial que es, no sólo mejor que cualquiera de la anterior, sino mejor que cualquier secuencia que se haya rodado dentro del género.

Mientras que el zombie es básicamente un no- muerto carente del glamour y de la inteligencia de un vampiro, el infectado es un ser humano contaminado por una variante hiperbólica del virus de la rabia. Unos y otros se caracterizan por perder todo rasgo humano, por transformarse en degeneraciones aberrantes de lo que somos, y ahí, intuyo, es donde radica el carácter aterrador de estos seres. Al fin y al cabo, convertirse en un vampiro no es tan malo. Y no tanto en un Nosferatu o en un Bela Lugosi como en una de esas reencarnaciones neo- románticas surgidas de la pluma de Anne Rice. ¿Que por qué? Porque la transformación no implica renunciar al intelecto y a la belleza, sino todo lo contrario: implica una potenciaciación preternátura de nuestras capacidades. El vampiro se alimenta de sangre, ¿pero qué más da? ¿Acaso no es la succión de la sangre un acto sexual y exquisito en grado sumo? La revisión del mito del vampiro por el cine y la literatura ha desposeído a esta criatura de su efecto turbador y acongojante, para convertirlo en un prototipo que no sólo no es preciso evitar sino al que incluso es desseable aproximarse. Yo misma me he pasado muchos años rogando a Dios (¡qué paradoja!) para que Lestat aterrizara en mi balcón y me propusiera ser la guitarrista de su banda. ¿Quién no querría firmar un contrato diabólico en el cual una de las cláusulas incluyera un plus de inmortalidad?

En fin, ya no sé ni de qué estoy hablando. Algún día me gustaría rodar una película de terror, eso sí. Respecto al tema, no tengo la menor idea de por cuál podría decantarme. Aunque he de reconocer que los infectados me tiran bastante, no me veo en absoluto haciendo una película de ese estilo. Imagino que El proyecto de la bruja de Blair se aproxima más a lo que sería mi película de terror ideal. La verdad es que fue una pena que no supieran desarrollar mejor una idea tan jodidamente buena. A pesar del esfuerzo de los actores y de un buen par de primeros planos repletos de mocos y lágrimas, la desesperación de los personajes no alcanza el cenit que era de esperar en una situación de calibre semejante. Vamos, que a mí me pasa algo así y me muero de un infarto a la de tres. Lo que me convence de esa peli es lo de la videocámara en primera persona, al estilo de los shot- em- up' s tipo Doom o Resident Evil. Eso y el tema de fondo: una situación extrema en la que es preciso huir de algo o alguien terrible. Respecto a la localización de dicha situación extrema, creo que yo me inclinaría por un contexto más claustrofóbico, quizá al estilo de El resplandor o de la primera parte de Saw, no lo sé a ciencia cierta. De cada película me gusta una cosa y la combinación no siempre resulta armónica, esa es la verdad. Lo de querer rodar en interiores creo que está relacionado con mi creencia cuasi- irracional de que los lugares cerrados son más peligrosos que los abiertos. Esta creencia choca frontalmente con el miedo atávico de Chechu al vacío, a la suspensión y al espacio. Supongo que su película de terror ideal podría tener que ver con algún tipo de catástrofe espacial o de situación onírica vertiginosa. Su miedo, es caer al vacío; el mío, ser desmembrada en el interior de un búnker o de una casa. No sé si existe algún tipo de rasgo psicológico responsable de esta diferenciación, pero supongo que sí. Quizá inseguridad e indefensión podrían ser nuestras razones profundas respectivas, pero así puestas la una junto a la otra se me antojan sinónimas y reveladoras de una misma raíz problemática.

En fin, mi turno llega a su fin y ahora no se me ocurre nada más que añadir. Quizá retome mañana, o más tarde.

lunes 26 de enero de 2009

cEnSoReD


Hace poco alguien me dijo que publicar las cosas que publico es, entre otras cosas, harto imprudente. Y la verdad es que si me paro a pensarlo, no me queda otra que reconocer que se trata de una observación en parte acertada. No quiero decir con esto que vaya a cambiar mi manera de hacer literatura, ni que por cautela me disponga a partir de ahora a emplear iniciales en lugar de nombres verídicos completos (sobre todo porque la alteración de los nombres, en relación a la minuciosidad de los detalles, no lograría despistar a un conocido). Si por ejemplo, alguna de las personas que nombro y vapuleo en mi último texto, se dignara entrar a curiosear, se llevaría como mínimo un buen susto. ¿Si me importa? Pssssst… pues ha habido momentos de mi vida en los que me habría importado más, la verdad, y quizá sea precisamente por eso que publico lo que publico. Me siento tan enajenada de mi entorno, que a ratos casi desseo ser sorprendida in fraganti por alguno de mis amigos para tener al menos algo que discutir. Dicho así, parecería que mis textos no son más que reclamos de atención o actos fallidos freudianos, pero no… la sensación que me recorre al escribirlos no es precisamente la de aquel que manifiesta una tendencia inconsciente a la confesión pública y no del todo voluntaria de los pecados.
Sin embargo, si algún día me diera por publicar todo esto y no quisiera que mi madre estuviese al tanto de ciertas facetas de mi vida, me vería obligada a transformar, camuflar e incluso recortar mis palabras, o a ocultarle a ella la existencia de dicha publicación. La primera opción, me parece una ofensa a mi libertad de expresión; la segunda, se me antoja un insulto a la inteligencia de mi madre. No obstante, también soy consciente del efecto que ciertas confesiones podrían producir sobre su estado emocional, y eso me preocupa.
Teniendo en cuenta que están al corriente de la existencia de mi blog casi todas las personas de las que hablo en mis textos, el hecho de que todavía me dirijan la palabra sugiere dos razones: o bien mi blog les interesa una mierda y no han entrado más que una vez hace ya varios meses, o bien su capacidad de comprensión supera todas y cada una de mis prejuiciosas expectativas de megalómana. Me inclino más por pensar que es la primera, y no la segunda, la razón de que hasta el día de hoy me haya venido librando de la lapidación, por parte de aquellos que me quieren o que fingen hacerlo al menos.
Pienso en mi producción poética hasta la fecha (porque considero que lo que hago es poesía) y no puedo evitar imaginar dos versiones de la misma: la censurada u oficial y la íntegra, que según el caso podría ser póstuma o subterránea a secas. Me cuesta imaginar qué clase de interés podría albergar la versión corrompida, exceptuando quizá el del análisis psicológico de los temores y vergüenzas que me afligen hasta el punto de hacer que mutile a mi primogénito.
Por otra parte, lo de la publicación póstuma no me hace ni pizca de gracia. Como todo joven perfectamente posmoderno y cool, soy lo suficientemente avariciosa y frívola como para que lo de triunfar en vida y disfrutar de las riquezas generadas continúe ejerciendo sobre mí poderoso e irresistible magnetismo.

sábado 24 de enero de 2009


Ayer estuvimos en casa de unos amigos que se acaban de ir a vivir juntos. A la fiesta acudió también nuestro amigo Alfredo, que vive en pareja desde hace cosa de un año, y nuestro amigo Carlos, que nos comunicó sus planes de boda para el próximo septiembre. No sé si es cosa mía, pero el hecho de que la mayor parte de nuestros amigos vivan con sus respectivas y de que incluso uno de ellos vaya a casarse en menos de un año, me hace sentirme mayor y un poco preocupada. Aunque es evidente que las cosas dejaron de ser lo que eran hace ya bastante tiempo, y que si no he caído antes en la cuenta ha sido por ceguera voluntaria y paliativa, he de confesar que no me hace ninguna gracia toparme de golpe con la versión adulta de aquellos muchachos que bebían kalimotxo tirados en parques, deseosos de dominar el mundo y sin saber ni por asomo lo que el futuro les deparaba. No voy a empezar a meterme con ellos, ni con sus novias, ni con sus estilos de vida. De lo que estoy hablando es de la experiencia subjetiva del cambio, sobre todo cuando el cambio viene de fuera y es experimentado por terceros. Lo que veo no me gusta, no me gusta en absoluto. ¿Cómo una persona de veintiséis años, que hasta hacía más bien poco soñaba con ser un músico famoso y revolucionar el mundo del arte, se compra una casa de protección oficial en el culo del mundo junto a una sosainas vulgar y sin conversación, que en toda la noche no se toma una sola copa y apenas hace otra cosa que asentir estúpidamente? Y nos hablan de embrollos vecinales, y se besan y sonríen cómplices cuando alguien les dice lo bonita que es la casa o lo guay que es el que se hayan independizado. Y entonces va Carlos, se levanta del sofá y afirma tener algo importante que anunciar. Se casa con Elena en septiembre. Ya lo sabíamos todos, esa es la verdad, pero supongo que en el fondo conservábamos la esperanza de que recapacitara y huyera de la vera de esa arpía acomplejada con la que vive, antes de que fuese demasiado tarde y ésta le hubiera cortado las pelotas. Pero no huyó, y ahí le tenemos, defendiendo la existencia de Dios y la candidatura de McCain. No conforme con castrarle para los restos, le ha convertido al catolicismo. Qué bonito. Igual de bonito que su empleo en Leroy Merlin, y que su impulso juvenil de ponerse de repente a estudiar a distancia Filología hispánica. Me pregunto cuántos hijos llegarán a tener. ¿Catorce? ¿Veinticinco? En fin… y yo que había dicho que no iba a meterme con ellos ni con sus motivos. ¡Bah! A la mierda los buenos propósitos. Todavía me queda Alfredo y ahora que he empezado no voy a parar. Alfredo… mi querido Alfredo. Nos saliste rana, muchacho, nos saliste pez. Has querido ser tantas cosas, has empezado tantísimos proyectos, has soñado con tan vertiginosas cumbres… ¿y todo para qué? Para acabar viviendo con una mujer que te tuvieron que presentar dos veces, porque aunque incluso te habías enrollado con ella en una ocasión, la indiferencia que te había causado era grande hasta el punto de hacerte olvidar su rostro. Para eso y para refugiarte en la ciencia ficción, el frikismo y el mundo de la cultura a falta de (ya que eres pez, y pez político además) un par de buenas agallas que permitan que seas tú mismo el que genere arte o el que inicie revoluciones. Háblame de cómics, háblame de los muñecos articulados que te compras, háblame de Chuck Palahniuk y de su literatura grotesca mientras me miras las tetas y oteas el móvil de reojo por si Paula llama. Cuéntame que has estado en Florencia y que has visto museos, cuéntame que has viajado a Berlín y que has ido a una exposición sobre el holocausto. Eso sí, no me cuentes nada de tu vida, de tu vida íntima y secreta, de esa que sólo tú conoces y que serías incapaz de admitir ante nadie que no fueras tú mismo, y ni por esas. No me hables de tu frustración, no me hables de tu complejo de héroe cobarde. De eso no, no vaya a ser que tu mundo perfecto y estéril se tambalee y se nos caiga sobre la crisma en una noche tan especial como ésta, en que de nuevo estamos todos reunidos.

jueves 22 de enero de 2009

TOC- TOC, ¿quién es?


Siempre he querido pertenecer a otra época anterior a esta a la que pertenezco, por pensar quizá que en la actual se dan condiciones en extremo desfavorecedoras para la creación y el disfrute de la vida. Aunque soy consciente de hasta qué punto es inocente este pensamiento, cada día me descubro desseando teleportarme a través de las décadas. Cuando tenía dieciséis ya me ocurría, y creo que puedo asegurar sin riesgo a equivocarme que desde entonces, y para mis adentros, me he venido considerando más una francesa decimonónica que la europea contemporánea que para bien o para mal soy en realidad.
Cuando era muy pequeña (unos tres o cuatro años), tendía a preocuparme por cosas francamente absurdas. En cierta ocasión a mi madre, que lucía una media melena, le dio por cortarse el pelo, y yo, no sé muy bien por qué, comencé a pensar que se había hecho drogadicta. Esta creencia me hacía sentirme inmensamente culpable, y como no me atrevía a consultarlo con ella para salir de dudas, lo que hacía para disminuir mi ansiedad era autocastigarme sin jugar en la guardería. Otro ejemplo de obsesión absurda, es la manía que me entró con comerme las hojas que se caían de los árboles, el papel higiénico y las joyas de oro. Recuerdo con nitidez haberme escapado corriendo al cuarto de baño, a escondidas de mi madre, para engullir el papel por metros y con ayuda de agua, y también el haber ingerido sin atragantarme la cadenita dorada de un monedero y la práctica totalidad de los pendientes que encontré por casa. La razón de tan extraños hábitos gastronómicos, la desconozco por completo. Si sé que más adelante, y en lo que no eran más que los albores de un flamante trastorno obsesivo- compulsivo de la personalidad que alcanzaría su cenit al yo cumplir catorce años, solía meterme en la boca cosas asquerosas con la finalidad de evitar males imaginarios mayores. Un ejemplo del tipo de razonamiento que realizaba es el siguiente: si me meto en la boca ese chicle masticado que he encontrado pegado bajo la mesa y lo mantengo dentro diez segundos, mi madre no morirá de cáncer. A cambio, luego me pasaba una semana obsesionada con el hecho de que a lo mejor era yo la que moría a causa del chicle. Para librarme de la ansiedad de mi propia muerte, le confesaba a mi madre que había masticado un chicle usado obviando la razón que me había impulsado a hacerlo. Sé que suena un poco rebuscado, pero así eran mis procesos mentales. Utilizaba rituales sin sentido lógico para quitarme la ansiedad que mis pensamientos recurrentes acerca de la muerte me ocasionaban, y lo hacía con tal discreción que hasta los catorce ni mi madre ni mis profesores fueron capaces de percibir problema alguno. A los catorce, y debido al acoso y derribo al que fui sometida por parte de mis compañeras de clase por el mero hecho de ser más lista y más guapa que ellas (las cosas como son), la cantidad de rituales que me veía obligada a realizar para aplacar mi ansiedad era tan ingente que sólo en acostarme tardaba una hora y media. Además, de manera progresiva e insidiosa, dichos rituales fueron creciendo en extravagancia y menguando en discreción. El que acabó con la última dosis de paciencia que le quedaba a mi madre (hasta la coronilla de ver a su hija tocando objetos en secuencias complicadas y pasándose tenedores por encima de la cabeza), fue uno consistente en agarrar con las manos mojadas, a la entrada y a la salida de la ducha, un grupo de cables sueltos que daba pequeñas descargas. Como al pie de los cables siempre aparecía un charco delator y mi madre, por decirlo de algún modo, había comenzado a intuir lo mucho que podía llegar a extralimitarme en el cumplimiento de mis manías, como ella las llamaba, tapó la eléctrica y peligrosa tentación con un azulejo y a continuación amenazó con llevarme a un psicólogo. Alarmada ante la idea y profundamente fastidiada por todo el tiempo que perdía en hacer el tonto (llegué a no poder leer porque me obligaba a hacerlo en voz alta y, cada vez que me equivocaba en una letra o me saltaba una línea, tenía que empezar desde el principio del libro), decidí moderarme un poco y buscar soluciones alternativas. Así surgió mi ley de las compensaciones, que enunciaré aun a riesgo de no ser comprendida en absoluto:
1º. Una mala acción se compensa con dos buenas acciones.
2º. Una buena acción se compensa con otra mala acción.
2º. Una acción neutral se compensa con dos buenas o con dos malas acciones, pero nunca con una de cada.
Así, cuando un ritual me resultaba demasiado largo o molesto, o las condiciones del entorno no eran las más adecuadas para llevarlo a cabo, apuntaba mentalmente la omisión y aplicaba las leyes de la compensación en otro momento que me fuera más propicio. Supongo que el mero hecho de transgredir, siquiera limitándome a una ley de mi invención, la aplicación rigurosa e inflexible de los rituales, influyó positivamente en mi estado mental. El caso es que entre los catorce y los veinticuatro, exceptuando ligeras recaídas ocasionadas por algún estresor determinado (enamoramiento, exámenes y similares), podría decirse que mis rituales han ido decreciendo en número y frecuencia hasta casi desaparecer, y que de hecho, si no desaparecieron antes fue porque en el fondo me sentía una privilegiada por padecerlos. Sobre todo a raíz del visionado de esa película magistral y divertidísima que es Mejor Imposible, comencé a sentirme verdaderamente orgullosa de mi trastorno. Y como el orgullo lleva a la exageración y la exageración conduce a la cronificación, el dichoso TOC permaneció junto a mí más tiempo del que por derecho le correspondía. Por lo demás, ahora que no lo padezco, he de confesar que por efecto secundario me he vuelto una persona más descuidada, perezosa y angustiada. ¿Que por qué angustiada? Porque aunque ya no realizo los rituales físicos, las obsesiones de muerte y mal augurio continúan cortocircuitando con mis pensamientos a diario, y con mayor frecuencia que la requerida para la configuración de un ser humano interesante. En fin... ¿qué más da?

A modo de título, me he decantado por un juego de palabras entre las siglas del trastorno obsesivo- compulsivo (TOC, para los amigos) y el sonido de la onomatopeya correspondiente. Al fin y al cabo, dudo que haya cosas más compulsivas que el efecto sonoro de unos nudillos sobre el tablero de madera de una puerta. ¡Sinestesia servida!

Y como postdata, hoy que me encuentro generosa y necesitada de atenciones, una parodia estadística sobre el TOC y su aplicación solidaria correspondiente que se me ocurrió hace un par de años en la facultad:

“La estadística nunca ha sido de fiar.
En una ocasión se me ocurrió una teoría que, si bien no llega a derrumbar las leyes porcentuales de la probabilidad, sí consigue al menos sublimarlas -o vulgarizarlas, según el nivel de misticismo de cada cual- en supersticiones aplicadas.
Estaba yo con mi falda de gitana y mi pulsera de cascabeles haciendo la fotosíntesis al sol de Somosaguas, cuando de repente vi pasar un avión escoltado por la habitual estela blanca y como de espuma de nube. Y pensé para mis adentros (todo hay que decirlo, henchidos en sí de gozo y vodka con naranja): ya sería mala pata que ese avión se estrellara, habiéndolo yo pensado antes y pudiendo haber dado una alerta premonitoria a la atención al cliente majara del aeropuerto de Barajas.
Como todo el mundo sabe, la probabilidad conjunta de dos hechos es siempre menor a la de uno solo. Es decir, que la probabilidad de que una mujer haya, además de nacido en los 60, militado en el movimiento y/o parálisis hippy, es mucho menor que la probabilidad de que haya nacido en los 60 a secas o que la de que a secas haya militado con los melenudos.
Según esta teoría, pensar de un avión concreto que se va a estrellar disminuye la probabilidad de que se estrelle al lastrar dicha probabilidad con el hecho anexo (oséase, conjunto) de haberlo pensado (suponiendo que un pensamiento no deje de ser un hecho, claro).
Esto, para los pobrecillos que padecen un TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo –del que yo ya tuve a bien librarme parcialmente a los 16 años), es una revolución de la ciencia: sus rituales tendrían un sentido muy concreto, porque según la ley de la probabilidad no serían arbitrarios. Imaginaos las campañas de concienciación del gobierno:

¿TE GUSTARÍA HABER EVITADO EL HUNDIMIENTO DEL TITANIC?
¡PUES HABERLO PENSADO, COÑO!
AHORA... TÚ TAMBIÉN PUEDES COLABORAR.
¡¡¡PIENSA EN NEGATIVO!!!

Así que seamos los sanadores de la matemática y dediquémonos a salvar aviones y a lo que se nos ocurra. O a no hacerlo, ¡y que vivan la sociopatía y las catástrofes controladoras de natalidad!”

miércoles 21 de enero de 2009

Intimidades brutas


Mi mente es en estos momentos una mezcolanza infame de paranoia, caos y compulsividad. Mi estabilidad se ha resquebrajado ante la amenaza de una partida y los temores a que ésta da lugar. Toda una vida intentando demostrar a los demás que soy una chica valiente, y cuando llega el momento de serlo realmente y sin necesidad de demostrar cosa alguna, me acobardo y me protejo tras la máscara de la ira y de la indignación. Y todo esto, sin lograr sentirme siquiera lo suficientemente indignada como para creerme lo que yo misma alego en mi defensa. Si al menos lograra ponerme de acuerdo con mis sentimientos y mostrarme en discrepancia real con la partida de Chechu, siendo el odio la única emoción que me embargara, podría quizá limitarme a no responder a sus llamadas y a llevar a cabo una venganza sexual. Pero como además de odio siento otras cosas de cariz diferente, no contestar al teléfono me resulta imposible porque constantemente estoy pendiente de si suena, y lo único que una venganza sexual podría aportarme sería el sentirme como una mierda ante él y ante mí misma.
Por otra parte, por mucha comprensión y tolerancia que logre encontrar en mi interior, sé que voy a ser incapaz de soportar la idea de que viva en Barcelona. Lo aceptaría de mala gana si viviera en cualquier otra ciudad, pero en esa en concreto me resulta intolerable. No puedo, no puedo y no puedo. No a ese lugar que eliminaría del mapa, no a ese reducto que tanto se me ha resistido a lo largo de los años. Sé que es catastrófico para mí, y sé que lo será para nuestra relación. Es como penetrar en el territorio de los brujos, en el único rincón del mundo en que la magia negra funciona en mi contra. Sé que es una cobardía, un infantilismo, un trastorno mental, ¿pero y qué? Toda mi vida he oscilado a lo loco entre diferentes enfermedades de la mente que han ido dejando su granito de arena en lo que se supone es la conformación de mi personalidad, y ahora quizá me toque cagarme de miedo ante la posibilidad de ser abandonada por otra persona, por otra ciudad. Y hay algo en mí que me dice que así será, y ese pensamiento me destroza más que cualquier otra cosa en este mundo. Me siento unida a ese hombre por lazos más fuertes que mi propia voluntad de mandarlo todo a la mierda y precipitarme de una vez al lago de cocodrilos que se me antoja la independencia. Me siento unida por lazos más fuertes que los que me atan a mi madre y al miedo obsesivo y debilitador a las enfermedades y a la muerte. No sé cómo afrontar el que un día ya no esté, y eso me hace sentir débil y expuesta ante mí misma. No sé como perdonarle el que su arte y sus ansias de libertad superen su desseo de permanecer junto a mí. Y me doy cuenta del núcleo egoísta, absorbente y convencional que oculta esta aseveración, me doy cuenta de que con mi actitud le estoy poniendo entre la espada y la pared (que por cierto es una de las cosas que no soporto que hagan conmigo). Pero mi terror, mis celos y mi hambre son más grandes, mucho más grandes que mi justicia. Trato de no chantajear emocionalmente, pero cuanto más intenso es mi esfuerzo más ganas me entran de amenazar con suicidarme o incluso de montar un paripé en el que finja que efectivamente me suicido. Pero con él no funcionan esos trucos y además yo me siento ridícula utilizándolos, así que sólo grito y me hago la inaccesible en un espectáculo paradójico de lágrimas y desgarros que tampoco sirven para conmoverle. Para fastidiarle, irritarle o incluso hacerle gracia sí, pero no para conmoverle. Me he dado cuenta de que me siento desamparada y vulnerable (lo cual es mucho más de lo que estoy dispuesta a reconocer) y me remuevo como una víbora fraguando para mis adentros vendetas que me siento incapaz de llevar a cabo en el estado emocional en que me encuentro.
Quizá debería limitarme a recordarme a mí misma que le quiero muy por encima de lo que haga, y que todo lo que vaya más allá de eso es puro orgullo y egocentrismo infantil. Pero en el fondo siempre he tenido una tendencia a subyugar a los hombres con los que he estado, quizá heredada y aprendida del odio y de la desconfianza que siente mi madre hacia el género masculino, y soy incapaz de tratar al hombre de mi vida como si no me debiera algo, como si fuera un igual. Eso es, me he dado cuenta de que soy incapaz de mantener una relación de igualdad. Lo que en mí parece fortaleza y desconsideración, lo único que oculta es un odio y un rencor inmenso hacia el género opuesto. De hecho, hoy me he asustado de mis propias emociones al leer un fragmento de Las Amistades Peligrosas, de Choderlos de Laclos, en el que la duquesa de Merteuil afirma lo siguiente: "sé que he nacido para dominar vuestro género y vengar el mío". En lugar de sentirme escandalizada y asqueada ante el feminismo evidente de la aseveración, se ha despertado en mi corazoncito una excitación perversa y como felina. Me he percibido excitada y reconfortada ante la lectura de la frase, y no ha sido hasta unos instantes después en que me repugnado a mí misma. Yo, que tanto he odiado el feminismo y que tantos sapos y culebras he arrojado en contra de las lesbianas militantes pro- mujer, pro- regla y pro- aborto, no tanto por estar en contra de ninguno de esos términos como por odiar la debilidad y el sentimiento de inferioridad con respecto al hombre que subyace a la declamación obsesiva de los mismos, me encuentro en mis fueros internos de golpe y porrazo con una emoción equivalente y aun más trastornada e imperdonable si cabe. Mi feminismo no es el de la lesbiana militante que por temor al hombre vuelca su desseo en la mujer, sino el de la femme fatale que por los mismos motivos se dedica a coleccionarlos y a competir con ellos en un intento desesperado por que la quieran sin condiciones y a pesar de la falta de comunicación evidente.
Darse cuenta de esto, por razones obvias, es harto descorazonador. Si bien había admirado en secreto el prototipo cinematográfico (blanco y negro) y literario (ruso y argentino) de hembra castigadora y poderosa, haber caído en la cuenta de la falta de autoestima subyacente a este rol me sume en una indefensión y un ridículo difícil de transcribir con elegancia. Creo que tengo problemas psicológicos reales, además de una serie de tendencias extravagantes que he integrado a fuerza de querer parecerme a algo contrario a lo que soy, o creo que soy. No voy a fustigarme por este motivo, pero el reinado de la diosa ha concluido y en su lugar no quedan más que rescoldos de los cuales (espero) aprender a aprender algo.
Tengo un estado mental similar al de la histérica millonaria adicta a los diazepanes y a su imagen sobre el espejo, y una voluntad pareja a la del enfermo terminal de cáncer ateo que ve aproximarse el final y no encuentra más que vacío al que aferrar su esperanza. Sé que soy voluble y que probablemente encuentre mañana alguna razón por la cual levantarme, pero acostumbrada a desarrollarme en el límite del corto plazo me resulta complicado no desesperarme. Sólo por haber escrito esto me encuentro mejor, menos estúpida, pero cuando el alcohol comience a hacer efecto y la oscuridad me abrume con su presencia quién sabe dónde quedará este ridículo y vencido consuelo.

miércoles 14 de enero de 2009

Bravuconadas


A los doce tenía un carácter bravucón, eso es indudable. Desacostumbrada como estaba a captar la atención del sexo opuesto explotando unas cualidades físicas que hasta hacía un año escaso habían sido, si no inexistentes, sí lo bastante atenuadas y poco llamativas como para que me viera obligada a buscar maneras más eficaces de proclamarme poderosa, lo que a esa edad hacía para enamorar a todos cuantos me rodeaban era aceptar cualquier tipo de desafío que se me propusiera. Si mi físico no hubiera acompañado dicha bravuconería, mis manifestaciones habrían sido tomadas por las de un chicazo en lugar de por las de una muchacha desseable, pero a esa edad ya era consciente de mi belleza emergente y me aprovechaba de ella todo cuanto podía. Quiero decir que las más de las veces la aceptación de los retos, cualesquiera que éstos fuesen, procedía más de una pose que de una auténtica necesidad de superación personal. Supongo que cualquier adulto mínimamente avezado podría haberse dado cuenta de cuáles eran mis verdaderas motivaciones, pero el entorno de niños y adolescentes en el cual desarrollaba mis incipientes jueguecitos de poder no estaba lo suficientemente maduro como para llegar a conclusiones susceptibles de restar mérito alguno a mi valentía. Cuando hablo de "retos" me refiero a un abanico amplio de situaciones cuya apariencia no tenía por qué corresponderse con lo que habitualmente se entiende por desafiante o retador. La mayor parte de las ocasiones era yo la que me extralimitaba con la intención de demostrarme a mí misma y al entorno no sé muy bien qué. Lo fuerte que era, quizá, o lo poco que en común tenía con la debilidad propia de mi género. Tenía por imperativo no llorar nunca en respuesta al dolor físico, y como a los doce y siendo bella pocas son las razones psicológicas que pueden llevarte a derramar una sola lágrima, puedo decir sin riesgo a equivocarme que pocas fueron las personas que me vieron llorar en el período de edad comprendido entre los doce y los dieciocho años. A los dieciocho se abrió el dique para ya nunca más volver a cerrarse, pero esa es otra historia y en otra ocasión debe ser contada.A los doce, y por pura cabezonería, fui capaz de levantar en vilo (al estilo princesita, con un brazo por debajo de la espalda y el otro bajo la curvatura de las rodillas) a personas que cuadruplicaban mi peso. También fui capaz de comerme una babosa de color negro y un caballito del diablo que había instalado su hipnótica tela en la esquina superior izquierda del garaje de Fernando. Fui capaz de esconderme, para que no me cazaran jugando al escondite y sin siquiera exhalar un simple ¡ay!, en un matojo de espinos que tapizó mi piel con un entramado sangrante de arañazos y punciones rojas del cual todavía conservo alguna cicatriz mínima. Sobreviví al desafío de ver quién era el que podía soportar más puñetazos en el estómago sin caer al suelo y sin pedir clemencia, y vencí. Y no porque no me dolieran o porque mi estómago fuera de hierro fundido, sino porque a los doce contaba con una fuerza de voluntad del todo irresponsable que ahora, con todos los miedos atávicos y aprendidos que me afligen, echo de menos hasta límites insospechados.

De todas las bravuconadas que perpetré en períodos estivales, recuerdo una con especial devoción. Aconteció a los doce y con motivo del cumpleaños del que se suponía era mi noviete de por aquel entonces: Iván. Aunque tenía la misma edad que Fernando, parecía cuatro años más pequeño. Yo le había correspondido no tanto porque me gustara como porque era el primer chico que se había interesado por mí hasta el punto de demostrarlo y, por tanto, había conseguido hacerme sentir inmensamente halagada. Su cumpleaños, como el de tantas otras personas que habrían de jugar un papel relevante en mi vida, caía en agosto (parece que el signo de Leo está abocado a atraerme sin remedio que valga). Entre los invitados a la fiesta se encontraban Fernando y Olalla, que en aquella ocasión contaban dieciséis y nueve años respectivamente. Por aquel entonces, mi relación con Fernando había empezado a proliferar. Ateniéndome a sus palabras (porque yo no lo recuerdo), parece ser que comenzó a enamorarse de mí cierta mañana lluviosa en que penetré sin permiso en su garaje y, con una falta de prejuicios del todo desprovista de vergüenza y artificiosidad, le relaté en un pis- pas mis teorías acerca de las que se suponía eran las tribus urbanas del momento: pijos, góticos, punkies, rappers, hippies, skaters, heavies y modernos. Cuando llegamos a casa de Iván, su madre había preparado una fiesta esmerada: mesas repletas de gominolas y refrigerios en el salón, juegos de mesa repartidos por todo el apartamento, una piscina hinchable apostada en la azotea que habría hecho mis delicias de haberme llevado el bañador. Pero como no me lo llevé y los bikinis de la madre de Iván me caían excesivamente holgados, decidí quedarme con Fernando sentada en la terraza. Y ahí es donde entra en juego la bravuconada de la que he hablado antes. Sobre la mesa de vidrio se alzaban, retadoras, dos botellas verde esmeralda de Sprite. Y yo, que nunca he tolerado bien el aburrimiento y que además, desde muy pequeña, he manifestado un gusto insano por la lima- limón, no tardé en proferir lo siguiente:
- ¿Cuánto te apuestas a que soy capaz de beberme de seguido varios vasos de eso?
Y Fernando, que (supongo) no tenía por objeto más que impresionarme, me respondió lo siguiente:
- Ni de coña te bebes más vasos que yo, guapita de cara.
- ¡Ja! ¡Que te lo crees tú!
En apenas unos minutos, me ventilé de golpe y sin respirar dos litros y pico de Sprite. Fernando renunció uno o dos vasos antes que yo, que con los ojos anegados en lágrimas y con una tiritona de campeonato, aún pude encontrar las fuerzas necesarias para proclamar a los cuatro vientos mi victoria:
- ¡Has perdido, pelirrojo!
- Bueno, guapita de cara, creo que lo podríamos dejar en tablas.
- ¡Sí, hombre! Pues sigue bebiendo, entonces.
- En fin... tú ganas. Creo que me bebo un vaso más y vomito.
El resto del cumpleaños me lo pasé haciendo acopio de sudaderas con la intención de calmar un poco los temblores que tan ingente cantidad de líquidos había provocado en mi frágil cuerpecito.
La vuelta al Géminis la hicimos en el coche de la madre de Iván. Como el coche en cuestión era demasiado pequeño para el número de niños que habíamos sido invitados, tuve que acomodar mis inquietas posaderas sobre el regazo de Fernando mientras Iván, sentado a nuestra derecha, nos lanzaba miradas de fastidio y desconfianza. De tanto como había bebido no podía más que moverme de un lado a otro y botar sobre las piernas de Fernando en un intento por apaciguar las ganas insoportables de hacer pis que me atormentaban. Recuerdo las manos de Fernando aferrándome sutilmente por las caderas y el nacimiento de un ardor desconocido en lo más profundo de mi vientre. De mi interés por Iván, apenas quedaba una leve reminiscencia cuando su madre aparcó junto al Géminis y nos lanzamos como fieras hacia nuestros hogares respectivos para cenar cuanto antes y salir a la noche.

Tras echar una carrera de lado a lado del campito para ver quién sería el desafortunado al que le tocaría buscar en primer lugar, recuerdo que corrí a ocultarme tras unos arbustos, a una distancia prudencial del árbol que hacía las veces de "casa" y cuyo tronco debíamos tocar para salvarnos y librarnos de ser los buscadores en la siguiente ronda. Agazapada en el suelo y escudriñando a través del ramaje, comprobé con no poco fastidio que Iván había descubierto mi escondite y se aproximaba dispuesto a compartirlo. Cuando llegó adonde yo estaba, se arrodilló junto a mí y me preguntó a media voz:
- ¿Quieres que te enseñe a jugar al Tropicayo?
- Mmmmm... ¡vale!
- ¿Y qué versión prefieres que te enseñe, la literal o la figurada?
- Pues creo que la figurada.
- Es que esa no me la sé.
- Pues entonces la literal. No sé ni para qué preguntas.
- ¿Estás segura?
- Sí, creo que sí.
Y entonces, lanzándose hacia mis labios como una serpiente de cascabel, me soltó un pico con tanta fuerza que perdí el equilibrio y aterricé de culo sobre la yerba húmeda. A continuación se levantó y, sin añadir cosa alguna, salió corriendo hacia el edificio. Creo que no volvimos a dirigirnos la palabra en todo el verano.

Esa misma noche, después de que los demás se hubieron marchado a casa, Fernando y yo nos quedamos hablando un rato en el portal.
- Dime una cosa, guapita de cara, ¿a ti te gusta Iván?
- Sí, creo que sí.
- Pues si te gusta, hazme caso: no le besses.
- ¿Y qué sentido tiene eso?
- Tú hazme caso. No le besses.
- ¿Crees que si le doy un besso perderá el interés por mí?
- Tú no le besses, hazme el favor.
Lo que Fernando quizá no sepa es que fue a él al que estuve a punto de bessar esa noche, en aquel portal en penumbra y, no digo que no, quizá exaltada por el brevísimo contacto pseudosexual que había experimentado entre arbustos pocas horas antes, con esa mezcla indistinguible de complacencia y disgusto motivada a partes iguales por la curiosidad y el sentimiento de culpa.

jueves 18 de diciembre de 2008

Transmetropolitan


Hoy, la genia encantacanes del parque ha alzado por encima de su cabeza a un perrillo de tamaño mediano, y ha comenzado a bessarlo y a zarandearlo deshecha en carcajadas mientras el perro, cual si fuera un bebé, la correspondía con un sonido en extremo parecido al de la risa humana. El motivo de que la escena me haya hecho tanta gracia, no habiendo podido evitar partirme el culo sin demasiada discreción, es que en torno a la extravagante mujercilla permanecían en corro los dueños de los perros del parque, dudando entre mirarla atónitos y entre seguir, haciendo como que nada pasaba, con sus conversaciones banales de treintañeros. La verdad es que gracias a que ciertos individuos, entre los que se cuenta la mujercilla del parque, no sepan ni por asomo lo que es la vergüenza, puedo disfrutar gratis y sin necesidad de ir al cine de auténticas secuencias de comedia.
Esta tarde he estado a punto de golpear a mi jefa. ¡Qué agobio de mujer, por Dios! Y no porque sea muy pesada, o porque se dedique en exclusividad a putearme, sino porque no soporto lo en serio que se toma su trabajo. ¿Cómo alguien puede tomarse en serio nada que tenga que ver con el funcionamiento de un chat sobre Gran Hermano? ¡Gran Hermano, por Dios! Yo, como moderadora del chat, estoy desseando que llegue un terremoto y se lleve por delante a todos los habitantes de la casa; pero mi jefa no, qué va. Sus 80 kilos de peso se estremecen de fastidio y terror cada vez que la jodida franja desaparece. ¡Apúntame la hora a la que se ha ido! ¡Apúntame la hora a la que ha vuelto! ¡Coño, pero si las putas franjas son como el Guadiana, y más con la pandilla de técnicos incompetentes o desmotivados de las que dependen! Pero en la oficina andan todos como locos... ¡y que si venga a llamar a los técnicos! ¡Y que si venga a mover el chat! ¡Y que si cuidado con lo que publicamos! Porque esa es otra, claro: el nivel de censura que debemos aplicar a los sms que recibimos es el de un franquismo moderado. La moderación, en este caso, se refiere a una serie de correctismos políticos que muy poco tienen que ver con la libertad de expresión, a saber: la homosexualidad es guay además de gay, maltrato es una palabra muy seria y España no es racista. Todo esto lo impone una cadena que decide introducir en la casa, como concursantes y en honor a Tod Browning, a una enana, a una negra, y a un chaval que dice que no es gay pero que tiene más pluma que mi edredón nórdico. ¡Hay que joderse! A la enana, que no es más mala y más puta porque no es más alta, hay que llamarla "Peke" o "Chiky", pero en ningún caso "enana", "Chuky", "Gollum", "hobbit" [ ojo con llamar hobbit a Almudena aunque a los guionistas del programa se les ocurra vestirla de Santiaguera, con una capa que arrastra un metro tras su espalda y un cayado que la dobla en altura], "mediometro", "mini- yo" o "Willow". ¡Cuidado con las descalificaciones, chicos! En caso de recibir un mensaje ambiguo, como puede ser "el veneno viene en frasco pequeño", el moderador debe tirar de sentido común y decidir si el contenido del mismo es o no publicable bajo las premisas de Telecinco. En el caso de ese mensaje, mi sentido común me susurró al oído lo siguiente: el perfume más caro cumple esa misma condición, así que ¡publica! En el de otros, mi sentido común me aconsejó no publicar y yo confié en su criterio: "Para follarse a la puta enana habría que agarrarla como si fuera un botijo". Un caso especial es aquel en que mi sentido común me aconseja no publicar y yo ignoro sus palabras: "Almudena [la enana] parece una Venus paleolítica" y "Vaya peazo jambas [pies] tiene Almudena. Le pegas un tiro y hay que empujarla pa’ que caiga". Y es que, qué le vamos a hacer, hasta en los ambientes más casposos y chonis se encuentran personas creativas y de talento ante las cuales al moderador no le queda otra que hacer la vista gorda.
En cualquier caso, lo único para lo que me ha servido alistarme en las filas de esta empresa es para contagiarme de un odio malsano hacia Telecinco. Cada vez que pienso en esta cadena acude a mi mente el nombre de Spider Jerusalem (para los que no hayan leído Transmetropolitan, sólo decir que se trata de un periodista inteligente y cabrón que se propone hundir a un senador y -esto es spoiler- lo consigue). Creo que hundir Telecinco podría proporcionarme una dosis en absoluto despreciable de felicidad pasajera y narcisista, esa es la verdad. Puedo entender la hijoputez, e incluso tolerarla, al nivel individual de un buscavidas, de un cazarrecompensas y aun de un kamikaze, pero jamás al nivel corporativo de una empresa de mierda. Y no por una cuestión de moralidad, sino de buen gusto. Hasta para vivir, casi en exclusiva, de humillar y extorsionar al ser humano, hay que seguir ciertas directrices estéticas. Y lo cierto, y sin exagerar un solo cabello, es que Telecinco se las salta todas. Para empezar, no permite crítica alguna por parte de los usuarios hacia sus programas o la organización de los mismos. Las palabras aburrido, tongo y montaje son tabú en el chat de GH; informar sobre el precio de los sms está rigurosamente vetado, los mensajes eliminados se cobran igualmente. Y no es que piense que los usuarios de este tipo de chats, o de chats en general, no se merecen que les hagan esto y mucho más, qué va, al contrario: el que todo este colectivo fuera borrado de la faz de la Tierra no haría más que bajar unas micras la media flagrante de la estupidez humana. Mi indignación, como ya he dicho, nada tiene que ver con aspectos morales o filantrópicos, y por mí podían irse todos a la mierda junto con la cadena que tantas emociones les proporciona a diario y a través de múltiples plataformas. Lo que veo como un problema es la mera existencia de Telecinco en el mismo planeta en el que vivo, y no otra cosa, y como además me ha tocado trabajar para ellos como empleada de una subcontrata de cretinismo similar, además de la indignación de base se ha gestado en mí una inquina categórica hacia todo lo que representa la cadena. Con esta explicación pretendo aclarar, por si quedaba alguna duda, mi completo descompromiso para con la causa del ser humano de a pie (que ni pertenece a mi misma especie, ni suscita en mí la más ligera de las empatías).
Esto es lo primero que puedo escribir desde hace más o menos dos semanas. Trabajar me reseca el cerebro y me convierte en un despojo disléxico sin talento alguno para la artesanía literaria. Aquel que dijo que el ser humano es un animal trabajador, debía de estar borracho en el momento de la aseveración. Trabajar, y sobre todo trabajar con buen talante, es una habilidad exclusiva de la plebe. El arte surge de la ociosidad y de la profilaxis con respecto a lo mundano- pragmático. Lo mundano- pragmático obstaculiza el disfrute de lo mundano- estético, que además de inútil por completo es por completo sublime y meritorio. Hacer de lo mundano- estético una razón de ser, o un leit- motiv, debería considerarse ritual iniciático obligatorio para todo ser humano que aspire al arte como forma emblemática de enamorarse de sí mismo, y aun de sus semejantes. La capacidad de compaginar alegremente y sin conflicto alguno arte y trabajo debería ser penada con la guillotina. El individuo emprendedor debería ser guillotinado sin derecho a juicio justo ni demás mariconadas por el estilo. Nadie puede ser emprendedor sin renunciar, por lo bajines, a la indomabilidad inherente a cualquier naturaleza genuina que se precie. Nadie puede denominarse indomable si no decepciona, en uno u otro instante, las esperanzas puestas en él de sus semejantes por consanguinidad. La familia es la principal fuente de conflictos emocionales de cualquiera. Lo que a la familia le parece bien al artista le parece catastrófico (lo cual, mal que nos pese a todos, es un universal). Quien ama a Dios o a sus padres por sobre todas las cosas no se merece, ni de lejos, la denominación de "artista". Quien desprecia a sus padres sin culpabilidad alguna no es un artista, sino un psicópata. El psicópata se diferencia del artista en el nivel de culpabilidad con respecto a la causa que le atañe.

Y tras esta serie de aforismos made in Nietzsche me despido, contenta, hasta la próxima. Que os jodan y que me jodan, hijos de la gran puta: sé que me entendéis.

viernes 21 de noviembre de 2008

Got milk?

La trilogía femenina del Géminis la componíamos Olalla, Ruth y yo. Olalla era la gordita, Ruth la cuatro ojos y yo la que ligaba. A Olalla, que era enamoradiza cual polilla encaprichada de la luz, los niños le hacían la vida imposible. Además de llamarla gorda, vaca, ballena y mole, habían inventado un juego consistente en retorcerle las tetillas por encima de la camiseta hasta que ésta, muerta de dolor y de humillación, accedía a enumerar cinco marcas de leche conocidas: Asturiana, Celta, Clesa, Pascual y Puleva. Si se le olvidaba alguna, o las recitaba en un orden diferente al alfabético, se ensañaban con sus incipientes retoños hasta hacerla llorar. Ruth y yo rara vez intercedíamos a su favor y, cuando lo hacíamos, era más por vergüenza que por auténtica indignación. Como niños que éramos cualquier manifestación de la sexualidad constituía en sí misma, por cruel que fuera, un motivo de chanza, y el hecho de que Olalla se revelase como la más indefensa y menos chivata de las tres fue una suerte para nuestras pupilas sedientas de morbosidad y erotismo manifiesto.
Olalla estaba loca por mi primo David, que con sus catorce años recién cumplidos, su tabla de surf y sus camisetas Quicksilver era el prototipo de guaperas al que todas aspiraban para sus adentros. Mi primo no sólo participaba de las crueldades que todos, excepto Fernando, practicaban sobre Olalla con asiduidad, sino que además hacía gala de un ensañamiento y una insistencia inhabituales en un muchacho de su edad. Si los demás ponían como condición para soltarla el que ésta recitara en perfecto orden alfabético la lista de marras, mi primo exigía que además lo hiciera con una determinada entonación. No le bastaba con que pronunciara las marcas quejicosa y entre sollozos: pretendía que las gritara. Y si no lo hacía no se conformaba con retorcerle la carne tierna hasta el chillido, sino que mantenía la presión sobre sus pechos inexistentes hasta que ésta, deshecha en lágrimas, le suplicaba por la virgen que parase de hacer lo que estaba haciendo. Los hematomas que Olalla lucía siempre en sendas tetitas, y que en bañador resaltaban más de lo que la prudencia aconsejaba, fueron un día descubiertos por su padre. Ante el feroz interrogatorio al que éste la sometió, Olalla acabó confesando la procedencia de los moratones y el nombre del responsable. De nada sirvieron las advertencias que la buena de Olalla le hizo a mi primo, disculpándose mil veces por haberle delatado. Al día siguiente, su padre permaneció al acecho en el portal hasta que volvimos de la playa y, sin mediar palabra, estampó a mi primo contra la pared agarrándole del cuello y dejándole suspendido con una sola mano un metro por encima del suelo.
- Como vuelvas a tocar a mi hija te mato, niñato de mierda.
Nunca se me olvidará la cara de Olalla, pidiendo con la mirada el perdón que su boca no osaba pronunciar por temor a las posibles represalias, y subiendo tras su padre las escaleras sin dejar ni por un instante de mirar a David. En la garganta de mi primo, a modo de tatuaje redentivo, quedó marcada durante unos días la silueta cárdena de cinco dedos en jarras que se unían por la parte de la nuca en una especie de broche vengativo y letal. Años después, y añadiendo a esta historia una nueva e interesante dimensión, me enteré por boca de la propia Olalla de que mi primo y ella, todas y cada una de las noches en que permanecimos embebidos en ese juego trepidante y pervertido que era el escondite, se entregaban entre arbustos y amparados por la oscuridad a ese otro juego misterioso y no del todo diferente que había de constituir la materia prima vivencial de nuestros veranos en Valdoviño. Teniendo en cuenta que Olalla tenía nueve años y mi primo catorce el primer estío en que coincidimos todos en conjunción astral e irrepetible, no puedo sino preguntarme qué tendrían esos parajes, además de penumbra, para hacer que el comportamiento romántico que mostramos los que resultamos ser los niños más interesantes de la promoción se manifestara del modo en que lo hizo. Reproduzco a continuación la declaración con que me obsequió una Olalla borracha y mil veces más bella que en la época a la que hace referencia, cierta noche de confesiones y osadías a la luz de la luna que en su debido momento relataré:
- ¿Te acuerdas de lo de las marcas de leche?
- ¡Jajajajaja! ¡Cómo no recordarlo! No te dejaban vivir...
- Eras una cabrona, tía. Nunca hacías nada para impedirlo, pero luego, cuando estábamos a solas, me decías que no me dejara humillar así.
- Bueno, es lo que pensaba... Y además, también yo era una niña.
- Sí. Una niña tres a os mayor que yo.
- Y tres años más pervertida, pues.
- ¡Jajajajaja! Pues... ¿sabes qué?
- ¿Qué, amor?
- Que me estuve enrollando con David desde los nueve a los trece años todas y cada una de las noches.
- ¿¡¡¡¡Quéééééé!!!!?
- Lo que oyes, ¡jajajajajaja!
- Explícame eso.
- Pues que aunque tu primo, delante de los demás, se avergonzaba de mí y se entretenía jodiéndome, cuando jugábamos al escondite me buscaba y se comportaba de manera muuuuy diferente.
- ¡Jajajajaja! ¡Pero qué me dices, vida!
- Lo que oyes. Incluso cuando tenía novia, ya a los diecisiete.
- Vaya tela... Si en el fondo ya sabía yo que no debía interceder entre los dos, ¡jajajajaja!
- Ja. Ja. Qué graciosa.
- Pues, ¿sabes qué? Que me alegro. Me gustaría decir que me lo había imaginado, pero no sería cierto. ¡Jamás pasó por mi cabeza perversión semejante! Pensaba que Fernando y yo nos llevábamos la palma...
- ¡Jajajajaja! Bueno, lo vuestro también se las trae.
- Sí, nena, pero tú tenías nueve años. ¡Nueve! Bueno... algo hay que reconocerle a David: supo ver en la niña repollo que eras a la zorra oculta en tu interior.
- Sí, eso hay que reconocérselo. Otra cosa no.
- Pues no. ¡Avergonzarse de ti! ¿Quieres que le mate?
- ¡Jajajajaja! No, no hace falta. Supongo que es comprensible...
- Comprensible e imperdonable, nena.

La culminación de todo esto aconteció cierto día en que Fernando, Olalla y yo nos encontrábamos en el garaje haciendo de las nuestras (jugando a la consola, peleándonos por qué música poner y puteándonos hasta decir basta). Olalla y yo teníamos por costumbre torturar a Fernando, una por cada lado, comiéndole las orejas hasta volverle loco. Y Fernando, harto de nuestros abusos y de nuestra manía incansable por ponerle a prueba, trató de vengarse invocando la estela de un fantasma pasado al que él, en concreto, jamás había sucumbido. Me lanzó contra el suelo y, retorciéndome las tetas, me dijo:
- Di cinco marcas de leche.
Y yo, que hasta el momento sólo me había acostado con cinco hombres diferentes, respondí:
- Carlos, Keko, Pablo, Andrés y ¡Fernando! ¡Por estricto orden de aparición!
Y él, soltando la presa sobre mi pecho y cayendo sobre mí disuelto en carcajadas, me piropeó:
- ¡Pero qué hija de puta!
Y yo:
- Ya ves, nene... alumna aventajada, como quien dice.

Siempre me ha llamado la atención una cosa: la facilidad que tengo para recrear diálogos. No es que me los invente por completo, pero como cualquier ser humano con dos dedos de frente y cierta tendencia a la fabulación literaria que se precie, es imposible que recuerde con tan precisa exactitud el contenido de conversaciones mantenidas tantos y tantos años atrás. En Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, la infantil protagonista recrimina a su hermana la carencia de interés de la que pecan las novelas que ésta le obliga a leer: "¿cómo puede resultar interesante un libro sin dibujos ni diálogos?". Más que no interesantes, a decir verdad, lo que resultan ser las creaciones literarias carentes de conversaciones es poco ágiles y, por tanto, escasamente adictivas. ¿Cómo engancharse a un libro cuyo único atractivo reside en la visión particular del mundo que su autor pretende vender, en completa ausencia interactiva con otros seres humanos? Véase Pessoa o Nietzsche, dos grandes que aun siéndolo en grado sumo e indiscutible, son a mi entender incapaces de granjearse adeptos sin pretensiones. Cuando se lee a Nietzsche o a Pessoa es complicado evadirse de la carga cultural que cohabita asociada a sus Nombres. Nietzsche es el anticristo, la chulería, el intelecto, el autor que todos presumen de leer pero que muy pocos han leído en realidad ; Pessoa, el filósofo fracasado que a falta de carisma se conforma con una lucidez privilegiada que provoca, en todo aquel que osa aventurarse en su pensamiento, el impulso de abandonarle a cada línea que avanza. Ambos son interesantes, superiores, excelsos... ¿pero qué más? ¿Dónde está la chispa que impulsa a cavar, a profundizar en lo que se dice? ¿Dónde reside la intríngulis inexplicable que hace de una sucesión casi arbitraria de palabras el motor e impulso de una vida que respira paralelamente y en parte ajena a lo manifestado? Para ser requerido hay que explotar la vulgaridad de la intriga, hacer del morbo una filosofía, abrazar la propia humanidad con una falta de ambages del todo rayana en el desinterés. No se puede ser puramente un filósofo, ni pretender despertar pasiones por el simple hecho de ser lúcido y consciente de lo que ocurre. Se debe empatizar con la vulgaridad de lo humano, hacer de la experiencia un prototipo desseable, comprender la propia evolución desde un punto de vista subjetivo y suficientemente sencillo. Ni imparcial, ni extremo, ni en esencia adaptable. Para muestra un botón, que diría mi amigo Alfredo: Dostoievsky. Carece de literatura, carece de voluptuosidad, pero su pensamiento se asemeja a una flor que crece hacia arriba y sin que importe la luminosidad circundante que la respalda. Nabokov: tus formas son envidiables, trascienden lo excelso, pero tu contenido... tu contenido es frívolo y lo sabes. Nada ocurre de la manera en que tú dices que ocurre, los seres humanos que describes jamás podrían sufrir evoluciones semejantes a las que planteas y las situaciones que acuarelas son tan volátiles, tan ficticias, que ni toda la psicología del mundo podría explicar las acciones que en último término parecen ser las que mueven a tus personajes. Quizá te tenga envidia a un nivel formal, y esté además influenciada por el criterio implacable y en ocasiones errado con que juzga mi amor a cada escritor que pasa por sus crispadas manos. Pero una cosa tienes que reconocerme: Ada y Van no pertenecen a este mundo y, por tanto, sus personalidades respectivas carecen de interés desde un punto de vista psicológico. Lolita ya es otra historia, claro, pero como la escribiste por encargo y a partir de un manuscrito que te entregaron, o que encontraste (esto no sé si es verdad o me lo he imaginado, pero entre fantasmas no vamos andar pisándonos la sábana, ¿no?), me veo en la obligación de recriminarte no sé muy bien qué. ¡Arggggggl! Creo que era Hemingway el que escribía de pie con la idea de cansarse pronto y no decir demasiadas tonterías, y quizá debiera yo, tras haber releído el último párrafo del texto presente, plantearme hacer algo semejante. ¡Vaya sarta de gilipolleces! Hale, hasta otra. Que os jodan a todos, escritores vivos y muertos. Si existe un más allá, lo menos que podríais hacer es dignaros a apareceros a personas que, como yo, toleran mal el aburrimiento cotidiano y la estupidez generalizada entre sus semejantes. ¿Qué coño hacéis en el paraíso, o en el infierno? ¿A qué cojones dedicáis vuestra no- existencia? ¿Continuáis escribiendo, o la palabra no tiene ya ningún valor en el lugar en que os encontráis, quiero pensar que a regañadientes, disfrutando de la vida eterna? ¿De qué manera puede un mortal desesperado contactar con cualquiera de vosotros? ¿Ayudaría una ouija, una médium, un voto de silencio? ¿Qué ha sido de ti, Miller? ¿Todavía sueltas sapos por la boca, o las plegarias y el ohm te mantienen demasiado entretenido como para preocuparte de embellecer exabruptos y vomitonas existenciales? ¿Y tú, Anaïs? ¿Continúas siendo tan puta en el cielo como en la tierra, o el tránsito acongojado al más allá ha hecho de ti una señorita apta para el casamiento? ¿Qué tal están Justine y María Magdalena? ¿Os celáis las unas de las otras, o en el Paraíso sólo es posible la solidaridad femenina? ¿Qué tal folla Cristo? ¿Te hace ver las estrellas? ¿Echas de menos la posibilidad de la seducción? ¿La felicidad plena te ha transformado en una escritora de folletines? ¿Es por eso por lo que no te me apareces, porque te da vergüenza lo que de ti pudiera pensar?

¡Durrell, sosainas, bello anciano! ¡Y pensar que de una persona como tú muy bien podría yo haberme enamorado! ¿Se parece el cielo a Alejandría, o a Grecia? ¿Huele a incienso, o a aceite de oliva? ¿Sostienes trifulcas con Henry a favor de una u otra posibilidad? ¿Por qué no me haces una señal? Házmela, por favor, me apetece conocerte de verdad. Perdona por lo de bello anciano, pero es que de puro contemplativo llegas a dar asco a veces. ¿En serio llegaste a perder la virginidad? No, ¿verdad? Si ya lo sabía yo... ¡pues mejor, mejor! Resérvame el honor, si consigues resistir hasta que la palme la tentación que sin duda supondrán Anaïs y esa protagonista tuya tan pendón e irresistible que te sigue a mala sombra a todas partes. Nunca he desvirgado a un indio y, entre tú y Kipling, la elección está más que clara (no me gustan ni los calvos, ni los bigotes de colono). Y es que eso de que el escritor pudiera encontrarse en el cielo con sus propios personajes sería un puntazo de órdago, una revelación de escándalo, un premio divino. ¿Qué tal llevaría Raskolnikov la convivencia con matusalenes de la talla de Walt Whitman? Y el acomplejado de Lovecraft, ¿sacaría algo en limpio de cohabitar cara a cara con los Profundos? ¿Un mayor asco a la humanidad, quizá? ¿Una terapia antifóbica basada en la exposición al estímulo problemático?

Stephen King: sé que no estás muerto, pero tarde o temprano lo estarás y no quiero ni imaginarme lo que resultará de un tête à tête con Carrie. Se las hiciste pasar putas, a la chavala... Yo, en su lugar, te arrancaría los huevos.

¿Y qué tipo de relación, me pregunto, podría establecerse entre Whitman y Lorca, teniendo en cuenta que el segundo dedicó al primero un poema titulado "bello anciano" (perdóname, Durrell, por la pulla de antes)? Posible diálogo:
Whitman: tú, maricón, ¿a quién le llamas viejo?
Lorca: ¿me estás hablando a mí?
Whitman: sí, a ti, atontado.
Lorca: pero Walt, yo... te admiro.
Whitman: ¿y si te dijera que tú a mí me provocas diarreas espontáneas, que tu presencia es suficiente para indisponerme hasta el cólico, que tu pelo rizado me recuerda al que me crece alrededor de la polla y que además de todo esto, y por si fuera poco, odio a los jodidos gitanos?
Lorca: me destrozarías el corazón, Walt.
Whitman: ¡bah! ¡Jodido marica! ¡Es imposible mantener una relación de igualdad contigo.

Rimbaud: como ya renunciaste a la literatura, no sé qué desmejora con respecto a tu mortalidad habrán supuesto la muerte y los paraísos a que ésta da lugar. Ya no tendrás que traficar con esclavos ni herniarte transportando el dinero ganado a su costa, pero por otra parte, el reencuentro con ese Verlaine cadavérico y vapuleado por la vida que ya en su día escogió la fe en sustitución de tu maravilloso cuerpo de infante sodomizado sin dolor, podría ponerte de un humor de perros. Así que, ¿qué coño haces ahí, tan tranquilo, sin aparecerte? ¿Dónde han quedado tu ensueño y tu algarabía, tu celebración orgiástica y casi permanente de la existencia humana adolescente? No sé si me apetece conocerte, pues temo no estar a tu altura o que tú no lo estés a la mía. ¿Cómo confiar en ti, golfo, cómo confiar en ti? Tan pronto clavas tenedores como te rasgas las vestiduras en pos del más entregado de los enamoramientos. No hay quien te pronostique y eso, mucho me temo, hace de una cita contigo un plan estresante y retador en demasía. No es que tema, ni mucho menos, un extremismo excesivo por tu parte, pues a radicalismos y ya puestos a alardear no me gana ni mi santa y putísima madre, sino que me da a mí que tú y yo en persona y sin literatura de por medio íbamos a llevarnos como el perro y el gato. ¡Y encima homosexual! Aunque no serías el primero que cambia de orientación sexual al encontrarse conmigo creo que tu caso, y parafraseando al jodido Aquilino Polaino, es de los graves. Y si no, ya me explicarás cómo un efebo revoltoso y perfecto como tú pudo liarse con un calvorota barrigudo de la talla de Verlaine. Si al menos éste te superase literariamente, podría atribuir tu desliz a una profunda admiración intelectual, pero en ese sentido ni el mismísimo Jesucristo con toda su retórica de sermón transcrita por el negro apostólico de turno llegaría siquiera a situarse a la altura de tu ombligo. Pero bueno, olvidaba que eres un niño y que, como niño enamorado, quizá no hiciste más que corresponder a la atención prestada por el pobre infeliz (y entre tú y yo: eso de que Paul escribiera odas a la belleza femenina te sacaba de tus casillas).

¿Y tú, Pizarnik, feúcha incomprendida? ¿Haces migas con Dickinson y Austen, o ni siquiera este par de feministas reprimidas ha conseguido sacarte del estupor y del confort masoquista de la tristeza crónica y recidivante que ya en vida te afligía? ¿Cuántas veces te has revuelto en tu tumba al oírnos a Chechu y a mí despotricar contra tu persona? ¿Te sientes decepcionada ante el hecho de no haber sido enterrada en una encrucijada, como los demás flojos de tu calaña que a falta de habilidades poéticas optaron por el suicidio prematuro como forma de promocionarse hasta el infinito y más allá? Tú mejor no te me aparezcas, porque de puro rabiosa y frustrada lo harías bajo la forma de un espíritu maligno que habría que exorcizar por la fuerza. Bastantes vueltas me da ya la cabeza, como para que una posesión por tu parte venga a otorgarme el don de hacerlo hasta los trescientos sesenta grados. Que te jodan a ti y a tu argentinismo trasnochado, zorra amargada. Si en alguna ocasión se te ocurriera hacernos algo a mí o a mi niño, ten por seguro que soy capaz de cortarme las venas, ya que los barbitúricos me parecen cobardes como método de autoeliminación, para encontrarme contigo en el limbo y sacarte las tripas a mordiscos de desprecio. Sólo una cosa más (que espero, en base a la labilidad de tu carácter, te mantenga llorando dos semanas seguidas como mínimo): Alejandra, en España, es nombre de pija.

Tolstoi: al pensar en ti siempre me pregunto cómo es posible que en un cuerpo tan pequeño quepan, a la vez, taaaaaaanta estupidez y taaaaaaanto talento. ¿Cómo fuiste capaz de escribir Ana Karenina desde el punto de vista de los grises? ¡Jajajajaja! Puto aldeano reaccionario y costumbrista: no te mereces la comprensión del ser humano que a despecho de tu ideología barata demuestras, y con creces, poseer, ni te mereces llamarte León ni haber nacido en la Russia de mis amores. Te merecerías, en cambio, un cadalso justiciero o un obispado en cualquier capital de provincia. Ahora te diré algo que quizá perturbe la paz de esa vida eterna que, a fuerza de erigirte en sublime meapilas, sin duda habrás conquistado para ti y para los de tu rango: la regenta de Leopoldo le da mil vueltas a esa frígida protagonista tuya de nombre anodino y capicúa cuyas andanzas, para ser justos y sinceros, he de reconocer me conmovieron hasta la extenuación hace un par de años hábiles escasos.

Y voy a dejar ya este tema, porque con la broma me estoy poniendo de mala hostia y todo.

sábado 8 de noviembre de 2008

Lluvia de (¿)ideas(?)

La primera vez que coincidí con Olalla fue en el portal del edificio Géminis. Era Semana Santa, y yo había ido a Valdoviño con mi madre para dar el visto bueno al apartamento que habría de convertirse en mi guarida estival a lo largo de los dos años siguientes, y hasta que las hostilidades manifiestas entre mi madre y su cuñada se hicieran insostenibles hasta el punto de obligarnos a renunciar a la convivencia para alquilar cada verano una casa diferente. Mi madre y yo estábamos a punto de cruzar la puerta hacia el aparcamiento, cuando de repente aparecieron en el umbral una niña rellenita y un hombre adulto y algo barrigudo que arrastraba de una correa un enorme gato siamés. Yo, que de haber sido más amante de los animales habría llegado a trascender el umbral de la zoofilia, volví sobre mis pasos como una fiera para avalanzarme sobre aquel bellísimo felino que me miraba con desconfianza desde el pie de las escaleras.
- ¡Mami! ¡Mira qué gato más precioso! ¡Es moníííísimo!
Olalla, que por aquel entonces contaba nueve años e iba vestida como una auténtica niña repollo, se adelantó hacia mí y me advirtió con encantador acento gallego:
- Es una gata. Y ten cuidado, porque a veces es un poco arisca con los desconocidos.
Yo, que ni siquiera me había molestado en saludar a los dos seres humanos que acompañaban a tan majestuoso espécimen de mascota, alcé la mirada y me encontré de sopetón con el rostro risueño de Olalla (¡Mi tierna, mi salvaje, mi incomparable Olalla!). Dientes delanteros separados, labio superior curvado hacia arriba por el centro en lo que me sugirió de inmediato la mueca irresistible y conmovedora de un patito recién nacido y necesitado de atenciones; cabello oscuro, rizado y larguísimo; pechos de niña en despunte troquelando el lino blanco de una camisa bordada a mano por su madre, ojos chispeantes de ninfa pizpireta y colmada de secretos que parecían dar la bienvenida a golpe de parpadeos coquetos e intermitentes.
- Hola -acerté a decir.
- ¡Hola!, ¿eres nueva en el edificio?
- Bueno... ahora sólo he venido para verlo. Pero en julio volveré para quedarme todo el verano.
- ¡Ah! Pues entonces ya irás conociendo al resto. Somos un montón de niños por aquí.
- ¿Cómo se llama?
- Olalla.
- No, me refería a la gata. Es preciosa.
- ¡Ah! Se llama Lusy.
- ¿Lusy?
- Sí
- Y si la toco, ¿me morderá?
- Eso el perro de Fernando, que mira lo que me hizo.
Y agachándose junto a mí y señalando con su meñique el espacio acanalado que conecta el labio superior con el entrecejo aterciopelado y como de lobato de los orificios nasales, me mostró una pequeña cicatriz curvada hacia la derecha que parecía contar ya con algunos años de antigüedad.
- ¿¡Y eso!?
- Pues un día, que me acerqué a Risky cuando estaba comiendo para acariciarle, y el muy bruto me mordió la boca hasta hacerme sangre. Me dieron tres puntos, ¿sabes?
- ¡Jo! ¿Y tu gata es igual?
- Bueno, mi gata araña. Pero no siempre.
- Entonces me arriesgaré, creo. Es súper bonita. Yo siempre he querido tener un gato siamés, como los de la Dama y el Vagabundo.
- Sí. A mí me gustaba la canción que cantaban, aunque la verdad es que eran bastante cabrones, ¿sabes?
- ¡¡¡Olalla!!! ¡¡Esa boca!!
- Lo siento, papá.
E irguiéndose de golpe y con vitalidad extrema, se avalanzó sobre su padre como una pantera para cubrirle la cara, el cuello y el pecho de ruidosos bessos de niña pequeña.
- Perdona, papá, ya sabes que soy una mal hablada. ¿Quieres pegarme unos cachetes?
- ¡Anda, anda, Olalliña! ¡Baja, baja! ¡¡Baja, mujer!!
Su padre la posó suavemente sobre el suelo y, con el reverso de la mano derecha, se limpió de la mejilla las babas que Olalla había dejado en ofrenda por su deslenguamiento incorregible. Una vez en el suelo, y esbozando una sonrisa efervescente, volvió en tres saltos junto a mí:
- Eres muy guapa, ¿sabes?
- ¡Ah, gracias!
- Todavía no conoces a Ruth, ¿no?
- Pues no... es que he llegado esta misma mañana.
- ¡Ah! Pues ella tiene otra gata siamesa que se llama Diana, ¿sabes? El año pasado se tiró desde el cuarto piso y cayó sobre el paraguas abierto de una señora. ¡Jajajajaja!
- ¿Y Diana también araña?
- ¡Qué va! A Diana como si la arañas tú...ella como si nada. Es la gata más tranquila que he conocido nunca. Yo creo que es medio tonta.
- ¡Jajajajaja!
A todo esto, su padre y mi madre acababan de poner término a la conversación que se traían entre manos y nos llamaban desde extremos diferentes del portal instándonos a finiquitar nuestra atípica toma de contacto.
- ¡Olalla, vamos! ¡Y coge a Lusy, por Dios, que no tengo ganas de ir a buscarla de nuevo al patio de luces!
- Bueno -se despidió Olalla-, ya nos veremos luego por el campito. Ahora me voy a comer.
- ¡Vale!
Y ya desde lejos, ella subiendo las escaleras y yo a punto de atravesar la puerta acristalada que daba a la calle, una última pregunta:
- ¡Oye, chica! ¿Cómo te llamas?
- Iria.
- ¡Yo soy Olalla! ¡Encantada!
- ¡Encantada!

El perro de Fernando se llamaba Risky y no moriría hasta tres veranos después. Todos los perros que había tenido y que había de tener Fernando a lo largo de los años habían sido rescatados de la calle y estaban, por tanto, traumatizados por a saber qué misteriosas y displacenteras experiencias con seres humanos de su pasado que les hacían comportarse como bestias pardas con cualquier criatura de mi especie que no fuera Fernando, o alguno de los que vivían con él y le alimentaban. Cuando digo como bestias pardas, no estoy tratando de hiperbolizar en modo alguno el comportamiento de los animales. Es que así, y de ninguna otra manera, era como se comportaban. La primera vez que pisé el campito del Géminis, unas dos horas después de mi encuentro con Olalla en el portal, no tuve en cuenta que por las tardes Risky permanecía amarrado a la señal de propiedad privada del jardín, disfrutando sobre el césped del sol vespertino y ladrando a los gorriones incautos que osaban pasear palmito en un diámetro al alcance de su cadena intencionadamente corta. La fila tupida de hortensias que corría a lo largo del jardín impedía, a una niña de mi altura, distinguir desde los garajes lo que ocurría al otro lado. Sin molestarme en caminar hasta la abertura practicada en la vegetación que hacía las veces de entrada, de un salto y protegiéndome el rostro con los antebrazos atravesé la maleza y aterricé sobre el césped. Lo primero que vi al abrir los ojos fue el rostro desencajado de un perro del color y el tamaño de un zorro que, a menos de un metro de donde yo estaba y ladrando como un energúmeno, había conseguido romper a tirones la cadena de hierro que lo sujetaba a la señal y se dirigía hacía mí a no poca velocidad. Así que inauguré el campito, como no podía ser de otra manera, corriendo como una posesa para salvar mis carnes juveniles de la furia incontenible de Risky, que colmado de energía e indignación para con el mundo se dedicó a perseguirme alrededor del edificio hasta que, bendito el instante en que a mi cabeza acudió la idea, me dio por trepar a una terraza baja cual vaquera adolescente saltando el cercado de madera que la separa de los pura sangre (agarrada a la barandilla temblorosa con una sola mano e impulsando por encima y de lado el resto del cuerpo). Ése era el mismo Risky que la había tomado algunos años antes con el labio de Olalla y que, a lo largo de los tres veranos siguientes y gracias a una concesión de Fernando consistente en permitirme obsequiarlo de vez en cuando con una lata de Friskies Gourmet, apenas alcanzaría conmigo la confianza suficiente como para dejar que le acariciara la cabeza con precaución extrema y siempre en presencia de su pelirrojo dueño. A Traso, sucesor de Risky bautizado así en homenaje al criado chismoso de La Celestina, lo que le sacaba de sus casillas era contemplar cómo Fernando y yo nos magreábamos. Se volvía loco de remate y corría en círculos ladrando como si alguien le hubiera pisado una pata con una bota de montaña o con un tacón de aguja. Sé que a los niños puede perturbarles la visión grotesca y malinterpretable de una escena original protagonizada por sus padres en la intimidad del dormitorio, pero lo de ese perro era de un freudianismo excesivo. Una mañana Fernando y yo entramos en el garaje muertos de desseo, después de habernos contenido en el ascensor para no escandalizar a una vecina que tuvo la ocurrencia de coincidir con nosotros en el descenso desde el cuarto piso. Parando apenas para cerrar el garaje hasta la mitad, me puso contra la pared, me bajó los vaqueros y las bragas y se arrodilló entre mis piernas para hundir el rostro y la lengua entre mis nalgas quemadas por el sol. No sé si fue lo extraño de la posición, o el sobresalto arrítmico y sospechoso de los gemidos que yo ahogaba mordiéndome la muñeca, pero Traso enloqueció como nunca antes lo había hecho y sin reflexionar sobre la posible inconveniencia de perpetrar semejante osadía se lanzó a la carga contra Fernando, que sin dejar ni por un instante de hacer lo que estaba haciendo y demostrando una compasión del todo acorde con sus instintos lo estrelló de un manotazo contra el suelo.

Transcribo un fragmento del libro de Leonard Cohen El juego favorito: El parque alimentaba a todos los que dormían en las casas vecinas. Era el corazón verde. Proporcionaba paseos sinuosos a las niñeras y criadas para que pudieran imaginarse la belleza. Proporcionaba bancos medio ocultos para besuquearse, y vistas de fábricas, a los magnates de la industria, para que pudieran imaginarse el poder. Proporcionaba cuadros de sendas escocesas, por donde paseaban parejas de enamorados, a los agentes comerciales jubilados, para que pudieran imaginarse la poesía. Allí transcurrían los mejores momentos de la vida de todo el mundo. Nadie va a un parque con propósitos sórdidos, excepto algún maníaco sexual quizás, y ¿quién puede afirmar que no está pensando en las rosas eternas cuando se abre la gabardina delante de la Beatriz que salta a la comba?

A mi teclado le falla la letra "b". No se marca si no la pulso con fuerza, así que ahora me veo en la obligación de releer mis textos para añadir esa letra además de la eñe, que a mi programa de Word no sé muy bien por qué le ha dado por pasar por alto. Esto me remite a la novela de Misery, en la que al pobre escritor secuestrado por la jonina Annie Wilkes se le iban saltando teclas de la máquina de escribir y debía rellenar a mano los huecos dejados en las páginas para que ésta no siguiera amputándole miembros. Empezaba con una letra y acababa con medio alfabeto. Hostia puta, eso es fanatismo y lo demás tonterías. ¡Annie Wilkes, sí señor! ¡O me escribes la novela que quiero, o te mando al infierno manco y a la pata coja! Jajajajaja. Lo mismo podía haberse hecho con sir Arthur Conan Doyle cuando le dio por cargarse a Sherlock Holmes. ¡A quién se le ocurre!

Un pasatiempo al que tengo por costumbre entregarme a lo largo de mis paseos por la ciudad, es al de esquivar personas a ritmo de música diversa. Resulta que me encanta pasear, y que además me gusta hacerlo a velocidades de vértigo. Casi corriendo, pero sin llegar a alcanzar jamás el trote humillado del footing. Teniendo en cuenta que en Madrid, durante el día, las calles burbujean de gente en actividad cargada con bolsas y a la carrera, y que caminar sin chocarse supone todo un reto para los reflejos y la agilidad de cada uno, mis paseos resultan poco menos que danzas frenéticas en pos de la armonía perfecta con el entorno. No es lo mismo esquivar personas mientras se escucha The Great Pretender, de los Platters, con ese deje de superioridad que supone confesarse un fingidor ante el resto de la humanidad mientras se sostienen las miradas de los que se cruzan con una insistencia ligeramente más férrea de lo habitual, que hacerlo acompañado por la voz desgarrada de ese Tom Waits que gime más que canta al Jabberwoocky de Lewis Carroll, y que lo tiñe todo de un no sé qué misterioso, negro y como de terciopelo. Por cada choque frontal que tengo con un peatón, me resto un punto entero. Por cada roce leve que surge de un cálculo equivocado de mi distancia con respecto a la de otra persona, medio punto. Por cada contacto inesperado ajeno a mi voluntad y a mis predicciones (como cuando de repente se abre la puerta de un coche aparcado y el motorista que justo pasaba se la lleva por delante), un cuarto de punto. He esquivado personas bajo la estela ambiental de múltiples canciones, dejándome llevar por la distancia entre las notas, por lo violento de la resonancia, por el contraste entre el relieve característico de la voz y la atmósfera de fondo sobre la cual resalta, por los ritmos y sobresaltos de la percusión, por el contenido chulesco y embebido de la letra, por la ensoñación particular sugerida por la melodía, por la evocación fantástica de situaciones en las que una cierta canción habría ido que ni pintada... y lo extraño es que la gente parece responder, en clave de danza, apartándose de mi camino y facilitándome la marcha. Eso cuando voy de buen talante, claro, y cuando el humor atmosférico acompaña, porque esquivar personas abrigadas y con paraguas puede convertirse, según la gravedad del frío y de la lluvia, en un auténtico coñazo que nada tiene que ver con el pasatiempo juvenil que supone hacer eso mismo un día de sol. ¿Cómo decía ese papel que tengo pegado con blue tac en el lateral de una estantería de mi cuarto? ¡Ah, sí! Los paraguas sólo sirven para perderse. Para eso, y para enganchar a personas por el cuello. ¡Jajajajaja! Me encantaba hacerle eso a mi amiga Sara en los pasos de cebra. Cada vez que iba a cruzar, me situaba a su espalda con el paraguas cerrado y aferrado por la punta, y con el cuello de cisne del mango la enganchaba por la tráquea y la atraía hacia mí. Ella se tambaleaba hacia atrás, cual si hubiera resbalado en una piel de plátano, y comenzaba a proferir maldiciones que yo entrecortaba a placer torsionando el mango sobre su garganta. Pero bueno, mi amiga Sara se olvidó de mí al madurar y convertirse en una mujer trabajadora, y lo que en estos momentos me apetecería es escupirle o echarle un Avada Kedavra (muerte súbita, para aquellos que no hayan tenido la suerte de graduarse cum laude en Hogwarts e ignoren el efecto fulminante de tan hermética fórmula - fórmula que por cierto suena de lujo pronunciada con acento de mafioso polaco).

Y la verdad es que a estas alturas ya no sé ni sobre qué estoy escribiendo. Sé que quería hablar de Olalla, y de lo intenso de nuestra relación: de la mía con ella, de la de ella con Fernando, y de la que se estableció entre los tres. Pero me he perdido en desvaríos varios y creo que mi deber como escritora es dejar esa historia para otro día en que me sienta menos propensa a la dispersión. Algo en común, en cambio, si que tienen Sara y Olalla: ambas han madurado y me aburren. Por cierto, Sara, aunque no creo que pases mucho por mi blog espero que leas esto y llores: te estás convirtiendo en algo incompatible con lo que yo soy y nuestra amistad peligra. No debido al enfado ni al resentimiento por que no me llames, sino porque comienzo a dudar de que realmente tengamos algo que ofrecernos. ¿Cómo puedes tener como lema en el messenger "Chica Yoigo. Je, je, je"? El que hayas hipotecado tu ocio por trabajar para una empresa de mierda y no te quede tiempo para salir y disfrutar de la vida, no significa que tengas que sentirte orgullosa de ello. No ironices sobre un tema tan serio, querida: te estás vendiendo y, por tanto, eres un ser humano menos interesante. Ni siquiera yo ironizaría con eso (¿o quizá ya lo estoy haciendo?). En fin, nena... que a mi la gente sobria, cuerda y responsable me empalaga. Puedo tolerar, e incluso considerar desseable, que seas una fracasada (¡qué palabra más capitalista, por Dios!), pero una sosa, aburrida, acomplejada y puntual criatura, ni por todo el oro del mundo. Te prefería cuando llegabas dos horas tarde a las citas, y me suplicabas borracha perdida que por favor te acompañara a la calle Gran Vía. De hecho, el mejor momento de una monjil y recatada chica llamada Patricia que conocimos Chechu y yo hace tiempo fue cuando por primera vez se emborrachó en Ribadesella y me vomitó encima. Así es como más guapas estáis las mujeres: descontroladas y en apogeo de intensidad. Luego dices que engordas, muchacha. Con ese novio tuyo, obsesionado con la pesca hasta el hartazgo, con esa relación tan rarita y chantajista que se trae tu padre contigo, con esa madre ajada e insoportable que se pasea por la casa con cara de misa y las manos cruzadas sobre el regazo... ¡casi me entran ganas de ir a rescatarte! Y encima, si te llamo y te pregunto me dirás que todo va perfecto, que con Luís mejor que nunca y que a tus padres les mantienes a raya con lo del trabajo. Pues eso, monada, no es perfecto sino catastrófico. Perfecto sería que Luís te hubiera dejado, ya que no tienes tú el valor de abandonarle a él y a su aburrimiento milenario (ni una puta película aguanta sin dormirse, que ya hay que joderse). Perfecto sería que tus padres, o al menos tu madre, hubieran fallecido repentinamente en un accidente de tráfico. Pero que Luís se muestre comprensivo contigo, que tus padres no te hagan la vida imposible y que hayas encontrado trabajo no es perfecto, sino una auténtica cagada. Al menos, cuando las cosas te iban mal mostrabas un alma de poeta que ahora no te encuentro por ninguna parte. Es como si hubieras renunciado a la belleza para dedicarte de lleno al trámite y a la burocracia, no en un sentido exclusivamente laboral, y lo que yo soy contaminara de dudas esa voluntad de prosperar que parece haberte poseído de un año para aquí. ¿Por qué te mueves en pos de la mediocridad? Si ya has renunciado, al menos deja que sea la mediocridad la que se mueva hacia a ti. Quédate parada, como hasta ahora, pasando las tardes encerrada a oscuras en un coche aparcado, y deja lo de buscar trabajo para aquellos que todavía tenemos vicios que mantener. Si vas a encerrarte en casa, o a recluirte en ese pueblucho perdido de Guadalajara que, como siempre te digo, te está embruteciendo la sensibilidad, en lugar de ahorrar podrías pasarme tu sueldo para que me lo fundiera en copas y libros a la salud de las dos.

Me despido, hasta que se me ocurra algo más que añadir.

miércoles 29 de octubre de 2008

Todos los perros van al cielo

Y por fin, después de una semana de carestía económica, vuelvo a tener en mi poder el presupuesto suficiente como para dedicarme al registro de pensamientos desde bares sin que el temor a que no me llegue el dinero por desconocer el precio de la copa característico del lugar me impulse a escapar calle arriba colmada de furia y con la frustración de un infante, dispuesta a pagar mi desidia con la primera persona que se me cruce en el camino de vuelta a casa. Me estoy tomando un vodka tónica y una ración de pistachos más que considerable. ¿Almendras o pistachos?, me ha preguntado el viejo a cargo del antro en que me encuentro (que además de pertenecerme por derecho a fuerza de frecuentarlo un día sí, y otro también, es un recinto de cuatro paredes al que no sé muy bien por qué asocio la inspiración con que me codeo últimamente). Me da igual, le he respondido. Igual no te puede dar, porque el sabor es bien distinto. Vale, de acuerdo, pues pistachos. ¡Ah! Si ya sabía yo que lo mismo no te daba. Pues no, la verdad. Pero ya se sabe, la cortesía estúpida que impulsa a los seres humanos a comportarse como si le debieran algo a alguien, y que en casos extremos llega a patologizarse en síndromes de Estocolmo y enfermedades varias relacionadas con la dependencia y con la sorpresa ante la amabilidad inesperada del que ha de secuestrarte, o de cobrarte, según el caso.

El otro día, antes de quedar con nadie, me escapé al parque que hay al lado de mi casa. El parque en cuestión es un espacio relativamente pequeño de arena y cemento en el que niños y perros alternan su entretenimiento con una armonía que, ahora lo sé, sólo es posible entre seres inconscientes de su propia consciencia. Entre seres desvergonzados, quiero decir; entre seres que hacen lo que les place y a los que una reprimenda no les supone más que adoptar una apariencia compungida de cabeza gacha y ojos de cordero. Aunque lo que habitualmente recibo cuando, impulsada por mi devoción animista hacia los animales, acudo a ese parque a intentar trabar conocimiento táctil con los ejemplares caninos que más atractivos me resultan, es una indiferencia soberana y aun insultante hacia mi persona, lo de la otra tarde constituyó la excepción que hace interesante a toda regla que se precie de no serlo en absoluto. Nada más poner un pie en el camino central de baldosa que araña el parque de norte a sur, una algarabía de perros de lo más variado se dignó recibirme con un estruendo eufórico de ladridos, lametazos, amagos de salto y aproximaciones a mi cara que, he de reconocerlo, me imbuyó de un orgullo difícil de transcribir en palabras. Un bull- dog blanco y precioso me encharcó de babas los bajos bordados de mi falda negra semi- larga, un cachorro torpón y desmadejado de pastor alemán (de esos que avanzan a zancadas desproporcionadas y parecen tener bajo las patas muelles en lugar de almohadillas) me ofrendó el tesoro de un palo nudoso apretado entre sus fauces que, al tratar de apresar entre mis manos, retiró juguetón en un tira y afloja de lo más infantil y asilvestrado; un perrillo miniatura rebelde que ignoraba soberano y a sabiendas los reclamos histéricos y humillados del ser humano de su propiedad que lo perseguía indignado y escandalizado ante su desobediencia, se empeñó en escoltarme a lo largo del paseo y en treparme al regazo cada vez que me daba por aposentarme sobre la madera mugrosa de alguno de los bancos desperdigados a izquierda y derecha del camino central. Yo sólo podía contemplarlos y sonreír para mis adentros, pues en media hora había quedado con Chechu y sentía que el recibimiento del que me había hecho objeto tan pintoresca conjunción de felices criaturas constituía toda una ofrenda en materia anecdótica para mi amor. Cuando permanecemos en ese parque sentados el uno junto al otro y yo intento, sin que ninguna de sus advertencias en contra consiga hacerme desistir, llamar la atención de alguno de los animales que me agradan con silbidos, chistadas y un sonido característico inspirado en la película ¡Un, dos, tres, splash! que aprendí a ejecutar hace años a fuerza de masacrarme la garganta con inspiraciones de aire hacia dentro, él me reprende severo e impulsado por una timidez encantadora con respecto a los dueños de los animales:

- ¡Iria, sabes que me encantan los perros, pero no sus dueños!

Y la verdad es que tiene razón. Los amos de los canes son encarnaciones de la más soberana estupidez. ¡Ven aquí, Laika! ¡Tyson, no toques eso! ¡Lúa! ¡Gato! (todos nombres reales, lo juro). Si tuvieran hijos, que no los tienen, se comportarían con ellos de la misma manera en que lo hacen con sus mascotas. ¡Con el gusto que causa contemplarlos correr alocados y sin preocupación alguna por entre los arbustos y las piernas de las personas! ¿Por qué llamarlos tanto, por qué educarlos hasta la extenuación? Que se muerdan, que forniquen, que echen carreras, que den coba a los extraños... ¿a quién deberían importarle semejentes manifestaciones de la libertad? En ocasiones pienso que las personas que se comportan así con sus perros lo único que están haciendo es ejercer con criaturas inferiores la autoridad que no pueden imponer a sus semejantes. Eso me hace plantearme hasta qué punto estamos capacitados para educar a un recién nacido, ya sea humano o animal, y en qué grado esa incapacidad nuestra podría o no podría ser beneficiosa para él.

En el parque, en cambio, hay una mujer que nos tiene enamorados. Es la dueña de un chuchillo feúcho y sin pedigrí cuyo nombre, pronunciado cantarinamente por su ama, no llegamos a descifrar pero sabemos que incluye al menos una a y una o (en ese orden). La mujer es una vecina del barrio de toda la vida, medio retrasada y gallega de nacimiento, que siempre me pregunta por mi abuela a gritos de acera a acera de la calle:

- ¿¡¡¡¡¡Y qué tal mi paiiiisaaaana!!!!!?

Es una mujer bigotuda de unos cuarenta años con el pelo corto y canoso, vestida con mandil de campesina y zapatos de esparto, que se comunica a voces por el vecindario sin pudor ni consciencia alguna de las burlas que suscita. Su madre, una obesa de más de ciento cincuenta kilos, la explota desde que era adolescente con la excusa de una inmovilidad que sólo es tal porque así lo ha querido ella desde que supo a su hija cualificada para la tarea de esclava. Todas las tardes, a la misma hora, acude al parque con su perrillo para sentarse en un banco y dedicarse, con esa entrega de la que sólo los niños y los locos de remate son capaces, a llamar la atención de todos y cada uno de los canes que interceptan su visión. Y lo curioso es que lo consigue, la muy genia. Todo perro, ya sea pequeño o grande, hostil o amigable, pasota o entregado, se presta al juego interminable de pasar una y otra vez por el túnel de sus piernas abiertas y sin depilar, mientras ella ríe a carcajadas y los va rebautizando con una falta de criterio que quizá sea azarosa sólo en apariencia. ¡Pepa! ¡Lola! ¡Manolito! El caso es que es a ella, y no a sus amos, a quien los perros hacen caso. Aunque ni siquiera conozco su nombre, si algún día muriera me gustaría ir a su entierro (y con eso creo que lo digo todo).

Cambiando de tema, la semana pasada se me ocurrió que si llegara el Apocalipsis y Dios bajara de las alturas para confesarme, ante toda una multitud expectante, que debido a todas mis malas acciones y desconsideraciones para con la humanidad mi destino es el infierno, yo le contestaría lo siguiente:

- Si he de bajar al infierno, quiero hacerlo en tobogán. A poder ser con loopings y con Dazed and Confused atronando los subterráneos. Y si no no hay trato, colega. Así que aquí dejo un enlace, para los posibles ignorantes que no sepan de qué canción hablo, que espero les ayude a imaginar el modo en que este tema debe de sonar entre llamas y ya sin esperanza alguna de redención.

Chechu: te quiero.

lunes 20 de octubre de 2008

Cuestión de estilo

Estoy sola en Madrid y me siento eufórica, esa es la verdad. Cuando pienso en el número de veces que por hastío, cobardía o falta de ideas a secas, he renunciado a esta soledad fructífera y plena que tanto bien le hace a mi cabecita lastrada de rutinas, me entra una mala hostia conmigo misma que si el ángulo me fuera más propicio y no hubiera tanta gente mirando me abofetearía hasta dejarme marca en la mejilla.

Pero me siento bien, y lo de abofetearme hasta la extenuación no pasa de ser un recurso literario más con que dotar de efectismo al contenido misterioso y en ciernes de este ejercicio de calentamiento previo a cualquier cosa.

Releyéndome a saltos y trompicones por contextos bloguísticos, foráneos y novelescos me he dado cuenta de que ya soy poseedora de un estilo literario determinado. Después de tanto mitificar la utopía del estilo, y de romperme la cabeza intentando averiguar si lo que mis textos tenían en común consistía en algo más profundo que un deje similar de trazado y redacción formales, he llegado a la conclusión de que eso es precisamente el estilo y de que, para bien o para mal, he adquirido las suficientes adicciones lingüísticas como para que alguien mínimamente sagaz pudiera atribuirme la autoría de un fragmento cualquiera rubricado desde el anonimato.

Entre esos malos vicios, se incluyen algunos bastante graciosos:

- La producción de frases ultralargas que ponen a prueba la paciencia de lectores profanos y/ o acostumbrados al estilo entrecortado de la literatura underground que promocionan con tanto empeño la FNAC y otros antros similares de consumismo cool (pronunciado cuuUUUuuL, como si te estuvieras corriendo de gusto e-pod en mano y escuchando a los Strokes tras la protección estética ultragenuina de unas gafas de pasta negra compradas en Miss Sixty - ¡puajjjjjjj!). A mi estilo, en este sentido, lo han calificado de rococó, renacentista (¿¡renacentista!?), churrigueresco, enrevesado, complicado, excesivo, anticuado y rebuscado. Me parece bien.

- La utilización de la doble s en determinado tipo de palabras (especialmente las que derivan de los verbos bessar y dessear), que ha llevado a algunos individuos imaginativos en exceso a descubrir mensajes subliminales nazis en textos que cojeaban, si acaso, de todo lo contrario. En fin, el postmodernismo llevado al extremo del absurdo. ¿Por qué la doble ese? Pues porque mi besso y mi desseo no son en modo alguno el beso y el deseo que pululan por ahí en bocas y manos incapaces, a mi entender, de experimentar semejantes osadías del pecado. La esse marca la diferencia entre el extracto y el sucedáneo, eso es todo. Por lo demás, y dependiendo del día, sí que descubro en mis fueros internos ciertas tendencias nazis, y aun judaicas. ¡Esa avaricia, esa avaricia irrefrenable que me come!

- El empleo vicioso y compulsivo de ciertas palabras y construcciones lingüísticas que, he de reconocer, me avergüenza sorprender en la gran mayoría de textos pertenecientes a una misma época. A mí mente acuden algunos ejemplos que, como si sirviera de algo, evidenciaré con la única intención de hacer notar mi consciencia sobre el tema: "calibre semejante", " junto a otros muchos", "a pesar del/ de la ya de por sí", "yo, que a los X años", "que tan sólo unas semanas/meses/años más tarde y debido a", " por aquel entonces", "a prueba de", "ese (adjetivo) (sustantivo) del que muchas cosas se ve (verbo en participio pasivo) a (verbo en infinitivo)" [esa fingida despreocupación del que muchas cosas se ve obligado a ocultar, sin ir más lejos]... En ocasiones me pregunto si no tendré una plantilla modélica en mi cabeza con un determinado número de palabras, y si mi talento no consistirá acaso en cambiar el orden de dichas palabras tantas veces como me sea posible hasta el advenimiento de la sequía periódica e inevitable. La literatura como macroanagrama, y la esterilidad artística como período de regeneración entre macroanagramas determinados. Por eso es posible hablar de un primer y de un segundo Wittgenstein, supongo. La madurez intelectual no es más que un cambio de plantilla que hace posible la creación de anagramas novedosos.

Vaya con las ralladitas que me marco, ¿no?

¡Bah, no tengo ganas de escribir más! Me marcho a patear las calles.

sábado 18 de octubre de 2008

ARDIS HALL (capítulo 2: ¡Hi Hoo, Silver!)


Fernando guardaba en su garaje, junto a otros muchos cachivaches, una bicicleta plateada de trial de la marca Torrot cubierta de óxido y una Mountain Bike color verdeagua de chico. Yo, que a los doce años todavía no sabía montar en bici, me moría de envidia cada vez que les veía partir sobre dos ruedas rumbo a cualquier parte y tocando la bocina. Fernando, que no era ajeno a este sentimiento y que por aquel entonces ya bebía los vientos por mí, me dijo una mañana al verme aparecer bajo la persiana del garaje:
- ¿Sabes lo que voy a hacer hoy, guapita de cara?
- ¿El qué?
- Enseñarte a montar en bici, que ya va siendo hora.
- ¡Vale!
Así que nos fuimos a la pista de cemento en que estaba situada la canasta de baloncesto y, aprovechando la soledad que nos reportaba el ser los más madrugadores del edificio, comenzamos con nuestras clases.
- Es mejor que empieces con la Torrot, que es más bajita, porque en la otra te va a costar llegar a los pedales.
- Bueno, me da igual, porque de todas formas me gusta más el plateado que el verde.
- Genial.
Me subí a horcajadas sobre esa Torrot menuda y argentina que, tan sólo unas semanas más tarde y debido a la lectura apasionada de It que realicé a lo largo de muchos días de playa, me gustaría por motivos más profundos que los que me llevaron a aceptarla en un principio, y me quedé suspendida sobre el sillín esperando instrucciones.
- A ver, antes que nada: tienes que mantener los pedales en movimiento para que la bici no vuelque. Sobre todo al girar, pero primero vamos a ver que tal vas en línea recta.
- ¿Me vas a sujetar?
- Sí.
Agarrándome por las hebillas de mis eternos shorts de estampado floral y dando un pequeño empujón al metálico caballito, me ordenó pedalear. Me dio tiempo a avanzar unos cuantos metros antes de naufragar por la derecha y caer en sus brazos indefensa y partiéndome de risa.
- Venga, otra vez.
Al cabo de una hora, sabía mantenerme en equilibrio y tomar las curvas con una sola mano. Como hacen los padres con sus hijos pequeños, soltó la bici sin que me diera cuenta en el momento en que más confiada me percibió, llamándome desde la distancia para hacerme consciente de mis logros:
- Hale, guapita de cara, ya sabes montar en bici.
Del susto que me llevé me fui de cabeza al suelo, pero estaba tan contenta por haber aprendido a manejar lo que en aquel momento era para mí un verdadero artefacto de poder e independencia que, aunque rasguñada en codos y rodillas, me levanté al instante para lanzarme a sus brazos y comérmelo a bessos de agradecimiento.
- De todas formas mejor que practiques por aquí antes de salir a la aventura, porque con lo kamikaze que eres acabarás partiéndote la crisma contra un coche.
- Bueno...
La historia de cómo aprendí a montar en bici tiene importancia en relación a la llegada de Charlie, ese otro amor de verano que sin alcanzar, ni de lejos, la trascendencia que alcanzó Fernando a lo largo de los años, fue sin duda un punto de inflexión en mis ritos iniciáticos de adolescencia. Íntimo amigo de Verito, que por aquel entonces contaba un año menos que yo y lucía en su rostro ojeras perpetuas de vampiro, Charlie era un muchacho larguirucho y desgarbado que se veía obligado, a causa de una miopía extrema, a usar esas gafas de topo que empequeñecen los ojos hasta transformarlos en meras rendijas de sospecha. Poseedor de una sensibilidad nada habitual es un niño, y con ese aspecto de ratón de biblioteca que tanto me perturbaba por aquel entonces, Charlie atrajo mi atención enseguida. Y como la atención amorosa es una cuestión de absolutos, cada minuto de más prestado a Charlie era un minuto menos compartido con Fernando, que no tardando en advertirlo comenzó a sufrir los que -según él mismo reconoció años más tarde- serían los primeros ataques de celos de su vida.
A Charlie, al igual que a mi, le apasionaba la bicicleta. Encandilado con mi presencia tanto o más de lo que yo lo estaba con la suya, se convirtió en el tercer madrugador del edificio durante la quincena que permaneció como invitado de honor en casa de Verito. Cada mañana nos encontrábamos los tres bajo el árbol del que pendía el columpio y, hasta que no salió a colación el tema de las bicis, todo fue más o menos bien. A los dos días, Charlie y yo habíamos pasado de mirarnos de reojo y a espaldas de Fernando a hacerlo de frente y sin ocultación alguna. Era increíble el tiempo que podía pasarme enganchada a sus ojos, e increíble era también su falta de pudor a la hora de manifestarse a mi favor. Yo tenía, entre otras malas costumbres estivales, la de alimentarme a base de flores y hojas silvestres, y él, que demostraba una apertura de mente por completo acorde con sus inclinaciones sexuales, me secundó también en esta estrambótica afición. Si yo me perdía entre las hortensias, examinando con atención cuidadosa cada capullo o racimo de pétalos multicolores y volteando entre el índice y el pulgar los ejemplares de cada especie que más apetitosos se le antojaban a mi extravagancia, él me perseguía en silencio respetuoso por las frondosidades del jardín imitando, con una glotonería que sólo era fingida en sus tres cuartas partes, mis maniobras gastronómicas sobre las plantas. Y así, de triunvirato evolucionamos a dueto trocando la permanencia estática en el prado común por paseos interminables en bicicleta que nos llevaban, en trémula y armónica soledad, a echar carreras enloquecidas carretera arriba y a perdernos, como por casualidad, entre acantilados escarpados que nos forzaban a caminar cadera contra cadera y a arrastrar entre las ortigas el peso muerto de nuestras bicicletas.
A lo largo de uno de esos paseos nos hicimos la promesa, incumplida hasta la fecha, de emprender algún día un viaje en Mountain Bike por el continente australiano. Fantaseábamos con los obstáculos que podrían presentársenos a lo largo del camino y especulábamos con los víveres y avituallamientos que habrían de sernos necesarios en una aventura de calibre semejante. Mientras tanto, Fernando, permanecía en el edificio maldiciendo el instante en que se le había ocurrido enseñarme a montar en bici y haciendo recaer sobre la persona de Charlie todos los rencores y malos desseos que torturaban su mente de adolescente ultrajado. De todas mis traiciones esa fue la segunda en importancia, pues la primera no habría de perpetrarse hasta cuatro años después y a raíz de una ocurrencia irreflexiva que me impulsó a llevarme a mi novio de por aquel entonces al contexto inviolable que constituían Valdoviño y la totalidad de sus habitantes. Pero, como diría Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
Hasta la llegada de Charlie, Fernando era el dueño de mis mañanas, mis noches y mis tardes de playa. Aunque fingíamos pelear y estar a la gresca el uno con el otro, lo único que buscábamos era una excusa para tocarnos sin levantar sospechas. En ocasiones se nos iba la mano, y lo que empezaba como pretexto se iba poco a poco transformando en un fin en sí mismo. Yo me pasaba, Fernando me la devolvía por triplicado, y de repente nos descubríamos odiándonos y desseosos de partirnos la cara. La mayoría de las veces, sin embargo, lo único que hacíamos era jugar al juego de la seducción con la libertad que aportaba el hacerlo pasar por otro juego diferente.
Una de esas tardes de playa, y ya con Charlie integrado en el grupo, se nos ocurrió ir a pasear al lago. El lago era un brazo de mar que se adentraba en la parte izquierda de la costa, ensanchándose hacia el final en un remanso de agua tibia y en calma al que iban a revolcarse los perros y las madres con sus bebés. A medida que se avanzaba hacia el mar, las aguas se hacían menos profundas y una capa de fango comenzaba a formarse sobre el suelo. Fernando, Charlie y yo, junto a otros cuatro niños borrachos de sol y arena, nos adentramos por allí con la esperanza de que la novedad de aquel plan incrementara un poco más si cabe nuestro ya de por sí eufórico ánimo. Yo, en lugar de intentar derribar a Fernando, o de entretenerme lanzándole pegotes de lodo a la cara, elegí pasar el rato arrastrando por el agua el cuerpo de Charlie, que se hacía el muerto alegando estar muy cansado y estirando un brazo hacia atrás para aferrar mi mano escurridiza y mojada. Fernando caminaba unos pasos por delante, echando breves miradas por encima del hombro y acelerando el ritmo cada vez más. Esa noche, fue la del incendio.
Después de volver a nuestras casas para ducharnos y cenar, y no sin antes habernos limpiado con esmero de todo rastro de arena delator de nuestras visitas a la playa - la cual, por dar a mar abierto y constituir un peligro para los más pequeños, nos estaba rigurosamente vetada-, salimos al prado común como venía siendo la costumbre desde hacía una quincena. Antes de encontrarnos todos reunidos, se desató un incendio en la parte más alejada del campo de trigo que rodeaba el edificio y, por una vez, interrumpimos nuestro eterno juego del escondite para quedarnos absortos y como hechizados ante las llamas que se elevaban en el horizonte como dragones furiosos de color naranja. Permanecimos embebidos en la contemplación del fuego durante todo el tiempo que éste tardó en extinguirse, compitiendo por ver quién era el primero en visualizar un helicóptero y haciendo apuestas millonarias sobre las posibilidades de apagarlo antes de que llegara al edificio (cosa que, con tal de no irnos a la cama, desseábamos que ocurriera a toda costa). Charlie y yo parecíamos dos niños siameses aferrados por la cintura frente al resplandor, masticando hojas y bayas del arsenal que llevaba en mi bolsillo y disfrutando, a pesar de la presencia del resto o precisamente gracias a ella, de una intimidad silenciosa, profunda y cargada de secretos.
A la mañana siguiente, Charlie tardó un poco más de la cuenta en amanecer y Fernando y yo pudimos disfrutar de nuestro primer momento a solas desde hacía varios días. La pregunta no tardó en materializarse:
- A ti te gusta Charlie, ¿verdad?
- ¿¡¡Quéééé!!??
- Que si te gusta Charlie.
- Me cae bien, nada más.
- O sea que te gusta.
- ¡¡¡¡Nooo!!!! (pronunciándolo con ese tono cantarín que baja hacia la aseveración rotunda en la penúltima vocal para, casi por sorpresa, remontar hacia arriba en un derroche de agudos pillados in fraganti).
- Pues está claro que a él sí le gustas tú.
- Bueno, ¿y?
La última tarde que pasó Charlie entre nosotros decidimos ir al cine a ver Godzilla. Como en la zona de playa no había salas de proyección, tuvimos que coger un autobús de línea hasta Ferrol en la parada del centro comercial de Valdoviño después de negociar con nuestros padres durante horas, y con la excusa de que Fernando nos acompañaba, las condiciones de tan arriesgada expedición al centro de la ciudad. El grupo lo integrábamos Jorge, el hermano pequeño de Verito; Ruth, que años más tarde estrenaría sus labios de virgen en la persona de mi primo; Olalla, que además de gordita y pizpireta era otra nínfula en potencia con sus propios ardores y escándalos secretos; Iván, un amigo de Fernando que en Semana Santa me había pedido salir y que en verano se encontró, a pesar de mi inicial correspondencia, con una indiferencia soberana y aun despreciativa hacia su persona; María Estrella, una recién llegada a la urbanización que bebía los vientos por Iván y que había sido camelada por éste en un intento patético e inútil por despertar mis celos; Manuel, alias Manoliño Mera y Pico de Plátano, que además de poseer una nariz hiperbólica y un carácter cateto en demasía había recibido calabazas de mi cosecha el mismo día en que Iván había logrado seducirme, fraguando tras la humillación sufrida y a lo largo de todos los agostos que veraneé allí un odio intenso por todo lo que con Madrid estaba relacionado; Verito, Charlie, Fernando y yo.
El reparto de asientos en el cine fue realizado con esa azarosidad aparente que culmina en catástrofe para casi todos y en regalo del cielo para unos pocos afortunados (entre los cuales y gracias a ciertas maniobras tácticas de posicionamiento Charlie y yo estuvimos incluidos aquel día). El orden fue el siguiente: Jorge, Fernando, yo, Charlie, Iván, María Estrella, Olalla, Ruth y Manuel. Mientras Fernando le tapaba los ojos a Jorgito para que no viera las efusiones que Iván y María se prodigaban a tan solo cuatro butacas de distancia, Charlie y yo sometíamos nuestros dedos y antebrazos a una fricción sutil y espaciada en el tiempo que hizo que, de la película, nos enterásemos de más bien poco. Recuerdo el contacto ocasional del brazo derecho de Fernando, y el intercambio breve y más bien seco de miradas que de reojo nos dedicábamos cuando esto ocurría. A la salida del cine, y tras la confirmación digital de romanticismos y demás sublimaciones del desseo, yo había perdido parte de mi interés por Charlie y volvía a estar centrada de lleno en ese pelirrojo zurdo de preciosas piernas con el que tantas cosas me quedaban todavía por vivir.
Reproduciré ahora una conversación que años más tarde, y ya sin nada pendiente entre nosotros, Fernando y yo mantuvimos:
- A ti te gustaba Charlie, ¿verdad?
- Pues sí. La verdad es que estaba loca por él.
- Sí, era tu tipo.
- ¿Qué quieres decir con mi tipo?
- Alto, moreno, delgaducho, con gafas, rarito...
- ¡Jajajajaja! ¿Todavía estás celoso?
- Sí. Es algo que me jodió inmensamente. Si al menos hubiera sido mayor que tú, lo habría comprendido... ¡pero me diste de lado por un niño de apenas doce años!
- ¿Cuándo me ha importado a mí la edad? Además, fue sólo un capricho... Ya sabes, sentirme correspondida y esas cosas.
- Y una mierda, Él te gustó de verdad. No sé durante cuánto tiempo, pero sé que te gustó. Un capricho fue Iván.
- Sí, pues bien que me dijiste celoso perdido cuando se suponía que yo estaba con Iván que si me gustaba, no le besara. ¡Vaya consejo más interesado!
- ¿Y me hiciste caso?
- No le besé nunca.
- Sabes que no soy una persona celosa. Pero contigo es diferente... es tan fácil perderte.
- ¡No es fácil perderme, al contrario!
- Sí es fácil perderte. Un día estás, y de repente te alejas. Tu cuerpo permanece, pero tu mente vuela lejos. Eres agotadora, guapita de cara.
- Sí, pero te quiero.
- Vete a la mierda, puta.

domingo 12 de octubre de 2008

ARDIS HALL (capítulo 1)


Hoy me encuentro, para variar de musa, en un lugar que no es testigo del nacimiento de mi novela buena, sino que lo es del de aquella otra que de vergüenza de sí mutó en cuento corto. Lo bueno de este sitio es que a pesar de hacer meses de mi última visita, los camareros se acuerdan a la perfección de aquella estudiante de cabello oscuro y mirada trémula que pasó aquí más tiempo del que en realidad podía permitirse, ataviada como para la aventura y tras la luminosidad blanquiazul de un portátil desplegado cual mariposa sobre la mesa de madera. Y como se acuerdan a la perfección, además de atenderme enseguida me facilitan la clave del módem y me dan de comer sin que tenga que pedírselo. Así que aquí estoy, conectada y a rebosar de atenciones, invocando el contenido del texto presente sin que nada venga a perturbar la concentración que requiero para manifestarme.
Recuerdo, casi como si hubiera ocurrido ayer mismo, la sensación que me embargaba al jugar al escondite cuando tenía doce años. Era más un entretenimiento bélico que una ociosidad infantil, y así lo atestiguaban los hematomas y las heridas que decoraban mi epidermis desde los codos hasta más abajo de las rodillas. Cuando permanecía oculta entre las zarzas, o a lo largo y ancho de ese campo de trigo cuyo acceso y disfrute nos estaba rigurosamente vetado por nuestros padres, la emoción que me invadía pertenecía más al rango de la supervivencia que al de la diversión. Los recovecos de oscuridad y las escapadas al trote entre la maleza no eran más que excusas que nuestra consciencia vapuleada por la culpabilidad inventaba, con el fin de permitir la comisión de esas fechorías mayores y casi siempre relacionadas con la sexualidad que impregnan la práctica totalidad de la preadolescencia de cualquier niño interesante.
Modestia aparte, jugando al escondite no tenía rival. Prefería desgarrarme la piel a entregarme, optar por la oscuridad atemorizante y desamparadora a decantarme por la tenue luminosidad de escondrijos mediocres y expuestos a la vista, enfrentarme al temor que los espacios abiertos y a merced del viento me inspiraban que asumir el riesgo de ser descubierta arrinconándome en las proximidades del hogar. Mis primeros bessos, acontecieron entre arbustos; la primera excitación que sentí, fue la del fugitivo perseguido por ese carcelero de sexo opuesto y excesivo que se las mata más por un roce que por una captura definitiva.
Fernando era un adolescente hecho y derecho que aun superándome en cuatro años de edad no se planteó, ni por un instante, la posibilidad de renunciar a la posesión de la niña que era por aquel entonces. Y yo, con esa crueldad tan propia de los doce años consistente en responder a la atención prestada sin apenas reparar en las consecuencias de los propios actos, me dedicaba a torturarle sexual y físicamente un día sí, y otro también. Le bessaba, excepto en la boca, por todas partes, me pasaba los días de playa tendida encima de su cuerpo, le escribía mi nombre en la espalda con conchas afiladas en forma de abanico, le introducía la lengua por el pabellón auditivo hasta provocarle erecciones que le impedían abandonar la horizontalidad protectora de la toalla hasta bien pasadas las ocho de la tarde. Al término de uno de esos días, y reunidos en una casa por fortuna abandonada, Fernando se cansó de mis abusos y, cogiéndome del pelo, me arrastró por el suelo y sin contemplaciones hasta la intimidad de un cuarto que podía cerrarse con llave. Una vez allí, me lanzó sobre la cama y me arrancó el vestido playero sin detenerse siquiera a desatar el nudo que lo ceñía sobre mi nuca. Me agarró por las caderas y me acopló a las suyas por encima de la ropa, él tumbado boca arriba y yo a horcajadas sobre su cuerpo inmenso. Y yo, que ni conocía varón ni lo conocería hasta dos años después y en condiciones bien distintas, comencé a gemir y a moverme hacia atrás y hacia adelante con su bulto irresistible entre las piernas hasta que el pudor, o el temor a dar un paso más allá, me impulsaron a propinarle un rodillazo en los mismísimos y a escapar, medio desvestida y por completo asustada, hacia el amparo de la muchedumbre de amigos que se concentraba en el salón preguntándose qué diablos estaríamos haciendo allí encerrados.
Durante un tiempo corrió el rumor de que nos habíamos enrollado, pero como él tenía casi diecisiete años y yo acababa apenas de cumplir los doce, terminaron por convencerse de que no habíamos hecho más que darnos otra tunda de las nuestras. Por lo demás, todo siguió más o menos igual: yo encima de Fernando todo el día, atraída y repelida a un tiempo por los lazos invisibles que nos condenaban a buscarnos con la mirada una y otra vez, golpeándole o acariciándole según se me antojara y disfrutando de las ventajas que tener a Fernando enamorado de mí hasta el tuétano me reportaba jugando al escondite: cuando le tocaba buscar a él y por casualidad me encontraba, me dejaba marchar; cuando buscaba otro, venía a esconderse conmigo. En una ocasión corrimos a ocultarnos a los desvanes, que estaban situados en el laberinto de pasillos y encrucijadas del último piso y que permanecían en la más absoluta tiniebla si eras capaz de contener el primer impulso de encender la luz que te asaltaba al esconderte allí en soledad. Tomados de la mano recorrimos los corredores despacio, en silencio y con la respiración acelerada. Al llegar a la puerta del desván que marcaba el fin del laberinto, y acosados por la presencia atemorizada del buscador (que temía llevarse un buen susto tanto o más que nosotros), nos apretamos contra la pared tratando de hacer el menor ruido posible. Recuerdo el frío contacto del muro contra mi mejilla derecha, y la presencia sólida de Fernando agarrándome por la cintura y respirándome en el cuello desde atrás. De no haber tenido que salir corriendo para evitar que el inoportuno explorador llegara al interruptor de la luz antes que nosotros, estoy segura de que aquella noche habría culminado en llamas.
Muchos fueron los días que pasamos a solas, y muchos los instantes de tensión sexual insoportable. Aún así, en los siete años de preliminares en que consistieron todos y cada uno de nuestros veranos (única época del año en que podíamos disfrutarnos por vivir en diferentes comunidades autónomas), sólo en una ocasión llegamos a culminar un besso.
El grupo estaba formado por niños de entre nueve y catorce años y por Fernando, que veraneaba en el mismo edificio y acabó asumiendo, a fuerza de estar siempre por allí y de jugar al fútbol con los más mayores, el papel de responsable de la manada. Por la noche nos permitían estar fuera hasta más tarde si Fernando nos acompañaba, porque además de ser el de más edad, tenía ese carácter tranquilo, servicial y responsable que hace las delicias de los padres temerosos de sus hijos. Así, si uno de nosotros se caía y se hacía sangre, era Fernando el que le consolaba y le desinfectaba la herida; si de repente se iniciaba una pelea, era Fernando el que nos separaba y calmaba los ánimos. Yo, que por aquel entonces contaba catorce primaveras y me consideraba su mejor amiga, me convertía en su sombra desde que llegaba el uno de agosto hasta que acaecía el primer día laborable de septiembre (que si había suerte, caía en 2; y si había mucha suerte, en 3). Cada año le buscaba temblorosa e histérica, colocándome la ropa en cada esquina para que el primer contacto visual fuera de impacto, y cuando le encontraba, casi siempre acompañado por algún inoportuno, nos saludábamos con esa fingida despreocupación del que muchas cosas se ve obligado a ocultar en un intento por evitar males mayores.
La noche en que aconteció el que sería nuestro único besso en siete años, habíamos decidido quedarnos hablando en el césped en lugar de jugar al escondite con los demás. Estuvimos tumbados sobre la yerba, él boca arriba y yo de lado y con una pierna por encima de su cuerpo, haciéndonos confidencias cuyo contenido no recuerdo en absoluto. Él estaba serio, casi melancólico, y yo me entretenía hundiendo la nariz en su cuello mientras él, con un dedo, recorría mi espina dorsal por debajo de la camiseta desde la vértebra cervical hasta la misma abertura de las nalgas. Cuando los demás se cansaron de perseguirse en la oscuridad, se sentaron en los bancos de piedra que había repartidos por el jardín y se pusieron a hablar a gritos y a lanzarse objetos. Fernando y yo nos levantamos y nos fuimos a pasear entre las filas de hortensias que corrían a lo largo del terreno, enmarcando la zona de los garajes en una salpicadura selvática de violeta, rosa y azul pálido. Cuando llegamos a la parte más oscura y alejada, me detuve frente a él y le pregunté:
- ¿Qué te pasa?
Él, estrechándome contra su vientre y con los ojos brillantes y francamente tristes, me respondió:
- Nada.
- ¿Cómo que nada?
- Que tengo ganas de hacer una cosa, pero creo que no debo.
- ¿Qué cosa?
Apretándome aún más, y sin dejar de clavar sus pupilas en las mías, continuó:
- Una cosa.
- Pues hazla.
- No juegues, princesa.
- ¡Hazla!
- No.
- Cállate y hazla, Fernando.
- A mí no me mandes callar.
Lo siguiente que recuerdo es la presión de dos manos sobre mi cóccix, el incremento repentino del olor a Magno y a sal de su piel quemada por el sol y el tacto húmedo y blando de su lengua en el interior de mi boca abierta. Correspondí a su besso durante cinco segundos con una furia por completo demencial que hizo que su rostro pasara, en apenas un instante, de la más absoluta desolación a la mayor depravación que imaginarse pueda. Después, asustadiza y cruel como la niña que era, le separé de un empellón y comencé a reírme a carcajadas. Muchos pudieron ser los motivos que me impulsaron a comportarme de una manera tan psicópata: el silencio repentino de los demás, que permanecían callados y a la escucha, y el consiguiente pánico a ser descubierta y convertida en objeto de cuchicheos malignos; la debilidad que intuí en él, y el rechazo que el sentirme por encima y por completo dueña de la situación provocó en mi egocentrismo infantil; el amor por el juego del gato y el ratón, y mi negativa inconsciente a hacer de algo tan especial una mera formalidad romántica. Sin embargo, creo que lo que de verdad me llevó a propinarle ese bofetón metafórico no fue sino lo que observé, por debajo de la urgencia sexual, en su rostro descompuesto y como fuera de sí: amor, adoración y desseo en la más peligrosa mezcla que jamás hubiera imaginado. En ese momento, comprendí que el juego no era tal y me asusté.
No me daría cuenta de mi pasión por él hasta unos meses más tarde, de camino a Galicia en tren y con el cadáver de mi madrina precediéndonos por carretera hacia el cementerio de su aldea natal. A pesar de la culpa que me embargaba por no haberla ido a visitar al hospital más que una vez desde que la ingresaron, y del trauma que supuso para mí el perderla antes de haber solventado los conflictos generacionales que nos enfrentaban, una idea caprichosa y desconsiderada me rondaba la cabecita mientras contaba las horas boca arriba en la litera del vagón a oscuras: iba a verle. Por más que trataba de forzar las lágrimas para escapar a la culpabilidad que me producía el sentirme insensible y aun inhumana, no lograba más que contaminarme por momentos de una emoción en todo opuesta a la que se suponía debería estar experimentando. Me sentía eufórica, trémula y palpitante, esa es la verdad. Me pasé la noche en vela imaginando bessos y tensiones de calibre estival, y ni siquiera la muerte de una de las personas que más he querido en mi existencia logró evadirme de la promesa de felicidad que las alegrías del incendio traen aparejadas, cuando se tienen catorce años y se han vivido según qué clase de cosas.
Me cité con Fernando el último día de los dos que permanecí por allí. Nos miramos más que hablamos, disfrutando de esa complicidad profunda que no necesita de palabras para hacerse tangible y proliferar. Aunque no nos bessamos, sí que sucedió algo importante. Ya en la estación, con mi madre y mi abuela acomodadas en el vagón y el tren a punto de partir rumbo a Madrid, Fernando y yo no acertábamos a despedirnos. Sonó el silbato, nos abrazamos apresuradamente y subí la escalinata. El tren comenzó a caminar alejándome de mi amor lenta, pero inexorablemente. Cuando nos hallábamos a unos cinco metros de distancia, le llamé:
- ¡Fernando!
Él alcanzó en tres segundos la puerta y, sin pensárselo dos veces, se encaramó al vagón aferrándose a mi mano.
- ¿Qué quieres, princesa?
- Te quiero.
Permaneció asido a la barandilla mirándome a los ojos y a la boca hasta que la velocidad se hizo peligrosa y no tuvo más remedio que saltar al andén. Si no nos bessamos, fue porque mi madre podía estar observándonos. Fue mi primer te quiero a un hombre y, quizá, si hubiera sabido que no volveríamos a vernos hasta pasados dos años, me habría importado menos que nada el que mi madre fuera testigo de nuestro desseo enfermo y fuera de ley.

Muchos eran los rumores que corrían acerca de nuestra relación, y muchas las bromas de mal gusto que se hacían a costa de Fernando. Que si le gustaban las niñas, que si era un pervertido, que si le iba la peidofilia... Y digo yo: ¿y qué? ¿A quién no le gustan según qué niñas? ¿Quién, de entre nosotros los meritorios, no es un pervertido de los pies a la cabeza? ¿Qué artista o qué soñador es insensible a la sexualidad bulliciosa y perfecta del adolescente que las mata jugando y como sin darse cuenta de lo que hace? Cada cuál aprehende la belleza con los filtros estéticos que mejor le funcionan y, mal que le pese a todos los padres timoratos y psicólogos de pacotilla del mundo, el del amor de nínfula es más universal y poderoso que ninguno.

martes 7 de octubre de 2008

Jerarquías

Soy una trabajadora irresponsable y descomprometida. Si tuviera los cojones o los recursos suficientes, me dedicaría sin pudor alguno al atraco de bancos y a la extorsión de millonarios. No me importa el dinero más que cuando no lo tengo, así que el ahorro y la consideración del porvenir tampoco son preocupaciones que me asalten con asiduidad. Mi jefa es una mujercilla regordeta que supera la treintena y se viste de manera cómoda y pragmática. Si tiene impulsos sexuales, lo disimula francamente bien. Es poseedora de esa afabilidad utilitaria y sospechosa tan frecuente entre los responsables de algo, que delata más una tendencia sonriente a la traición que una verdadera bonanza de carácter. Sus órdenes parecen peticiones, y si consiguiera controlar con un poco más de excelencia el tono de decepción que le brota al recibir una negativa por respuesta, hasta a mí habría logrado convencerme de que precisamente eso es lo que son. Sabe cuándo entra en la oficina, pero nunca cuándo va a salir. Se muestra encantadora y servicial con sus superiores, pero cuando éstos no están delante trata de ganarse la confianza de los subordinados criticando a los primeros con una complicidad del todo improcedente en alguien que, como ella, se gana el pan haciendo de balsa diplomática entre dos aguas de intereses contrapuestos. Más que falsa, la encuentro algo neurótica; pues si bien me parece que en efecto es una persona servicial y que no puede evitar, por educación o por naturaleza (tanto da), sacarle las castañas del fuego a quien se lo pide amenazadoramente, no creo que su tendencia a expresarse en tono quejicoso y a echar pestes de los peldaños superiores de la escala sea falsa en ningún modo. Cuando está con los superjefes, se siente pequeña; cuando está con los pringados ante los cuales ha de responder por ser éstos, mal que le pese, responsabilidad suya, pretende sentirse una igual. ¿Cuándo -me pregunto yo- encuentra el modo o la oportunidad de situarse un poco por encima de la media? Pero en fin....cada cual socializa como buenamente puede y no seré yo la que diga que es la peor jefa que he tenido o que se puede tener.
Mi anterior jefa no era regordeta, sino una mole compacta de poco menos de cien kilos que, aun siendo encargada de tienda y permitiéndose el lujo de criticar la vestimenta de los pobres comerciales a su cargo, aparecía por los pasillos bramando órdenes con el pelo recogido en dos coletas de colegiala y amparada tras la protección de unas gafas de sol de cristales morados y montura fucsia. Cuando bajaba las escaleras mecánicas, lo hacía en dirección contraria (según ella, porque le quedaban más cerca las ascendentes; según yo, porque obtenía algún tipo de beneficio relacionado con la autoestima demostrando una agilidad del todo inesperada en las proporciones de un cuerpo como el suyo). Teniendo en cuenta que se dedicaba a atender reclamaciones, no quiero ni pensar en el efecto que podían causar sobre los pobres reclamantes sus estrepitosas zancadas de Yeti precipitándose desde las alturas. Al contrario que Laura, mi jefa actual, Arantxa (con "x") sí que albergaba pretensiones sexuales. Y las demostraba, como no podía ser de otra manera, odiando a los ejemplares más agraciados de su sexo y ensalzando a los más atractivos del opuesto con una falta de pudor del todo rayana en el absurdo. A mí, en concreto, no me tragaba ni mucho ni poco, y tantas fueron las trifulcas que tuvimos que entre pitos propios y flautas ajenas a la pobre mujer no le quedó más remedio que solicitar una baja por depresión. Era, también, neurótica a su modo, y la contradicción insoportable de no ser soportada más que por aquellos de los cuales dependía su sueldo (un viejo encumbrado a la categoría de coordinador y una horda de responsables que no la tenían en cuenta más que en festivos y en fiestas de guardar), quebró su lucidez del mismo modo repentino e injusto en que quiebra un terremoto la confianza de los aldeanos en la tierra que pisan.
Mi carácter me impediría ejercer el mandato intermedio; esto es, situarme en la zona meridiana de la jerarquía, porque descomprometida como soy en todo cuanto a temas laborales se refiere, la empresa u organización tendría que ser mía para importarme hasta el punto de ponerme a dar órdenes a alguien. Mandar sólo puede gustarle realmente a un mandamás, o a una persona con la autoestima tan jodida (una gorda, un bajito, un cabezón) que el hecho de manipular durante las ocho horas que como media dura una jornada laboral las acciones realizadas por un grupúsculo humano a su servicio, constituyera en sí mismo un motivo de felicidad. Como ya he dicho, no es el caso.

domingo 5 de octubre de 2008

Nocturnal

He retornado a las buenas costumbres: en concreto, aparte de pasear y escribir mis memorias para la posteridad, por primera vez en mucho tiempo he adquirido libros de segunda mano en un puesto callejero al mando de una simpática e informada mujer, que no ha dudado en explicarme todo lo que necesitaba saber acerca de cada ejemplar susceptible de llamar mi atención. Al final, y sin apenas reparar en gastos, me he llevado dos tesoros: una novela verde llamada "Casi blanca" que, además de pertenecer al año de la pera a juzgar por el aspecto de las tapas, aparece definida en el prólogo como "tragedia negra" (una ironía cromática más y me muero de risa), y un cuento titulado "Colibrí" perteneciente a la editorial ultracatólica de ese cateto planetario obsesionado con la moraleja y bautizado, en exclusivo beneficio de la rima, como Saturnino Calleja, que hizo las delicias del profesorado moralizante que le tocó en suerte a nuestros sacrosantos padres. Como además he estado hablando largo rato con la dueña, y ésta me ha percibido interesada y afable, he sido obsequiada con uno de esos cuentos recortados en cartón con que nos entretuvimos los niños de mi generación durante la más temprana infancia.
Mientras paseaba se me ha venido a la mente la pregunta de por qué abandoné en realidad la carrera de Teoría Literaria y Literatura Comparada, y se me ha ocurrido una respuesta de lo más novelesco: porque la literatura es uno de los pocos misterios que respeto y, por tanto, no tengo en verdad ninguna gana de desentrañarlo. Ahí queda eso.
Me descubro últimamente con muy pocas ganas de salir acompañada. Me gusta el tiempo que paso sola y, los fines de semana, son en ocasiones más dadores de rutinas que de imprevisiones. Me agota el intercambio de simulacros que casi siempre me veo obligada a representar al interactuar con individuos incapaces de removerme por dentro, y a los que me une un interés banal y transitorio por cosas que ni siquiera desseo en realidad, y para colmo de males no soporto la visión de las personas a las que aprecio rebajándose por nada a la compulsión de una cortesía hipócrita e insulsa que les denosta ante mis ojos. Aún así, resulta tan complejo desengancharse de la evasión, que probablemente hoy acabe participando en uno de esos simulacros que tanto detesto sin que toda la reflexión del mundo consiga mantenerme dentro de los márgenes de la lucidez. Pero bueno, es inevitable que los seres humanos pensemos que el hecho de darnos cuenta de las cosas es en sí mismo suficiente como demostración de la propia inteligencia y que no hace falta, después de todo, ponerle remedio. ¿De qué se escribiría entonces y, ante todo, por qué tendría uno que molestarse en escribirlo?
Algo de lo que he hablado en ocasiones con mi amor, es de lo complejo que resulta dejar constancia de la propia época (en un sentido próximo al de "modernidad") sin caer en esos vulgarismos cotidianos tan propios de la literatura contemporánea. ¿Cómo hablar de drogas sin ensalzarlas a la categoría de mágicos artefactos o sin exagerar hasta el absurdo la decadencia a la que dan lugar (como en esa inmundicia cinematográfica llamada Réquiem por un sueño que tan bien representa la incapacidad para compaginar modernidad y sensibilidad artística en los tiempos que corren)? ¿Cómo describir la sensación de absurdo, o de vacío, sin desmayarse sobre el tópico del artista maldito y nihilista que, al no encontrar su lugar en el mundo, opta por la poesía del mismo modo en que podría haber optado por el suicidio o por el alistamiento militar para correr al encuentro de su destino? No quiero convertirme en un Ray Loriga de las emociones ni recurrir al telegrama como sinestesia literaria de lo mal que me siento y de lo poco que en ocasiones tengo para contar, y de hecho preferiría renunciar a la palabra escrita que consolarme con la idea cobarde de que siempre será preferible manifestarse desde la mediocridad a no hacerlo en absoluto.
Me encuentro en el bar que se convirtió en mi segunda casa al conocer a Chechu hace ya casi cuatro años. El ambiente que me rodea, los seres humanos que interactúan, la cháchara ambigua de los camareros e incluso el perro que suplica con dos ojos como lagos por un trozo comestible de lo que sea, son en cierto modo caracterizaciones ideales de lo que viene siendo Malasaña desde hace ya mucho tiempo. Sumergidos en el descompromiso del indie, abanderados tras una estética que sólo en apariencia es heterogénea, rendidos al consumismo chic de los comercios y los bares de moda, se me antojan todos tan asquerosos y carentes de interés que por un momento siento el impulso de subirme a una silla y leerles este texto en voz alta. El hecho de que ni siquiera me perciba hoy especialmente odiosa, constituye una pequeña muestra del grado de hostilidad hacia mis semejantes (¡ja!) con que me he acostumbrado a desenvolverme en mis socializaciones de rutina.
No he podido evitarlo y he cambiado de bar. Como no podía ser de otro modo, éste también tiene su significado secreto. Además de llamarse Bremen y remitirme, por tanto, al recuerdo de ese cuarteto encantador de animales rítmicos que repartían su tiempo entre tocar instrumentos y hacer el bien, es el lugar donde hace algunos meses entré en el baño con mi amiga Sara mientras un Chechu pálido y sonriente en exceso rezaba por un negativo de barra única que finalmente no pudo ser. Ahora que todo eso ha pasado ya, el lugar se me antoja menos siniestro: revestimientos de madera vieja, fotografías antiguas por unas paredes pintadas en el mismo tono verde de mi venerable y olvidada Olivetti, relojes circulares de cobre que parecen salidos de una anacrónica y norteña estación de tren, enchufes por las paredes que piden a gritos un polvo con mi atractivo portátil blanco y una media de edad de más de cuarenta años que me libra por el momento, y hasta que coja confianza con el entorno, del engorro de trabar conversación. Lo único que falla es la bazofia que tienen como hilo musical, pero al menos el volumen es de un raquitismo considerado y del todo ignorable cuando lo que se está es concentrado en escribir.
En menos de una hora me encontraré en el cine, sentada junto a mi amor en la oscuridad, para disfrutar del visionado excitante y sobresaltado de una película de terror llamada Los extraños. Hay pocos planes que me apetezcan más en este momento, y por tanto podría decirse que me siento muy feliz. Por hoy lo dejo, porque no tengo nada más que contar...

viernes 3 de octubre de 2008

Friday 03 Night Fever

Incluso aquello que más me gusta, me gusta con prejuicios. El hecho de que en estos momentos me encuentre escribiendo en el bar donde empecé la novela, y de que como hilo musical hayan decidido pasar de la canción ligera americana al reggaeton más salvaje y perruno que imaginarse pueda, constituye una metáfora perfecta de esta afirmación. La primera idea que se me ha cruzado por la cabeza es dar media vuelta y largarme a un lugar más tranquilo, pero ha sido esta palabra, tranquilo, la que finalmente me ha impulsado a quedarme. Al fin y al cabo, a lugares tranquilos va a escribir justamente el tipo de individuo al que evito a toda costa parecerme. Si quiero escribir algo genuino, ¿qué mejor que hacerlo en lugar por completo inapropiado para ello? Además, este bar de sillones tapizados en verde (de esos que tanto me gustan porque me recuerdan el interior de los buques de lujo) es para colmo el emplazamiento donde me convencí de que, efectivamente, no existe ni debe existir nada indescriptible sobre la faz de la tierra para aquel que se confiese escritor. Y para los que me pregunten si se puede, por ejemplo, describir un orgasmo, sólo decirles que de hecho, el que no se pudiera describir un orgasmo significaría que nada puede describirse en realidad mediante la palabra, porque el escritor, como cualquier ser humano, cuenta con el marco de referencia de lo ya conocido para hacerse entender por los otros. Entendemos la descripción de un árbol porque estamos acostumbrados a verlos y a interactuar con ellos y, de no ser así, nos resultaría muy difícil empatizar con expresiones literarias tales como "frondosidad", "bucólico atardecer", "sol filtrándose entre las hojas como a través de una cortina en cortocircuito", "adolescente cobriza y dorada tendida a la sombra, bocarriba y con los brazos estirados por encima de la cabeza, guiñándole un ojo al muchacho que separa el ramaje con las manos para observarla mejor y más de cerca". Así, aprovecharemos las descripciones de árboles y de clímax sexuales en la medida en que previamente hayamos experimentado unos y otros.
No sé si habrá sido por casualidad o porque el encargado de la música se ha conmovido ante mi ordenador y mis pintas de intelectual loca y salida, porque de repente se han sucedido en el reproductor "Sweet Home Alabama", "Satisfaction" y "Bad" eliminando a su paso todo rastro de inmundicia melódica (y ahora, un guiño para mi amor: ahora mismo suena I kissed a girl"). Así, lo que me gustaba con prejuicios se aproxima poco a poco a ese peñasco notable que es el sobresaliente.
Hacía tiempo que no disfrutaba de un rato de soledad positiva, y la verdad es que lo estoy aprovechando. He recorrido la ciudad a trote ligero y estrenando nuevo maquillaje color pálido cadavérico, he sorprendido mi reflejo en un escaparate y me ha devuelto la mirada una vampira de labios rojos y mirada oscura y fulgurante. Ahora que vuelvo a tener portátil es una suerte que comience el frío, porque así no me distraigo tanto paseando.
Supongo que sólo una cosa me gusta sin prejuicios, y ese es mi amor. Hoy le he estado observando dormir y no he podido evitar cubrirle el cuerpo de bessos, tan indefenso e inmaculado se me antojaba enroscado sobre la cama. Su respiración de bebé, el calor que emitía su cuerpo, sus labios fruncidos en una o carnosa y comovedora. Sólo él me gusta sin prejuicios, y ni siquiera el aburrimiento logrará hacerme dessear cambiar ni una sola de las facetas que le configuran: su fuerza en ocasiones egoísta, su miedo a lo viejo y a la desintensidad, su tendencia a la quimera y la fabulación fantástica (a las cuales yo también tiendo, como no podía ser de otra manera), la curva aterciopelada que conecta el epicentro de su labio superior con su nariz fría y como de lobato, su manera enroscada de dormir y el modo urgente en que dessea y precipita el sexo. En ocasiones le odio, claro, pero incluso odiando soy inconstante y ni por esas consigue gustarme un poco menos. Que muchas veces, por comparación y ya que hablamos de cosas odiosas, el resto de la humanidad me parezca pueril y sin sustancia, es sólo un efecto secundario de lo que implica trabar amistad con él. En el fondo, no me quejo.
Me acabo de comer una galleta salada y, no sé por qué, he pensado en naves espaciales de combate y en batallas contra los marcianos. Esa, y la de cazar dinosaurios, constituyen el grueso de las que vienen siendo mis fantasías recurrentes desde hace muchos años. Supongo que el infantilismo de las mismas es evidente: salvar el mundo, ser aclamado como un héroe, usar uniformes sexys ajustados al cuerpo e insignias militares sobre los pechos turgentes, contemplar la mezcla de aflicción y orgullo de tus seres queridos al despedirte... En fin, soy una persona bastante infantil e insoportable y el contenido de mis delirios da muestra de ello. Quizá algún día haga una película... o escriba una novela. Hasta entonces me distraeré flipando videoclips mentales sin escatimar en medios y en efectos especiales. Las novelas han de gestarse primero en la cabeza, y dejar que poco a poco contaminen las manos con ideas imperativas acerca de la narturaleza subjetiva de las cosas. Y mi subjetividad, más que ninguna, es del todo particular.
Suena Love is in the air y me entran ganas locas de suspirar. No soy tan loba como me pintan...ni como me pinto (Unifiance de la Roche nº 01 como fondo de maquillaje, khol negro melaza de Bourjois y rojo oscuro nº 10 de Sephora como rouge de labios). Alguien capaz de colocar con blue tac sobre la pared una postal de dos pastores tendidos boca abajo sobre el prado, con la inscripción "Amor, dulce conjuro, de lo sublime y puro", o bien es un sensiblero de cojones o bien peca de una ironía de exquisito mal gusto con la que es del todo recomendable identificarse. En cuál de los dos perfiles encaja mi personalidad, lo dejo a juicio del afortunado lector, que a estas alturas se habrá podido hacer una idea más que aproximada de mi tendencia a extraviarme en asociaciones de ideas y en filosofías de callejón (sin salida, se entiende).
El fin de la batería de mi portátil marca el desenlace de este texto preliminar de desahogo. Doy gracias a Dios por la palabra, por la electricidad y por el desseo. A los Hombres, por el alcohol y por los quebraderos de cabeza. Después de todo, ¿qué coño - aparte de manuales de instrucciones- podría escribirse en un mundo perfecto y en completa armonía?

domingo 21 de septiembre de 2008

Alegato contra el trabajo


Se lanzará desde el trapecio sin dudarlo, maliciosa, impelida por el rencor que los diez años de explotación sin tregua han generado en su frágil cuerpecito de artista. Y es que la atracción ilusoria de cuyo balanceo dependen los asombros infantiles esbozados en ojos de buey y en bocas como de besugo se ha cansado de protagonizar espectáculos ajenos a su naturaleza. Sin más motivación que la de una venganza fraguada en el anonimato, y con un brinco que de puro prodigioso trasciende la invisibilidad, la pulga aterriza de aguijón sobre el amo para a golpe de picotazos conquistar el parasitismo. Llamadlo, si queréis, éxito evolutivo.

martes 16 de septiembre de 2008

BLOOD BROTHERS


La taberna estaba desierta y en una penumbra matizada de ámbar que invitaba a la intimidad. El taburete, una minucia incómoda y sin respaldo, contrastaba en firmeza y estoicismo con el temblor de mis piernas encajadas en la breve tablilla transversal. Olía como huelen los desvanes cuando tienes siete años y te escondes entre los cachivaches de la mano del niño que te gusta, con el corazón en un puño y la respiración contenida en una mueca de asombro y culpabilidad difusa.
La timidez, disfrazada de sonrisa, surgía a llamaradas de sus ojos y de su boca cerrada; mi descaro, casi inexistente pese a la apariencia de pantera, se ruborizaba al amparo de la oscuridad tiñendo de sudor la línea de mi columna.
Tan sólo nos miramos. Al principio a intervalos cortos y con el pudor del que se sabe a la vez transparente y colmado de secretos, cediendo a la debilidad de la carcajada y bebiendo a sorbitos de la copa en un gesto en todo equivalente al de los niños que entierran la cara en la cuenca de las manos creyéndose invisibles y a salvo del adulto que les hace carantoñas.
Aun intuyendo la negativa, no quise evitarlo y me precipité sobre su boca. Sé valiente, Stella, y toma las bridas de tus desseos: quieres morderle la boca y gemirle sobre la lengua, quieres abrirle los labios y chuparle los dientes y el paladar, quieres subirte encima y sentirle inmenso entre las piernas trémulas, quieres abrazar la plácida brutalidad que se adivina en sus gestos pausados y como de león satisfecho con la benevolencia del clima, quieres que te posea sobre el suelo de esa taberna en que tantas veces has matado el rato imaginando intensidades de calibre cincuenta, quieres experimentarle a fuego y con desmesura plena, quieres saber que te dessea y que comprende el ardor que te consume a ráfagas.
Y aunque lo comprendía, y participaba, no pudo ser y no fue. Euforia, mareo, abrasión, inseguridad fundamentada en dogmas acerca de lo que aun debiendo no debe en ningún caso ser. Stella, ¿has hecho lo correcto? ¿Estás segura de no haber faltado al respeto ni de no haber tratado de corromper algo incorruptible y valioso? Y aunque Stella duda, y se reprende con la suavidad del que en el fondo está satisfecho de sí mismo, finalmente cede y se deja llevar por la corriente del desseo para limitarse a mirar con asombro el rostro de ese vetado hacedor de íntimos y aparatosos diluvios. Las miradas se asientan, se prolongan, fluyen con la libertad absoluta del que no aspira ya a trascender el margen torturante de la culpa. Matizadas por la conjugación excitante y peligrosa de dos ritmos respiratorios ascendentes y a la par, se corresponden en la medida de lo imposible e invocan un polvo metafísico y platónico que me disuelve en un charco de anhelo insoportable y delicioso.
¡Cómo le desseo, Dios! El saberle íntegro e inaccesible al contacto me enerva hasta el delirio y me vulnera: si me acerco un centímetro más le destrozo a mordiscos.

miércoles 13 de agosto de 2008

pArAnOiAs EsTiVaLeS




Hoy me he levantado ansiosa, como a la carrera, con la sensación fundamentada en nada de tener que ponerme a trabajar en algo con urgencia. He recorrido la casa cuchillo en mano y, tras no percibir alteración alguna en el orden en que recordaba haber dejado ayer las cosas, he saltado dentro del bikini y me he marchado al jardín. Una avispa hija de puta, atraída por la palidez reflectante de mis piernas o por el olor a sangre de la herida que ayer me hice en el pie al rascarme olvidando la longitud novedosa de mis uñas, me ha estado dando el coñazo diez minutos largos. Como ni la quietud ni los manotazos violentos han disuadido de sus ataques a la pequeña bestia alada, me he arrojado a la piscina con más bien poco estilo con la esperanza de que su apetito monstruoso la precipitara sobre las aguas junto con mi cuerpo. No sé si pereció, porque al salir no he avistado cadáver alguno a la deriva, o si tan sólo acabó, como tantas otras criaturas de tendencias más bien mamíferas, dándome por imposible, pero el caso es que su zumbido impertinente no volvió a sobresaltarme en toda la mañana.
El jardín estaba tan solitario que teniendo como tengo de bajito el umbral de alerta y sobresalto debería haber optado por una retirada digna a la protección del hogar, pero lo cierto es que me parecía mucho más terrorífica la perspectiva de un espacio cerrado y seguro que el retiro soleado del vergel desierto. Pienso que mi ausencia absoluta de temor podría tener que ver con la luminosidad total del lugar y con el hecho de que, estando como estaba en el centro mismo del jardín, habría resultado muy sencillo avistar cualquier intento humano de aproximación. Sin embargo, ayer salí por la noche y permanecí junto a la piscina un buen rato a pesar de que la oscuridad era tan profunda que apenas percibía el movimiento de mis pies a un metro y setenta centímetros por debajo de mi cabeza. La única explicación factible que se me ocurre es que, en cierto modo, morir en un espacio creado ex profeso para la protección personal me parece del todo inaceptable. El colmo de los ridículos, vamos. Si muero de forma violenta, prefiero que sea en la calle y pillada por sorpresa. Defenderse de un intruso en el interior de una casa es siempre engorroso: si no cierras con llave, puede que entre mientras duermes; si cierras con llave, y cabiendo como cabe la posibilidad de que ya esté dentro y al acecho, corres el riesgo de tratar de escapar de sus garras a la carrera para acabar dándote de bruces con una puerta bloqueada que no vas a tener tiempo de abrir. Se mire por donde se mire, es un completo agobio…
… y yo una paranoica absoluta, claro. ¿Es que no puedo estar simplemente en un lugar sin que me asalten pensamientos intrusivos acerca de la muerte? Registrar varias veces al día y cuchillo en mano una casa no es muy normal que digamos, y sólo espero que a mi niño no le de por pegarme uno de esos sustos con que tanto disfruta amonestándome en uno de esos momentos en que deambulo armada hasta los dientes por los pasillos. Porque sucumbir a consecuencia de una broma y por error a manos de una novia loca y obsesionada con el asesinato sería, además de una injusticia, una forma harto ridícula de morir.

lunes 11 de agosto de 2008

La erótica del terror


Y aquí estoy, como cada verano desde hace tres, en mi particular mansión de Grandes Esperanzas. Aunque no está en ruinas, sino todo lo contrario, me resulta excitante imaginarla en apogeo de decadencia, con los jardines desbocados invadiendo los recintos y las lámparas de cristal acumulando telarañas desde las discretas cúpulas horizontales que hacen las veces de techo. Las parcelas comunitarias, con sus piscinas irisadas de cloro y la yerba pisoteada por el sol de agosto, permanecen solitarias durante el remanso estival; y el silencio, que bien podría ser absoluto, es de continuo interrumpido por el zumbido perezoso de los insectos y el susurro refrescante de los siempre inesperados aspersores. Privados de la algarabía de las niñas que juegan a perseguirse entre los retoños, los espacios verdes se me antojan mayores y como detenidos en el tiempo. Una pelota abandonada de reluciente plástico multicolor contrasta con el tapiz marchito de las flores abrasadas por el sol, que bajo el peso liviano de mis pies de uñas rojas a la carrera se deshace en marañas de briznas amarillas, luminiscentes y como de mentira.

Extiendo la toalla listada sobre esa alfombra de vegetación muerta y me tumbo bocabajo, con una pierna flexionada y balanceante en lo que pretende ser un simulacro de la inocencia, a la espera de no sé muy bien qué concreción de la belleza. Las casas temporalmente vacías, con sus persianas bajas y sus puertas cerradas a cal y canto, suscitan en mí terrores indefinidos que me impulsan a ponerme en pie y a adoptar la actitud vigilante del pajarillo asustado. Un insecto inoportuno y maldito me clava su aguijón minúsculo en la planta del pie y yo, acosada por el escozor del veneno y por el ardor del sol sobre el pelo, me lanzo de cabeza al bálsamo electrificado del agua veteada de azules.

Una vez superado el no por anticipado menos sorpresivo descenso de temperatura, me entretengo los siguientes diez minutos en inmersiones y zambullidas que me recuerdan los veranos de mi infancia en el norte, con mi madre en la orilla toalla en mano insistiendo en que saliera del agua y yo haciéndome la sorda, nadando cada vez más lejos y prolongando hasta el congelamiento la fantasía irresistible de ser una sirena en el reino perdido de Tritón. Cuando por fin cedía a la preocupación materna, no tanto por consideración como por temor a las posibles represalias, surgía de entre las olas tiritando como un animalito y morada de los pies a la cabeza. Entonces corría hacia la toalla, enarbolada cual capote protector y vapuleada por la brisa fresca del declive vespertino, y dejaba que mi madre me frotara el cuerpo en un intento por devolverlo a su sonrosado natural mientras pensaba ya, como niña que era, en el bocadillo que sin duda me esperaría bajo la sombrilla de colores, junto al cubo y la pala y el libro de Barco de Vapor.

Pero ya no soy del todo una niña, aunque juegue a simularlo, y lo cierto en que me aburro cada vez más pronto del agua y de las posibilidades que ofrece. Me aúpo al bordillo sin esfuerzo (lo cual me complace) y comparto mi hartazgo con las hormigas que, ignorantes del inminente peligro que corren, pasean su laboriosidad por la estrecha franja de cemento salpicado de gotas. Se me pasa por la cabeza fastidiarles la jornada mediante un tsunami intencionado, pero como en mi particular e infantil animismo estoy convencida de que matar bichos trae mala suerte y, además, cuando estoy de buen humor empatizo hasta con las cucarachas, acabo por perdonarles la vida en un gesto que nada tiene que ver con la ecología.

Regreso al amparo de la mansión recreándome en el chapoteo de mis pies descalzos sobre la yerba empapada de agua que, matizado por el olor a desagüe procedente del depurador y no sé si debido a mis últimas lecturas o a algún otro motivo de oscuridad genuina, me hace pensar en cañerías y en plantas en descomposición. Al llegar, lo primero que hago es buscar con la mirada el cuchillo de carnicero que transportamos de una a otra habitación para defendernos de posibles intrusos. Una vez localizado, lo aferro de la manera que sé que es la correcta (con los cuatro dedos menores por encima de la empuñadura y orientados hacia dentro y el pulgar presionando el extremo) e inicio una inspección exhaustiva de la casa con el corazón en un puño y los ojos llorosos de puro abiertos. Aunque tal como esperaba nadie ha allanado muestro territorio durante el breve intervalo en que he permanecido en los jardines, necesitaba realizar esa comprobación para poder ducharme tranquila.

Desde los doce años, edad a la que descubrí el desseo entre risas y juegos del escondite y a la que, con una devoción y una profundidad en absoluto independientes de mi desarrollo, leí It por vez primera, comencé a ser más proclive a pasar miedo en verano. Aunque parece absurdo que la época que más luz y menos terrores culturalmente condicionados tiene sea precisamente la que me despierta mayores recelos, creo que la explicación es más sencilla de lo que parece. En los niños y preadolescentes la intensidad, entendida en un sentido amplio, se experimenta a través de un abanico de emociones que, enredadas entre sí, llegan al punto de ser inconcebibles separadamente. Así, la curiosidad por el sexo y el temor o la amenaza de culpabilidad que éste trae aparejados, constituyen un agregado indivisible que, al menos en mi caso, se asocian al período estival por ser éste, con su derroche de licencias paternas en relación al tiempo permitido fuera del hogar y con las interacciones que el calor y el hecho de estar de paso por un lugar hacen posibles, el contexto en que más plenamente he llegado a aprehender lo que verdaderamente significa el concepto de intensidad. El libro de It, que siempre he leído estando de vacaciones, junto a todas las imágenes que a él tengo asociadas y que son en sí mismas manifestaciones indistintas del verano (páramos secretos de vegetación lujuriante, advenimientos menstruales y eclipses de sol, pactos entre niños enamorados, traiciones a los padres y a la religión encarnadas en bessos furtivos entre los arbustos que acontecen a pesar del miedo, o quizá gracias a él), es el instrumento que ha sensibilizado mi espíritu a la erótica del terror. De no haberlo leído, tal erótica existiría de todos modos, pero el hecho de haberlo releído con posterioridad a todos esos acontecimientos de iniciación, cuando intelectualmente ya estaba preparada para comprender además de para sentir lo que el libro significaba para mí, ha transformado en filosofía de vida lo que habría podido quedarse en una mera (aunque no simple) experiencia adolescente.

domingo 10 de agosto de 2008

Instrucciones para comerse una fruta


Acabo de acordarme de cierto día en la cafetería, muy a principios de curso, en que jugué a poner cachondo a todo el mundo comiéndome una raja de melón. El poder de la imagen residía en cierta mezcla entre obscenidad y voluptuosidad elegante que surgía de mis maniobras sobre la fruta. Obscenidad, porque el jugo me chorreaba por la cara y el cuello y porque yo tengo cuerpo de chica de calendario para camioneros y es sencillo imaginarme manguera en mano en una gasolinera perdida en la autopista; voluptuosidad elegante, porque cuando quiero pongo cara de muchacha y, por alguna misteriosa razón, el zumo de melón sobre mi rostro sugería un no sé qué de verano, de zumbido y de niñas en bikini en piscinas, con gafas de corazón y boquitas extrañamente voraces y criminales.

El arte de comerse una fruta reside en comértela como si fuera carne humana y excitable, en comértela como si del pubis de una pérfida prepúber se tratase, en comértela como si mientras te la estuvieras comiendo te estuviesen comiendo a ti la pulpa corporal equivalente. Hasta el nombre del postre era sugerente: raja de melón. O la gente tiene muy poca imaginación, o mi perversidad es algo más que un toque diabólico en el rostro y en la sonrisa esbozada.

Cito a Miller, que escribe casi tan bien como yo:

Esto no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro, en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo en la cara del arte, una patada en el culo a Dios, al hombre, al destino, al tiempo, al amor, a la belleza… a lo que os parezca. Voy a cantar para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero voy a cantar. Cantaré mientras la diñáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver.

Mmmmmmmm… Me encanta eso de “cantaré mientras la diñáis”. Y como me encanta me inclino sobre el plagio confeso de la frase, presiono con mi índice mi orificio nasal izquierdo, acerco el otro y aspiro como si en ello me fuera la vida el blanco impoluto de la celulosa y el índigo uniforme de mis caracteres inclinados hacia la derecha en estilográfica y embarullada originalidad. Ahora sé que llevo a Miller dentro, en la sangre, infectándome de todo lo infectable, bombeando bríos y obscenidad desde mi corazón borracho y lujuriante de literatura.

Te desseo cosa mala.

Disección del enfant terrible a propósito de Gin- Gin



He estado leyendo tus mails a Kill Karma. ¡Qué niño éste!, me he dicho. Eres una mezcla explosiva de adorabilidad y mala educación que, las más de las veces, resulta ardua de digerir. Dices que yo te aguanto porque soy fuerte y porque te amo, pero yo te digo que más que por fortaleza o por amor, soporto tus desplantes y tus constantes dártelas de Dios porque te conozco. Porque te conozco de verdad y me gusta lo que representas en conjunto.
Ayer me dijiste que antes de conocerme a mí e incluso antes de conocer a Rocío lo que buscabas era una novia yonqui, una niña pija excesiva y sin nada que perder que te acompañara en tus aventuras de fuego y decadencia; una compañera sexual y espiritual que entendiera sin palabras, a través de una especie de intuición compartida, la razón auténtica de tu actitud en apariencia desquiciada y el amor inmenso a la vida que se oculta tras todo ese odio carismáticamente útil que enarbolas para protegerte de tu propia hipersensibilidad ante las cosas. Heme aquí, pues. A tu lado para satisfacer tu necesidad de absolutos, a tu lado para acompañar tu espíritu hasta la mismísima tumba; para inmolarme, si es preciso, en pro de esta conjunción equívoca que ya supera nuestras individualidades respectivas y que nos pertenece del mismo modo en que las obras de arte pertenecen a los artistas que las han creado.
He leído también cierta respuesta que le pusiste en su blog a mi queridísimo Gin- Gin, atacando no ya su literatura (pues no es tu estilo), sino su vida y las condiciones de su presente. Después de que él te contestara lo que ya sabías, lo que ya comprendías, te disculpaste (lo que por otra parte siempre haces). La verdad es que en tu respuesta no había a simple vista nada verdaderamente ofensivo. A Hank, que al igual que yo torea tus desplantes más porque te comprende que porque te ame, la supuesta ofensa de tus palabras debió de enternecerle. Y no creo que fuera la condescendencia lo que provocó dicho enternecimiento, sino el reconocimiento en ti de ciertas actitudes tipo que, por alguna razón, comprendemos tanto él como yo. Porque te conoce verdaderamente a pesar de la distancia y de no haberte visto en su vida, puede sentir algo parecido a lo que siento yo cuando me hablas así. La primera reacción es intentar eliminarte, por gilipollas, pero la segunda es necesitar abrazarte, o follarte, para ofrecerte consuelo y recibirlo en tus brazos. Hay en ti, en nosotros, una necesidad tan grande de amar… Provocamos para llamar la atención, para demostrar nuestra lucidez, para poner a los demás contra las cuerdas y ganarnos su respeto, pero, ¿qué se esconde tras todo esto? Una necesidad hipertrofiada de ser amados, deseados y necesitados; una necesidad de certezas, de gestos de amor, por completo imposible de satisfacer humanamente. Por eso cuando aquellos a los que vanamente hemos tratado de ofender nos responden con comprensión, que junto con el desseo es para nosotros la manifestación más poderosa del amor, el corazón se nos derrite y nos deshacemos en disculpas y en compensaciones.
Quizá la provocación ofensiva sea una manera de poner a prueba el amor que nos profesan. Si te fijas, sueles ofender a personas que te interesan (o mejor dicho, a personas a las que te interesa interesar por interesarte ellas a ti). No sabes pedir abrazos, y tampoco sé hasta qué punto te serviría una palabra de aliento o una palmadita en la espalda surgida de la espontaneidad de una persona. Creo que necesitas que el amor se manifieste tras un conflicto provocado por ti porque lo que buscas en el otro no es una comprensión parcial ni una simpática complicidad, sino una prueba de la aceptación incondicional de lo que eres y significas. En las mujeres y en los homosexuales buscas desseo, y en los hombres heterosexuales padres adoptivos. Te encanta, como a mí, que te adopten. No puedes tener amigos a secas, porque te aburres pronto de la sobriedad que la amistad “pura” trae aparejada. Eres absolutamente incapaz, salvo conmigo, de mantener relaciones de igual a igual. En Hank sé que ves no sólo a un compañero de lujo para alguna de esas aventuras salvajes que nos gustaría emprender en compañía de alguien externo a nuestra dualidad, sino a una especie de padre- amigo ante quien responder. De ciertas personas particularmente íntegras es complicado conseguir una mirada de envidia, pero no tanto una de orgullo semipaternalista (envidia sublimada del que, adoptando al “rival”, transforma la competición en tutela).
A mí me sucede otro tanto, aunque debido a mi sexo las interacciones se desarrollan a otros niveles y las sublimaciones se aplican sobre otros elementos de la ecuación. Probablemente yo en Hank no buscara tanto un padre como un amante protector. No sé si alguna vez cristalizaríamos la atracción mutua en sexo físico, pero lo que sí es seguro es que el sexo siempre estaría presente entre ambos (y por extensión, entre los tres). Imagínate la escena: tú y yo drogados o borrachos como cubas, y Hank llevándonos a casa a través de un laberinto de calles. Mientras diserta contigo sobre cualquier exaltación, me mete mano a mí por debajo de la falda. Ya ves, de nuevo los tópicos imaginarios de siempre: borrachera, exaltación, tríada, niños poderosos temporalmente indefensos (como ese embriagadísimo Baco al encontrarse con los marineros tirrenos que tratarán de engañarle), persona externa que se responsabiliza de que estemos bien a la par que se emborracha de nosotros como el que más. Un padre irresponsable y pervertido, alguien que nos quiera condicional e incondicionalmente a un tiempo (incondicionalmente en tanto en cuanto las condiciones sean X, Y, y Z), un amigo curtido en escándalos a quien escandalizar, alguien capaz de enamorarse de nosotros sin sufrirnos, alguien a quien conocer en el más puro surrealismo y con quien citarnos como en sueños, en un plano alejado en al menos tres grados de la realidad; alguien –y esto es lo más difícil- con quien escapar a esa sordidez con que culmina, sin que nada pueda hacerse para evitarlo, la toma exaltada y violenta de la ciudad por nosotros incendiada.

Remembranza breve


Hoy, como ayer, me recorren todo el cuerpo sensaciones procedentes del pasado que, por su intensidad, comienzan a resultarme más reales que las de mi propio presente. Su nitidez, empero, puede deberse a la evocación melancólica que de ellas realizo precisamente en el presente, y no a una mayor vigencia o realidad de las imágenes pretéritas frente a las actuales. El caso es que te echo de menos con toda una maraña de impresiones que, entrecruzadas en arabescos de intensidad sobre el pecho, me recuerdan visual, auditiva, olfatoria, gustativa y táctilmente todo lo que vivimos hace tres años: el modo en que nos conocimos y el arrebato emotivo que suponía la certeza de coincidir cada tarde en trilogía astral con aquel Krinos propiciador y esotérico, la despreocupación aparente del que fingía no interesarse por los planes de un tercero en un intento por parecer dueño de una situación que románticamente le superaba, la exhibición sexual e intelectiva que se ofertaba entre risas y descaros de la lengua; la preocupación continua y subrepticia por la posición del otro, y por la orientación de su cuerpo; el vino barato y embotador que me condicionó a responder al nombre de Alicia y me desmayó en tus brazos junto a los baños de nuestra primera segunda casa; mi jersey negro desgastado, mi cadena y mi mariposa doradas y mi falda roja de bruja recogida por encima de los muslos; el olor a lluvia y a sexo de tu urbanización el primer día que fui a tu casa, con la indicación de bajarme en la parada del Hospital, palpitante de ansiedad de ti e imaginando durante el trayecto en autobús el modo, momento y lugar en que me levantarías la camiseta y comenzarías a comerme las tetas; tus visitas a la facultad y nuestra intimidad creciente de lado a lado de la mesa, el calendario de adviento que en materia de regalos ofrendaste a mi impresionabilidad de niña mimada; la carrera enfebrecida calle arriba a la búsqueda del éxtasis supremo, con la sangre matizada de sustancias y el corazón entregado al galopar suicida que supuso y todavía hoy supone la conjugación de nuestros caracteres; tu peregrinación a la ciudad cada día, con las muletas cruzadas tras el manillar y bajo lluvias de intensidad variable, sólo por la urgencia y el desseo de mí; tu chupa negra de cuero y el modo obsceno que siempre has tenido de tocarme el culo, apretando y separando a un tiempo; el perfume Beyond Paradise y el efecto poderoso que a día de hoy produce sobre ti; el 24 de diciembre del 2005 junto a la FNAC de Callao, sentados en sendos taburetes de madera y mareando el tiempo hasta la hora de cenar con nuestras respectivas familias, haciéndote entrega del que fue quizá mi primer regalo, un DVD de Morrisey de portada eminentemente gay, y sintiendo por primera vez tristeza (por eso recuerdo el instante con tantos detalles) ente la idea de tener que separarme de ti para cenar en Nochebuena; el primer día que viniste a la facultad buscando coincidir conmigo y no osaste declinar mi invitación a un café (no gustándote éste en absoluto)

---podría continuar hasta el infinito---. Por ahora sólo me apetece decirte que te quiero con locura. Para bien o para mal, eres la única persona de la que depende la bonanza de mi estado de ánimo. Sólo me importa verdaderamente el estar a buenas contigo, y a veces pienso que en realidad eres el único ser humano al que quiero. El único cuya muerte constituiría para mí algo más que una anécdota, un punto de inflexión o un mal trago. Pero no voy a continuar por el lado de la muerte, que ya está bien de tanto pesimismo y de tanto pánico a la desintegración. Lo único que sé es que deberíamos empezar a movernos en pos de una mayor libertad. Vida sólo hay una y yo quiero vivir la mía contigo. Y lo quiero ahora, ya, en el mismo momento en que me apetece y no con cinco años de retraso en nombre de la prudencia.

Carta de agradecimiento de Lula


Hay que diferenciar entre lo que los demás dicen esperar de ti y lo que esperan realmente, entre sus palabras factibles y sus verdaderos desseos, entre lo que son y lo que aspiran a ser, entre su esencia y el cascarón que a modo de coraza estratégica los envuelve por completo, o casi. Todas mis anteriores parejas, excepto quizá el no del todo correspondido Andrés, se enamoraron de una quimera a su alcance más que de lo que yo por aquel entonces era. Aunque en ningún momento dejaron de temerme y de desconfiar de mí, transformaron mi personalidad en un algo más digerible y simplificado e hicieron de mis paradojas meros tópicos de conflicto a los que hacer frente desde el convencionalismo más cobarde. Obviando mi naturaleza esencialmente sincera me tacharon de perversa y de infiel a secas, y yo, que he pecado siempre y gracias a mi madre de una infame tendencia a la autoculpabilidad, acabé tomando por maldad e intriga lo que no era más que el devenir natural que correspondía a mi carácter.
Casi todas las interpretaciones que de mi personalidad hicieron fueron erróneas y, aunque por caminos diferentes, unos y otros acabaron llegando a la misma e irrisoria conclusión: que yo era una puta fría y desalmada que utilizaba a los hombres a su antojo, sin importarle en absoluto el daño infligido y las esperanzas rotas a su alrededor. Según esta definición yo debería ser una persona del todo indeseable para cualquiera que, estando de acuerdo con ella, participase de un mínimo de honestidad para consigo mismo. Sin embargo, los mismos que tan ligeramente osaron describirme y juzgarme, continúan a día de hoy obsesionados conmigo hasta el absurdo. ¿Cómo se explica esto? ¿He de pensar que soy irresistible hasta el punto de que ni el tiempo ni la distancia hacen mella en los sentimientos que hacia mí se albergan? A pesar de lo halagüeña que resulta la hipótesis, me inclino más bien a pensar que en realidad jamás me han amado, ni ahora ni antes, y que es únicamente el orgullo herido y la negación de la propia derrota lo que a pesar de la más que evidente falta de correspondencia les impulsa a volverse hacia mí una y otra vez. Otra explicación posible es que no pensaran en absoluto eso de mí, y que la razón de que se expresaran en términos semejantes surgía de un intento subrepticio y ridículo por domesticar a la supuesta puta oculta en mi interior. De nuevo estarían incurriendo en un error lógico: tomar por lascivia simplona lo que en mí no era sino auténtica posesión.
Qué absurdo tratar de domar a un poseído, ¿no crees? Quizá, si hubiera sido el diablo el artífice de todas esas malas artes que tantos quebraderos de cabeza han causado a mis inocentes pretendientes, se habría podido intentar un exorcismo que aniquilara de raíz, para bien o para mal, esa tendencia mía a la dispersión romántica y espiritual. Pero por fortuna o por desgracia no es el diablo quien susurra en mi oído la dirección que he de tomar a cada instante. Ahora sé que no estoy poseída por espíritu infernal alguno, y que ni una sóla de mis acciones merece ni por asomo el calificativo de perversa o de maligna. Puede que sea desconsiderada, pero más por fidelidad intrínseca a lo que soy que por una auténtica falta de compasión. Estoy hechizada de vida y de intensidad y la única lealtad que respeto de corazón es la de ser coherente con las efervescencias que de repente se desatan en mi corazón. Llevo media vida mortificándome por mi incapacidad congénita para rendir tributo al convencionalismo y ahora, gracias a ti, estoy dispuesta a afrontar la vida desde una perspectiva más alegre y compasiva para conmigo.
Para mí era estrictamente necesario encontrarme con alguien que me amase por lo que soy en lugar de por lo que se supone debería ser, y ni todo el dolor de la tierra va a impedirme ahora desarrollarme como merezco. Mi compromiso es para con la vida; mi matrimonio, con la intensidad. Tu existencia no me da sino alas para realizarme; tus celos, que también son los míos, no tienen más consecuencia que la de una leve ocultación desprovista de todo significado. Dejar de amarte sería la mayor de las traiciones, la soledad más absoluta, la muerte más atroz. Esta dualidad que formamos y que Dios ha debido de conjugar en un arrebato de genialidad humana ha de perdurar el tiempo que demoremos en follarnos el mundo y a todo lo que en él habita.
Te amo

Nabokov, Proust y otras locuras

Imagina que nos encontrásemos una cartera, y que en esa cartera hubiera, además de cien o doscientos euros, una tarjeta con el teléfono de un tal León Curvas Cuervo, director ejecutivo de la discográfica Lupanar Breakfast in Laponia (por mí inventada para esta honrosa y lujuriante experiencia de transmitirte por escrito mis más mejores pensamientos de lunes por la mañan(a)(ita) –tómese la desinencia que mejor se corresponda con el humor transitorio de cada uno).
¿Qué haríamos, amor? ¿Quedarnos con el dinero y corrernos una juerga de escándalo, entregarnos a un derroche romántico de órdago, descerrajarnos el cuerpo en la calle a la par que proclamamos el imperio hedonista de ese hijo nuestro imaginario y dionisíaco que tan conmovedor resulta en sus declamaciones (No son estas tierras las que os he pedido, marineros. No es esta costa la que me habéis prometido. ¿Por qué acción he merecido este castigo? ¿Qué gloria es la vuestra si siendo jóvenes engañáis a un niño, si siendo muchos a uno solo?)? ¿O por el contrario haríamos un esfuerzo sobrehumano y en todo opositor a nuestra naturaleza desaforada, y con la esperanza de obtener una oportunidad en ese universo hostil que es la escena independiente nacional, probaríamos a devolverle al potencial mecenas su cartera en plena integridad de documentos, recuerdos personales y valores en metálico? ¿Y en tal caso, como lo haríamos? ¿Aprovechando la dirección de email que tan oportunamente vendría incluida en la tarjeta, o llamándole por teléfono? Mi imaginación aventurera me impulsa a decantarme por el comunicado escrito, quizá por ser éste el plano lingüístico en que mejor y con más soltura me desenvuelvo, y porque ofrece a mi entender más posibilidades dramáticas. Me explico: podríamos por ejemplo, en lugar de aludir a la devolución de la cartera apelando a nuestro papel de buenos y solidarios samaritanos, pedirle un rescate por ella con un mensaje incitador de esos que tan bien nos salen y que tanto disfrutamos elaborando. En nombre de la extravagancia y cayendo, no digo que no, en el error de siempre de suponer en nuestros semejantes un núcleo interior de intensidad equivalente al nuestro, podríamos intentar un asalto al estrellato vía pirata, por medios ligeramente criminales (pues dudo de nuestra capacidad para, a pesar de todo lo que nos sugiere el destino fugitivo del bandido, llevar a cabo y en perjuicio de alguien fechorías mayores). Le podríamos chantajear, así como medio de coña, con el tema de la cartera. Columpiando con palabras equívocas su duda acerca de la seriedad de todo el asunto, conquistaríamos su atención y estimularíamos en su interior ese afán por lo trepidante y lo inesperado del que peca, en mayor o menor grado, cualquier ser humano que se precie.

Supongo que todo esto se me ha ocurrido a raíz de ponerme a considerar la sequía monetaria que se nos avecina esta semana. Al final va a ser cierto eso de que todo ocurre para bien, y de que las penurias (hiperbólico) y las necesidades insatisfechas ofrecen material de primera para esa hoguera pequeñoburguesa y mistificada que es la sublimación. Porque, ¡qué cojones! Nabokov era un puto (envidiosa) aristócrata que, aunque pasó por años de exilio voluntario y por toda esa clase de detalles que tan bien quedan en las biografías, no tuvo en realidad que preocuparse por ninguna de las necesidades que pugnando por satisfacerse nos golpean el pecho a día de hoy: educación privilegiada, sibaritismo y voluptuosidad familiar, intimidad, variedad vital, riqueza estimular. ¡Joder! Viviendo en una mansión en primera línea de bosque russo y gozando como gozaba de todas las gratificaciones de la vida acomodada, ya podía escribir como escribía y, sobretodo, ver como veía. ¡Qué gran observador de la belleza es Nabokov! Ese rasgo, que comparte –aunque en otro sentido- con Proust, es lo que le hace tan buen deor de intensidades, tan magnífico pintor de escenas familiares a la propia sensibilidad.
La diferencia entre Proust y Nabokov es que Proust veía y escribía como un viejo (maravilloso, sí, pero viejo al fin y al cabo) y que Nabokov veía como un joven pero escribía como un viejo. Así, la elección de los temas en Nabokov (las cosas en que se fija y que en su literatura son motivos recurrentes) se corresponde con la que haría un adolescente, o quizá un joven, y sin embargo su lenguaje y sus modos de reflejarlo son los de un viejo (con esa infinita paciencia que se trasluce de la consideración milimétrica del detalle en lugar de con la impetuosidad evacuadora del artista joven que se manifiesta). Esto es, a mi entender, lo único de lo que, aun debiendo pecar, no peca su literatura: de una chispa de juventud, de un arrebato surgido del desaliento, de un naufragar a ciegas por las simas literarias en pugna por la expresión magnífica de ese hipido de condena al mundo que, precisamente por inmaduro y desvergonzado, se come con patatas la sutileza embellecida del artista anciano que mira su vida en retrospectiva y sin radicalismo alguno. Supongo que esa es la razón de que la literatura de Nabokov, de manera inversamente proporcional a la de Miller, nos vapulee el ego más que nos conmueva. La literatura del ruso es tan vivificante, tan pulida, tan esplendorosa, que el afán por la perfección nos hace (me hace) obviar las carencias de su obra. Ese enceguecimiento viene ayudado por el hecho de que la visión del autor era la de un joven. La proximidad de los temas, los nexos con mi propia vida, los nodos de identificación son tan numerosos, que confundo vista con lo que escritura es y me convenzo de que Nabokov tiene exactamente la prosa que a mí me gustaría tener. Con Proust esto no me sucede, claro. Su prosa arquitectónica y exhaustamente perfecta no hace más que confirmar el hecho de que su visión era la de un viejo. ¿Y acaso nosotros le envidiamos algo a los viejos? Está claro que no, que nuestro espíritu es tan endiablada y persistentemente joven que, cuando envidiamos, envidiamos siempre desde la regresión y con el afán de alcanzar alguna clase de inmortalidad detenida en la adolescencia. Queremos la lucidez de una esfinge, pero la queremos en cuerpo de niño. La plasmación artística a la que aspiramos es a la de una dominación absoluta de las formas (próxima a la perfección estática del viejo genial) que se vea constantemente contaminada por el ardor juvenilmente radiactivo de nuestra experiencia vital (al estilo del Miller más enfurruñado y malhablado y del Rimbaud más eufórico y carnavalesco que imaginarse puedan).

Carta enloquecida de Lula


Oui, mon coeur. Justo eso. Justo eso.
Las claves:
- cualquier otra mujer lo conseguiría sin esfuerzo
- juego mal mis cartas
- joderme bien jodida.
Justo eso. Joderme bien jodida. Bien jodida. Cómo me excita esa frase en tus labios fríos y calientes, en tu lengua de pulpa y de acero.

Hoy no sé pensar, no puedo pensar. No me encuentro bien, no me encuentro mal. Tararí, tararí, tarará.
No he comido. No he hablado con nadie, excepto con Anaïs (que estos días me sigue de cerca, lo presiento, como un fantasma deliciosamente femenino y solidario).

Hay que ver lo bueno que estás y lo bruto que eres, amor mío. Esa brutalidad tuya tan sensible, esa sensibilidad tuya tan brutal y primitiva.

Me he metido en el baño de paralíticos, que tiene un espejo privado (no sé si para compensarles por su incapacidad o para recordársela visualmente). Me he desnudado y me he contemplado de frente y de perfil. Me he gustado. Me ha gustado mi cuerpo y mi rostro al contemplarme. ¡Qué hembra!, me he dicho. ¡Tan lista! ¡Tan guapa! ¡Tan jodidamente insatisfecha! ¡Tan enamorada del mejor de los hombres! ¡Tan triste!

Eso me decía Fernando, que tenía los ojos más tristes que había visto en su vida. Los veía tristes incluso cuando estaba contenta... aunque bueno, tan sabiniano él, ¡qué otra cosa podía decirme! ¡La muchacha de los ojos tristes! ¿Tengo tristes los ojos, o sólo los entristezco cuando sé que me están mirando?
Tú también tienes los ojos tristes, la cara triste. ¡Cómo me gustas! En ocasiones me resulta increíble que me gustes tanto. Me resulta incluso fastidioso.

Me voy a tomar otro café, a ver si estallo de una puta vez y salpico a todo el mundo con mi santidad.

Bien jodida. Bien jodida. Eso es lo que nadie excepto tú ha hecho jamás: joderme como Dios manda, mandarme como Dios jode. Me gusta estar a tus pies, o no. Quién sabe. Yo lo sé. Dios lo sabe.

Jódete, Dios.

Carta de Lula al enfant terrible

Bebo café, café para arrancarme la resaca y las melancolías que ésta trae aparejadas; café para evocar el instante en que tan ilícita y deliciosamente nos conocimos, conmigo pateando las calles enamorada de otro que no eras tú y contigo apareciéndote en mi camino más hermoso que un ángel e infinitamente más irresistible que cualquiera; café para escribir desde el arrebato lo primero que se me ocurra, sin que la censura de la autoexigencia castre de raíz mi afán por manifestarme; café para no tener hambre, para olvidarme de las tardes fracasadas y de los planes de intensidad que jamás llegan a concretarse en algo meritorio y digno de ser recordado; café a falta de otra cosa, ansiedad inducida y floreciente, milagro de explosiones que se suceden como en paroxismos alternando necesidades y satisfacciones que ora te incluyen, ora te excluyen por completo.
Ser valiente, ser fuerte, ser interesante, permanecer hermosa. ¿Y mi incapacidad para romper monotonías? ¿Y la tuya para sentirte espontáneamente a gusto? ¿Cuál es nuestra verdad, amor? ¿Hacia qué tendemos y para qué? Tanta potencia, tanto atractivo, tanto carisma y tan pocos y tan vanos objetivos. ¿De qué nos sirve todo este realismo de fantasías y entretenidas banalidades, toda esta tensión y este subirse por las paredes constante?
Siempre sucede todo en el plano del más allá, en la desintensidad del largo plazo, en la irrealidad mitificada de un futuro de estrellato que nunca resulta lo suficientemente magnético como para hacer que nos pongamos en marcha.
¡Viajar! ¡Soñar! Romper con la inercia vulgarizante que llevamos prendida a los talones y aniquilar a pisotones las fronteras de este entorno nuestro nulo y absorbente en demasía. Asesinar las esperanzas de los nos quieren por consanguinidad y no nos merecen por ni siquiera merecerse a ellos mismos.
Al nacer nos fue entregado un cuerpo privilegiado y es así como le sacamos provecho: colgándonos de un sentimiento de extrañeza postizo que nos amarra a ese buque en perpetuo hundimiento que es la decadencia, riéndonos de la risa en lo que no es más que una variante masoca del sentido del humor. Parecemos estar condenados a un constante no sentirnos bien, a una eterna amenaza de aburrimiento, a una hiperconsciencia de absurdo paralizante y demoníaca.
Sí, mi amor; Rimbaud era del todo anacrónico. Me lo imagino vestido con harapos, saltando por el monte, comiendo ratas en un arrebato de primitivismo, grabando el nombre de Verlaine con una navaja en la madera llena de grasa de una mesa rectangular de taberna, proclamando un imperio de carcajadas o haciéndose el mártir según la moda poética de la semana. ¿Y nosotros? ¿Somos también anacrónicos o por contra hijos profundos de nuestro tiempo? ¿Nos movemos en pos de la modernidad o es la modernidad la que se lo pasa en grande pateándonos el hipersensible culito de poetas en racha de osadía?
¡Eres Absurda!- me dijiste ayer. ¡Cuánta razón tienes! ¡Qué clarividencia la tuya! Del Absurdo es precisamente de lo que no me libro ni en sueños, cuando los tengo; del Absurdo, del Patetismo y de la Mecánica de Compulsión a no hacer nada que me beneficie. ¡Absurdo! ¡Terrible maldición para la embriaguez de los sentidos! ¿Quién, de todos los que por desgracia hemos descubierto la realidad de ese sinsentido, conserva intacta la fascinación descabellada por lo que ha de venir, la capacidad preciosa para anonadarse de veras, el alcoholismo infantil de las emociones de infarto?
Hoy tengo miedo a perderte y a perderme, a que las verdades como templos disfrazadas de relativo me conviertan en un ente demasiado lúcido, o muy poco, para amar desde la tontería vivificante del adolescente. Tengo miedo a llamarte y que estés enfadado, o a llamarte y que estés en un estado del todo incompatible con el mío, o a llamarte y sorprenderte aburrido y sin desseo alguno de pasear en mi compañía. Miedo, miedo, miedo, miedo, miedo, miedo… Strungle, fungle, gungle. Juajajajajajaja. Santo Cristo Bendito, ¿pero qué coño me pasa?

Hasta la modernidad siempre




Ayer reflexionaba, desmayada de gusto sobre la cama, acerca del papel del miedo en nuestra manera ultrahumana de afrontar la vida. Miedo a ser abandonados, miedo a decepcionar a aquellos que más nos admiran, miedo a traicionar confianzas ajenas a la de uno mismo, miedo a la bronca y a la desconsideración, miedo a la vulgaridad del propio rol, miedo al anonimato o al popularismo exagerado y al alcance de todos. No nos acabamos de fiar de lo que somos y en base a ese temor actuamos o dejamos de hacerlo. Es complicado detectar cuándo una persona está siendo infiel a su propia naturaleza, tanto por exceso como por defecto de actitudes, y tendemos a pensar que el exceso es más indicativo que el defecto a la hora de valorar el grado de autocompromiso de cualquiera.
Il faut être absolutement moderne. La verdad es que tengo serias dudas acerca de lo que significa el concepto de moderno, al menos en boca de Rimbaud. No sé si moderno implica una actitud de compromiso para con el propio tiempo consistente en dejar el reflejo de lo que uno es en relación a la época que le ha tocado vivir o sí por contra el concepto nada tiene que ver con esa definición, pero en cualquier caso tampoco conozco lo suficientemente bien el contexto de los simbolistas franceses como para aventurar un juicio sobre la modernidad de Rimbaud en ese sentido. Tampoco sé hasta qué punto la belleza de la vida del poeta llegó a superar la de su poesía, y cuanto más lo pienso más me convenzo de que en ningún caso fue así. La verdad es que, aunque conmovedoras en grado sumo por todos los rasgos de personalidad que implican, no creo que las actitudes de Rimbaud para consigo mismo puedan considerarse dignas de lo que nosotros denominamos belleza e intensidad de carácter. Independencia económica sí, pero, ¿a costa de qué? Que no volviera a escribir, pase; pero que eligiera, de entre todas las vidas posibles, la de un traficante de esclavos obsesionado con el dinero, me parece a mí un desatino vital de categoría que refleja más una patología que una verdad (y la verdad bien entendida es, como decía Keats, belleza). Teniendo en cuenta que a partir del siglo XVIII las enfermedades psiquiátricas recuperaron el estatus de extravagancia que les había sido arrebatado con la Ilustración y comenzaron por tanto a proliferar, puede que en este sentido la vida de Rimbaud fuera absolutamente moderna. Como criatura de su tiempo que era y, no digo yo que no, quizá desbordado por una lucidez que no supo o no quiso encauzar, optó por la locura y por lo que en su caso implicaba la modernidad.
El que ahora Rimbaud sea en sí mismo más poético que cualquiera de sus poesías no debería indignarte en contra de su producción literaria, porque creo que tiene que ver más con la manera humana de hacer uso de los símbolos que con la calidad de lo que el pobre obseso escribió. Los hombres tomamos hechos del pasado y, al considerarlos en retrospectiva y desde el más profundo desconocimiento, los elevamos a la categoría de epopeyas preciosas y ultragenuinas. La propia forma en que hablamos de nosotros mismos y de nuestras motivaciones añade uno o dos puntos de tragedia o de comedia, según el caso, a la tragicomedia que resulta ser siempre la realidad, también la nuestra. Por eso los retratos de vida de los artistas me levantan siempre una sonrisa. Aunque cualquiera sabe que la vida de cualquier persona, considerada en todas sus dimensiones, resultará siempre más interesante que una obra de arte en concreto, parecemos necesitar reforzar el interés de la vida, en tanto que vida humana, del artista, en un intento por que éste se eleve, elevándonos, por encima del resto de los hombres.

No alcanzo a imaginar de qué manera, siendo coherentes con nuestras naturalezas, podríamos dejar de amarnos. Repito, que ya sabes que me encanta: no hay nada más interesante que un ser humano en todas sus dimensiones. Si aprendemos a hacernos partícipes de esas dimensiones, como creo que ya estamos haciendo, no concibo modo alguno en que pudieras dejar de interesarme. Lo jodido es cuando por ese miedo del que te hablaba antes evitas que el otro participe de las facetas que te constituyen. Ahí sí que puedes alejarte y enamorarte de cualquiera, porque como en los inicios de las relaciones las personas se sienten lo suficientemente libres como para no ocultar por miedo aquellas cosas que en el fondo les apetece contar, cualquier compañía resultará más grata que la de esa persona de la que tanto se esconden. El enamoramiento del comienzo se pierde en parte debido a esa tendencia cada vez mayor a suavizarle al Otro la imagen que de nosotros guarda. Dejamos de sentirnos libres y, por tanto, interesantes. Todo lo que nos excita contar nos lo callamos por miedo a hacer daño, a que nos dejen, a que se sientan engañados por nosotros, ¡a que nos hagan lo mismo! Y entonces nos aferramos a cualquiera que nos de la opción de mostrarnos sinceros y en apoteosis de lo que somos, a cualquiera que nos reciba íntegros, en bruto y excitantes a rabiar. Todo eso, por supuesto, dura poco, y enseguida comenzamos de nuevo con el intercambio de simulacros y ocultación que es, en mi opinión, el principal motivo de ruptura de las relaciones que sí merecen la pena.
Mi mayor pecado contigo, venial gracias a tu profundo conocimiento de mí y a mi consecuente incapacidad para engañarte verdaderamente, es haber obstaculizado por miedo tu desentrañamiento progresivo de mi naturaleza. Superado eso, o en proceso de superación, sólo puedo pensar en que te amo y en que la vida a tu lado se me antoja cada vez más excitante. Cuando envejezcamos ya veremos lo que hacemos, si pegarnos un tiro o lanzarnos de cabeza a la piscina de Cocoon.
Pienso también en la vulgaridad de casi todo cuanto a mi rutina rodea: la frigidez diabólica de mi madre, a la que no sé si quiero o me fuerzo a corresponder; la ausencia de viajes y el aburrimiento que entraña el encadenamiento a un único paisaje cuando se es joven y se padece de una inflamación crónica de corazón, la comprensión incondicional de nuestros más asensuales amigos, la sucesión de clases y profesores desde la distancia respetuosa y cansina de mi rol de alumno, el fin de semana y la disipación lícita que por costumbre implica, la austeridad económica y las limitaciones que a nuestro pesar trae aparejadas.
¡Vulgaridad, aburrimiento, existencia vacua y sin libertad efectiva! A todo eso, añádase la falta de ganas, o de impulso, de buscarse uno la vida con esfuerzo y dedicación responsables.
Somos desde luego marginales, y ojalá el tenerlo tan claro fuera requisito necesario y suficiente en el camino a la progresiva independencia de todos los lastres variopintos que nos amargan los plomizos despertares, a nosotros que ni por asomo los merecemos, a nosotros que por ser quien somos debería todo otorgársenos sin a cambio nada pedir.
Me gustaría vivir en una buhardilla, pasarme el día borracha y escribiendo, explotar mi libertad hasta el más puro dolor, evadir el remordimiento ensayando una y otra vez el egoísmo característico de mi condición naturalmente insatisfecha. Y puede que todo esto no sean más que tópicos, y que lo que hacer debiera es esforzarme en la experimentación de una vivencia genuina no basada en quimeras de bohemia con precedentes. ¡Pero es tan difícil para un soñador renunciar a sus sueños de adolescencia! Por muy estúpidos, simples y trillados que estos resulten el soñador encuentra siempre un gusto superior en revolcarse en la evocación de los mismos echando mano de todos los recursos de que para ello dispone: literatura, drogas, bessos, cine, exigencias para con uno mismo, aromas que sugieren no se sabe qué concreciones de la felicidad.
Hoy pretendía aplicarme, como antaño, a la lectura de los malditos, y como antaño me he descubierto inhábil para permanecer embebida en nada que no sea yo misma el tiempo preciso para extraer siquiera una conclusión de mediano interés. A veces dudo de que me guste realmente leer, y dudo de mis motivaciones para con el arte de los demás. El mal arte, el no- arte, me aburre inmensamente y me irrita; el buen arte, en cambio, ni me irrita ni me hace disfrutar, sino que por contra me tortura y me hace andar como una loca sin rumbo determinado por entre esa gente que, por una vez, me mira con más curiosidad que desseo.
Si aparecieras por aquí no sabría siquiera qué decirte. Necesito sustancias que me liberen de esta angustia ansiógena que me impide gozar de lo que escribo y del acto mismo de escribir. Necesito sustancias que modulen la llama que consume mis determinaciones para con el nuevo día. Necesito sustancias que me vendan sinapsis de intensidad y serenidad entremezcladas. Necesito sustancias que me convenzan del imposible de que no necesito más de lo que tengo para ser feliz en esencia.
Me pican las piernas, siento mi piel engrasada; quiero huír de aquí pero llueve, hace frío y aún no es hora de volver a casa.
Tengo ganas de que me folles mientras me dices cosas. Despierta, maldito.

Al leer a Anaïs Nin me invade de nuevo, como a los diecisiete, ese escalofrío de más que parcial correspondencia que no sé si se debe en el fondo a una realidad de hecho, o a un afán por mi parte de asemejarme a algo a lo que considero deseable asemejarse.
A veces, sólo a veces, tengo miedo de no ser verdaderamente una artista, de no necesitar serlo lo suficiente como para ponerme a la tarea, de participar de otros recursos de vida en porcentaje excesivo, de que me pueda la impaciencia y acabe al fin conformándome con el logro aparente y con la adoración ingenua que profesan los que se dejan deslumbrar con poco.
Creo que si no fuera por ti, la literatura habría abandonado la genialidad potencial de mis dedos hace ya mucho tiempo. A ti sé que no puedo engañarte y que para mantenerte deslumbrado no me queda otra que ofrecerte productos auténticos, alados, de calidad, por completo inaprensibles para el resto, acordes contigo y con lo que por ti mismo, con independencia de lo que yo soy o escriba sobre ti, representas para el mundo.
Me pregunto si alguna vez lograremos ser felices, y también si acaso no lo somos ya y lo que nos ocurre, como a cualquier ser humano que lo es en demasía, es que no lo sabemos. Creo que se trata más de una incapacidad para saber si se participa, y en qué grado, de la felicidad, que de una auténtica incapacidad para participar de ella y de todo lo que implica.
Decimos que nos faltan amigos, diversión, frivolidad grata; pero lo que nos faltan en realidad son personas en derredor que nos exciten los sentidos. No seres humanos agradables y enamorados de lo que somos, como Sara, sino personas excitantes que nos inflamen las ganas de follar y nos obliguen a apretar las piernas una contra la otra. Es así cuando más hermosos, poderosos e ingeniosos nos mostramos, cuando menos desseamos que acabe la noche y, con ella, la recolección de ebriedades artísticas susceptibles de sublimación literaria; cuando más artistas somos y más orgullosos deberíamos sentirnos el uno del otro.
Aguardo con impaciencia mi cita contigo y con la nocturnidad bravucona y sentimentaloide del vino. Le drama est mort, vive le drama!
Je t' aime