domingo, 20 de septiembre de 2009

La mala sangre


Estoy en el mismo café de ayer, aunque sentada en una ubicación diferente, tratando de sacarle algún acorde hermoso a mi portátil. Al llegar me he podido pasar diez minutos largos intentando desentrañar la maraña inexplicable del cable, que en el breve intervalo que había pasado en la profundidad de mi bolso se había convertido, no sé cómo ni por qué motivo, en un manojo de negras víboras sin principio ni fin distinguible a la vista. Es muy típico de los cables hacer eso al meterse en un bolso, y me pregunto qué extraña clase de relación puede haber entre tan dispares objetos para que al ponerlos juntos se acoplen en tan impracticable y gordiano anudamiento. Como soy competitiva y no me gusta parecer torpe, a mano desnuda y sin ayuda de espadas me he concentrado en la ardua tarea de desenmarañarlo, y en la aún más ardua tarea de no poner cara de esfuerzo en el intento. Como si lo de desenredar nudos fuera lo mío, por tener quizá un antepasado marinero, o pirata, he logrado al fin dejar el cable más lacio que mi pelo y quedarme de paso con la sensación de prepotencia que buscaba. Mis párrafos introductorios son, al igual que yo, más raros cada vez. Me parece bien. Aunque por otra parte quizá éste no sea sino un texto de desvarío y, por tanto, lo antecedente no sea más introductorio que lo que a partir de aquí me de por escribir. Si buscabais profundidad iros a nadar a otra playa, porque la mía tiene hoy la marea baja. Esto no significa, ni muchísimo menos, que esté de mal humor o con el ánimo decaído, al contrario. Diría que, por el estómago, me revolotean patitos efervescentes. A qué se debe esa efervescencia natatoria y como espumeante de cítricos ni lo sé, ni me importa gran cosa. Lo relevante es que se quede, y que lo haga además por mucho tiempo. Si para eso tengo que transformarme en una frívola, tened por seguro que lo haré. O no, depende.
Antes de entrar aquí he caminado un rato escuchando una canción de Great White que no conocía, y que se llama Bitches and another women. Como todo lo compuesto por esa banda, resulta bastante sexual. No sé si tengo más ganas de quedarme aquí escribiendo, o de salir a la calle a esquivar personas con la música atronando en mis oídos y el corazón asilvestrado cabalgándome el pecho libre, y muy deprisa. Habrá tiempo para todo, así que de momento permaneceré sentada en este granate y mullido sofá de terciopelo, con la esperanza de que mi cerebro se acabe de decantar por un tema determinado. La verdad es que hoy llevo unas pintas bastante raras. Pantalones rojos muy ajustados y remetidos por dentro de unas botas negras que, así vistas, parecen más de montar que de salir a la calle, y chaqueta con capucha verde militar por encima. El maquillaje, el de siempre, pálido cadavérico con labios rojos y ojos muy negros. Mi aspecto no es muy discreto que digamos, pero como tampoco yo soy una persona discreta y considero oportuno tratar de aparentar lo que en realidad se es, finiquitaré este párrafo confesando que me siento bastante guapa y que todo lo demás, debido a mi flamantísimo y recién adquirido cinismo, me la trae por completo al pairo.
Estoy en ese estado en que me apetece correr, sudar, pelearme y seducir, en que me siento de nuevo enfebrecida por la literatura y capacitada además para someterla al yugo antojadizo de mis palabras; en que me sé potente, asilvestrada y salvaje y existen pocas cosas con la facultad de hacerme sentir culpable. A este estado de desinhibición y furores uterinos en que me encuentro lo llamo yo la mala sangre. Supongo que, de ser un hombre o un marimacho, en lugar de por seducir me daría por meterme en broncas. Sustantivos, verbos, adverbios y adjetivos titilan ante los ojos de mi intelecto con todos los colores de un espectro extraterrestre y excesivo, como tratando de convencerme, y consiguiéndolo, de que la literatura procedente del espíritu no necesita de contenidos semánticos para erigirse en excelsa. Es en la contraposición de sus tonos, en la brillantez o apagado de las palabras que la esculpen, configurándola, donde se fragua la magia y reside el secreto de su ocurrencia milagrosa. En fin, y yo que pretendía pasar por frívola... Al leerme me entra la sospecha de que el concepto de frivolidad me es tan ajeno como a mi genoma el de un perro de aguas andaluz, y que es precisamente por no pertenecerme en demasía por lo que me resulta tan atrayente y cool. ¡Cool! Aunque odio esa palabra, lo cierto es que la utilizo bastante. Supongo que es divertida de pronunciar y que yo, como niña que soy, procuro pasarlo bien a costa de lo que sea. ¡Faltaría más!

(luego sigo, ahora voy a unirme a la jauría)

Estoy en una pelea de gallos, es decir, en una competición de cariz hip- hopero consistente en humillar al contrincante emitiendo el mayor número posible de rimas hostiles. Aunque se supone que hay que improvisarlas, al verlos tan ingeniosos y metidos en su papel uno tiene la impresión de que se lo traen de casa más que preparadito. Si yo me presentara a un concurso de semejantes características, me cuidaría mucho de elaborar por anticipado y con todo el cálculo de que fuera capaz determinadas elocuencias de probable utilidad, a saber: insultos adecuados a cualquier tipo de defecto físico que mi contrincante pudiera padecer (gordura, cabezonería, narigudez, enanismo, calvicie, acné juvenil o fealdad a secas), respuestas apropiadas al hecho más que posible de que se metieran con mis puntos flacos, con la madre que me parió o con el tamaño de mi polla y, por supuesto, rimas de chulería centradas en la grandilocuencia de dicho tamaño y en el puterío de la progenitora del otro. Con esos ámbitos cubiertos tendría tantas probabilidades de ganar como cualquiera de estos sibilinos.
Supongo que el espectador del Coliseo debía de sentir cosas parecidas a las que siento yo al presenciar estas elocuentes humillaciones mutuas, y que en realidad es normal tener cada vez más ganas de que dejen a un lado las florituras lingüísticas para por fin lanzarse, pasándose el código de honor y las reglas del concurso por el forro, a arrancarse las entrañas a bocados. En esta vida nuestra, salvo que se sea un budista o Humphrey Bogart, hay que ser de todo menos indiferente.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Que se supone que tratas de expresar en tu blog? por mucho que te leo al final termino interpretando que sufres algún tipo de insatisfacción… ¿o es todo comedia? Bueno tú sabrás, tampoco espero que me respondas.

Hank dijo...

Veo que has vuelto. Me alegro. No puedo leer tus textos ahora -tan largos, tan lunes en el trabajo-, pero me apetece saludarte.

¿Cómo te va?

Lula Lestrange dijo...

Anónimo:

Probablemente seas algún fulano que en su momento no consiguió follarme y ahora se siente frustrado. Si no te gusta lo que hay, no entres y ya está (que para eso escribo en un blog y no en un foro). Es la primera y la última vez que te voy a contestar, no me gusta perder el tiempo con impotentes.

Gin- Gin:

¡Me va, me va, me va, me va, me va! Me va la vida, me va la gente de aquí a allá...
Pues ahora mismo, de puta madre. Después de un período de locura transitoria y de sequía literaria, aquí estoy de nuevo.
Me alegro de leerte. Te diría que me llamaras algún día para charlar, pero ahora mismo estoy sin móvil.

Un besso,

4ETNIS

Hank dijo...

He disfrutado leyendo tus dos últimos artículos.
No se me ocurre preguntarme -como el Anónimo- por qué ni para qué los escribes -¿qué me aportaría eso?-, lo importante es el placer de entrar en tu cabeza, sentarme a mirar y disfrutar de lo que veo: para un texto -y para cualquier otra forma de expresión- es mucho más importante las sensaciones que logra transmitir y provoca en el lector que la propia literatura.
Como te digo, un placer. Me alegro mucho de tu vuelta.

Abrazos.

la generación de primero dijo...

Toda cojera es obvia para una aries, o eso creemos. Nuestro blog:lageneraciondeprimero.blogspot.com.
Un beso grande, y un mordisco aún más grande, Lula.

Lula Lestrange dijo...

Gin- Gin:

Yo también me alegro de haber vuelto, la verdad. Al anónimo ni la hora (por su vocabulario barriobajero, sus faltas ortográficas y su infantilismo, diría que es Ping- Pang- Pung o alguno de ésos).

Generación de primero:

Acuario, acuario ;)


Un besso;

4ETNIS

Tetis dijo...

Perdón acuario pero en el océano la visibilidad, en ocasiones, nos precede, dales duro.

La generación de primero.