viernes, 18 de septiembre de 2009

LoVe WiLL tEaR uS aPaRt


Estoy en un café llamado In dreams cuyo aspecto recuerda al de las heladerías americanas de los años 50 y que, para mayor regocijo de mi amor por el detalle y por lo retro, bloquea el acceso a la conexión wi- fi con la palabra “elvis”, en minúscula. La sonrisa del camarero al confiarme la clave me ha sugerido algún tipo de celebración relacionada con el espionaje. En clandestina complicidad, las cosas saben más y mejor. En honor al nombre del bar quizá la contraseña debiera haber sido Orbison, pero supongo que resulta más apropiado un bloqueo cuya ortografía no de apenas lugar a dudas. Y digo apenas, porque entre la b y la v de Elvis bien pudiera algún cafre mostrarse dubitativo. Y tras el párrafo situacional e introductorio de rigor, me dispongo sin más preámbulo y con cara de solemnidad a arrancar algo meritorio de mis psicotrópicos y casi, casi insondables abismos.
Como cada septiembre, me invade una cierta sensación navideña. A pesar de que siempre he afirmado que para mí Año Nuevo comienza en el noveno mes del año, nunca he estado demasiado segura de a qué me refería diciendo eso. Se trataba más de una impresión ligera y no del todo transferible a palabras que de un concepto o de una opinión forjada en base a algo y, por tanto, cada vez que aludía a ella lo hacía desde el desconocimiento profundo de la causa. Es posible que se debiera a que, cuando entre mis doce y mis dieciocho años el estío tocaba a su fin, la sensación de pérdida que experimentaba era tan fuerte y en extremo desesperante que, en cierto modo, consideraba la situación más como el fin de un ciclo que como la mera conclusión de una estación meteorológica. Cuando el verano acababa y era preciso regresar a Madrid, el único consuelo que encontraba era el de pensar que en breve sería Navidad y podría passear, henchida de exaltación nostálgica, entre las luces y las aglomeraciones de ese Broadway en miniatura que es la calle Gran Vía. Si no me aferraba a esa idea, hermosa y brillante cual estrella titilante en el pozo de unos ojos negros infantiles, la partida se me hacía tan dura que ni siquiera podía disfrutar a pleno de la última semana del verano por estar pensando ya en el instante catastrófico de la despedida. De todas formas, y por mucho que tratara de adelantar las navidades para hacerme una idea más atrayente y misteriosa de mi ciudad, el instante de agosto en nos percatábamos de que el Sol se dejaba ver cada vez menos, y de que el viento, en ráfagas húmedas y congeladas, nos obligaba antes de la hora de rigor a recoger nuestros bártulos y abandonar la playa, constituía un punto de inflexión en nuestro estado de ánimo que no siempre desembocaba en un mayor disfrute de la intensidad.
Ahora me doy cuenta de que los días que con mayor fuerza tengo grabados en el corazón son precisamente aquellos previos a la despedida. Conscientes, aunque sólo a medias, de la importancia capital de nuestros desenlaces, fuimos poco a poco haciendo de ellos rituales trágicos. Año tras año, el día fatal, corríamos al edificio Géminis a enterrar entre los matorrales, o donde se nos ocurriera, alguna clase de tesoro simbólico. Pelotas de goma, figuritas de plastilina moldeadas por mí en el garaje de Fernando, tapones de botellas e incluso anillos o videojuegos que hubiéramos utilizado ambos, eran los posibles candidatos a permanecer bajo tierra durante un año a la espera de que volviéramos a reunirnos para sacarlos a la luz. Aunque Fernando tenía terminantemente prohibido desenterrarlos sin mí, cuando a lo largo del invierno me echaba de menos solía viajar hasta Valdoviño para merodear por las inmediaciones de aquellas lápidas y llegar incluso, en cierta ocasión, a faltar a su promesa removiendo algunos puñados de tierra. Recuerdo que parecíamos actores, intérpretes arrebatados de nosotros mismos cuando, después del ritual funerario, cogíamos el coche hasta la estación de tren para llegar una hora antes que mis familiares y compartir unos últimos minutos de intimidad. Nos dirigíamos primero al bar de la estación, conmocionados hasta el punto de no poder hablar, y pedíamos un café con leche que bebíamos en silencio y sin dejar de apretarnos la mano por debajo de la mesa. Después íbamos a una zona del andén donde había trenes desguazados y cubiertos de orín y, con las piernas colgando del borde, compartíamos un cigarro. Era, al igual que el café, el único que yo consumía al año, y desde entonces tengo ambas cosas asociadas al olor a gasolina y a humedad de la estación, a una excitación sexual sin afán de consumación y al graznido de los vencejos que al volar a ras de tejado anunciaban lluvia. Todos mis últimos días, sin ninguna excepción que yo recuerde, llovió de la mañana a la noche. El humor atmosférico contribuía, con su empeño en mantenerse invariable verano tras verano, a la consolidación romántica de nuestro ritual de adiós.

Todo esto me hace pensar que, en el fondo, los momentos más intensos son aquellos acotados por la inminencia de una cuenta atrás, y que la separación, a pesar de la pérdida del Otro que supone y del vacío y de la soledad que trae aparejados, es en último término lo que más profundamente ata entre sí a las personas. A pesar del sufrimiento y de la angustia que se siente ante la amenaza de la distancia, los seres humanos se aman más y mejor en una atmósfera de tragedia que en una de estabilidad absoluta. Para disfrutar cada minuto como si fuera el último, hay pocas cosas que ayuden más que la recreación de un contexto apocalíptico en el cual, efectivamente, cada minuto es el último y los implicados se ven forzados a vivir al límite de sus emociones. Transgredir, siempre que se pueda, el remanso de la certeza, y arriesgarse al sufrimiento del corazón que no ve y del cerebro que supone siempre lo peor.
Así que no sé si odio o adoro las despedidas, porque cada vez que me toca pasar por el trance de alguna experimento emociones ambiguas, y aun contradictorias. Por debajo del melodrama y de la lágrima ligera de cascos fluye, cual si fuera un río embravecido por una estampida de impalas, la esperanza fulgurante y espesa de disponerme quizá a emprender grandes aventuras. Porque si en algo hace pensar una despedida es precisamente en su reverso, el reencuentro, y ¿qué persona peliculera que se preciara se privaría de una vivencia tan propensa a la teatralidad como ésa por miedo a lo que pudiera pasar? En el reencuentro se concierta, de nuevo, una primera cita, y desde luego es la única manera que se me ocurre de volver a conocer a una persona por primera vez. Pocas experiencias resultan, a mi entender, más emocionantes que la de reencontrarse con el compañero de batalla pasado un tiempo, y con nuevas cosas que ofrecer como aval de la propia humanidad liberada y reconquistada. Por pocas cosas, pienso, merece tanto la pena correr el riesgo de perderlo todo. Al fin y al cabo, estar siempre junto al desgastado sujeto de desseo no impide, ni muchísimo menos, el extravío de su espíritu. Siendo el espíritu, en última instancia, lo que mantiene a las personas enamoradas, cabe preguntarse hasta qué punto es indicador de nada ni merecedor de esfuerzo alguno el pretender que alguien permanezca siempre, y a costa incluso de su propia dignidad, en un radio al alcance de esa vista nuestra cegata de tanto espiar.

4 comentarios:

Dr.Krapp dijo...

Vaya, tus últimos textos parecen ejemplos prácticos de las proposiciones fenomenológicas de Husserl.

Lula Lestrange dijo...

Por la intencionalidad, supongo ;)

¿Qué tal estás, Doc? ¡He vuelto!

Crysania dijo...

El último párrafo me está retumbando en el diafragma, no me preguntes por qué.

Lula Lestrange dijo...

Es que está escrito con palabras como alubias. Un poquito de Almax, y como nueva ;)

Un besso,

4ETNIS