lunes, 23 de marzo de 2009

MAMMA Abigail


Estoy en el Pepe Botella tomándome un café con leche. La camarera, una negra de cara apacible y formas redondeadas, suscita en mí fantasías relacionadas con plantaciones de algodón. Apenas habla, pero hay algo en su sonrisa tranquila y como de vaca que apacigua los ánimos y hace que uno se sienta como en casa. Aunque al caer la tarde este local se transforma en un hervidero de indies, por la mañanas no hay apenas nadie y se puede disfrutar, gracias a la distribución de las mesas y a la tenue iluminación rosada procedente de las lámparas minúsculas, de una cierta intimidad.
En tercero de carrera solía venir a estudiar aquí. Llegaba sobre las cuatro de la tarde y permanecía embebida en mis libros hasta que Chechu, que salía de trabajar a las ocho, pasaba a recogerme en moto. A esas horas poco quedaba ya de la atmósfera matutina, tranquila y como de salón de jazz, que tan apropiada resultaba para el estudio y la escritura. Las mesas se abarrotaban de individuos cuya vestimenta delataba una excesiva premeditación, la camarera descendiente de la madre Abigail era relevada por otra de aspecto más joven y eficiente; y el barullo de las conversaciones sobre música y teatro vanguardista sustituía la cadencia sutil y agradabilísima de la bossa nova que, hasta entonces, más como un matiz del propio silencio que como un verdadero hilo musical, había susurrado en mi oído promesas de bohemia en lugares tropicales y remotos, por una contaminación ambiental in crescendo más propia de un gallinero de diseño que de un antro carismático digno del nombre que ostentaba. Ante el panorama desolador de gente cool y extrovertida que invadía el otrora misterioso recinto, a Chechu le faltaba tiempo para tironearme de la manga en un intento por meterme prisa y escapar cuanto antes de allí. Y la verdad es que razón no le faltaba, pues a partir de cierta hora aquello parecía más un muestrario que un refugio de los que a mí me gusta utilizar como base de operaciones. Bajo el prisma de aquel nuevo público responsable del sostenimiento económico del local (pues como ya he dicho, en horas tempranas, sólo unos pocos gatitos acudíamos allí a por nuestra leche), el lugar degeneraba hacia la homogeneización característica de Malasaña y perdía, a ritmo de garaje, todo el encanto que pudiera haber tenido hacía tan solo unos instantes. Algo que siempre se me había antojado en completa y flagrante discordancia con el estilo del bar era la extraña elección de los pósters que decoraban las paredes, y que no debió de haber consistido, a juzgar por los resultados, sino en una selección más bien poco afortunada de carteleras de películas españolas que no guardaban más conexión entre sí que la de pertenecer, por alguna misteriosa razón fuera del alcance de mi indiscutible buen gusto, a la cultura subterránea indie- pop de los clientes que frecuentaban el garito. Esto era algo muy pragmático, pero también vulgar en extremo. Y como entre lo pragmático y lo notorio no debería haber duda posible (no al menos en una mente artística), no creo equivocarme al afirmar que el haber escogido las imágenes en base al mal gusto de su público potencial no decía gran cosa acerca de la sensibilidad estética de los dueños. Lo más curioso es que hoy, al llegar al bar y quedarme un instante parada en el centro, buscando con la mirada la mejor ubicación de entre todas las disponibles, noté que algo había cambiado pero no me percaté enseguida de lo que podía ser. Medio café después, y ya acostumbrada a la atmósfera e iluminación particulares, mi vista revoloteó de la pantalla del portátil a la pared izquierda del local, y entonces caí en la cuenta. En las blancas paredes no quedaba rastro alguno de aquellas carteleras cinematográficas atroces y, en su lugar, acuarelas con la imagen de Pepe Botella aparecían repartidas por todas partes. Sobra decir que el detalle me agradó y que además, estimulada por la novedad visual, no pude evitar pensar para mis adentros que el hecho de que un bar llamado Pepe Botella fuera, y con creces, el recinto con menos borrachos por metro cuadrado de Malasaña, no dejaba de ser una paradoja. Me pregunté si el bar había cambiado de dueños, o si por contra éstos habían decidido, a raíz de una revelación mesmérica y en un intento por trascender su umbral límite de abstracción, volverse postmodernos.
Me niego a plantearme siquiera la posibilidad de que esa camarera negra de maneras amables como las de las abuelas y de sonrisas y de silencios envenenados de soul, pueda ser una de las dueñas del local. El mal gusto de esta hipótesis es excesivo hasta el punto de hacer que la próxima vez que la vea le pida perdón por haber desconfiado de su pureza. Asociados a esa camarera me azotan el rostro ráfagas de maizal y aromas de tartas puestas a enfriar en la ventana; cada una de sus sonrisas serenas y sabiamente moduladas, hace que se me ocurran mil transiciones posibles entre la esclavitud y la libertad humanas. Y lo mejor de todo es que la camarera en cuestión ni siquiera es de edad avanzada, y que es su disposición, la configuración de gestos en su rostro, su proceder desenvuelto y pacífico, la suavidad con que abandona tetera y platillo sobre la mesa, sin hacer apenas ruido y sin nunca dejar de mirar a los ojos del cliente, lo que me hace suponerle la sabiduría y los poderes esotéricos de una reputada santera en Nueva Orleans. Hay algo en su actitud que oscila entre la desconfianza y la solicitud, y que en cierto modo me recuerda a la manera en que entre humanos se desenvuelve el ganado. Yo siempre les he tenido un poco de miedo a las vacas y a los caballos, y me pregunto si parte de ese miedo no es acaso el responsable de que la camarera en cuestión y yo nos llevemos tan bien. Como está claro que ella no es muy proclive a las confianzas, y que a mí me intimidan a la vez que me agradan sus maneras, cada vez que coincidimos (yo a la borda de la mesa y ella mirándome bandeja en mano y como a la espera de una recompensa), se conjura entre nosotras cierto entramado de sutiles cortesías que, como por arte de birlibirloque y en medio de un suave aroma (el del café o el del té de jazmín), hace que las cosas funcionen como cabía esperar y que todo fluya con la suavidad de un haiku desde el instante en que entro hasta el momento en que decido abandonar el bar.

4 comentarios:

Alberto Espejel dijo...

que un lugar se transforme al llegar la noche suele ser un hábitat para la belleza

como si al llegar el atardecer, llegara también un fuego regenerador que ha decidido transformarlo todo

sin embargo en lo que cuentas, parece que la transformación de tu bar es hacia la baja

como que la noche atrae menos misterio y menos ecuación al madrileño pepe botella

aunque el encanto regresa en cuanto tú lo relatas (es decir, en cuanto lo interpretas)

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me gusta cómo ven tus ojos

mejor: cómo lo describen tus manos

yo tuve unos cuantos años universitarios y también tuve un lugar como referente

siempre soñé con que lo abrieran por las mañanas

nunca pasó, aún así había esa misma ecuación de encuentro, aunque ya entrada la madrugada

Lucas Villegas Virano dijo...

Cuanto me alegro de volver a sentir tu arte, de volver a releerte.
Esta claro que tienes talento, tienes gancho, preciosa y sensible inteligencia. Como imposible de clasificar...también escribes muy bien:D. Una visión ardiente que criticas y explicas, entre otras muchas cosas, el tremendo peligro en la vulgaridad.
Respecto al último texto: Magnifica descripción, me gustó tanto que un día que estaba cerca del Pepe Botella, me acordé, y decidí entrar a tomarme un café. Incluso me atendió esa misma camarera de color negro que tantas ideas te inspiró.
Hace mucho que no nos vemos, a ver si un día de estos quedamos y recuperamos el tiempo perdido, además, si buscas trabajo, te puedo ofrecer algo que seguramente te pueda interesar.
Un beso y mis mejores desseos. Saludos y un abrazo para Chechu.

Anónimo dijo...

Hola =)

soy Karlos, el chico que estaba el otro día en el estudio de grabación... No sé si te acuerdas de mí...

La verdad es que me quedé con ciertas intrigas musicales...

te dejo aqui mi correo/messenger, por si te apetece hablar 1 rato y me soluciones esas intrigas =)

karlitosdoxa@hotmail.com

1 beso

Anónimo dijo...

Casi puedo oir la música de fondo, del barullo posterior me abstengo, y el aroma voy a escogerlo de café, al menos por esta vez (lo cual no quiere decir que pudiera bebérmelo).
Si te ayudo a escoger alargaría el brazo para señalar con mi largo índice la mesa de la izquierda. Luego como es costumbre te confesaría que en fondo me es indiferente, pero sabemos que prefiero ver la puerta.
Te traje una cajita. La desenvuelvo con cuidado y la dejo frente a ti. Abrela tú.
Y sí, están intactas. Caligrafía de quinceañeras algo enfermas, pero reales. Muy reales.

Y no se muy bien si es aquí donde debía escribirte. Pero gracias por el café.