martes, 17 de marzo de 2009

Drink Me, Eat Me


Que todos estamos insatisfechos, es algo más que evidente. No conozco a un solo individuo que esté plenamente convencido de sus circunstancias personales y que no dessee, más que ninguna otra cosa, alcanzar alguna clase de meta personal. Puede que la insatisfacción, entendida en un sentido de impulso inspirador y generativo, sea algo sin lo cual el ser humano no podría de ningún modo evolucionar ni desarrollarse, pero cuando esa insatisfacción va además unida a una incapacidad crónica para prolongar en el tiempo el interés por nada, se convierte más en una carga que en un catalizador natural de las emociones. ¿Qué hacer cuando el descontento te paraliza en lugar de catapultarte hacia el futuro, y los sueños con los que antes te evadías de la realidad para vislumbrar, durante un instante de esplendor, un tiempo venidero mejor y más intenso, se transforman de repente en pesadillas simbólicas de tu falta de voluntad y de tu miedo patológico a fracasar y a decepcionarte a ti mismo? Si eres adolescente, tienes la posibilidad de integrarte en una tribu urbana con carisma y diluir tu individualidad en el grueso de una minoría que si bien no es ni será nunca genuina, te entretendrá al menos con la ilusión de pertenecer a una élite orgullosa de sí misma. Si no eres adolescente, la cosa es más jodida e inaplazable y se requiere de una gran esfuerzo de voluntad cuando lo que se pretende es no seguir degenerando hacia el Absurdo.
Me acaba de llamar Chechu. Hemos discutido a causa de una frase que ha dicho: “Todo el mundo sabe que eres un pozo de inconsciencia”. Además de indignarme ante el contenido de la frase en cuestión, y que en una traducción paranoica podría interpretarse como que todo el mundo me atribuye una lerdez o una tontería congénita, me he cabreado ante una implicación concreta de lo afirmado: el hecho de que Chechu comente con alguien cualquiera de mis defectos. Sé de la existencia de mi inconsciencia, del mismo modo en que sé del carácter voluntario de la misma. Me niego a aceptar la realidad de las cosas y, en base a esa negación, me libero de la responsabilidad de responder ante lo que me pasa y me atañe en primer grado. Algunos dirían que lo mío es un permanente dejarse llevar y, al hacerlo, pasarían por alto la virtud subyacente al mismo acto de abandonarse a la deriva (que no es otra que esa inmensa capacidad adaptativa a lo que por azar o por divino convenio nos depare la vida, y que acaba convirtiéndonos, tanto por mérito como por mera circunstancia, en personas esencialmente impredecibles). Pero vamos a dejarnos de egocentrismos y puestas en escena de aquello que mejor sabemos nos ensalza por encima de la media, y centrémonos en lo que verdaderamente es relevante en la definición de la propia insignificancia. Me dan miedo los conflictos y, en base a ese temor desproporcionado, los evito a toda costa y a despecho de la falta de honestidad inherente a todo esquive. Resumiendo, y en palabras cristianas, me considero una persona desaconsejable en extremo para cualquier buen hijo que se precie. Arrastro un pasado plomizo de traumas y disgustos infantiles relacionados con el abandono, y no doy fe de estar siquiera en proceso inicial de superación de ninguno de los mismos. Cualquier distracción del amor de Chechu es indicio suficiente para hacerme dudar de todo lo que se supone siente por mí; cualquier besso escatimado, cualquier mirada sospechosa dirigida a una parte concreta de mi cuerpo, me sume en un mar de dudas y un cuestionamiento irresoluble y anárquico de mi valía como ser humano. Lo que me ha molestado del discurso de Chechu no es tanto el contenido general del mismo como el hecho concreto de que me deje pasar por necia ante unos amigos a los que ni siquiera sé si quiero.
¿Y por qué, Iria, te importa tanto la opinión de unos amigos a los que ni siquiera sabes si quieres? Pues por orgullo estéril y heredado, esa es la verdad. He tomado el relevo de una especie de obligación feminista y endogámica hacia el hecho de no poder quedar nunca por menos que por encima, y no puedo evitar reaccionar con afanes de posesión ante aquello que considero me pertenece por herencia: el derecho a dominar el alma de los hombres que me aman porque quieren, porque no pueden evitarlo o por ambas cosas. Y aunque soy consciente de este defecto de base que me empaña, y desprecio el carácter que subyace a la manifestación compulsiva y debilitante del mismo, cada vez que me lo recuerdan me doy cuenta de mi incapacidad para guardar secretos y me cabreo conmigo y con el entorno que desde la lucidez me ajusticia, acomplejándome.
¿Queréis más lucidez? Pues no sé si tengo, ni si me queda a secas, ni si tenerla o reservarla me evitaría, siquiera en parte, sucumbir ante la posibilidad de no ser más que una acojonada sin ideas propias indigna de vuestras atenciones. Tampoco estoy segura de mi interés como persona, ni de no resultar en el fondo y tras un vistazo profundo un individuo por completo carente de carisma y de iniciativa propia. Pero no puedo evitar infundirme ánimos ni proclamar, para mis adentros y en un susurro de complicidad eterna para conmigo, mi reinado de emociones sin control sobre el entramado más complejo y no menos enrevesado de vuestra realidad. Si me siento niña y falta de prejuicios no es por vuestra madurez superior y excelsa, sino por mi visión privilegiada de lo que en definitiva significa el Absurdo y de lo que, en consecuencia, me veo obligada a interponer entre vosotros y mi Yo relativo: nada, nada en absoluto. No hay nada de lo que defenderse, nada hay de lo que resguardarse. Estamos todos tan perdidos como el que más, y ni todo el raciocinio de la Tierra logrará imponer un ápice de relevancia a nuestras disputas por la posesión de la razón. En esto, al menos, sé que estoy en lo cierto.
Me fastidia que Chechu hable de mí a mis espaldas, aunque en verdad tenga el derecho de manifestar cualquier cosa que se le antoje sobre mi naturaleza y mis derroteros existenciales, porque en el fondo estoy acostumbrada a hacerme pasar por inmortal e indiferente al mundo de los hombres, y toda revelación honesta por parte de cualquiera verdaderamente cercano me resume en dimensiones terrenales de cotidianidad que no estoy dispuesta a asumir como propias. La razón de mi descontento es tan dandy, tan snob, que si me malinterpretáis en términos de necedad no os lo tendré en cuenta. Soy una frívola esencialmente profunda o una filósofa superficial en esencia, ¡qué más da! La amplitud de los términos implicados me otorga una libertad de movimientos escritos tan controvertida e indemostrable, que no me queda otra que confiar en vuestra fe en lo humano para proyectarme a despecho de vuestras consciencias. De algún modo sé que mis censores, por el hecho de conocerme y tenerme calada en lo más básico, conocen las claves de mi debilidad. De algún modo, y sin necesidad de una amenaza previa evidente, sé que corro el riesgo de ser desenmascarada. Entre que repele y apetece, entre que apetece y repele. Tan ajeno y familiar a un tiempo que lo que escribo, lo escribo porque me da la gana y no por otra cosa.
Arrojad piedras, si es que podéis permitíroslo.

7 comentarios:

Chechu dijo...

La primera en la frente, para que te hinches de rabía y, si hay suerte, desfigurarte esa carita de zorra maquiavélica. La segunda en tu puto orgullo filosófico, haber si te atragantas con tu hiperconsciencia del absurdo -que ya es pesada la idea: como una losa atada al cuello en las profundidades del océano-. Y la tercera para rematarte del todo la belleza, no sé, sacarte un ojo o seccionarte la mano con que escribes -ya que últimamente eres incapaz de comunicarte de otra forma, por lo menos que arrastres la vergüenza de un muñón asqueroso, a ver si así se te quitan las ganas-.

Chechu dijo...

Eres incapaz de tomar contacto con tus anhelos. Me importa un huevo que te acojas a la deriva de El graduado para recrearte en la estética y el símbolo de perfecta imperfección que representa la decadencia sin destino de Dustin Hoffman en esa película, o que trataes de posicionarte por encima de mí con dichos conceptos cuando, por cierto, me pertenecen primero por herencia, segundo por contexto y finalmente por carácter: yo soy el aristócrata moderno que desprecia su destino, y no voy a tolerar que justifiques tu egocentrismo carente de imaginación como la trágica virtud de una superdotada, y aún menos cuando las consecuencias de la virtud me condenan a mí.
Lamento si te molesta que considere la expresión de mi propia vida como la obra de arte más grande y que sienta que he de invertir en ella mi creatividad, voluntad y energía...Tú, sin embargo, como siempre -siempre has sido así- pareces avocada a que la vida te devore sin que muevas un dedo por trascenderla momentáneamente, con ese canto lacónico a lo imposible como único elemento de reverberación sobre la vulgaridad.
Ambos somos personas estigmatizadas, pero no soporto que hables de ello con ese aire de vencimiento mientras permaneces en tu estatismo, silenciosa y alimentando la paranoia con la que me sometes. Te escupiría si pudiera.

El Cronista Libertino dijo...

En el Convento de la Encaranación en Ávila existe un lugar donde Teresa de Jesús tenía conversaciones místicas con Juan de la Cruz. Se dice, se comenta, que llegado el caso y cuando la conversación alcanzaba niveles de altura inconmensurables los dos santos se levantaban de sus asientos levitando.

Chechu dijo...

Sabes de sobra que te amo por encima de todo, que tú muerte anularía mi capacidad de deseo y satisfacción. Sólo tú me comprendes y sólo tú me has permitido vislumbrar la libertad. ¿Porqué es rechazo constante ante cualquier muestra por mi parte de conductas emprendedoras? ¿No soy un hippie inocente ni un ser sin pasión? Me conoces bien, así que no te escudes en tus baratas argumentaciones. Ve a lo concreto: somos incapaces de responsabilizarnos de nuestros deseos y vivimos en una frustración nostálgica vana e insignificante. Por favor, no hables de mí como un ser que aspira la madurez, mi anhelo es ser capaz de responsabilizarme de mis ensoñaciones, no hacerme con una compilación cobarde de conductas maduras.
Admiras la adolescencia porque es una época de deseos en la que se comparten ambiciones sin mayor responsabilidad que su expresión. No sé si te das cuentas pero cada vez que tienes que hacer algo, te enfrentas a ello con una niebla de fracaso e inutilidad que en la mayoría de las ocasiones acaba con el impulso que ha precedido a tus temores y pesquisas acerca del absurdo. La vida puede ser absurda, puede no tener una utilidad concreta y puede ser irremediablemente vacía, pero, aunque resulte paradójico, si lo único que puede dotarla de un sin sentido agradable es la frivolidad, lo estético...el arte, no te queda más remedio que responsabilizarte del placer y vivir para triunfar en este aspecto. Si he decidido dejar las drogas es porque han matado mi creatividad en pos del placer y me han adormilado como adormila a la masa sus asquerosos trabajos o sus compromisos políticos, sociales y familiares. No aspiro a la libertad pero sí al placer de considerarme falsamente libre.
La lucha no está fuera, Iria, en lo que diga yo de ti, en lo que piense A o Z, está dentro y es en pos de la consumación estética de nuestra sensibilidad.
Te quiero

Lula Lestrange dijo...

Chechu:

Por fin, efebo descarado y gilipollas, te has dignado dejar un comentario en mi blog. La primera parte del mismo (de tu comentario, digo) podría estar mejor escrita, pero a medida que avanzas en tus reflexiones y vas dejándote llevar por el exhibicionismo que sientes al saberte observado mejoras cuantiosamente en caligrafía y sintaxis. Ese es mi chico..
Lo de que quieras deformarme el rostro me ha parecido verdaderamente encantador y ha hecho que, por un momento, casi se me pasara el cabreo. Pero el momento ha sucumbido y de lo que tengo ganas ahora, tras finiquitar tu largo y presuntuoso explaye, es de estrangularte lentamente con una cuerda de piano mientras a la vez, y con la única finalidad de que te vayas a la tumba con una imagen negativa de ti mismo, te cebo sin compasión para que engordes.
Si te parece pesado mi concepto del Absurdo, te jodes. Toda mi filosofía se basa en esa idea y no voy a renunciar a ella solo porque tu frágil cuerpecillo de maricona sucumba bajo el peso liviano de una triste losa.
Lo de que se te haya ocurrido cortarme la mano me halaga en lo más profundo, así que me lo tomaré como un piropo encubierto destinado a conmoverme entrelíneas. Si te fijas, siempre acabamos peleando por lo mismo: ver quién es el Verlaine calvorota de la relación. ¿O quizá, y ya que ahora te has encaprichado de Oscar Wilde, debería decir Bossie en lugar de Verlaine? ¡Qué más da! Pero ya que estamos te reto a que un día de estos me lleves a una taberna y, en el instante álgido de la noche, cuando menos me lo espere y crea estar en armonía contigo y con tus constantes dártelas de Dios, me atravieses la mano derecha con un cuchillo y te largues dejándome clavada a la madera de la mesa. Eso sí sería cojunudo, y no la pérdida de tiempo que supone sumergirse en los textos de ese hippy gilipollas llamado Krishna Murti cuyo culito te follas en sueños cada día (no lo niegues).
“Yo soy el aristócrata moderno que desprecia su destino”. A alguien que diga eso sobre sí mismo sólo pueden ocurrirle dos cosas: ser gilipollas o padecer una esquizofrenia grave. Tú y tu tendencia a los soliloquios... Tienes complejo de Segismundo, muchacho, y deberías mirártelo antes de que empeores y te de por ponerte a declamar de repente y sin venir a cuento, en medio de un autobús público, que el mayor bien es pequeño y que toda la vida es sueño. Deja de atribuirte la autoría del grueso de nuestro discurso: que si te pertenece El Graduado, que si te pertenece el carácter, que si te pertenece la decadencia... ¡ya cansas con tanto me, me, me! Asume de una puta vez que hemos crecido juntos y que la autoría de las cláusulas nos pertenece a los dos. ¿O es que me pongo yo posesiva con Nabokov, o ya que estamos, con el puto Oscar Wilde de los cojones? (Al que te recuerdo te introduje yo al prestarte De profundis). Por otra parte, el hecho de que se te hayan desintegrado ya un par de muelas sí que acabará por convertirte en deca- dente para los restos. ¡Te felicito! Serás un espécimen de lo más pintoresco...
Escúpeme cuanto quieras, pero recordando siempre -y ya que los derechos de autor funcionan también entre nosotros- que yo, y sólo yo, fui la primera en escupirte a la carita esa que tienes y que incluso bajo una capa de flema dan ganas de comérsela.

Bueno, voy a dejar ya este circo destinado únicamente a levantarte una sonrisa. Te acabo de comprar un libro en una tienda de segunda mano de mi barrio. El título: Oscar Wilde; Palabras, Ideas, Crítica. Es una compilación de ensayos y conferencias que incluye entre sus páginas algún que otro recorte de periódico relacionado con el tema. Francamente encantador... lo que me ha decidido a comprarlo ha sido el detalle de un recorte sobre una obra que Oscar Wilde llevó al teatro: Salomé. ¡Jajajajaja! Igual que Collin Mackenzie...


Dr. Krapp:

¡Qué acertado su comentario! ¡Y qué halagador! ;)


Un besso,

4ETNIS

Sinuosa dijo...

(Caray..., qué relación más aburrida tengo yo...)
;)

Lula Lestrange dijo...

Pues sólo has de hacerte con un buen juego de cuchillos y un saco grande de mordacidades para cambiar el rumbo de la monotonía ;)

Eso sí, a lo mejor luego echas de menos la tranquilidad de antaño...

Un besso,

4ETNIS