sábado, 7 de marzo de 2009

Cuestión de fe


Estudiar siempre me ha dado alas, y no unas alas cualquiera. Me ha dado las alas de la constancia, las de la activación mental, las del estar siempre a punto y a instancias de lo que hubiera de venir. Desde que finiquité la carrera y, con ella, todas y cada una de las interacciones humanas precisas para llevarla a buen término, en cierto modo me he vuelto una persona más descuidada y perezosa. En la actualidad, casi cualquier cosa es capaz por sí misma de sumirme en un estado de nerviosismo y ansiedad excesivos; me ahogo en un vaso de agua cuando antes, y no hace demasiado, ni un océano en marejada hubiera sido capaz de hacerme tambalear siquiera. Hoy, motivada en parte por las ganas de embeberme una vez más en ese estado imbatible de activación del que hablo, he venido a esta taberna próxima a la Puerta del Sol con la idea de recuperar de nuevo el extraviado hábito de estudio. Me he provisto, para la ocasión, de un libro sobre aprendizaje y conducta que recordaba haber disfrutado mucho en primero de carrera, y he logrado acabarme el primer capítulo -del cual, si he de ser sincera, recordaba apenas los epígrafes-, a la vez que daba cuenta de una botella de tinto y de un plato de aceitunas del color de la esperanza pesimista (verde oscuro). Lo que sí recordaba, y como si hubiera sucedido hace unos meses y no hace ya casi siete años, es la actitud con que afronté ese ya algo lejano primer año de facultad.
Ingresé en la Complutense a los dieciocho, con un expediente mediano tirando a bueno, escarmentada de la humanidad y ataviada de negro de los pies a la cabeza. Como el capricho por la moda gótica se me había esfumado a los dieciséis, la secuela estética que me quedaba era meramente cromática. ¿Por qué vistes de negro?- me preguntaban. - Porque es un color que no me distrae - contestaba. Naturalmente, ni siquiera esa mesurada y escueta contestación dejaba de ser una pose. Además de vestir de negro, usaba corbatas y maquillaje llamativo para captar la atención del entorno sin dar pie a acercamientos. No me apetecía hablar con nadie. Mi intención era licenciarme cum laude (pobre ilusa) en Psicología, para después meterme a estudiar Criminología y acabar en el FBI dando caza a criminales de la talla de Hannibal Lecter. Aún así, el mito televisivo que me llevó a decantarme por la psicología en un año en el que mis intereses naufragaban entre las Bellas Artes y la Física Molecular, fue ni más ni menos que Fox William Mulder. Mulder, para los profanos en materia X- Files, estaba licenciado en Psicología. Antes de convertirse en “El Siniestro” y asumir la investigación de los casos paranormales, había hecho carrera en la sección de crímenes violentos de la Oficina Federal. Pues bien: a eso, y no a otra cosa, es a lo que aspiraba para mis adentros cuando tras el examen de selectividad marqué como primera y única opción (siempre he sido bastante chula) los estudios de Psicología en la UCM. Por decirlo de algún modo, había madurado lo suficiente como para renunciar a estudiar ufología (especialidad que estuvo entre mis principales orientaciones hasta poco antes de realizar el examen de ingreso a la facultad), pero no lo bastante como para enfocar mi carrera hacia fines realistas en general. Resumiendo, que mi vocación por la Psicología fue la derivación natural de un desseo infantil por llevar una vida de aventuras y no el producto de una reflexión de lo que significaba, en un sentido realista, ser licenciado en la materia.
Lo peor -o lo mejor, según se mire- de todo esto, es que en la actualidad, y a un nivel interno, siguen afectándome los mismos mecanismos de siempre. Tengo alma de explorador, y ni todos los tropezones del mundo lograrán mermar ni un ápice esta línea orientativa subconsciente que me ha hecho mostrar interés, a lo largo de mi vida, por cosas tan dispares como pueden ser las profesiones que a continuación enumero: vulcanólogo, egiptólogo, espeleólogo, surfista, estafador, atracador, astronauta, policía, criminólogo, exorcista, pirata, cazarrecompensas, revienta- casinos o probabilista, asesino a sueldo, espía, criptoanalista, militar, marine, ecologista o hacker informático. Si me costó decidirme por qué estudiar, fue porque en el fondo me daba un poco igual la proyección física específica de esta inquietud por lo trepidante que me corroe desde niña.
Y ahora, con veinticinco años y ciertos amagos de fracasos a mis espaldas , retorno a los orígenes y decido ahorrar para pagarme una segunda licenciatura en la especialidad que más que ha conmovido hasta la fecha: Criminología. Pero ya no albergo esperanzas de constancia, porque soy una persona triste o madura en exceso, ¡qué lástima!, y sólo trato de postergar todo lo que se deje ese instante de desencanto en que se contacta con la realidad pétrea e inflexible que circunda y contamina cada ensoñación individual. A veces pienso que del cum laude, y aun del sobresaliente, sólo me separó el ansia incontenible de apareamiento que me poseyó a partir del segundo año de carrera. No sé hasta qué punto se puede ser excelso en nada cuando los afanes de poder relacionados con el amor y el sexo ocupan y obnubilan todo lo que se hace. En fin... quizá a las personas inconstantes y volubles hasta la náusea como la que creo y siempre he creído ser, sólo pueda colmarlas el dedicarse a ficciones de la ralea de la literatura y el arte dramático (que ofrendan la posibilidad de probarse mil vidas, sin el engorro inherente a cualquier decisión que decida tomarse en definitiva).
Lo único que sé a ciencia cierta es que necesito de la especulación fantástica para lograr interesarme por cualquier cosa, y más aún si la cosa en cuestión tiene que ver con el trabajo o con una cierta aspiración profesional. Mi desinterés por la carrera que acabé estudiando, y que se manifestó entre el segundo cuatrimestre de primero y el primero de segundo, tuvo más que ver con una pérdida de contacto con la fantasía primigenia que con un verdadero extravío del interés por las materias que se me impartían. No sé por qué, olvidé que una inspiración cinematográfica, y no otra cosa, era lo que me había llevado hasta allí, y pasé por la facultad sin otra pena ni más gloria que la de haber conocido a ciertas personas que merecían realmente la pena. De volver atrás, no sé si cambiaría algo. Conocer a Chechu me descomprometió mucho con la carrera, pero lo que significó el haberle conocido supera con creces cualquier aspiración que pudiera haber albergado con respecto a mis estudios.

3 comentarios:

andrés dijo...

Todo radica en lo que uno percibe, en la esperanza (por asi llamarlo) de que hay algo mas que lo establecido

Me gustaste mucho, escribes bien

saludos!!!

Anónimo dijo...

como cada lunes, sentado delante del ordenador, con los oidos semitaponados y la cabeza embotada llena de vacuos pensamientos, leo y releo mientras sueño con:
convertirme en Livingstone y pararme a contemplar las cataratas, surcar con mi moto cual Laurence media Africa, hacerme profesor y ayudar a mis alumnos en su deconstruccion, encontrar el eslabon perdido y demostrar q no descendemos del mono sino de la rana...
el unico problema de tener alma de explorador es que no se puede estar mucho tiempo sentado en el mismo sitio sin que te entren ganas de averiguar algo q no esta a tu alcance en ese momento.
salu2

Lula Lestrange dijo...

No sé hasta qué punto el afán por la aventura deja de ser algo establecido, siquiera genéticamente, pero sí... sin duda resulta más esperanzador plantearse la vida de ese modo que de cualquier otro.

Gracias por pasar.
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Misterioso anónimo de finales de febrero, supongo ;)

Bessos,

Stanley