domingo, 8 de marzo de 2009

Up in flames


Chechu me enamoró porque me parecía, entre otras cosas, exótico. Acostumbrada a desenvolverme en ambientes callejeros liberales, y a intimar con especímenes pseudo- grunge que bebían kalimotxo y se drogaban cuando podían bajo la estela difusa de no se sabía muy bien qué ideología reciclable de moda, la aparición de ese muchachito pálido y de cabello rebelde que posaba más que hablaba pero que a la vez, por no se sabe qué infame conjunción de atractivos, parecía levitar por encima de la media sin esfuerzo alguno y con una cara de chulo que tumbaba de espaldas, me dejó de todo menos indiferente. Alumno de Retamar, de familia del Opus, con una historia cuanto menos curiosa de drogodependencias y una admiración muy bien argumentada hacia El jugador de Dostoievsky, la semilla del desseo no tardó en proliferar.
Cierto día, con la excusa de prestarle unos libros y haciéndome la sueca ante el hecho de que tenía novia, concretamos una especie de encuentro en un bar próximo al Dos de Mayo. El destino quiso que Chechu se confundiera de bar y tuviera que permanecer, con la certeza de haber sido víctima de un plantón, esperándome dos horas en el lugar equivocado. Yo, por mi parte, convencida de que finalmente no había podido venir y haciendo toda una excepción en lo que suele ser mi modo habitual de proceder, le llamé a las diez de la noche para decirle, como quien no quiere la cosa, que si estaba por la zona se acercara a por los libros porque me pesaban mucho en el bolso. Arreglado el malentendido, quedé con él y con unos amigos suyos para tomar unas copas. Aunque jamás había sucedido nada explícito entre nosotros, recuerdo que nos costaba mantener las formas y que, por muchos esfuerzos que hacíamos por contenernos, las manos se nos enredaban bajo las mesas y nuestros cuerpos tendían a desplomarse el uno sobre el otro ante la mirada suspicaz y oblicua de sus amigos. Teniendo en cuenta que entre esos amigos se encontraba Alfredo, al cual hacía pocos meses que Chechu había dejado sin novia y cuya relación con él pasaba por un momento cuanto menos delicado, la idea de citarnos con ellos en plena cumbre de celo (sin habernos rozado más que cuando tocaba despedirse o cuando, embebidos de ganas de asombrarnos y entregados al delirio de juegos de palabras y guerras sintácticas que no tenían más finalidad que la de sublimar el desseo que nos consumía a ambos, nos propinábamos empujones inocentes o sucumbíamos por un instante al placer electrificante de aferranos de las manos y los antebrazos haciendo como que nos desposeíamos del turno de palabra) no fue precisamente un derroche de prudencia por nuestra parte.
Esa noche, y después de habernos desembarazado a duras penas de nuestros molestos acompañantes, acabamos compartiendo un combinado en una discoteca cercana al Parque del Oeste que, a causa del reciente asesinato de un niño pijo y bullanguero a manos de un portero gafe y extralimitado en sus funciones, ha sido hace poco y para mayor guasa nuestra metamorfoseada en biblioteca pública. Cuando llegamos al local, después de un breve trayecto en moto que pasé como entre nubes aferrada a su cintura y con las manos resguardadas en los bolsillos de sus vaqueros de rebelde, llevábamos una borrachera considerable y nos deshacíamos en carcajadas por cualquier cosa. Era la primera vez que nos quedábamos a solas, y la intimidad no tardó en aflorar entre los dos. Sentados en sendos taburetes altos, sin prestar atención alguna a las bebidas y libres al fin del yugo escrutador de las miradas de terceros, las maneras afectadas y rimbombantes que habían regido nuestra relación hasta la fecha dejaron paso a una conversación sustanciosa y honesta que desembocó, como no podía ser de otra manera, en nuestra pasión coincidente y enfermiza por el verano y por la adolescencia humana. Él me habló de Mary Joe, de Ribadesella, del aroma a pantano y detritus de la playa que cada noche enmarcaba sus aventuras en un halo oscuro de misterio; yo le hablé de Fernando, de Valdoviño, de mis carreras a través de los maizales y de la metáfora iniciática subyacente al juego noctámbulo del escondite que tanto me obsesionaba. No sé si fui yo la que acabé llorando, o si fuimos los dos los que nos descubrimos de repente con los ojos empañados y sin necesidad de recurrir a mascarada alguna de palabras. Me bessó levemente en los labios, más como un hermano que como el amante incógnito que creía ser, y me dedicó una mirada prolongada y turbadora que me licuó las piernas en dos charcos e hizo que me precipitara hacia el refugio húmedo y caliente de su cuello. Me agarró de las caderas y me sentó en la barra con urgencia, casi con brusquedad. Aún nos dirigimos una última mirada antes de que sus manos se perdieran bajo mi falda y sus dientes se cerraran sobre la carne tierna de mi escote, haciéndome apretar el abrazo de mis piernas desnudas en torno a su pecho y arquear la espalda hacia atrás sin recato alguno y a despecho de la multitud bulliciosa que nos contemplaba atónita desde ambos lados de la barra. Apenas pude reunir la suficiente presencia de ánimo para desanudarme de su lengua un instante y decirle lo bien que olía. Su olor, creo que fue su olor a bebé y como a niño bien lo que acabó por nublar del todo la escasa razón que a esas alturas barajaba más que regía mis acciones descoyuntadas en cortocircuitos de intensidad.
Cuando una hora más tarde, y tras recibir incluso la felicitación asombrada de uno de los camareros, abandonamos el bar en silencio y aferrados de la mano, estábamos profunda e irrevocablemente enamorados. Esa noche, ya en mi cama y con la respiración acelerada por la evocación compulsiva de la escena reciente (sobre todo por el detalle de la manera en que me había tocado el culo, apretando y separando a un tiempo), sólo podía pensar en lo bueno que estaba. Además de una personalidad y una inteligencia prodigiosas, el cabrón tenía un cuerpo de infarto. Sé que suena un poco frívolo, pero en ocasiones la sexualidad es muy frívola y yo no podía quitarme de la cabeza las formas firmes y masculinas en extremo que había intuido a través y por debajo de la ropa. Una semana más tarde me invitó a su casa aprovechando un viaje fortuito de sus padres y tuve ocasión de verle desnudo. Nunca hasta entonces me había turbado la contemplación de un desnudo masculino, pero el efebo perfecto y como cincelado en cerámica en que se convirtió al quitarse la ropa y quedarse de pie ante mí, sin vergüenza alguna y no del todo consciente de su excelsitud física, con los brazos relajados a los costados y el surco de los pliegues inguinales realzando la carnosidad enorme e inflamada de su sexo, afectó mi sensibilidad estética hasta el punto de que el polvo que echamos me pareció más el producto de una vivencia onírica que algo que estuviera aconteciendo en el plano de lo real. Ni siquiera se me pasó por la cabeza obstaculizar con profilaxis alguna su acceso a mi cuerpo estremecido hasta los cimientos (lo cual no significaría nada de no haber yo mostrado, desde que me inicié en los placeres de la carne, un temor hiperbólico y aun incapacitante hacia las enfermedades y los embarazos prematuros). De aquel hombre quería bebérmelo todo, porque todo él parecía estar hecho de leche y sustancias nutritivas. De aquel hombre no me importaba preñarme, porque el hijo en cuestión se parecería más a un titán que a un ser doliente de carne y hueso estigmatizado de mortalidad. Más adelante me confesó que mi comportamiento durante aquel primer encuentro sexual le hizo pensar que era una persona muy experimentada, pero lo cierto es que la pornografía de mis actos tuvo más que ver con la convicción de haber estado follando con un mito viviente que con una instrucción sexual superior a la de cualquiera. Y es que, jerarquías y sibaritismos aparte, tirarse a Baco no es lo mismo que montárselo con cualquier hijo de vecino...

6 comentarios:

El Cronista Libertino dijo...

Creame, llegará un momento en que el globo se deshinche y las estatuas de marmol se ablanden hasta adqurir la consistencia del barro de los cenagales en días de lluvia.
No pasa nada, cada momento es un momento que vive para si mismo y no necesita la comparación con el que ya ha pasado o con el que le sustituirá. El tiempo real es tiempo fragmentado.

Lula Lestrange dijo...

Que diría Proust ;)

Anónimo dijo...

tremendo, x un momento me crei tu y anhele cualquier roce de tu querido Chechu.

Lula Lestrange dijo...

Pues el cachorro de hombre le da, cuando le da, a todos los palos, así que si te lo curras y logras seducirle, por mí perfecto. De los hombres no me celo ;)

Un besso,

4ETNIS

Anónimo dijo...

xDDD ya me gustaria a mi poder prescindir de mi aburrido mundo de hetero conformista. la belleza está ahi, y las orientaciones no son ninguna excusa para dejar de admirarla. cerrojos los hay de todos los tipos. Algunos, prefieren cerrar las puertas al esplendor antes q ver tambalear sus machos.

Lula Lestrange dijo...

Tú te lo pierdes, pirata ;)