martes, 10 de marzo de 2009

Eidética nostalgia


No tengo la menor idea de sobre qué escribir, pero me apetece hilar palabras y tras la ingestión del Orfidal que le he mangado a mi abuela esta mañana en previsión de posibles estados ansiógenos como el que, en efecto, me ha embargado hasta hace poco menos de quince minutos, he sintonizado con la actitud adecuada para ponerme manos a la obra. Ahora, la hipersensibilidad que a modo de efecto secundario traen aparejadas este tipo de sustancias, me permite contemplar la ciudad a través de la cristalera opaquizada en verde junto a la que estoy sentada, como envuelta en una bruma que matiza las concreciones verdaderamente importantes: los destellos de luz emborronada procedentes del divagar prohibitivo de los semáforos; las interacciones que tienen lugar entre los adolescentes vestidos para matar que, a la salida del instituto, se rezagan adrede y con la esperanza de intimar en miradas y bromas infantiles con la chica que les gusta, y que al saberse observada juega con su pelo teñido de violeta y ríe tres tonos por encima de lo que sería el estrépito generado por una carcajada media, mientras responde a puñetazo limpio y ruborizándose, a los cachetes que le propinan desde todos los flancos y a la carrera los ejemplares más atractivos del sexo opuesto que se saben a su vez observados por ella; la puerta tenebrosa de un supermercado llamado “Rotterdam” cuyo principal tendero podría ser, a juzgar por el nombre y por las ristras de salchichas que cuelgan de ganchos tras el escaparate frontal, el carnicero de Hannover, y al que entran ancianas de aspecto venerable y cargadas con bolsas de tela de las de antes para iniciarse, pienso yo, en las delicias y los misteriosos placeres de la antropofagia; el joven chino que contempla a su padre jugar a una máquina recreativa mientras comenta con él, en un idioma fuera de mi alcance, los pasos a seguir para dar con la clave de ciclación del chisme y llevarse el bote por la cara y sin contaminarse un ápice de la ludopatía que supura por los poros de la mujer con aspecto de ama de casa que interactúa con la máquina de al lado, y que les observa con la curiosidad frustrada del que sabe estar perdiéndose algo importante. Me entran tentaciones de levantarme del cómodo sillón en el que estoy poco menos que desplomada, acercarme a la miserable mujercilla y explicarle lo poco que sé sobre el tema a ver si con un poco de suerte me presta la atención suficiente como para entender el proceso básico. Diálogo posible:
- Buenas tardes, señora.
- Hola...bu- buenas tardes.
- Me he acercado a usted porque la he visto observar con curiosidad a esos dos caballeros asiáticos que están ahí
(En ese punto, señalo con discreción -pues no hay que olvidar que los chinos suelen reaccionar con alta susceptibilidad a toda muestra no disimulada de espontaneidad occidental- a los dos tipos de los que he hablado antes.)
- ¿Yo? ¡Yo no les estaba mirando! (Cara de niña pillada en falta negando ante el frasco de galletas roto en mil pedazos a sus pies y con una boca llena de migajas, su participación en la caída del mismo desde lo alto de la nevera)
-¡Oh! Dispénseme, en ese caso... mejor vuelvo a mi sillón.
(Hago un amago de darme la vuelta)
-¡No, no! ¿Qué iba usted a decirme?
- Por favor, tutéeme. (Ahora que sé que tengo el poder, las cosas se harán a mi manera).
- De- de acuerdo. ¿Qué ibas a decirme?
- Iba a explicarle cuál es el sistema que utilizan para dejar la máquina, y espero sepa dispensar mi jerga barriobajera, más seca que una pasa.
- ¡Oh! Así que eso es lo que hacen....
- ¿Cómo dice, señora? Es que me había distraído momentáneamente con una mosca que pasaba.
- ¿Perdón...? Bueno, decía que yo no les estaba mirando, pero que si quieres explicarme qué es lo que hacían pues que por mí encantada.
- El placer será mío, se lo aseguro. Pues verá, lo que hacen es bastante simple. Lo primero que se necesita, es una cierta cantidad de dinero. Lo segundo, tener bien claro que ese dinero no le va a reportar más que, si acaso, algún beneficio circunstancial.
-No sé si te sigo.
- Resumiendo, que si gana algo será por casualidad y no por lo elevado de la inversión. Es decir, que ganará más o menos lo mismo que haya ganado a lo largo de las tres últimas semanas de juego.
- Pero si yo no... ¡yo no juego, que quede claro! Sólo he echado una monedita que me sobraba a ver que pasaba. Por quitarme peso del monedero, ya sabes...
- ¡Uy, pues si es por el peso no se preocupe! ¡Me ofrezco voluntaria para librarla de tan plomiza carga, yo que tengo unos brazos musculados y no me resentiré de la espalda!
(Me joden las personas que se avergüenzan de sus adicciones, no lo puedo evitar. Yo soy una alcohólica y lo reconozco, ¡coño!)
- No, no, mejor explícame lo de los chinos.
- De acuerdo. Bien, pues con esa cierta cantidad de dinero debe dedicarse a jugar una y otra vez hasta dar con la clave de ciclación de la máquina, que en palabras llanas viene a ser algo así como el instante en que las combinaciones dejan de ser aleatorias y comienzan a repetirse. Es decir, el instante en el que a usted ya le es posible predecir con exactitud las combinaciones que irán a continuación.
- ¿Me estás diciendo que es posible saber qué botones tengo que apretar para llevarme el bote?
- Si es que tiene usted un pico de oro... ¿ha pensado alguna vez en dedicarse a la política?
(La mujer se ruboriza encantada ante mi halago y dice que no con la cabeza).
- Así que ya sabe, venga el próximo día con papel y lápiz y dedíquese a apuntar combinaciones. Ya sabe: fresa, moneda, berenjena; berenjena, berenjena, póker; plátano, póker, póker... Y si no está dispuesta a liberar su monedero de un peso excesivo en pro de la ciencia probabilística, siempre puede sentarse a beber una cerveza en...
- Yo no bebo.
- ¡Ah! ¿No bebe ni juega usted? Debería plantearse las drogas, entonces...
(La mujer me mira entre incrédula e incipientemente cabreada, pero esta vez no dice nada)
- Como iba diciendo, puede usted también sentarse a beber una cerveza en un lugar desde el que tenga una visión privilegiada de la máquina, y aprovechar las partidas ajenas para ir anotando las combinaciones. Eso sí, procurando que el dueño del bar no sospeche siquiera lo que está usted haciendo, o lo mejor que le puede pasar es que la próxima vez que entre la echen a patadas.
- ¿Pero esto es ilegal?
- No exactamente. Al fin y al cabo, ¿cómo va a ser ilegal mirar una inocente maquinita? Pero para situaciones como éstas crearon los casinos y los bares esas placas que dicen “Se reserva el derecho de admisión”. Ellos tienen el derecho de dejar o no dejar entrar en sus locales a quien les venga en gana.
-¡Oh! ¿Y tú te dedicas a esto?
- ¿Yo? Yo no, señora...
- ¿Y por qué, si es tan sencillo como lo pintas?
(Y es aquí el momento en que pongo cara de sobrada y me aproximo a la oreja de mi interlocutora para susurrarle, con el registro de voz más encantador y misterioso del que me veo capaz, las siguientes palabras:)
- Bueno, mi negocio es otro.
- ¿Ah, sí? ¿Y cuál, si puede saberse?
- Está bien, se lo diré. (Me abro la gabardina y le muestro la culata negra del revólver que llevo prendido al cinturón). No sabe usted a cuántos caballeros orientales he abatido ya a la salida de bares como éste. (Y le guiño un ojo con cara de psicópata y sonrisa de ángel).
La mujer, todo ojos e indignación, se apresura a recoger sus cosas.
- ¿Ya se va?
- Sí, ya me has enseñado bastante. Quizá practique lo que me has dicho, pero desde luego no en este bar.
- Sí, por mi territorio no le aconsejo que venga, porque aunque he de reconocer que me ha caído usted en gracia, la deformación profesional me impediría quizá hacer con usted una excepción.
- Esto... pues gracias, supongo. Hasta nunca, espero.
- De nada. Y recuerde una cosa: este truco sólo funciona con la Gnomos.
- ¿lanomos?
- Sí, con las máquinas que se llaman “Gnomos”. Las reconocerá porque en sus partes frontales aparece representado un enjambre de felices y enanas criaturas con aspecto de ir hasta el culo de anfetas. Las demás funcionan con ciclaciones más complejas que todavía no he descubierto. ¡Ciao!
Y tras esta ensoñación peliculera, ya no sé de qué diablos estaba hablando. ¡Ah, sí! De la belleza urbana percibida tras la ingesta de un Orfidal. Pero mira por dónde, ya no me apetece un carajo continuar por ahí. Es lo malo de los depresores del sistema nervioso central, que te vuelven un tanto errático y caprichoso e impiden que la fascinación por un tema se prolongue en el tiempo y no degenere a cosas del calibre del diálogo anterior.
Junto con la hipersensibilidad visual, el mágico comprimido me ha transformado temporalmente en una eidética olfativa. Es decir, que al salir a la calle para cambiar de bar y disfrutar de los últimos rayos de luz, he descubierto que mi olfato se asemejaba al de un policía sabueso y que podía, aferrada a cada aroma que se me enredaba en la nariz, divagar hasta la extenuación por los más odoríferos derroteros de la melancolía. Siempre he pensado que las evocaciones realizadas a partir de un olor son comparativamente mucho más poderosas que aquellas a las cuales se llega por cualquier otro conducto sensitivo. Basta una mínima ráfaga ajazminada que arribe, por casualidad, a la aspiradora sutil y cartilaginosa de mis fosas nasales, para que de repente y sin apenas darme cuenta de lo que pasa me encuentre de nuevo en Cádiz junto a mi amor, bajando de noche hacia la playa y buscando tras cada arbusto la botella de vodka y los vasos que horas antes, y como precaución ante unos padres que no debían de ningún modo enterarse de que ni todas las terapias del mundo habían conseguido que Chechu dejara de beber, habíamos escondido. Al atardecer se abrían las flores de jazmín de los maceteros cerámicos de mosaico que cada urbanización ofrendaba a la sensibilidad estética de los paseantes, y un afta envolvente y venenosa de aroma dulzón y como prohibido invadía las calles y los recovecos en un proceso contaminador e ineludible al que ni siquiera los niños más pequeños, que montaban en bicicleta y escupían su indignación timbrando compulsivamente a los incívicos que como nosotros paseaban palmito por el carril que por ley les correspondía, podían evitar sucumbir. El olor fortísimo de la flor de todas las flores suavizaba sus pedaleos y les vulneraba, transformando la estridencia de sus timbres en un sonido melódico y casi en armonía con la luz en decadencia de la carretera. Las salamandras, embriagadas tanto o más que nosotros por la promesa de nocturnidad que se olía y se leía en cada piedra, trepaban hasta la parte más elevada de los mosaicos atraídas por el calor de los focos y allí se quedaban, inmóviles, como pasmadas, a la espera de que el fragor mínimo de una pisada cercana las asustara hasta el punto de agitarse en un borrón de patas y glauconegras máculas que corría a ocultarse, sin un ápice de la elegancia mostrada al permanecer en quietud y como muertas bajo la luz artificial, entre la maraña de arbustos espinosos que se extendía a un lado y otro de la carretera a modo de bordillo natural.
Tras varias tentativas infructuosas que nos hacían permanecer en tensión, convencidos de que esta vez nuestro escondite había sido descubierto y nos habíamos quedado compuestos y sin destilado ruso inspirador, dábamos al fin con el arbusto que buscábamos y corríamos a comprar hielos, enfebrecidos de alegría, al centro comercial que se alzaba a mitad de camino cual vergel alucinado en el desierto, con sus luces estroboscópicas y su derroche en materia de caballitos, máquinas de bolas y puestos de golosinas. Y después aparecía la playa con sus dunas, sus mareas, sus enjambres de mosquitos puñeteros y el divagar caprichoso de la Luna, que cada día parecía retirarse antes adondequiera que estuviese situada su alcoba para dejarnos sumidos en una oscuridad tan profunda y espesa, que cuando el alcohol comenzaba a hacernos efecto de verdad y ya ni siquiera éramos capaces de involucrarnos en conversación alguna sin llegar a las manos o al puro insulto, nos hacía temblar de miedo y de indefensión sobre la arena fría y suavísima que parecía extenderse hasta el infinito.
Muchas fueron las conversaciones mantenidas, muchos los secretos revelados entre copa y copa y al amparo de aquel firmamento infestado de estrellas fugaces. Sobre las tres de la madrugada nos quedábamos dormidos, borrachos como cubas y abrazados el uno al otro tanto por amor como por hipotermia, y despertábamos desquiciados por el estruendo ensordecedor y la gigantesca linterna del camión de la basura. Chechu amanecía poseído por un histerismo desorbitado e hiperactivo y, convencido de estar salvándome la vida (pues un monstruo con garras, y no otra cosa, era lo que le parecía el inmenso vehículo que se aproximaba a nuestro lecho improvisado sobre la arena), me arrastraba cogiéndome por las manos, por el pelo o por lo primero que atinara a aferrar mientras gritaba, cual si fuera un niño espantado por una sombra maliciosa, que por Dios me levantara y corriera con todas mis fuerzas. Como la escena se había repetido ya unas cuantas veces y yo sabía que lo que Chechu tomaba por bestia no era más que un inofensivo vehículo del ayuntamiento, hubo una ocasión en que me negué a levantarme o a dejarme arrastrar. Chechu, endiablado como sólo él es capaz de endiablarse, comenzó a pellizcarme y a hacerme daño tratando de llevarme consigo a la fuerza. Y a mí, borracha y agresiva como un tigre intoxicado de láudano cuyos dominios hubieran sido allanados por un cachorro de hombre insignificante y audaz, no se me ocurrió otra cosa que propinarle un cabezazo en la nariz con todas las fuerzas que fui capaz de reunir. Chechu se desplomó en mis brazos inconsciente e indefenso como una cría, y entonces me asusté de verdad. Pensaba que le había matado, y comencé a llorar y a proferir lamentos hacia las estrellas errantes pidiendo que por favor se despertase ya. Chechu, que según lo que me contó después en ningún momento había perdido la consciencia y estaba divirtiéndose de lo lindo con la escena, no movió un solo músculo de la cara hasta que yo, desesperada y sin saber muy bien qué hacer, le propiné un bofetón con toda la fuerza que fui capaz de concentrar en la palma abierta de la mano. Él abrió los ojos, haciéndose el desorientado, y me arrastró a la arena junto a su cuerpo mientras me repetía una y otra vez lo maravillosa que era y lo mucho que me amaba. Sé que follamos y que nos ensuciamos hasta decir basta, pero de la vuelta a casa no conservo recuerdo alguno...
Pues eso, para que os hagáis una idea, es todo lo que trae a mi mente una tenue ráfaga de jazmín procedente de no se sabe muy bien dónde.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Una vez mas (y van....) absolutamente genial. Mi envidia crece por momentos, y, para que negarlo, creo que se convierte a ratos en odio puro y duro hacia alguien con un talento narrativo fuera de lo comun. Talento que ya quisiera yo para mi mismo. Egoista que es uno.

Un besito primita!

Lula Lestrange dijo...

Tus palabras me halagan, primo. Y para cuándo, digo, una cita en condiciones. En condiciones extremas, ya sabes, como las de antes de alcanzar esta mayoría de edad castrante y desprovista de encanto.

¿Me invitas a tu casa? ¿Eh? ¿Eh?

Un besso,

4ETNIS

Anónimo dijo...

por un momento crei q ibas a salvar a la anciana con tu recortada, supongo q no es tu estilo. no se si el orfidal es la excusa pero veo inconexa la primera y segunda parte...
durante varias primaveras cambie mi recorrido al trabajo solo para pasar por delante de un jardin vecino a rebosar de jazmin.
cuando llega el frio, me impregno de olor a chimenea, me sumerjo en esa espesa humareda y de vez en cuando, percibo el rostro de mi abuela en la lumbre, trabajando con sus pucheros. entonces corro a la cocina en busca de algun plato de cuchara q pueda ser buen sucedaneo del pasado.

Anónimo dijo...

Sabes primita que puedes dejarte caer por mi casa cuando quieras, sin necesidad de citas, planificacion o aviso. De todos modos, es bien cierto que nos debemos un encuentro en condiciones, y mi casa pudiera tener todos los elementos necesarios para satisfacer tal demanda, asi que ya sabes, cuando quieras intentamos devolver nuestras mentes a anteriores edades mas libres....

No te invito, porque mi casa es tu casa, y no se invita a nadie a su propio hogar.

Un besito!

Lula Lestrange dijo...

Te tomo la palabra, pero antes debes informarme de tus horarios para que no se de el caso de llegar yo a tu casa y encontrármela vacía (pues soy una perezosa incorregible y un viaje en vano podría sentarme como una patada en el culo).

Un besso, y hasta pronto;

4ETNIS

Lula Lestrange dijo...

Anónimo (que te he saltado sin darme cuenta):

¿Inconexo? La verdad es que yo lo veo todo perfectamente conectado...

Y sí, el jazmín es una de las mayores tentaciones odoríferas existentes...

nsK dijo...

Yo tampoco veo nada inconexo. Curiosa, como mínimo, la cantidad de ideas asociadas a un olor, pero me siento más identificado con tu antepenúltima entrada: los ahogos en un vaso de agua, la inquietud por lo trepidante, la especulación fantástica...
En un fallido (sí, lo doy por hecho xD) intento por ganarme tu admiración te diré algo que ya sabes: si sales del escenario y le das por culo al público... lo realmente trepidante pasa a ser una búsqueda apasionada del bienestar en la que no caben las ansias infantiles de convertirse en la protagonista de una película. No hay función sin público. Deja de admirar a tu infancia&adolescencia (contaminadas en menor grado, pero contaminadas al fin y al cabo) y admírate a ti misma tal y como eres. No eres una actriz, eres una mujer, un ser vivo que necesita hallar la forma de fluir espontáneamente para sentirse bien. ¿No es emocionante eso?
No me gusta lo que me lleva a dar consejos, pero esto ha sido como un eructo que sale del alma. Además, como ya dije... no estoy descubriendo la pólvora. Lo considero más bien un recordatorio.

PD: Mi más sentido y tardío pésame por tu cumpleaños (xD). Mwak

La sonrisa de Hiperión dijo...

Tienes un blog encantador.
SAludos!

Lula Lestrange dijo...

Nsk:

Todo escritor es un actor con tendencia a la melancolía. Es algo que no se puede evitar, que viene dado por el mismo acontecer del acto introspectivo. ¿Qué puedo hacer? En el fondo, me considero bastante feliz con mis obsesiones y mi fluir constante hacia pretéritas dichas...

Sonrisa de Hiperión:

Me parece encantador que le parezca encantador.

Un besso a los dos,

4ETNIS

Sinuosa dijo...

Qué bien escribes, niña mala.
Estaba viendo a los adolescentes tal cual.
Y qué bien manejas los diálogos (ya te lo dije otra vez)
¿Para cuando una novela?
Llegarás lejos, niña, de eso sí que estoy segura. Tienes mucho potencial. Y mucha juventud para intentarlo.
¡Feliz cumpleaños! aunque sea en diferido.
Bessin en el mofletín.

Lula Lestrange dijo...

Sinuosa:

pues tengo una novela empezada, pero la aparqué hace unos meses y no me decido a retomarla. Todo se andará, supongo...

Un besso,

4ETNIS