
Olalla estaba loca por mi primo David, que con sus catorce años recién cumplidos, su tabla de surf y sus camisetas Quicksilver era el prototipo de guaperas al que todas aspiraban para sus adentros. Mi primo no sólo participaba de las crueldades que todos, excepto Fernando, practicaban sobre Olalla con asiduidad, sino que además hacía gala de un ensañamiento y una insistencia inhabituales en un muchacho de su edad. Si los demás ponían como condición para soltarla el que ésta recitara en perfecto orden alfabético la lista de marras, mi primo exigía que además lo hiciera con una determinada entonación. No le bastaba con que pronunciara las marcas quejicosa y entre sollozos: pretendía que las gritara. Y si no lo hacía no se conformaba con retorcerle la carne tierna hasta el chillido, sino que mantenía la presión sobre sus pechos inexistentes hasta que ésta, deshecha en lágrimas, le suplicaba por la virgen que parase de hacer lo que estaba haciendo. Los hematomas que Olalla lucía siempre en sendas tetitas, y que en bañador resaltaban más de lo que la prudencia aconsejaba, fueron un día descubiertos por su padre. Ante el feroz interrogatorio al que éste la sometió, Olalla acabó confesando la procedencia de los moratones y el nombre del responsable. De nada sirvieron las advertencias que la buena de Olalla le hizo a mi primo, disculpándose mil veces por haberle delatado. Al día siguiente, su padre permaneció al acecho en el portal hasta que volvimos de la playa y, sin mediar palabra, estampó a mi primo contra la pared agarrándole del cuello y dejándole suspendido con una sola mano un metro por encima del suelo.
- Como vuelvas a tocar a mi hija te mato, niñato de mierda.
Nunca se me olvidará la cara de Olalla, pidiendo con la mirada el perdón que su boca no osaba pronunciar por temor a las posibles represalias, y subiendo tras su padre las escaleras sin dejar ni por un instante de mirar a David. En la garganta de mi primo, a modo de tatuaje redentivo, quedó marcada durante unos días la silueta cárdena de cinco dedos en jarras que se unían por la parte de la nuca en una especie de broche vengativo y letal. Años después, y añadiendo a esta historia una nueva e interesante dimensión, me enteré por boca de la propia Olalla de que mi primo y ella, todas y cada una de las noches en que permanecimos embebidos en ese juego trepidante y pervertido que era el escondite, se entregaban entre arbustos y amparados por la oscuridad a ese otro juego misterioso y no del todo diferente que había de constituir la materia prima vivencial de nuestros veranos en Valdoviño. Teniendo en cuenta que Olalla tenía nueve años y mi primo catorce el primer estío en que coincidimos todos en conjunción astral e irrepetible, no puedo sino preguntarme qué tendrían esos parajes, además de penumbra, para hacer que el comportamiento romántico que mostramos los que resultamos ser los niños más interesantes de la promoción se manifestara del modo en que lo hizo. Reproduzco a continuación la declaración con que me obsequió una Olalla borracha y mil veces más bella que en la época a la que hace referencia, cierta noche de confesiones y osadías a la luz de la luna que en su debido momento relataré:
- ¿Te acuerdas de lo de las marcas de leche?
- ¡Jajajajaja! ¡Cómo no recordarlo! No te dejaban vivir...
- Eras una cabrona, tía. Nunca hacías nada para impedirlo, pero luego, cuando estábamos a solas, me decías que no me dejara humillar así.
- Bueno, es lo que pensaba... Y además, también yo era una niña.
- Sí. Una niña tres a os mayor que yo.
- Y tres años más pervertida, pues.
- ¡Jajajajaja! Pues... ¿sabes qué?
- ¿Qué, amor?
- Que me estuve enrollando con David desde los nueve a los trece años todas y cada una de las noches.
- ¿¡¡¡¡Quéééééé!!!!?
- Lo que oyes, ¡jajajajajaja!
- Explícame eso.
- Pues que aunque tu primo, delante de los demás, se avergonzaba de mí y se entretenía jodiéndome, cuando jugábamos al escondite me buscaba y se comportaba de manera muuuuy diferente.
- ¡Jajajajaja! ¡Pero qué me dices, vida!
- Lo que oyes. Incluso cuando tenía novia, ya a los diecisiete.
- Vaya tela... Si en el fondo ya sabía yo que no debía interceder entre los dos, ¡jajajajaja!
- Ja. Ja. Qué graciosa.
- Pues, ¿sabes qué? Que me alegro. Me gustaría decir que me lo había imaginado, pero no sería cierto. ¡Jamás pasó por mi cabeza perversión semejante! Pensaba que Fernando y yo nos llevábamos la palma...
- ¡Jajajajaja! Bueno, lo vuestro también se las trae.
- Sí, nena, pero tú tenías nueve años. ¡Nueve! Bueno... algo hay que reconocerle a David: supo ver en la niña repollo que eras a la zorra oculta en tu interior.
- Sí, eso hay que reconocérselo. Otra cosa no.
- Pues no. ¡Avergonzarse de ti! ¿Quieres que le mate?
- ¡Jajajajaja! No, no hace falta. Supongo que es comprensible...
- Comprensible e imperdonable, nena.
La culminación de todo esto aconteció cierto día en que Fernando, Olalla y yo nos encontrábamos en el garaje haciendo de las nuestras (jugando a la consola, peleándonos por qué música poner y puteándonos hasta decir basta). Olalla y yo teníamos por costumbre torturar a Fernando, una por cada lado, comiéndole las orejas hasta volverle loco. Y Fernando, harto de nuestros abusos y de nuestra manía incansable por ponerle a prueba, trató de vengarse invocando la estela de un fantasma pasado al que él, en concreto, jamás había sucumbido. Me lanzó contra el suelo y, retorciéndome las tetas, me dijo:
- Di cinco marcas de leche.
Y yo, que hasta el momento sólo me había acostado con cinco hombres diferentes, respondí:
- Carlos, Keko, Pablo, Andrés y ¡Fernando! ¡Por estricto orden de aparición!
Y él, soltando la presa sobre mi pecho y cayendo sobre mí disuelto en carcajadas, me piropeó:
- ¡Pero qué hija de puta!
Y yo:
- Ya ves, nene... alumna aventajada, como quien dice.
Siempre me ha llamado la atención una cosa: la facilidad que tengo para recrear diálogos. No es que me los invente por completo, pero como cualquier ser humano con dos dedos de frente y cierta tendencia a la fabulación literaria que se precie, es imposible que recuerde con tan precisa exactitud el contenido de conversaciones mantenidas tantos y tantos años atrás. En Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll, la infantil protagonista recrimina a su hermana la carencia de interés de la que pecan las novelas que ésta le obliga a leer: "¿cómo puede resultar interesante un libro sin dibujos ni diálogos?". Más que no interesantes, a decir verdad, lo que resultan ser las creaciones literarias carentes de conversaciones es poco ágiles y, por tanto, escasamente adictivas. ¿Cómo engancharse a un libro cuyo único atractivo reside en la visión particular del mundo que su autor pretende vender, en completa ausencia interactiva con otros seres humanos? Véase Pessoa o Nietzsche, dos grandes que aun siéndolo en grado sumo e indiscutible, son a mi entender incapaces de granjearse adeptos sin pretensiones. Cuando se lee a Nietzsche o a Pessoa es complicado evadirse de la carga cultural que cohabita asociada a sus Nombres. Nietzsche es el anticristo, la chulería, el intelecto, el autor que todos presumen de leer pero que muy pocos han leído en realidad ; Pessoa, el filósofo fracasado que a falta de carisma se conforma con una lucidez privilegiada que provoca, en todo aquel que osa aventurarse en su pensamiento, el impulso de abandonarle a cada línea que avanza. Ambos son interesantes, superiores, excelsos... ¿pero qué más? ¿Dónde está la chispa que impulsa a cavar, a profundizar en lo que se dice? ¿Dónde reside la intríngulis inexplicable que hace de una sucesión casi arbitraria de palabras el motor e impulso de una vida que respira paralelamente y en parte ajena a lo manifestado? Para ser requerido hay que explotar la vulgaridad de la intriga, hacer del morbo una filosofía, abrazar la propia humanidad con una falta de ambages del todo rayana en el desinterés. No se puede ser puramente un filósofo, ni pretender despertar pasiones por el simple hecho de ser lúcido y consciente de lo que ocurre. Se debe empatizar con la vulgaridad de lo humano, hacer de la experiencia un prototipo desseable, comprender la propia evolución desde un punto de vista subjetivo y suficientemente sencillo. Ni imparcial, ni extremo, ni en esencia adaptable. Para muestra un botón, que diría mi amigo Alfredo: Dostoievsky. Carece de literatura, carece de voluptuosidad, pero su pensamiento se asemeja a una flor que crece hacia arriba y sin que importe la luminosidad circundante que la respalda. Nabokov: tus formas son envidiables, trascienden lo excelso, pero tu contenido... tu contenido es frívolo y lo sabes. Nada ocurre de la manera en que tú dices que ocurre, los seres humanos que describes jamás podrían sufrir evoluciones semejantes a las que planteas y las situaciones que acuarelas son tan volátiles, tan ficticias, que ni toda la psicología del mundo podría explicar las acciones que en último término parecen ser las que mueven a tus personajes. Quizá te tenga envidia a un nivel formal, y esté además influenciada por el criterio implacable y en ocasiones errado con que juzga mi amor a cada escritor que pasa por sus crispadas manos. Pero una cosa tienes que reconocerme: Ada y Van no pertenecen a este mundo y, por tanto, sus personalidades respectivas carecen de interés desde un punto de vista psicológico. Lolita ya es otra historia, claro, pero como la escribiste por encargo y a partir de un manuscrito que te entregaron, o que encontraste (esto no sé si es verdad o me lo he imaginado, pero entre fantasmas no vamos andar pisándonos la sábana, ¿no?), me veo en la obligación de recriminarte no sé muy bien qué. ¡Arggggggl! Creo que era Hemingway el que escribía de pie con la idea de cansarse pronto y no decir demasiadas tonterías, y quizá debiera yo, tras haber releído el último párrafo del texto presente, plantearme hacer algo semejante. ¡Vaya sarta de gilipolleces! Hale, hasta otra. Que os jodan a todos, escritores vivos y muertos. Si existe un más allá, lo menos que podríais hacer es dignaros a apareceros a personas que, como yo, toleran mal el aburrimiento cotidiano y la estupidez generalizada entre sus semejantes. ¿Qué coño hacéis en el paraíso, o en el infierno? ¿A qué cojones dedicáis vuestra no- existencia? ¿Continuáis escribiendo, o la palabra no tiene ya ningún valor en el lugar en que os encontráis, quiero pensar que a regañadientes, disfrutando de la vida eterna? ¿De qué manera puede un mortal desesperado contactar con cualquiera de vosotros? ¿Ayudaría una ouija, una médium, un voto de silencio? ¿Qué ha sido de ti, Miller? ¿Todavía sueltas sapos por la boca, o las plegarias y el ohm te mantienen demasiado entretenido como para preocuparte de embellecer exabruptos y vomitonas existenciales? ¿Y tú, Anaïs? ¿Continúas siendo tan puta en el cielo como en la tierra, o el tránsito acongojado al más allá ha hecho de ti una señorita apta para el casamiento? ¿Qué tal están Justine y María Magdalena? ¿Os celáis las unas de las otras, o en el Paraíso sólo es posible la solidaridad femenina? ¿Qué tal folla Cristo? ¿Te hace ver las estrellas? ¿Echas de menos la posibilidad de la seducción? ¿La felicidad plena te ha transformado en una escritora de folletines? ¿Es por eso por lo que no te me apareces, porque te da vergüenza lo que de ti pudiera pensar?
¡Durrell, sosainas, bello anciano! ¡Y pensar que de una persona como tú muy bien podría yo haberme enamorado! ¿Se parece el cielo a Alejandría, o a Grecia? ¿Huele a incienso, o a aceite de oliva? ¿Sostienes trifulcas con Henry a favor de una u otra posibilidad? ¿Por qué no me haces una señal? Házmela, por favor, me apetece conocerte de verdad. Perdona por lo de bello anciano, pero es que de puro contemplativo llegas a dar asco a veces. ¿En serio llegaste a perder la virginidad? No, ¿verdad? Si ya lo sabía yo... ¡pues mejor, mejor! Resérvame el honor, si consigues resistir hasta que la palme la tentación que sin duda supondrán Anaïs y esa protagonista tuya tan pendón e irresistible que te sigue a mala sombra a todas partes. Nunca he desvirgado a un indio y, entre tú y Kipling, la elección está más que clara (no me gustan ni los calvos, ni los bigotes de colono). Y es que eso de que el escritor pudiera encontrarse en el cielo con sus propios personajes sería un puntazo de órdago, una revelación de escándalo, un premio divino. ¿Qué tal llevaría Raskolnikov la convivencia con matusalenes de la talla de Walt Whitman? Y el acomplejado de Lovecraft, ¿sacaría algo en limpio de cohabitar cara a cara con los Profundos? ¿Un mayor asco a la humanidad, quizá? ¿Una terapia antifóbica basada en la exposición al estímulo problemático?
Stephen King: sé que no estás muerto, pero tarde o temprano lo estarás y no quiero ni imaginarme lo que resultará de un tête à tête con Carrie. Se las hiciste pasar putas, a la chavala... Yo, en su lugar, te arrancaría los huevos.
¿Y qué tipo de relación, me pregunto, podría establecerse entre Whitman y Lorca, teniendo en cuenta que el segundo dedicó al primero un poema titulado "bello anciano" (perdóname, Durrell, por la pulla de antes)? Posible diálogo:
Whitman: tú, maricón, ¿a quién le llamas viejo?
Lorca: ¿me estás hablando a mí?
Whitman: sí, a ti, atontado.
Lorca: pero Walt, yo... te admiro.
Whitman: ¿y si te dijera que tú a mí me provocas diarreas espontáneas, que tu presencia es suficiente para indisponerme hasta el cólico, que tu pelo rizado me recuerda al que me crece alrededor de la polla y que además de todo esto, y por si fuera poco, odio a los jodidos gitanos?
Lorca: me destrozarías el corazón, Walt.
Whitman: ¡bah! ¡Jodido marica! ¡Es imposible mantener una relación de igualdad contigo.
Rimbaud: como ya renunciaste a la literatura, no sé qué desmejora con respecto a tu mortalidad habrán supuesto la muerte y los paraísos a que ésta da lugar. Ya no tendrás que traficar con esclavos ni herniarte transportando el dinero ganado a su costa, pero por otra parte, el reencuentro con ese Verlaine cadavérico y vapuleado por la vida que ya en su día escogió la fe en sustitución de tu maravilloso cuerpo de infante sodomizado sin dolor, podría ponerte de un humor de perros. Así que, ¿qué coño haces ahí, tan tranquilo, sin aparecerte? ¿Dónde han quedado tu ensueño y tu algarabía, tu celebración orgiástica y casi permanente de la existencia humana adolescente? No sé si me apetece conocerte, pues temo no estar a tu altura o que tú no lo estés a la mía. ¿Cómo confiar en ti, golfo, cómo confiar en ti? Tan pronto clavas tenedores como te rasgas las vestiduras en pos del más entregado de los enamoramientos. No hay quien te pronostique y eso, mucho me temo, hace de una cita contigo un plan estresante y retador en demasía. No es que tema, ni mucho menos, un extremismo excesivo por tu parte, pues a radicalismos y ya puestos a alardear no me gana ni mi santa y putísima madre, sino que me da a mí que tú y yo en persona y sin literatura de por medio íbamos a llevarnos como el perro y el gato. ¡Y encima homosexual! Aunque no serías el primero que cambia de orientación sexual al encontrarse conmigo creo que tu caso, y parafraseando al jodido Aquilino Polaino, es de los graves. Y si no, ya me explicarás cómo un efebo revoltoso y perfecto como tú pudo liarse con un calvorota barrigudo de la talla de Verlaine. Si al menos éste te superase literariamente, podría atribuir tu desliz a una profunda admiración intelectual, pero en ese sentido ni el mismísimo Jesucristo con toda su retórica de sermón transcrita por el negro apostólico de turno llegaría siquiera a situarse a la altura de tu ombligo. Pero bueno, olvidaba que eres un niño y que, como niño enamorado, quizá no hiciste más que corresponder a la atención prestada por el pobre infeliz (y entre tú y yo: eso de que Paul escribiera odas a la belleza femenina te sacaba de tus casillas).
¿Y tú, Pizarnik, feúcha incomprendida? ¿Haces migas con Dickinson y Austen, o ni siquiera este par de feministas reprimidas ha conseguido sacarte del estupor y del confort masoquista de la tristeza crónica y recidivante que ya en vida te afligía? ¿Cuántas veces te has revuelto en tu tumba al oírnos a Chechu y a mí despotricar contra tu persona? ¿Te sientes decepcionada ante el hecho de no haber sido enterrada en una encrucijada, como los demás flojos de tu calaña que a falta de habilidades poéticas optaron por el suicidio prematuro como forma de promocionarse hasta el infinito y más allá? Tú mejor no te me aparezcas, porque de puro rabiosa y frustrada lo harías bajo la forma de un espíritu maligno que habría que exorcizar por la fuerza. Bastantes vueltas me da ya la cabeza, como para que una posesión por tu parte venga a otorgarme el don de hacerlo hasta los trescientos sesenta grados. Que te jodan a ti y a tu argentinismo trasnochado, zorra amargada. Si en alguna ocasión se te ocurriera hacernos algo a mí o a mi niño, ten por seguro que soy capaz de cortarme las venas, ya que los barbitúricos me parecen cobardes como método de autoeliminación, para encontrarme contigo en el limbo y sacarte las tripas a mordiscos de desprecio. Sólo una cosa más (que espero, en base a la labilidad de tu carácter, te mantenga llorando dos semanas seguidas como mínimo): Alejandra, en España, es nombre de pija.
Tolstoi: al pensar en ti siempre me pregunto cómo es posible que en un cuerpo tan pequeño quepan, a la vez, taaaaaaanta estupidez y taaaaaaanto talento. ¿Cómo fuiste capaz de escribir Ana Karenina desde el punto de vista de los grises? ¡Jajajajaja! Puto aldeano reaccionario y costumbrista: no te mereces la comprensión del ser humano que a despecho de tu ideología barata demuestras, y con creces, poseer, ni te mereces llamarte León ni haber nacido en la Russia de mis amores. Te merecerías, en cambio, un cadalso justiciero o un obispado en cualquier capital de provincia. Ahora te diré algo que quizá perturbe la paz de esa vida eterna que, a fuerza de erigirte en sublime meapilas, sin duda habrás conquistado para ti y para los de tu rango: la regenta de Leopoldo le da mil vueltas a esa frígida protagonista tuya de nombre anodino y capicúa cuyas andanzas, para ser justos y sinceros, he de reconocer me conmovieron hasta la extenuación hace un par de años hábiles escasos.
Y voy a dejar ya este tema, porque con la broma me estoy poniendo de mala hostia y todo.
Y voy a dejar ya este tema, porque con la broma me estoy poniendo de mala hostia y todo.