sábado, 8 de noviembre de 2008

Lluvia de (¿)ideas(?)

La primera vez que coincidí con Olalla fue en el portal del edificio Géminis. Era Semana Santa, y yo había ido a Valdoviño con mi madre para dar el visto bueno al apartamento que habría de convertirse en mi guarida estival a lo largo de los dos años siguientes, y hasta que las hostilidades manifiestas entre mi madre y su cuñada se hicieran insostenibles hasta el punto de obligarnos a renunciar a la convivencia para alquilar cada verano una casa diferente. Mi madre y yo estábamos a punto de cruzar la puerta hacia el aparcamiento, cuando de repente aparecieron en el umbral una niña rellenita y un hombre adulto y algo barrigudo que arrastraba de una correa un enorme gato siamés. Yo, que de haber sido más amante de los animales habría llegado a trascender el umbral de la zoofilia, volví sobre mis pasos como una fiera para avalanzarme sobre aquel bellísimo felino que me miraba con desconfianza desde el pie de las escaleras.
- ¡Mami! ¡Mira qué gato más precioso! ¡Es moníííísimo!
Olalla, que por aquel entonces contaba nueve años e iba vestida como una auténtica niña repollo, se adelantó hacia mí y me advirtió con encantador acento gallego:
- Es una gata. Y ten cuidado, porque a veces es un poco arisca con los desconocidos.
Yo, que ni siquiera me había molestado en saludar a los dos seres humanos que acompañaban a tan majestuoso espécimen de mascota, alcé la mirada y me encontré de sopetón con el rostro risueño de Olalla (¡Mi tierna, mi salvaje, mi incomparable Olalla!). Dientes delanteros separados, labio superior curvado hacia arriba por el centro en lo que me sugirió de inmediato la mueca irresistible y conmovedora de un patito recién nacido y necesitado de atenciones; cabello oscuro, rizado y larguísimo; pechos de niña en despunte troquelando el lino blanco de una camisa bordada a mano por su madre, ojos chispeantes de ninfa pizpireta y colmada de secretos que parecían dar la bienvenida a golpe de parpadeos coquetos e intermitentes.
- Hola -acerté a decir.
- ¡Hola!, ¿eres nueva en el edificio?
- Bueno... ahora sólo he venido para verlo. Pero en julio volveré para quedarme todo el verano.
- ¡Ah! Pues entonces ya irás conociendo al resto. Somos un montón de niños por aquí.
- ¿Cómo se llama?
- Olalla.
- No, me refería a la gata. Es preciosa.
- ¡Ah! Se llama Lusy.
- ¿Lusy?
- Sí
- Y si la toco, ¿me morderá?
- Eso el perro de Fernando, que mira lo que me hizo.
Y agachándose junto a mí y señalando con su meñique el espacio acanalado que conecta el labio superior con el entrecejo aterciopelado y como de lobato de los orificios nasales, me mostró una pequeña cicatriz curvada hacia la derecha que parecía contar ya con algunos años de antigüedad.
- ¿¡Y eso!?
- Pues un día, que me acerqué a Risky cuando estaba comiendo para acariciarle, y el muy bruto me mordió la boca hasta hacerme sangre. Me dieron tres puntos, ¿sabes?
- ¡Jo! ¿Y tu gata es igual?
- Bueno, mi gata araña. Pero no siempre.
- Entonces me arriesgaré, creo. Es súper bonita. Yo siempre he querido tener un gato siamés, como los de la Dama y el Vagabundo.
- Sí. A mí me gustaba la canción que cantaban, aunque la verdad es que eran bastante cabrones, ¿sabes?
- ¡¡¡Olalla!!! ¡¡Esa boca!!
- Lo siento, papá.
E irguiéndose de golpe y con vitalidad extrema, se avalanzó sobre su padre como una pantera para cubrirle la cara, el cuello y el pecho de ruidosos bessos de niña pequeña.
- Perdona, papá, ya sabes que soy una mal hablada. ¿Quieres pegarme unos cachetes?
- ¡Anda, anda, Olalliña! ¡Baja, baja! ¡¡Baja, mujer!!
Su padre la posó suavemente sobre el suelo y, con el reverso de la mano derecha, se limpió de la mejilla las babas que Olalla había dejado en ofrenda por su deslenguamiento incorregible. Una vez en el suelo, y esbozando una sonrisa efervescente, volvió en tres saltos junto a mí:
- Eres muy guapa, ¿sabes?
- ¡Ah, gracias!
- Todavía no conoces a Ruth, ¿no?
- Pues no... es que he llegado esta misma mañana.
- ¡Ah! Pues ella tiene otra gata siamesa que se llama Diana, ¿sabes? El año pasado se tiró desde el cuarto piso y cayó sobre el paraguas abierto de una señora. ¡Jajajajaja!
- ¿Y Diana también araña?
- ¡Qué va! A Diana como si la arañas tú...ella como si nada. Es la gata más tranquila que he conocido nunca. Yo creo que es medio tonta.
- ¡Jajajajaja!
A todo esto, su padre y mi madre acababan de poner término a la conversación que se traían entre manos y nos llamaban desde extremos diferentes del portal instándonos a finiquitar nuestra atípica toma de contacto.
- ¡Olalla, vamos! ¡Y coge a Lusy, por Dios, que no tengo ganas de ir a buscarla de nuevo al patio de luces!
- Bueno -se despidió Olalla-, ya nos veremos luego por el campito. Ahora me voy a comer.
- ¡Vale!
Y ya desde lejos, ella subiendo las escaleras y yo a punto de atravesar la puerta acristalada que daba a la calle, una última pregunta:
- ¡Oye, chica! ¿Cómo te llamas?
- Iria.
- ¡Yo soy Olalla! ¡Encantada!
- ¡Encantada!

El perro de Fernando se llamaba Risky y no moriría hasta tres veranos después. Todos los perros que había tenido y que había de tener Fernando a lo largo de los años habían sido rescatados de la calle y estaban, por tanto, traumatizados por a saber qué misteriosas y displacenteras experiencias con seres humanos de su pasado que les hacían comportarse como bestias pardas con cualquier criatura de mi especie que no fuera Fernando, o alguno de los que vivían con él y le alimentaban. Cuando digo como bestias pardas, no estoy tratando de hiperbolizar en modo alguno el comportamiento de los animales. Es que así, y de ninguna otra manera, era como se comportaban. La primera vez que pisé el campito del Géminis, unas dos horas después de mi encuentro con Olalla en el portal, no tuve en cuenta que por las tardes Risky permanecía amarrado a la señal de propiedad privada del jardín, disfrutando sobre el césped del sol vespertino y ladrando a los gorriones incautos que osaban pasear palmito en un diámetro al alcance de su cadena intencionadamente corta. La fila tupida de hortensias que corría a lo largo del jardín impedía, a una niña de mi altura, distinguir desde los garajes lo que ocurría al otro lado. Sin molestarme en caminar hasta la abertura practicada en la vegetación que hacía las veces de entrada, de un salto y protegiéndome el rostro con los antebrazos atravesé la maleza y aterricé sobre el césped. Lo primero que vi al abrir los ojos fue el rostro desencajado de un perro del color y el tamaño de un zorro que, a menos de un metro de donde yo estaba y ladrando como un energúmeno, había conseguido romper a tirones la cadena de hierro que lo sujetaba a la señal y se dirigía hacía mí a no poca velocidad. Así que inauguré el campito, como no podía ser de otra manera, corriendo como una posesa para salvar mis carnes juveniles de la furia incontenible de Risky, que colmado de energía e indignación para con el mundo se dedicó a perseguirme alrededor del edificio hasta que, bendito el instante en que a mi cabeza acudió la idea, me dio por trepar a una terraza baja cual vaquera adolescente saltando el cercado de madera que la separa de los pura sangre (agarrada a la barandilla temblorosa con una sola mano e impulsando por encima y de lado el resto del cuerpo). Ése era el mismo Risky que la había tomado algunos años antes con el labio de Olalla y que, a lo largo de los tres veranos siguientes y gracias a una concesión de Fernando consistente en permitirme obsequiarlo de vez en cuando con una lata de Friskies Gourmet, apenas alcanzaría conmigo la confianza suficiente como para dejar que le acariciara la cabeza con precaución extrema y siempre en presencia de su pelirrojo dueño. A Traso, sucesor de Risky bautizado así en homenaje al criado chismoso de La Celestina, lo que le sacaba de sus casillas era contemplar cómo Fernando y yo nos magreábamos. Se volvía loco de remate y corría en círculos ladrando como si alguien le hubiera pisado una pata con una bota de montaña o con un tacón de aguja. Sé que a los niños puede perturbarles la visión grotesca y malinterpretable de una escena original protagonizada por sus padres en la intimidad del dormitorio, pero lo de ese perro era de un freudianismo excesivo. Una mañana Fernando y yo entramos en el garaje muertos de desseo, después de habernos contenido en el ascensor para no escandalizar a una vecina que tuvo la ocurrencia de coincidir con nosotros en el descenso desde el cuarto piso. Parando apenas para cerrar el garaje hasta la mitad, me puso contra la pared, me bajó los vaqueros y las bragas y se arrodilló entre mis piernas para hundir el rostro y la lengua entre mis nalgas quemadas por el sol. No sé si fue lo extraño de la posición, o el sobresalto arrítmico y sospechoso de los gemidos que yo ahogaba mordiéndome la muñeca, pero Traso enloqueció como nunca antes lo había hecho y sin reflexionar sobre la posible inconveniencia de perpetrar semejante osadía se lanzó a la carga contra Fernando, que sin dejar ni por un instante de hacer lo que estaba haciendo y demostrando una compasión del todo acorde con sus instintos lo estrelló de un manotazo contra el suelo.

Transcribo un fragmento del libro de Leonard Cohen El juego favorito: El parque alimentaba a todos los que dormían en las casas vecinas. Era el corazón verde. Proporcionaba paseos sinuosos a las niñeras y criadas para que pudieran imaginarse la belleza. Proporcionaba bancos medio ocultos para besuquearse, y vistas de fábricas, a los magnates de la industria, para que pudieran imaginarse el poder. Proporcionaba cuadros de sendas escocesas, por donde paseaban parejas de enamorados, a los agentes comerciales jubilados, para que pudieran imaginarse la poesía. Allí transcurrían los mejores momentos de la vida de todo el mundo. Nadie va a un parque con propósitos sórdidos, excepto algún maníaco sexual quizás, y ¿quién puede afirmar que no está pensando en las rosas eternas cuando se abre la gabardina delante de la Beatriz que salta a la comba?

A mi teclado le falla la letra "b". No se marca si no la pulso con fuerza, así que ahora me veo en la obligación de releer mis textos para añadir esa letra además de la eñe, que a mi programa de Word no sé muy bien por qué le ha dado por pasar por alto. Esto me remite a la novela de Misery, en la que al pobre escritor secuestrado por la jonina Annie Wilkes se le iban saltando teclas de la máquina de escribir y debía rellenar a mano los huecos dejados en las páginas para que ésta no siguiera amputándole miembros. Empezaba con una letra y acababa con medio alfabeto. Hostia puta, eso es fanatismo y lo demás tonterías. ¡Annie Wilkes, sí señor! ¡O me escribes la novela que quiero, o te mando al infierno manco y a la pata coja! Jajajajaja. Lo mismo podía haberse hecho con sir Arthur Conan Doyle cuando le dio por cargarse a Sherlock Holmes. ¡A quién se le ocurre!

Un pasatiempo al que tengo por costumbre entregarme a lo largo de mis paseos por la ciudad, es al de esquivar personas a ritmo de música diversa. Resulta que me encanta pasear, y que además me gusta hacerlo a velocidades de vértigo. Casi corriendo, pero sin llegar a alcanzar jamás el trote humillado del footing. Teniendo en cuenta que en Madrid, durante el día, las calles burbujean de gente en actividad cargada con bolsas y a la carrera, y que caminar sin chocarse supone todo un reto para los reflejos y la agilidad de cada uno, mis paseos resultan poco menos que danzas frenéticas en pos de la armonía perfecta con el entorno. No es lo mismo esquivar personas mientras se escucha The Great Pretender, de los Platters, con ese deje de superioridad que supone confesarse un fingidor ante el resto de la humanidad mientras se sostienen las miradas de los que se cruzan con una insistencia ligeramente más férrea de lo habitual, que hacerlo acompañado por la voz desgarrada de ese Tom Waits que gime más que canta al Jabberwoocky de Lewis Carroll, y que lo tiñe todo de un no sé qué misterioso, negro y como de terciopelo. Por cada choque frontal que tengo con un peatón, me resto un punto entero. Por cada roce leve que surge de un cálculo equivocado de mi distancia con respecto a la de otra persona, medio punto. Por cada contacto inesperado ajeno a mi voluntad y a mis predicciones (como cuando de repente se abre la puerta de un coche aparcado y el motorista que justo pasaba se la lleva por delante), un cuarto de punto. He esquivado personas bajo la estela ambiental de múltiples canciones, dejándome llevar por la distancia entre las notas, por lo violento de la resonancia, por el contraste entre el relieve característico de la voz y la atmósfera de fondo sobre la cual resalta, por los ritmos y sobresaltos de la percusión, por el contenido chulesco y embebido de la letra, por la ensoñación particular sugerida por la melodía, por la evocación fantástica de situaciones en las que una cierta canción habría ido que ni pintada... y lo extraño es que la gente parece responder, en clave de danza, apartándose de mi camino y facilitándome la marcha. Eso cuando voy de buen talante, claro, y cuando el humor atmosférico acompaña, porque esquivar personas abrigadas y con paraguas puede convertirse, según la gravedad del frío y de la lluvia, en un auténtico coñazo que nada tiene que ver con el pasatiempo juvenil que supone hacer eso mismo un día de sol. ¿Cómo decía ese papel que tengo pegado con blue tac en el lateral de una estantería de mi cuarto? ¡Ah, sí! Los paraguas sólo sirven para perderse. Para eso, y para enganchar a personas por el cuello. ¡Jajajajaja! Me encantaba hacerle eso a mi amiga Sara en los pasos de cebra. Cada vez que iba a cruzar, me situaba a su espalda con el paraguas cerrado y aferrado por la punta, y con el cuello de cisne del mango la enganchaba por la tráquea y la atraía hacia mí. Ella se tambaleaba hacia atrás, cual si hubiera resbalado en una piel de plátano, y comenzaba a proferir maldiciones que yo entrecortaba a placer torsionando el mango sobre su garganta. Pero bueno, mi amiga Sara se olvidó de mí al madurar y convertirse en una mujer trabajadora, y lo que en estos momentos me apetecería es escupirle o echarle un Avada Kedavra (muerte súbita, para aquellos que no hayan tenido la suerte de graduarse cum laude en Hogwarts e ignoren el efecto fulminante de tan hermética fórmula - fórmula que por cierto suena de lujo pronunciada con acento de mafioso polaco).

Y la verdad es que a estas alturas ya no sé ni sobre qué estoy escribiendo. Sé que quería hablar de Olalla, y de lo intenso de nuestra relación: de la mía con ella, de la de ella con Fernando, y de la que se estableció entre los tres. Pero me he perdido en desvaríos varios y creo que mi deber como escritora es dejar esa historia para otro día en que me sienta menos propensa a la dispersión. Algo en común, en cambio, si que tienen Sara y Olalla: ambas han madurado y me aburren. Por cierto, Sara, aunque no creo que pases mucho por mi blog espero que leas esto y llores: te estás convirtiendo en algo incompatible con lo que yo soy y nuestra amistad peligra. No debido al enfado ni al resentimiento por que no me llames, sino porque comienzo a dudar de que realmente tengamos algo que ofrecernos. ¿Cómo puedes tener como lema en el messenger "Chica Yoigo. Je, je, je"? El que hayas hipotecado tu ocio por trabajar para una empresa de mierda y no te quede tiempo para salir y disfrutar de la vida, no significa que tengas que sentirte orgullosa de ello. No ironices sobre un tema tan serio, querida: te estás vendiendo y, por tanto, eres un ser humano menos interesante. Ni siquiera yo ironizaría con eso (¿o quizá ya lo estoy haciendo?). En fin, nena... que a mi la gente sobria, cuerda y responsable me empalaga. Puedo tolerar, e incluso considerar desseable, que seas una fracasada (¡qué palabra más capitalista, por Dios!), pero una sosa, aburrida, acomplejada y puntual criatura, ni por todo el oro del mundo. Te prefería cuando llegabas dos horas tarde a las citas, y me suplicabas borracha perdida que por favor te acompañara a la calle Gran Vía. De hecho, el mejor momento de una monjil y recatada chica llamada Patricia que conocimos Chechu y yo hace tiempo fue cuando por primera vez se emborrachó en Ribadesella y me vomitó encima. Así es como más guapas estáis las mujeres: descontroladas y en apogeo de intensidad. Luego dices que engordas, muchacha. Con ese novio tuyo, obsesionado con la pesca hasta el hartazgo, con esa relación tan rarita y chantajista que se trae tu padre contigo, con esa madre ajada e insoportable que se pasea por la casa con cara de misa y las manos cruzadas sobre el regazo... ¡casi me entran ganas de ir a rescatarte! Y encima, si te llamo y te pregunto me dirás que todo va perfecto, que con Luís mejor que nunca y que a tus padres les mantienes a raya con lo del trabajo. Pues eso, monada, no es perfecto sino catastrófico. Perfecto sería que Luís te hubiera dejado, ya que no tienes tú el valor de abandonarle a él y a su aburrimiento milenario (ni una puta película aguanta sin dormirse, que ya hay que joderse). Perfecto sería que tus padres, o al menos tu madre, hubieran fallecido repentinamente en un accidente de tráfico. Pero que Luís se muestre comprensivo contigo, que tus padres no te hagan la vida imposible y que hayas encontrado trabajo no es perfecto, sino una auténtica cagada. Al menos, cuando las cosas te iban mal mostrabas un alma de poeta que ahora no te encuentro por ninguna parte. Es como si hubieras renunciado a la belleza para dedicarte de lleno al trámite y a la burocracia, no en un sentido exclusivamente laboral, y lo que yo soy contaminara de dudas esa voluntad de prosperar que parece haberte poseído de un año para aquí. ¿Por qué te mueves en pos de la mediocridad? Si ya has renunciado, al menos deja que sea la mediocridad la que se mueva hacia a ti. Quédate parada, como hasta ahora, pasando las tardes encerrada a oscuras en un coche aparcado, y deja lo de buscar trabajo para aquellos que todavía tenemos vicios que mantener. Si vas a encerrarte en casa, o a recluirte en ese pueblucho perdido de Guadalajara que, como siempre te digo, te está embruteciendo la sensibilidad, en lugar de ahorrar podrías pasarme tu sueldo para que me lo fundiera en copas y libros a la salud de las dos.

Me despido, hasta que se me ocurra algo más que añadir.

9 comentarios:

Dr.Krapp dijo...

¿Lluvía? Todo un diluvio impetuosamente proustiano.
Valdoviño cual galaico Balbec estival.
Fernando, una Albertina que entra y sale de los recuerdos y que la narradora quisiera atrapar para siempre en un lugar fuera de la dimensión temporal que nos consume.
Cualquier interpretación es posible cuando no hay necesidad de hacerla. Hoy se me ocurre ésta.

Lula Lestrange dijo...

Pues fíjate que esta vez, lo más importante del escrito me parece lo de mi amiga Sara. Quizá todo lo anterior no fue más que un preámbulo de calentamiento para ese párrafo de aspecto epistolar con que cierro el texto...

Pero por otra parte tienes razón. Al transcribir en palabras mis recuerdos lo único que estoy haciendo es intentar inmortalizar mi memoria. Afán de trascendencia, supongo, o quizá mera ociosidad.

Un besso,

4ETNIS

Sinuosa dijo...

Me ha gustado Olalla. Quizá porque me has dejado verla y oir su voz.
Me gustan los diálogos.

Todo lo demas... ummm, vas a tener que cortar y pegar muchos trocitos de experiencia en historias que te lleven a alguna parte, ¿no?

El material es bueno si logras ordenarlo.

Bessin

Hank dijo...

GRANDIOSA diatriba contra Sara.

Pocas veces he leído fragmentos tan vivos, gustosos, sugerentes y sinceros. Qué puta maravilla.

Sigue así, no te cuides, resultas fascinante.

Lula Lestrange dijo...

Sinuossa:

El encanto de Olalla no hay casi que escribirlo, es algo que se respira en el ambiente.
Respecto al desorden de mi texto, la verdad es que no sé qué decirte. En ocasiones los pensamientos fluyen ajenos a mi voluntad, en discordancia caprichosa, y tratar de darles una forma diferente a la que espontáneamente manifiestan es estéril y engorroso en grado sumo. No soy una persona ordenada, y si te soy sincera ni siquiera me explico cómo soy capaz de escribir cosa alguna. En ocasiones me sorprendo temerosa de no ser capaz de repetir el milagro de la literatura... no sé si sólo es algo que me ocurre a mí, o por el contrario se trata de una experiencia común entre escritores, pero el caso es que ya apenas me importa la fisonomía global de mis textos. Sólo trato de aprovechar los instantes en que la necesidad de manifestarme supera en intensidad a la autocensura que marca lo que supuestamente ha de ser para Ser. No sé si me explico, pero los vodkas y la falta de sueño me han dejado algo espesa ;)

Hank:

No voy a negar que me satisface en extremo fascinarte, Gin- Gin.
Además, en esta ocasión estoy de acuerdo contigo en qué parte del escrito es la más interesante. La menos literaria, vamos.

Un besso,

4ETNIS

nsK dijo...

Son duras palabras. Se dejan leer con agrado, sí, pero no veo la necesidad de cabrearse por un mal ajeno. Si no te gusta el Yurinka, puedes gastarte algo más de dinero en una botella de Absolut. Si no te gusta tu amiga Sara, puedes relacionarte con personas que te resulten más interesantes (lo cual, dicho así, no pone el listón demasiado alto xD).

PD. Dedicarse al atraco de bancos y/o a la extorsión de millonarios está muy muy mal. Esto... Errr... No estarás buscando socio para los atracos/extorsiones, ¿verdad? ;P

Lula Lestrange dijo...

Sí, pero hay un inconveniente: Sara es INSUSTITUIBLE. Y la amo. La amo. La amo y la echo de menos... aun odiándola.

Respecto al atraco y la extorsión de millonarios, no es que buscara socios, pero... ya que lo comentas, invitado quedas. ¿Para cuándo una coalición? (I'm so excited...)

Un besso,

4ETNIS

nsK dijo...

Pues cuando quieras, pero antes tengo algunas preguntas: ¿Tienes experiencia en el manejo de armas y orientación espacial aceptable? ¿Te supondría algún problema mantener relaciones sexuales con algún personaje de interés público, asquerosamente rico y casado mientras yo me la meneo y saco fotografías desde un árbol con vistas a la ventana que dejarías abierta intencionadamente?

Hablaremos de todo esto y mucho más en la primera reunión de la CDF (Coalición Dinero Fácil).

Carol dijo...

Sé lo que duele perder a un "ser querido"; pero sé también que duele infinitamente más que "el querido" pierda su ser... que abandone su puta esencia o la empeñe por dos duros.
Es triste comprobar como un AMIGO, dueño de un alma fascinante,renuncia a ella a cambio de una hipoteca, un chevrolet, un trabajo,una pareja... y acaba siendo esclavo de todo ello. Como rezaba Billy Corgan en una de sus mejores canciones: "...The more you change, the less you feel..." Y que puta razón tiene.