miércoles, 12 de enero de 2011

MaRtEs O miéRcOleS pOr La MaÑaNa



Es martes o miércoles por la mañana, me encuentro a solas en casa de Chupi después de que éste se haya marchado a trabajar, me acabo de tomar un Eco con jalea real y, en un impulso que tenía algo de agradecimiento por el privilegio que para mí supone el que me concedan, siquiera durante unas horas, ser la dueña y señora de una casa solitaria a mi entera disposición, me ha dado por fregar los platos que he ido encontrando repartidos por el salón y por la cocina. Ya que me permiten disfrutar de un espacio, que al menos se lo encuentren impecable a su regreso. El caso es que son tan pocos los momentos en que dispongo de la posibilidad de un espacio propio, que cuando por conjugaciones como la de esta mañana en que Chupi y yo hemos decidido que me quedara en su casa haciendo lo que me viniera en gana me encuentro de repente en uno a la medida de mis necesidades, me da por dudar de a qué actividad dedicar las horas que permanezca en él. Me embarga una especie de nerviosismo, derivado del miedo a perder el poco tiempo que tengo sin decidirme a poner manos a la obra con nada, y comienzo a sacar materiales de mi bolso (una novela, apuntes, mi diario) con la esperanza de que alguno de ellos despierte en mí las ganas de hacer algo. Que finalmente me haya decantado por escribir un texto que bien podría acabar dando con sus huesos en el blog es, tratándose de últimamente, algo bastante novedoso. Hace meses que no escribo otra cosa que no sean mis diarios, y semanas en que la lectura de ciertos libros me mantiene tan sometida que ni mis diarios suscitan en mí el desseo de escribir una sola línea. En cualquier caso, escribir en un diario siempre otorga más libertad. Y no porque no vaya a leerlo nadie, porque un diario, que no es al fin y al cabo sino un documento escrito y secreto sólo en muy relativo grado, corre el riesgo de ser, entre otras muchas cosas, hurtado, confiado e incluso exhibido por el autor, que si es lo suficientemente joven o necio como para aspirar todavía a alguna clase de posteridad, se paseará con él escondido en el bolsillo y como si portara la confesión más relevante del siglo, buscando interlocutores con aspecto de poder saber apreciarlo. Cuando esto es así, el diario ya no es tan libre en contenidos como debería. Pero ¿debería por qué, para quién, de qué manera? ¿Quién afirma que un diario no es también literatura? Y no precisamente realista, ya que en verdad no hay nada tan ficticio como un ser humano en perspectiva. Lo que es indudable es que el diario, entendido como tal, prolonga la existencia del soñador, y que si bien es cierto que escribir sobre vivencias implica primeramente el haberlas experimentado, el diario otorga al soñador, con independencia de por lo que en un momento dado esté pasando, un espacio abstracto e íntimo en que desarrollarse como oniromante a expensas de la realidad.

En ocasiones creo que la adolescencia me ha dejado tetrapléjica. Me he acostumbrado a desenvolverme a tres o cuatro planos por encima de la realidad y ahora descubro, cuando quiero aplicarme al pragmatismo, que soy poco menos que incapaz de dar cinco pasos en una misma dirección. Todo me resulta a veces tan aburrido, desvaído y exento de gracia, que si no me evado desfallezco de un colapso de mal gusto, y aunque me proponga posponer el disfrute de lo estético hasta haber alcanzado alguna clase de meta que me permita hacerlo más a lo grande, el absoluto desinterés que me provocan los pasos intermedios hacia cualquier cosa hace que, a pesar de ser consciente de la inmadurez del conjunto, me desenvuelva en el día a día con la previsión propia de un prepúber. El largo plazo queda situado, como envuelto en una bruma misteriosa y no del todo agradable, en el reino lejano del sueño que muere por falta de concreción, y mi diario, naturaleza obituaria de suspiros que parecen envasados en burbujas intemporales al vacío, crece en frondosidad en inversa proporción a mis diacronías.

No sé por qué, antes me ha venido a la cabeza algo que le escuché en cierta ocasión a una monja llamada Sor Ángeles, a propósito de a saber qué pregunta que se le formuló en clase de religión. Dijo algo así como que alguien que, de manera constante, afirmara no creer en Dios o considerar imposible su existencia científica, en realidad denotaba una fe ciega en ella, pues nadie se empeña con tanto ahínco en defender su no creencia en una cosa. A ratos se me antoja genialidad, y a instantes gilipollez soberana. Sólo hay que pensar en el ejemplo de SSMMLLRRMMDDOO (Sus Majestades Los Reyes Magos De Oriente), cuya no existencia defienden con tanta saña los niños en la edad de la incredulidad, no se sabe si por madurez vanidosa o por crueldad para con los más pequeños e ingenuos que ellos, suscitando la gemación de llantos e ilusiones fracturadas por doquier. Cierto primo mío sabe bastante acerca de este asunto, aunque conmigo, todo hay que decirlo, la tortura no le funcionó, pues si por algo se ha caracterizado mi carácter desde edad bien temprana es precisamente por la ferruginosidad de sus devociones. Cuando algo le gusta, le gusta hasta el dolor, y que deje de gustarle rara vez se debe a una crisis de fe. También depende, de más está decirlo, de lo que uno entienda por fe, y por carácter.

Repito: estoy sola en una casa. ¡Sola, sola, sola! Y para colmo de dichas y estilosas voluptuosidades, suena Sade a pleno pulmón. Por primera vez desde que me he levantado puede decirse que estoy en calma. Pero no en una calma chicha pasiva y narcotizante, sino en un sosiego balsámico que consigue atravesarme los huesos y hacer efervescer mi médula de caléndulas y perlas de mentol. Casi nada. ¿Véis? A esto me refiero cuando hablo de mi tendencia a perderme en ensoñaciones inútiles, o sea artísticas. El señor Wilde que nunca falte en un texto sobre el aire decadente de los toboganes que perdieron, a fuerza de erosionarse contra el trasero de inquietos infantes, diez de sus mejores molares. Y de Wilde a Apollinaire, ¿por qué no? Pero no hay que pasarse con esta clase de recursos apelativos, pues se corre el riesgo de caer en el más bajo y vulgar de los kitsch. Tan kitsch como la sexualidad plástica y como para infantes retrasados que tratan de vendernos los medios en esa especie de pornoteletiendas didácticas que son la televisión, las revistas, la publicidad, y según qué sectores del mundo musical y literario. Lo único que me faltaba es que alguien tratara de sugerirme la clase de estímulos que me son necesarios para querer follar o sentirme desseable. Tal es mi desprecio por toda esa avalancha de colores, bocas entreabiertas y movimientos espasmódicos que promulga cierta vomitiva voluptuosidad de moda, que mis tendencias casi podrían considerarse, en relación con las que a toda costa tratan de implantarse a través de múltiles plataformas, zoofílicas. El peligro de la falsa trangresión. Evidenciar la sordidez como modo aséptico de convertir la más indomable de las esferas humanas en corrección política con piel de cordero liberal, y hacer que algo que debiera dotar a las personas de una energía sublimable, por secreta, pierda sus propiedades impulsoras y adquiera en cambio, como por efecto de un sortilegio de transmutación diabólico, las anestesiantes de la adormidera. El opio del pueblo ya no es la religión, sino el sexo. ¡Pero ojo!, no el sexo en sentido estricto, no el desseo ardiente ni el magnetismo telúrico de las humanas atracciones que se desarrollan a escondidas en rincones oscuros, sino ese otro sexo hipertrofiado y grotesco que, a fuerza de normalizar la sugerencia, acaba por privar al ritual de su carácter gozoso e iniciático. El sexo publicitado es reaccionario, pues aunque en apariencia se erige como alternativa al dogma religioso, en realidad no hace sino perjudicar la espontaneidad sensual en grado mucho más amplio que el logrado por cualquier suerte de mecánica de sermón. La palabra herejía significa, en griego, elección. Luego hereje es el que elige. Todo mi satanismo resumido en una sentencia. Este momento merece que ponga algo de Black Sabbath. Sí, amigos, zoofílica (donde zoofilia no es sino metonimia de hacer lo que a uno le sale de los retoños).

Luego sigo... o no.

3 comentarios:

Mr wallace dijo...

Estan secas ya tus uñas, bicho???

Qué embelesante, qué calor, qué miedo, qué dulce, qué llamativa, qué punzante, qué tantas innumerables pasiones desprende la fémina que escribe tan atrayentes y compenetradas palabras. Oratoria de controversia, no apta para el borreguerismo generalizado, no se si práctica o de fácil digestión, quizá no para todos los momentos, ya que la mayoria de los momentos, tampoco, son brillantes.

Un placer rescatar tu ofrenda, en esta visión de la vida literaria, de tu sutil papel. Quién sabe si otro día, con la cara encorchada, efecto de media botella de vino, te reconoceré en alguna cueva amenizada por Robert Smith. Creo que no pasará desapercibida tu aura.

La opción de feedback es libre y se encuentra en los cajones de la memoria, o en los impulsos inconscientes sin expliación necesaria.

Tenemos que ir a bailar!!!

Ciao.

Pabster Veen dijo...

Pues, a mí, lo que tode este genuino alarde de oratoria me provoca es, ni más ni menos, aquello que está destinado a provocar: unas ganas que te cagas de follarme a la autora. Así, a lo bestia y sin más preámbulos (¿qué mejor preámbulo que el propio texto?)

Y es que el erotismo está no en -como bien se apunta- un despliegue más o menos impúdico y siempre grotesco de iconografía sexual, sino en el tácito entendimiento de una inminente intrusión en lo prohibido (no hay erotismo sin moral) y en la majestuosa voluptuosidad subyacente en los pensamientos más básicos y sencillos. De ahí que, en relación con nuestra común deseada, a mí se me juntan el hambre y las ganas de comer; es decir, no sólo el deseo de reventarme a una güena moza sino el otro, muchísimo más poderoso (y magistralmente explotado por ella, de ahí su éxito), de hacerlo con quien sabe que el otro sabe, y de compartir ese sentimiento de transgresión y, a un tiempo, irracional simpleza.k

Lula Lestrange dijo...

Mr. Wallace:

Me encantaría que las uñas de mis pies estuvieran secas, pero como me las muerdo (sí, las de los pies también) no encuentro que merezca la pena pintarlas. Como puedes comprobar, mi asilvestramiento bebe del del chipancé. Del del. Curiosa estructura. Pareciera estar a punto de despegar, o de catapultarse.

Sr. Veen:

¿Por qué ese ".k" final?

Y respecto a todo lo demás que dices, te recomiendo esta canción: http://www.youtube.com/watch?v=xgBA4RHF_Qg