sábado, 18 de octubre de 2008

ARDIS HALL (capítulo 2: ¡Hi Hoo, Silver!)


Fernando guardaba en su garaje, junto a otros muchos cachivaches, una bicicleta plateada de trial de la marca Torrot cubierta de óxido y una Mountain Bike color verdeagua de chico. Yo, que a los doce años todavía no sabía montar en bici, me moría de envidia cada vez que les veía partir sobre dos ruedas rumbo a cualquier parte y tocando la bocina. Fernando, que no era ajeno a este sentimiento y que por aquel entonces ya bebía los vientos por mí, me dijo una mañana al verme aparecer bajo la persiana del garaje:
- ¿Sabes lo que voy a hacer hoy, guapita de cara?
- ¿El qué?
- Enseñarte a montar en bici, que ya va siendo hora.
- ¡Vale!
Así que nos fuimos a la pista de cemento en que estaba situada la canasta de baloncesto y, aprovechando la soledad que nos reportaba el ser los más madrugadores del edificio, comenzamos con nuestras clases.
- Es mejor que empieces con la Torrot, que es más bajita, porque en la otra te va a costar llegar a los pedales.
- Bueno, me da igual, porque de todas formas me gusta más el plateado que el verde.
- Genial.
Me subí a horcajadas sobre esa Torrot menuda y argentina que, tan sólo unas semanas más tarde y debido a la lectura apasionada de It que realicé a lo largo de muchos días de playa, me gustaría por motivos más profundos que los que me llevaron a aceptarla en un principio, y me quedé suspendida sobre el sillín esperando instrucciones.
- A ver, antes que nada: tienes que mantener los pedales en movimiento para que la bici no vuelque. Sobre todo al girar, pero primero vamos a ver que tal vas en línea recta.
- ¿Me vas a sujetar?
- Sí.
Agarrándome por las hebillas de mis eternos shorts de estampado floral y dando un pequeño empujón al metálico caballito, me ordenó pedalear. Me dio tiempo a avanzar unos cuantos metros antes de naufragar por la derecha y caer en sus brazos indefensa y partiéndome de risa.
- Venga, otra vez.
Al cabo de una hora, sabía mantenerme en equilibrio y tomar las curvas con una sola mano. Como hacen los padres con sus hijos pequeños, soltó la bici sin que me diera cuenta en el momento en que más confiada me percibió, llamándome desde la distancia para hacerme consciente de mis logros:
- Hale, guapita de cara, ya sabes montar en bici.
Del susto que me llevé me fui de cabeza al suelo, pero estaba tan contenta por haber aprendido a manejar lo que en aquel momento era para mí un verdadero artefacto de poder e independencia que, aunque rasguñada en codos y rodillas, me levanté al instante para lanzarme a sus brazos y comérmelo a bessos de agradecimiento.
- De todas formas mejor que practiques por aquí antes de salir a la aventura, porque con lo kamikaze que eres acabarás partiéndote la crisma contra un coche.
- Bueno...
La historia de cómo aprendí a montar en bici tiene importancia en relación a la llegada de Charlie, ese otro amor de verano que sin alcanzar, ni de lejos, la trascendencia que alcanzó Fernando a lo largo de los años, fue sin duda un punto de inflexión en mis ritos iniciáticos de adolescencia. Íntimo amigo de Verito, que por aquel entonces contaba un año menos que yo y lucía en su rostro ojeras perpetuas de vampiro, Charlie era un muchacho larguirucho y desgarbado que se veía obligado, a causa de una miopía extrema, a usar esas gafas de topo que empequeñecen los ojos hasta transformarlos en meras rendijas de sospecha. Poseedor de una sensibilidad nada habitual es un niño, y con ese aspecto de ratón de biblioteca que tanto me perturbaba por aquel entonces, Charlie atrajo mi atención enseguida. Y como la atención amorosa es una cuestión de absolutos, cada minuto de más prestado a Charlie era un minuto menos compartido con Fernando, que no tardando en advertirlo comenzó a sufrir los que -según él mismo reconoció años más tarde- serían los primeros ataques de celos de su vida.
A Charlie, al igual que a mi, le apasionaba la bicicleta. Encandilado con mi presencia tanto o más de lo que yo lo estaba con la suya, se convirtió en el tercer madrugador del edificio durante la quincena que permaneció como invitado de honor en casa de Verito. Cada mañana nos encontrábamos los tres bajo el árbol del que pendía el columpio y, hasta que no salió a colación el tema de las bicis, todo fue más o menos bien. A los dos días, Charlie y yo habíamos pasado de mirarnos de reojo y a espaldas de Fernando a hacerlo de frente y sin ocultación alguna. Era increíble el tiempo que podía pasarme enganchada a sus ojos, e increíble era también su falta de pudor a la hora de manifestarse a mi favor. Yo tenía, entre otras malas costumbres estivales, la de alimentarme a base de flores y hojas silvestres, y él, que demostraba una apertura de mente por completo acorde con sus inclinaciones sexuales, me secundó también en esta estrambótica afición. Si yo me perdía entre las hortensias, examinando con atención cuidadosa cada capullo o racimo de pétalos multicolores y volteando entre el índice y el pulgar los ejemplares de cada especie que más apetitosos se le antojaban a mi extravagancia, él me perseguía en silencio respetuoso por las frondosidades del jardín imitando, con una glotonería que sólo era fingida en sus tres cuartas partes, mis maniobras gastronómicas sobre las plantas. Y así, de triunvirato evolucionamos a dueto trocando la permanencia estática en el prado común por paseos interminables en bicicleta que nos llevaban, en trémula y armónica soledad, a echar carreras enloquecidas carretera arriba y a perdernos, como por casualidad, entre acantilados escarpados que nos forzaban a caminar cadera contra cadera y a arrastrar entre las ortigas el peso muerto de nuestras bicicletas.
A lo largo de uno de esos paseos nos hicimos la promesa, incumplida hasta la fecha, de emprender algún día un viaje en Mountain Bike por el continente australiano. Fantaseábamos con los obstáculos que podrían presentársenos a lo largo del camino y especulábamos con los víveres y avituallamientos que habrían de sernos necesarios en una aventura de calibre semejante. Mientras tanto, Fernando, permanecía en el edificio maldiciendo el instante en que se le había ocurrido enseñarme a montar en bici y haciendo recaer sobre la persona de Charlie todos los rencores y malos desseos que torturaban su mente de adolescente ultrajado. De todas mis traiciones esa fue la segunda en importancia, pues la primera no habría de perpetrarse hasta cuatro años después y a raíz de una ocurrencia irreflexiva que me impulsó a llevarme a mi novio de por aquel entonces al contexto inviolable que constituían Valdoviño y la totalidad de sus habitantes. Pero, como diría Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
Hasta la llegada de Charlie, Fernando era el dueño de mis mañanas, mis noches y mis tardes de playa. Aunque fingíamos pelear y estar a la gresca el uno con el otro, lo único que buscábamos era una excusa para tocarnos sin levantar sospechas. En ocasiones se nos iba la mano, y lo que empezaba como pretexto se iba poco a poco transformando en un fin en sí mismo. Yo me pasaba, Fernando me la devolvía por triplicado, y de repente nos descubríamos odiándonos y desseosos de partirnos la cara. La mayoría de las veces, sin embargo, lo único que hacíamos era jugar al juego de la seducción con la libertad que aportaba el hacerlo pasar por otro juego diferente.
Una de esas tardes de playa, y ya con Charlie integrado en el grupo, se nos ocurrió ir a pasear al lago. El lago era un brazo de mar que se adentraba en la parte izquierda de la costa, ensanchándose hacia el final en un remanso de agua tibia y en calma al que iban a revolcarse los perros y las madres con sus bebés. A medida que se avanzaba hacia el mar, las aguas se hacían menos profundas y una capa de fango comenzaba a formarse sobre el suelo. Fernando, Charlie y yo, junto a otros cuatro niños borrachos de sol y arena, nos adentramos por allí con la esperanza de que la novedad de aquel plan incrementara un poco más si cabe nuestro ya de por sí eufórico ánimo. Yo, en lugar de intentar derribar a Fernando, o de entretenerme lanzándole pegotes de lodo a la cara, elegí pasar el rato arrastrando por el agua el cuerpo de Charlie, que se hacía el muerto alegando estar muy cansado y estirando un brazo hacia atrás para aferrar mi mano escurridiza y mojada. Fernando caminaba unos pasos por delante, echando breves miradas por encima del hombro y acelerando el ritmo cada vez más. Esa noche, fue la del incendio.
Después de volver a nuestras casas para ducharnos y cenar, y no sin antes habernos limpiado con esmero de todo rastro de arena delator de nuestras visitas a la playa - la cual, por dar a mar abierto y constituir un peligro para los más pequeños, nos estaba rigurosamente vetada-, salimos al prado común como venía siendo la costumbre desde hacía una quincena. Antes de encontrarnos todos reunidos, se desató un incendio en la parte más alejada del campo de trigo que rodeaba el edificio y, por una vez, interrumpimos nuestro eterno juego del escondite para quedarnos absortos y como hechizados ante las llamas que se elevaban en el horizonte como dragones furiosos de color naranja. Permanecimos embebidos en la contemplación del fuego durante todo el tiempo que éste tardó en extinguirse, compitiendo por ver quién era el primero en visualizar un helicóptero y haciendo apuestas millonarias sobre las posibilidades de apagarlo antes de que llegara al edificio (cosa que, con tal de no irnos a la cama, desseábamos que ocurriera a toda costa). Charlie y yo parecíamos dos niños siameses aferrados por la cintura frente al resplandor, masticando hojas y bayas del arsenal que llevaba en mi bolsillo y disfrutando, a pesar de la presencia del resto o precisamente gracias a ella, de una intimidad silenciosa, profunda y cargada de secretos.
A la mañana siguiente, Charlie tardó un poco más de la cuenta en amanecer y Fernando y yo pudimos disfrutar de nuestro primer momento a solas desde hacía varios días. La pregunta no tardó en materializarse:
- A ti te gusta Charlie, ¿verdad?
- ¿¡¡Quéééé!!??
- Que si te gusta Charlie.
- Me cae bien, nada más.
- O sea que te gusta.
- ¡¡¡¡Nooo!!!! (pronunciándolo con ese tono cantarín que baja hacia la aseveración rotunda en la penúltima vocal para, casi por sorpresa, remontar hacia arriba en un derroche de agudos pillados in fraganti).
- Pues está claro que a él sí le gustas tú.
- Bueno, ¿y?
La última tarde que pasó Charlie entre nosotros decidimos ir al cine a ver Godzilla. Como en la zona de playa no había salas de proyección, tuvimos que coger un autobús de línea hasta Ferrol en la parada del centro comercial de Valdoviño después de negociar con nuestros padres durante horas, y con la excusa de que Fernando nos acompañaba, las condiciones de tan arriesgada expedición al centro de la ciudad. El grupo lo integrábamos Jorge, el hermano pequeño de Verito; Ruth, que años más tarde estrenaría sus labios de virgen en la persona de mi primo; Olalla, que además de gordita y pizpireta era otra nínfula en potencia con sus propios ardores y escándalos secretos; Iván, un amigo de Fernando que en Semana Santa me había pedido salir y que en verano se encontró, a pesar de mi inicial correspondencia, con una indiferencia soberana y aun despreciativa hacia su persona; María Estrella, una recién llegada a la urbanización que bebía los vientos por Iván y que había sido camelada por éste en un intento patético e inútil por despertar mis celos; Manuel, alias Manoliño Mera y Pico de Plátano, que además de poseer una nariz hiperbólica y un carácter cateto en demasía había recibido calabazas de mi cosecha el mismo día en que Iván había logrado seducirme, fraguando tras la humillación sufrida y a lo largo de todos los agostos que veraneé allí un odio intenso por todo lo que con Madrid estaba relacionado; Verito, Charlie, Fernando y yo.
El reparto de asientos en el cine fue realizado con esa azarosidad aparente que culmina en catástrofe para casi todos y en regalo del cielo para unos pocos afortunados (entre los cuales y gracias a ciertas maniobras tácticas de posicionamiento Charlie y yo estuvimos incluidos aquel día). El orden fue el siguiente: Jorge, Fernando, yo, Charlie, Iván, María Estrella, Olalla, Ruth y Manuel. Mientras Fernando le tapaba los ojos a Jorgito para que no viera las efusiones que Iván y María se prodigaban a tan solo cuatro butacas de distancia, Charlie y yo sometíamos nuestros dedos y antebrazos a una fricción sutil y espaciada en el tiempo que hizo que, de la película, nos enterásemos de más bien poco. Recuerdo el contacto ocasional del brazo derecho de Fernando, y el intercambio breve y más bien seco de miradas que de reojo nos dedicábamos cuando esto ocurría. A la salida del cine, y tras la confirmación digital de romanticismos y demás sublimaciones del desseo, yo había perdido parte de mi interés por Charlie y volvía a estar centrada de lleno en ese pelirrojo zurdo de preciosas piernas con el que tantas cosas me quedaban todavía por vivir.
Reproduciré ahora una conversación que años más tarde, y ya sin nada pendiente entre nosotros, Fernando y yo mantuvimos:
- A ti te gustaba Charlie, ¿verdad?
- Pues sí. La verdad es que estaba loca por él.
- Sí, era tu tipo.
- ¿Qué quieres decir con mi tipo?
- Alto, moreno, delgaducho, con gafas, rarito...
- ¡Jajajajaja! ¿Todavía estás celoso?
- Sí. Es algo que me jodió inmensamente. Si al menos hubiera sido mayor que tú, lo habría comprendido... ¡pero me diste de lado por un niño de apenas doce años!
- ¿Cuándo me ha importado a mí la edad? Además, fue sólo un capricho... Ya sabes, sentirme correspondida y esas cosas.
- Y una mierda, Él te gustó de verdad. No sé durante cuánto tiempo, pero sé que te gustó. Un capricho fue Iván.
- Sí, pues bien que me dijiste celoso perdido cuando se suponía que yo estaba con Iván que si me gustaba, no le besara. ¡Vaya consejo más interesado!
- ¿Y me hiciste caso?
- No le besé nunca.
- Sabes que no soy una persona celosa. Pero contigo es diferente... es tan fácil perderte.
- ¡No es fácil perderme, al contrario!
- Sí es fácil perderte. Un día estás, y de repente te alejas. Tu cuerpo permanece, pero tu mente vuela lejos. Eres agotadora, guapita de cara.
- Sí, pero te quiero.
- Vete a la mierda, puta.

4 comentarios:

Raúl dijo...

Hay una primera lectura costumbrista, evocadora de tiempos pasados, que me encanta.
Tenemos también una reflexión (yo la voy a hacer de lo más doméstica) sobre la "continuidad" en el proceso de maduración de una persona. No somos capítulos aislados. No somos elementos de conocimiento estancos, sino que a lo largo de nuestra instrucción, el primero se va encabalgando con el segundo, y así sucesivamente, ayudándonos su conjunto, tanto a comprender el postrero, como a entender (sino lo hicimos en su día) el primero de ellos. Así, en esta entrega, la bicicleta une ambos pasajes (a ambas personas)con una naturalidad evidente.
No sé si me he explicado.

Lula Lestrange dijo...

Como un libro abierto, jajajaja...
No, en serio: tras una segunda lectura creo haber conseguido captar el sentido de lo que me has escrito.
Manda huevos que el artefacto facilitador del platónico adulterio fuera precisamente una bicicleta, ¿no?

Un besso,

4ETNIS

Sinuosa dijo...

Me gusta este relato. Por su espontaneidad y su frescura. No sé si son experiencias propias o mera fantasía creativa, pero rezuma autenticidad por los cuatro costados.

Tengo que leerte con mesura, porque ahora lo veo todo a rallas blancas y negras. Nos vas a matar la vista, niña mala…

Gracias por añadirme a tu blog
Un beSSo

Lula Lestrange dijo...

Son experiencias personales que me han marcado especialmente.
Pero bueno, ya te irás dado cuenta de que tengo cierta tendencia a la autobiografía...

Un besso,

4ETNIS

PD. Es un placer tenerte incluida en mi blog