domingo, 5 de octubre de 2008

Nocturnal

He retornado a las buenas costumbres: en concreto, aparte de pasear y escribir mis memorias para la posteridad, por primera vez en mucho tiempo he adquirido libros de segunda mano en un puesto callejero al mando de una simpática e informada mujer, que no ha dudado en explicarme todo lo que necesitaba saber acerca de cada ejemplar susceptible de llamar mi atención. Al final, y sin apenas reparar en gastos, me he llevado dos tesoros: una novela verde llamada "Casi blanca" que, además de pertenecer al año de la pera a juzgar por el aspecto de las tapas, aparece definida en el prólogo como "tragedia negra" (una ironía cromática más y me muero de risa), y un cuento titulado "Colibrí" perteneciente a la editorial ultracatólica de ese cateto planetario obsesionado con la moraleja y bautizado, en exclusivo beneficio de la rima, como Saturnino Calleja, que hizo las delicias del profesorado moralizante que le tocó en suerte a nuestros sacrosantos padres. Como además he estado hablando largo rato con la dueña, y ésta me ha percibido interesada y afable, he sido obsequiada con uno de esos cuentos recortados en cartón con que nos entretuvimos los niños de mi generación durante la más temprana infancia.
Mientras paseaba se me ha venido a la mente la pregunta de por qué abandoné en realidad la carrera de Teoría Literaria y Literatura Comparada, y se me ha ocurrido una respuesta de lo más novelesco: porque la literatura es uno de los pocos misterios que respeto y, por tanto, no tengo en verdad ninguna gana de desentrañarlo. Ahí queda eso.
Me descubro últimamente con muy pocas ganas de salir acompañada. Me gusta el tiempo que paso sola y, los fines de semana, son en ocasiones más dadores de rutinas que de imprevisiones. Me agota el intercambio de simulacros que casi siempre me veo obligada a representar al interactuar con individuos incapaces de removerme por dentro, y a los que me une un interés banal y transitorio por cosas que ni siquiera desseo en realidad, y para colmo de males no soporto la visión de las personas a las que aprecio rebajándose por nada a la compulsión de una cortesía hipócrita e insulsa que les denosta ante mis ojos. Aún así, resulta tan complejo desengancharse de la evasión, que probablemente hoy acabe participando en uno de esos simulacros que tanto detesto sin que toda la reflexión del mundo consiga mantenerme dentro de los márgenes de la lucidez. Pero bueno, es inevitable que los seres humanos pensemos que el hecho de darnos cuenta de las cosas es en sí mismo suficiente como demostración de la propia inteligencia y que no hace falta, después de todo, ponerle remedio. ¿De qué se escribiría entonces y, ante todo, por qué tendría uno que molestarse en escribirlo?
Algo de lo que he hablado en ocasiones con mi amor, es de lo complejo que resulta dejar constancia de la propia época (en un sentido próximo al de "modernidad") sin caer en esos vulgarismos cotidianos tan propios de la literatura contemporánea. ¿Cómo hablar de drogas sin ensalzarlas a la categoría de mágicos artefactos o sin exagerar hasta el absurdo la decadencia a la que dan lugar (como en esa inmundicia cinematográfica llamada Réquiem por un sueño que tan bien representa la incapacidad para compaginar modernidad y sensibilidad artística en los tiempos que corren)? ¿Cómo describir la sensación de absurdo, o de vacío, sin desmayarse sobre el tópico del artista maldito y nihilista que, al no encontrar su lugar en el mundo, opta por la poesía del mismo modo en que podría haber optado por el suicidio o por el alistamiento militar para correr al encuentro de su destino? No quiero convertirme en un Ray Loriga de las emociones ni recurrir al telegrama como sinestesia literaria de lo mal que me siento y de lo poco que en ocasiones tengo para contar, y de hecho preferiría renunciar a la palabra escrita que consolarme con la idea cobarde de que siempre será preferible manifestarse desde la mediocridad a no hacerlo en absoluto.
Me encuentro en el bar que se convirtió en mi segunda casa al conocer a Chechu hace ya casi cuatro años. El ambiente que me rodea, los seres humanos que interactúan, la cháchara ambigua de los camareros e incluso el perro que suplica con dos ojos como lagos por un trozo comestible de lo que sea, son en cierto modo caracterizaciones ideales de lo que viene siendo Malasaña desde hace ya mucho tiempo. Sumergidos en el descompromiso del indie, abanderados tras una estética que sólo en apariencia es heterogénea, rendidos al consumismo chic de los comercios y los bares de moda, se me antojan todos tan asquerosos y carentes de interés que por un momento siento el impulso de subirme a una silla y leerles este texto en voz alta. El hecho de que ni siquiera me perciba hoy especialmente odiosa, constituye una pequeña muestra del grado de hostilidad hacia mis semejantes (¡ja!) con que me he acostumbrado a desenvolverme en mis socializaciones de rutina.
No he podido evitarlo y he cambiado de bar. Como no podía ser de otro modo, éste también tiene su significado secreto. Además de llamarse Bremen y remitirme, por tanto, al recuerdo de ese cuarteto encantador de animales rítmicos que repartían su tiempo entre tocar instrumentos y hacer el bien, es el lugar donde hace algunos meses entré en el baño con mi amiga Sara mientras un Chechu pálido y sonriente en exceso rezaba por un negativo de barra única que finalmente no pudo ser. Ahora que todo eso ha pasado ya, el lugar se me antoja menos siniestro: revestimientos de madera vieja, fotografías antiguas por unas paredes pintadas en el mismo tono verde de mi venerable y olvidada Olivetti, relojes circulares de cobre que parecen salidos de una anacrónica y norteña estación de tren, enchufes por las paredes que piden a gritos un polvo con mi atractivo portátil blanco y una media de edad de más de cuarenta años que me libra por el momento, y hasta que coja confianza con el entorno, del engorro de trabar conversación. Lo único que falla es la bazofia que tienen como hilo musical, pero al menos el volumen es de un raquitismo considerado y del todo ignorable cuando lo que se está es concentrado en escribir.
En menos de una hora me encontraré en el cine, sentada junto a mi amor en la oscuridad, para disfrutar del visionado excitante y sobresaltado de una película de terror llamada Los extraños. Hay pocos planes que me apetezcan más en este momento, y por tanto podría decirse que me siento muy feliz. Por hoy lo dejo, porque no tengo nada más que contar...

7 comentarios:

Hank dijo...

Tu literatura portátil está haciendo conmigo lo que nunca tus provocaciones consiguieron ni tangencialmente: a las tuyas estás clavando mis células con alfileres.

Lula Lestrange dijo...

¿Sólo con alfileres? ¡Pues vaya mariconada de agarre! ¿Seguro que no prefieres clavos? ;)

Bessos portátiles,

4ETNIS

Hank dijo...

Los clavos son para órganos, manos, pies y otros cachos de carne; las celulas, macarrona, son apenas ensartables con pelillos de niña púber.

(Mis buzones electrónicos son los de siempre...)

Lula Lestrange dijo...

Pelillos de niña púber como alfileres.... ¡brrrrrr!

Está bien, Gin- Gin, aceptamos barco ;) (aunque ya me dirás con qué cuchillas se depilaban tus niñas, para evitarlas a toda costa)

Un besso prepúber,

4ETNIS

Anónimo dijo...

El electroduende de media noche paso por aqui

Lula Lestrange dijo...

¡Oh, una criatura del bosque! ¡Y con bola de cristal, para mayor regocijo de mi superstición a prueba de ciencias y científicos!

¿Me lees el futuro, o tendré que perseguirte y meterte en una jaula para sacarte lo que quiera a base de torturas de crueldad extrema?

Un besso anónimo, pero igual de egocéntrico;

4ETNIS

Anónimo dijo...

El electroduende de medianoche es el chico del jueves pasado por si sirve de algo.

Un abrazo.