miércoles, 28 de enero de 2009

Ayer por la noche y la noche anterior, los Tominokers llamaron a mi puerta


Estoy sola en la oficina hasta la una de la madrugada. Como el Chat no me está dando demasiado trabajo, y el poco que me da lo estoy haciendo a ratos y de mala manera, me ha dado tiempo a entretenerme con muchas otras cosas. Una de ellas ha sido pasar miedo. No es que me lo haya propuesto, pero con esta luz estroboscópica y este silencio sepulcral es complicado no comenzar a pensar en espectros y psychokillers al acecho. Como el ligero temor que ha comenzado hace una hora y pico se ha ido convirtiendo, por efecto del paso del tiempo y de una película de terror que acabo de ver, en una alteración emocional más que considerable, he decidido ponerme a escribir para ver si manteniéndome ocupada logro relajarme. La otra solución, que era llamar a Chechu, la he descartado por sentido común. Si le llamo a estas horas, con lo antipático y somnoliento que está últimamente, es capaz de mandarme al carajo. Aún así, es muy probable que le llame más tarde para que lea el texto presente (lo que indica que si no le llamo ahora es porque no quiero que me desconcentre, y no por consideración hacia él o por temor a las consecuencias).

La verdad es que ponerse a ver una película de terror en una oficina desierta, cuando además se está cagado de miedo previamente, no tiene demasiado sentido. La única razón honesta que puedo dar, es la de que me apetecía. Me apetecía y punto. En cuanto a la elección, no ha podido ser más desafortunada. La típica peliculilla de cacería en la que una joven, poseedora de un flamante encefalograma plano, se ve acosada y vejada por el gótico americano de turno a través de descampados, gasolineras y lavabos mugrosos, con breves secuencias carniceras en el interior de camiones cochambrosos con matrícula de Texas [por cierto, qué palabra más curiosa e hilarante: COCHAMBRE. CO- CHAM- BRE]. Si al menos hubiera satisfecho mis ansias de sangre, y la cantidad de vísceras, mutilaciones y desmembramientos hubiese copado en lo más mínimo mis juveniles y sanotas expectativas de gore, podría darme con un canto en los dientes y pasar sin más preámbulo a matar el rato naufragando por YouTube y Filmaffinity. Pero como me he quedado con ganas de terror, ahora no tengo más remedio que ponerme a escribir sobre el tema. La verdad es que no sé por qué me gusta tanto este género, teniendo en cuenta la cantidad ingente de bodrios pánicos que circulan por ahí. Podría decirse que se filma, como muchísimo, una buena película de terror cada cinco años, y que aún así, cada vez que me enfrento al visionado de alguna, mantengo siempre la esperanza de que esta vez sea la definitiva y me tope de repente con la joya del lustro. Con los títulos que tienen, y las imágenes promocionales que se gastan, lo extraño es que todavía conserve la fe. Recuerdo que hace un par de años, o quizá tres, centré mis esperanzas en las películas que jugaban con el prototipo del gótico americano: lugares desérticos del sur de Estados Unidos, en los que familias endogámicas de caníbales carniceros y tarados enfocan sus esfuerzos en la caza y consumo de seres humanos o, una ligera variante, en los que psicópatas infalibles y solitarios pasean en furgonetas amargándole la existencia a todo quisqui (especialmente si el quisqui en cuestión es un joven salido, de acampada o en viaje de estudios). Tras encontrar algunos bodrios relativamente buenos relacionados con este tema (Las colinas tienen ojos, Giro al infierno, alguna clásica de masacres, la secuencia que abre Jeeppers Creepers), perdí todo interés por el gótico tejano y me concentré en las películas de zombies y/o infectados. El problema de estas películas es que a veces, más que al miedo, a lo que incitan es a la risa. El zombie o infectado, si se piensa bien, tiene en sí mismo un aspecto bastante gracioso. En primer lugar, sus movimientos: o desquiciados y espasmódicos como los de un perro rabioso, o lentos e inconexos como los de un retrasado mental. La verdad es que más que miedo, lo que daban los zombies de La noche de los muertos vivientes era lástima. Yo creo que más que para defenderse de ellos, les disparaban a la cabeza para rematarlos y acabar con su agonía. Los de 28 días después ya son otra historia, claro, y quizá por eso sea la película de este tipo que más me ha gustado hasta la fecha. La segunda parte no es tan buena, pero cuenta en cambio con una secuencia inicial que es, no sólo mejor que cualquiera de la anterior, sino mejor que cualquier secuencia que se haya rodado dentro del género.

Mientras que el zombie es básicamente un no- muerto carente del glamour y de la inteligencia de un vampiro, el infectado es un ser humano contaminado por una variante hiperbólica del virus de la rabia. Unos y otros se caracterizan por perder todo rasgo humano, por transformarse en degeneraciones aberrantes de lo que somos, y ahí, intuyo, es donde radica el carácter aterrador de estos seres. Al fin y al cabo, convertirse en un vampiro no es tan malo. Y no tanto en un Nosferatu o en un Bela Lugosi como en una de esas reencarnaciones neo- románticas surgidas de la pluma de Anne Rice. ¿Que por qué? Porque la transformación no implica renunciar al intelecto y a la belleza, sino todo lo contrario: implica una potenciaciación preternátura de nuestras capacidades. El vampiro se alimenta de sangre, ¿pero qué más da? ¿Acaso no es la succión de la sangre un acto sexual y exquisito en grado sumo? La revisión del mito del vampiro por el cine y la literatura ha desposeído a esta criatura de su efecto turbador y acongojante, para convertirlo en un prototipo que no sólo no es preciso evitar sino al que incluso es desseable aproximarse. Yo misma me he pasado muchos años rogando a Dios (¡qué paradoja!) para que Lestat aterrizara en mi balcón y me propusiera ser la guitarrista de su banda. ¿Quién no querría firmar un contrato diabólico en el cual una de las cláusulas incluyera un plus de inmortalidad?

En fin, ya no sé ni de qué estoy hablando. Algún día me gustaría rodar una película de terror, eso sí. Respecto al tema, no tengo la menor idea de por cuál podría decantarme. Aunque he de reconocer que los infectados me tiran bastante, no me veo en absoluto haciendo una película de ese estilo. Imagino que El proyecto de la bruja de Blair se aproxima más a lo que sería mi película de terror ideal. La verdad es que fue una pena que no supieran desarrollar mejor una idea tan jodidamente buena. A pesar del esfuerzo de los actores y de un buen par de primeros planos repletos de mocos y lágrimas, la desesperación de los personajes no alcanza el cenit que era de esperar en una situación de calibre semejante. Vamos, que a mí me pasa algo así y me muero de un infarto a la de tres. Lo que me convence de esa peli es lo de la videocámara en primera persona, al estilo de los shot- em- up' s tipo Doom o Resident Evil. Eso y el tema de fondo: una situación extrema en la que es preciso huir de algo o alguien terrible. Respecto a la localización de dicha situación extrema, creo que yo me inclinaría por un contexto más claustrofóbico, quizá al estilo de El resplandor o de la primera parte de Saw, no lo sé a ciencia cierta. De cada película me gusta una cosa y la combinación no siempre resulta armónica, esa es la verdad. Lo de querer rodar en interiores creo que está relacionado con mi creencia cuasi- irracional de que los lugares cerrados son más peligrosos que los abiertos. Esta creencia choca frontalmente con el miedo atávico de Chechu al vacío, a la suspensión y al espacio. Supongo que su película de terror ideal podría tener que ver con algún tipo de catástrofe espacial o de situación onírica vertiginosa. Su miedo, es caer al vacío; el mío, ser desmembrada en el interior de un búnker o de una casa. No sé si existe algún tipo de rasgo psicológico responsable de esta diferenciación, pero supongo que sí. Quizá inseguridad e indefensión podrían ser nuestras razones profundas respectivas, pero así puestas la una junto a la otra se me antojan sinónimas y reveladoras de una misma raíz problemática.

En fin, mi turno llega a su fin y ahora no se me ocurre nada más que añadir. Quizá retome mañana, o más tarde.

8 comentarios:

Rosa dijo...

El terror descerebrado (zombies, insectos furibundos, fantasmas iracundos a la japonesa..) tiene un encanto limitado. Los vampiros son pérfidos y siempre tienen un plan. Son mis favoritos siempre.

Lula Lestrange dijo...

Rosa:

A mí los vampiros no me dan miedo, me ponen cachonda.

Un besso,

4ETNIS

PD. El único que siempre tiene un plan es Benjamin Linus, querida. ;)

Dr.Krapp dijo...

A mi lo de los cazurros asesinos matando adolescentes high school me parece muy sugerente y como una venganza hacia la cultura urbana que todo lo puede. En los 80 se hizo una película en Galicia sobre el tema con mucha guasa y sobre todo, lo más importante, con cuatro perras. Se titulaba "La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos". Creo que se puede encontrar en Internet.

Brick de garbanzos dijo...

Oh oh! el terror es/era uno de mis géneros favoritos. Y como es tan cierto lo que comentas sobre la sensación de risa que se le queda a uno cuando vé depende de que peli de terror. A mis tiernos 7 u 8 opté por grabar las operaciones que daban por antena 3 de madrugada para verlas tranquilito por las tardes. Eso si sacia las ansias de tripas, huesos rompiendose y sangre salpicando.

Lo que me hace recordar que, así por lo suave y de entrada, los médicos son unos psicópatas.

Si los que se operan de sinusitis supieran...

Luna Lovegood dijo...

Tengo que reconocer que la parte del texto que más me ha gustado es en dónde hablas de Lestat. Más que nada porque yo he hecho lo mismo más de una vez, y a quien no le gustaría que el vampiro por excelencia (o por lo menos como yo lo veo) entrase por la ventana y le rasgase las sábanas para darse un festín a su costa???
Si es que somos unas ilusas...

Para que veas que sí me paso por tu blog.
Un beso.
Sarara.

Anónimo dijo...

En general las peliculas de miedo me parecen una basura, quiza el Resplandor me hizo sentir algo... pero lo q de verdad me llama es eso de intentar maximizar el propio sentimiento hasta rozar el pánico. indagar en nuestras limitaciones. enfrentarnos a nuestros miedos. perderse una noche cerrada en un frondoso bosque, visitar un sanatorio abandonado, pasear en una ciudad desconocida por un barrio de desesperacion, mezclarte en antros de depravacion..., todo para q la alma se torne cascara de naranja, solo un ruido, una mirada, un susurro y ese ansiado escalofrio te recorre la espalda

Lula Lestrange dijo...

Dr. Krapp:

No seré yo la que dude del poder de sugestión de las historias high school (excepto si son musicales de la factoría Disney, claro).
Respecto a lo de los zombies garrulos y hippies, lamento decirte que odio la serie B. Como ni me hace gracia ni me produce temor alguno, no sé a qué no sé qué aferrarme para que me guste.

Brick de garbanzos:

sin comerlo ni beberlo has dado con los elementos que más terror me suscitan: médicos, hospitales y enfermedades en general. Pero como a ese respecto el terror es auténtico, ni siquiera tolero visionados versados en el tema (excepto, quizá, en películas como "Estallido", y sólo porque sale Dustin Hoffman)

Sarara:

tú sí que sabes lo que es bueno, mi amor. Y además, como toda vampirófila que se precie, no pierdes de vista el hecho de que al vampiro, para que te "ataque", has de dejarle abierta la puerta de tu balcón.

Bessos y mordiscos,

4ETNIS

Lula Lestrange dijo...

Misterioso anónimo de finales de febrero:

precisamente a poner a prueba nuestros límites es a lo que jugamos Chechu y yo cuando nos hacemos cada verano con la mansión que ocupa junto a sus padres (te remito a textos como La erótica del terror). Pegarnos sustos es un placer que en ocasiones supera al de follar (y es que, como muy bien has adivinado y dejado caer en otros comentarios, no siempre la loba es tan loba como parece)

Un besso,

4ETNIS