jueves, 22 de enero de 2009

TOC- TOC, ¿quién es?


Siempre he querido pertenecer a otra época anterior a esta a la que pertenezco, por pensar quizá que en la actual se dan condiciones en extremo desfavorecedoras para la creación y el disfrute de la vida. Aunque soy consciente de hasta qué punto es inocente este pensamiento, cada día me descubro desseando teleportarme a través de las décadas. Cuando tenía dieciséis ya me ocurría, y creo que puedo asegurar sin riesgo a equivocarme que desde entonces, y para mis adentros, me he venido considerando más una francesa decimonónica que la europea contemporánea que para bien o para mal soy en realidad.
Cuando era muy pequeña (unos tres o cuatro años), tendía a preocuparme por cosas francamente absurdas. En cierta ocasión a mi madre, que lucía una media melena, le dio por cortarse el pelo, y yo, no sé muy bien por qué, comencé a pensar que se había hecho drogadicta. Esta creencia me hacía sentirme inmensamente culpable, y como no me atrevía a consultarlo con ella para salir de dudas, lo que hacía para disminuir mi ansiedad era autocastigarme sin jugar en la guardería. Otro ejemplo de obsesión absurda, es la manía que me entró con comerme las hojas que se caían de los árboles, el papel higiénico y las joyas de oro. Recuerdo con nitidez haberme escapado corriendo al cuarto de baño, a escondidas de mi madre, para engullir el papel por metros y con ayuda de agua, y también el haber ingerido sin atragantarme la cadenita dorada de un monedero y la práctica totalidad de los pendientes que encontré por casa. La razón de tan extraños hábitos gastronómicos, la desconozco por completo. Si sé que más adelante, y en lo que no eran más que los albores de un flamante trastorno obsesivo- compulsivo de la personalidad que alcanzaría su cenit al yo cumplir catorce años, solía meterme en la boca cosas asquerosas con la finalidad de evitar males imaginarios mayores. Un ejemplo del tipo de razonamiento que realizaba es el siguiente: si me meto en la boca ese chicle masticado que he encontrado pegado bajo la mesa y lo mantengo dentro diez segundos, mi madre no morirá de cáncer. A cambio, luego me pasaba una semana obsesionada con el hecho de que a lo mejor era yo la que moría a causa del chicle. Para librarme de la ansiedad de mi propia muerte, le confesaba a mi madre que había masticado un chicle usado obviando la razón que me había impulsado a hacerlo. Sé que suena un poco rebuscado, pero así eran mis procesos mentales. Utilizaba rituales sin sentido lógico para quitarme la ansiedad que mis pensamientos recurrentes acerca de la muerte me ocasionaban, y lo hacía con tal discreción que hasta los catorce ni mi madre ni mis profesores fueron capaces de percibir problema alguno. A los catorce, y debido al acoso y derribo al que fui sometida por parte de mis compañeras de clase por el mero hecho de ser más lista y más guapa que ellas (las cosas como son), la cantidad de rituales que me veía obligada a realizar para aplacar mi ansiedad era tan ingente que sólo en acostarme tardaba una hora y media. Además, de manera progresiva e insidiosa, dichos rituales fueron creciendo en extravagancia y menguando en discreción. El que acabó con la última dosis de paciencia que le quedaba a mi madre (hasta la coronilla de ver a su hija tocando objetos en secuencias complicadas y pasándose tenedores por encima de la cabeza), fue uno consistente en agarrar con las manos mojadas, a la entrada y a la salida de la ducha, un grupo de cables sueltos que daba pequeñas descargas. Como al pie de los cables siempre aparecía un charco delator y mi madre, por decirlo de algún modo, había comenzado a intuir lo mucho que podía llegar a extralimitarme en el cumplimiento de mis manías, como ella las llamaba, tapó la eléctrica y peligrosa tentación con un azulejo y a continuación amenazó con llevarme a un psicólogo. Alarmada ante la idea y profundamente fastidiada por todo el tiempo que perdía en hacer el tonto (llegué a no poder leer porque me obligaba a hacerlo en voz alta y, cada vez que me equivocaba en una letra o me saltaba una línea, tenía que empezar desde el principio del libro), decidí moderarme un poco y buscar soluciones alternativas. Así surgió mi ley de las compensaciones, que enunciaré aun a riesgo de no ser comprendida en absoluto:
1º. Una mala acción se compensa con dos buenas acciones.
2º. Una buena acción se compensa con otra mala acción.
2º. Una acción neutral se compensa con dos buenas o con dos malas acciones, pero nunca con una de cada.
Así, cuando un ritual me resultaba demasiado largo o molesto, o las condiciones del entorno no eran las más adecuadas para llevarlo a cabo, apuntaba mentalmente la omisión y aplicaba las leyes de la compensación en otro momento que me fuera más propicio. Supongo que el mero hecho de transgredir, siquiera limitándome a una ley de mi invención, la aplicación rigurosa e inflexible de los rituales, influyó positivamente en mi estado mental. El caso es que entre los catorce y los veinticuatro, exceptuando ligeras recaídas ocasionadas por algún estresor determinado (enamoramiento, exámenes y similares), podría decirse que mis rituales han ido decreciendo en número y frecuencia hasta casi desaparecer, y que de hecho, si no desaparecieron antes fue porque en el fondo me sentía una privilegiada por padecerlos. Sobre todo a raíz del visionado de esa película magistral y divertidísima que es Mejor Imposible, comencé a sentirme verdaderamente orgullosa de mi trastorno. Y como el orgullo lleva a la exageración y la exageración conduce a la cronificación, el dichoso TOC permaneció junto a mí más tiempo del que por derecho le correspondía. Por lo demás, ahora que no lo padezco, he de confesar que por efecto secundario me he vuelto una persona más descuidada, perezosa y angustiada. ¿Que por qué angustiada? Porque aunque ya no realizo los rituales físicos, las obsesiones de muerte y mal augurio continúan cortocircuitando con mis pensamientos a diario, y con mayor frecuencia que la requerida para la configuración de un ser humano interesante. En fin... ¿qué más da?

A modo de título, me he decantado por un juego de palabras entre las siglas del trastorno obsesivo- compulsivo (TOC, para los amigos) y el sonido de la onomatopeya correspondiente. Al fin y al cabo, dudo que haya cosas más compulsivas que el efecto sonoro de unos nudillos sobre el tablero de madera de una puerta. ¡Sinestesia servida!

Y como postdata, hoy que me encuentro generosa y necesitada de atenciones, una parodia estadística sobre el TOC y su aplicación solidaria correspondiente que se me ocurrió hace un par de años en la facultad:

“La estadística nunca ha sido de fiar.
En una ocasión se me ocurrió una teoría que, si bien no llega a derrumbar las leyes porcentuales de la probabilidad, sí consigue al menos sublimarlas -o vulgarizarlas, según el nivel de misticismo de cada cual- en supersticiones aplicadas.
Estaba yo con mi falda de gitana y mi pulsera de cascabeles haciendo la fotosíntesis al sol de Somosaguas, cuando de repente vi pasar un avión escoltado por la habitual estela blanca y como de espuma de nube. Y pensé para mis adentros (todo hay que decirlo, henchidos en sí de gozo y vodka con naranja): ya sería mala pata que ese avión se estrellara, habiéndolo yo pensado antes y pudiendo haber dado una alerta premonitoria a la atención al cliente majara del aeropuerto de Barajas.
Como todo el mundo sabe, la probabilidad conjunta de dos hechos es siempre menor a la de uno solo. Es decir, que la probabilidad de que una mujer haya, además de nacido en los 60, militado en el movimiento y/o parálisis hippy, es mucho menor que la probabilidad de que haya nacido en los 60 a secas o que la de que a secas haya militado con los melenudos.
Según esta teoría, pensar de un avión concreto que se va a estrellar disminuye la probabilidad de que se estrelle al lastrar dicha probabilidad con el hecho anexo (oséase, conjunto) de haberlo pensado (suponiendo que un pensamiento no deje de ser un hecho, claro).
Esto, para los pobrecillos que padecen un TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo –del que yo ya tuve a bien librarme parcialmente a los 16 años), es una revolución de la ciencia: sus rituales tendrían un sentido muy concreto, porque según la ley de la probabilidad no serían arbitrarios. Imaginaos las campañas de concienciación del gobierno:

¿TE GUSTARÍA HABER EVITADO EL HUNDIMIENTO DEL TITANIC?
¡PUES HABERLO PENSADO, COÑO!
AHORA... TÚ TAMBIÉN PUEDES COLABORAR.
¡¡¡PIENSA EN NEGATIVO!!!

Así que seamos los sanadores de la matemática y dediquémonos a salvar aviones y a lo que se nos ocurra. O a no hacerlo, ¡y que vivan la sociopatía y las catástrofes controladoras de natalidad!”

6 comentarios:

Dr.Krapp dijo...

Está bien ese enfoque que le das de positivizar lo negativo en un trastorno obsesivo compulsivo.
El TOC es algo más que un trastorno psicológico ya que creo que está en el pensamiento primitivo, el pensamiento mágico, de toda la humanidad en su conjunto. Cualquier tipo de cremonial religioso nació de esa necesidad de ritualizar esa relación con fuerzas que nos trascienden y nos dan miedo. Por ellos necesitamos tenerlas de nuestro lado y saber que debemos hacer algo para que permanezcan con nosotros.
El pensamiento mágico primitivo está presente en las capas más profundas de nuestra conciencia individual y es casi imposible desprenderse de él.

Brick de garbanzos dijo...

Entre tanto ritual uno se confunde. Si para ducharte usabas cables como ritual, entonces en el que llaman ritual de apareamiento sería para verte.

Bromas a parte. Ya lo decía la viñeta de un diario: sólo las costumbres más estúpidas llegan a convertirse en tradición. Igual has creado alguna tradición y, o bien no lo sabes, o bien no lo has contado.

Lula Lestrange dijo...

Dr. Krapp:

ni yo misma lo hubiera expresado mejor. Animista y figura, hasta la sepultura.

Brick de garbanzos:

"o bien no lo sabes, o bien no lo has contado"

Me gusta esa frase, literaria y filosóficamente.
Curioso el nick que utilizas, por cierto.
Respecto a mis hábitos de apareamiento, sólo te digo una cosa: mejor no quieras saberlo ;)

Un besso, y gracias por leerme.

4ETNIS

Brick de garbanzos dijo...

Vaya! siempre se me han dado bien las mates. Nunca me había planteado lo de despejar la omega.

Anónimo dijo...

pues si algo de primitivo tiene q tener pero no entiendo lo de no poder desprenderse de el Dr.Krapp.
Ahh y x cierto q despues de leer varios de tus textos Lula me he dado cuenta q crees estar obsesionada con la muerte... para mi pensar a diario en la muerte no es estar obsesionado al igual q no lo es pensar en la vida y en lo q nos rodea. creo q hay diferencia entre pensar en el suicidio y pensar en q hoy podria ser ese gran dia donde deje de existir, en este plano al menos.

Lula Lestrange dijo...

Misterioso anónimo de finales de febrero:

Obsesionada con la muerte sí, pero -gracias a Dios o a quien sea- no siempre. En general, cuando la obsesión -como buena obsesión- me imposibilita, no escribo ni una palabra. Bastante tengo con evadirme de mi angustia como para darle forma...
En cualquier caso, buena apreciación.

Un besso,

4ETNIS