miércoles, 14 de enero de 2009

Bravuconadas


A los doce tenía un carácter bravucón, eso es indudable. Desacostumbrada como estaba a captar la atención del sexo opuesto explotando unas cualidades físicas que hasta hacía un año escaso habían sido, si no inexistentes, sí lo bastante atenuadas y poco llamativas como para que me viera obligada a buscar maneras más eficaces de proclamarme poderosa, lo que a esa edad hacía para enamorar a todos cuantos me rodeaban era aceptar cualquier tipo de desafío que se me propusiera. Si mi físico no hubiera acompañado dicha bravuconería, mis manifestaciones habrían sido tomadas por las de un chicazo en lugar de por las de una muchacha desseable, pero a esa edad ya era consciente de mi belleza emergente y me aprovechaba de ella todo cuanto podía. Quiero decir que las más de las veces la aceptación de los retos, cualesquiera que éstos fuesen, procedía más de una pose que de una auténtica necesidad de superación personal. Supongo que cualquier adulto mínimamente avezado podría haberse dado cuenta de cuáles eran mis verdaderas motivaciones, pero el entorno de niños y adolescentes en el cual desarrollaba mis incipientes jueguecitos de poder no estaba lo suficientemente maduro como para llegar a conclusiones susceptibles de restar mérito alguno a mi valentía. Cuando hablo de "retos" me refiero a un abanico amplio de situaciones cuya apariencia no tenía por qué corresponderse con lo que habitualmente se entiende por desafiante o retador. La mayor parte de las ocasiones era yo la que me extralimitaba con la intención de demostrarme a mí misma y al entorno no sé muy bien qué. Lo fuerte que era, quizá, o lo poco que en común tenía con la debilidad propia de mi género. Tenía por imperativo no llorar nunca en respuesta al dolor físico, y como a los doce y siendo bella pocas son las razones psicológicas que pueden llevarte a derramar una sola lágrima, puedo decir sin riesgo a equivocarme que pocas fueron las personas que me vieron llorar en el período de edad comprendido entre los doce y los dieciocho años. A los dieciocho se abrió el dique para ya nunca más volver a cerrarse, pero esa es otra historia y en otra ocasión debe ser contada.A los doce, y por pura cabezonería, fui capaz de levantar en vilo (al estilo princesita, con un brazo por debajo de la espalda y el otro bajo la curvatura de las rodillas) a personas que cuadruplicaban mi peso. También fui capaz de comerme una babosa de color negro y un caballito del diablo que había instalado su hipnótica tela en la esquina superior izquierda del garaje de Fernando. Fui capaz de esconderme, para que no me cazaran jugando al escondite y sin siquiera exhalar un simple ¡ay!, en un matojo de espinos que tapizó mi piel con un entramado sangrante de arañazos y punciones rojas del cual todavía conservo alguna cicatriz mínima. Sobreviví al desafío de ver quién era el que podía soportar más puñetazos en el estómago sin caer al suelo y sin pedir clemencia, y vencí. Y no porque no me dolieran o porque mi estómago fuera de hierro fundido, sino porque a los doce contaba con una fuerza de voluntad del todo irresponsable que ahora, con todos los miedos atávicos y aprendidos que me afligen, echo de menos hasta límites insospechados.

De todas las bravuconadas que perpetré en períodos estivales, recuerdo una con especial devoción. Aconteció a los doce y con motivo del cumpleaños del que se suponía era mi noviete de por aquel entonces: Iván. Aunque tenía la misma edad que Fernando, parecía cuatro años más pequeño. Yo le había correspondido no tanto porque me gustara como porque era el primer chico que se había interesado por mí hasta el punto de demostrarlo y, por tanto, había conseguido hacerme sentir inmensamente halagada. Su cumpleaños, como el de tantas otras personas que habrían de jugar un papel relevante en mi vida, caía en agosto (parece que el signo de Leo está abocado a atraerme sin remedio que valga). Entre los invitados a la fiesta se encontraban Fernando y Olalla, que en aquella ocasión contaban dieciséis y nueve años respectivamente. Por aquel entonces, mi relación con Fernando había empezado a proliferar. Ateniéndome a sus palabras (porque yo no lo recuerdo), parece ser que comenzó a enamorarse de mí cierta mañana lluviosa en que penetré sin permiso en su garaje y, con una falta de prejuicios del todo desprovista de vergüenza y artificiosidad, le relaté en un pis- pas mis teorías acerca de las que se suponía eran las tribus urbanas del momento: pijos, góticos, punkies, rappers, hippies, skaters, heavies y modernos. Cuando llegamos a casa de Iván, su madre había preparado una fiesta esmerada: mesas repletas de gominolas y refrigerios en el salón, juegos de mesa repartidos por todo el apartamento, una piscina hinchable apostada en la azotea que habría hecho mis delicias de haberme llevado el bañador. Pero como no me lo llevé y los bikinis de la madre de Iván me caían excesivamente holgados, decidí quedarme con Fernando sentada en la terraza. Y ahí es donde entra en juego la bravuconada de la que he hablado antes. Sobre la mesa de vidrio se alzaban, retadoras, dos botellas verde esmeralda de Sprite. Y yo, que nunca he tolerado bien el aburrimiento y que además, desde muy pequeña, he manifestado un gusto insano por la lima- limón, no tardé en proferir lo siguiente:
- ¿Cuánto te apuestas a que soy capaz de beberme de seguido varios vasos de eso?
Y Fernando, que (supongo) no tenía por objeto más que impresionarme, me respondió lo siguiente:
- Ni de coña te bebes más vasos que yo, guapita de cara.
- ¡Ja! ¡Que te lo crees tú!
En apenas unos minutos, me ventilé de golpe y sin respirar dos litros y pico de Sprite. Fernando renunció uno o dos vasos antes que yo, que con los ojos anegados en lágrimas y con una tiritona de campeonato, aún pude encontrar las fuerzas necesarias para proclamar a los cuatro vientos mi victoria:
- ¡Has perdido, pelirrojo!
- Bueno, guapita de cara, creo que lo podríamos dejar en tablas.
- ¡Sí, hombre! Pues sigue bebiendo, entonces.
- En fin... tú ganas. Creo que me bebo un vaso más y vomito.
El resto del cumpleaños me lo pasé haciendo acopio de sudaderas con la intención de calmar un poco los temblores que tan ingente cantidad de líquidos había provocado en mi frágil cuerpecito.
La vuelta al Géminis la hicimos en el coche de la madre de Iván. Como el coche en cuestión era demasiado pequeño para el número de niños que habíamos sido invitados, tuve que acomodar mis inquietas posaderas sobre el regazo de Fernando mientras Iván, sentado a nuestra derecha, nos lanzaba miradas de fastidio y desconfianza. De tanto como había bebido no podía más que moverme de un lado a otro y botar sobre las piernas de Fernando en un intento por apaciguar las ganas insoportables de hacer pis que me atormentaban. Recuerdo las manos de Fernando aferrándome sutilmente por las caderas y el nacimiento de un ardor desconocido en lo más profundo de mi vientre. De mi interés por Iván, apenas quedaba una leve reminiscencia cuando su madre aparcó junto al Géminis y nos lanzamos como fieras hacia nuestros hogares respectivos para cenar cuanto antes y salir a la noche.

Tras echar una carrera de lado a lado del campito para ver quién sería el desafortunado al que le tocaría buscar en primer lugar, recuerdo que corrí a ocultarme tras unos arbustos, a una distancia prudencial del árbol que hacía las veces de "casa" y cuyo tronco debíamos tocar para salvarnos y librarnos de ser los buscadores en la siguiente ronda. Agazapada en el suelo y escudriñando a través del ramaje, comprobé con no poco fastidio que Iván había descubierto mi escondite y se aproximaba dispuesto a compartirlo. Cuando llegó adonde yo estaba, se arrodilló junto a mí y me preguntó a media voz:
- ¿Quieres que te enseñe a jugar al Tropicayo?
- Mmmmm... ¡vale!
- ¿Y qué versión prefieres que te enseñe, la literal o la figurada?
- Pues creo que la figurada.
- Es que esa no me la sé.
- Pues entonces la literal. No sé ni para qué preguntas.
- ¿Estás segura?
- Sí, creo que sí.
Y entonces, lanzándose hacia mis labios como una serpiente de cascabel, me soltó un pico con tanta fuerza que perdí el equilibrio y aterricé de culo sobre la yerba húmeda. A continuación se levantó y, sin añadir cosa alguna, salió corriendo hacia el edificio. Creo que no volvimos a dirigirnos la palabra en todo el verano.

Esa misma noche, después de que los demás se hubieron marchado a casa, Fernando y yo nos quedamos hablando un rato en el portal.
- Dime una cosa, guapita de cara, ¿a ti te gusta Iván?
- Sí, creo que sí.
- Pues si te gusta, hazme caso: no le besses.
- ¿Y qué sentido tiene eso?
- Tú hazme caso. No le besses.
- ¿Crees que si le doy un besso perderá el interés por mí?
- Tú no le besses, hazme el favor.
Lo que Fernando quizá no sepa es que fue a él al que estuve a punto de bessar esa noche, en aquel portal en penumbra y, no digo que no, quizá exaltada por el brevísimo contacto pseudosexual que había experimentado entre arbustos pocas horas antes, con esa mezcla indistinguible de complacencia y disgusto motivada a partes iguales por la curiosidad y el sentimiento de culpa.

2 comentarios:

Dr.Krapp dijo...

Me ha quedado una extraña opresión en el cuerpo ya que, o mucho me equivoco, o percibo que te has olvidado de evacuar el sín numero de Sprite que te tomaste en tu reto con Fernando

Lula Lestrange dijo...

Bueno, ya se sabe... bebidas gaseosas, mala digestión ;)

Siento no estar últimamente muy comunicativa. Cuando se me pase la tontería te compensaré.

Un besso,

4ETNIS