
Hoy me he levantado ansiosa, como a la carrera, con la sensación fundamentada en nada de tener que ponerme a trabajar en algo con urgencia. He recorrido la casa cuchillo en mano y, tras no percibir alteración alguna en el orden en que recordaba haber dejado ayer las cosas, he saltado dentro del bikini y me he marchado al jardín. Una avispa hija de puta, atraída por la palidez reflectante de mis piernas o por el olor a sangre de la herida que ayer me hice en el pie al rascarme olvidando la longitud novedosa de mis uñas, me ha estado dando el coñazo diez minutos largos. Como ni la quietud ni los manotazos violentos han disuadido de sus ataques a la pequeña bestia alada, me he arrojado a la piscina con más bien poco estilo con la esperanza de que su apetito monstruoso la precipitara sobre las aguas junto con mi cuerpo. No sé si pereció, porque al salir no he avistado cadáver alguno a la deriva, o si tan sólo acabó, como tantas otras criaturas de tendencias más bien mamíferas, dándome por imposible, pero el caso es que su zumbido impertinente no volvió a sobresaltarme en toda la mañana.
El jardín estaba tan solitario que teniendo como tengo de bajito el umbral de alerta y sobresalto debería haber optado por una retirada digna a la protección del hogar, pero lo cierto es que me parecía mucho más terrorífica la perspectiva de un espacio cerrado y seguro que el retiro soleado del vergel desierto. Pienso que mi ausencia absoluta de temor podría tener que ver con la luminosidad total del lugar y con el hecho de que, estando como estaba en el centro mismo del jardín, habría resultado muy sencillo avistar cualquier intento humano de aproximación. Sin embargo, ayer salí por la noche y permanecí junto a la piscina un buen rato a pesar de que la oscuridad era tan profunda que apenas percibía el movimiento de mis pies a un metro y setenta centímetros por debajo de mi cabeza. La única explicación factible que se me ocurre es que, en cierto modo, morir en un espacio creado ex profeso para la protección personal me parece del todo inaceptable. El colmo de los ridículos, vamos. Si muero de forma violenta, prefiero que sea en la calle y pillada por sorpresa. Defenderse de un intruso en el interior de una casa es siempre engorroso: si no cierras con llave, puede que entre mientras duermes; si cierras con llave, y cabiendo como cabe la posibilidad de que ya esté dentro y al acecho, corres el riesgo de tratar de escapar de sus garras a la carrera para acabar dándote de bruces con una puerta bloqueada que no vas a tener tiempo de abrir. Se mire por donde se mire, es un completo agobio…
… y yo una paranoica absoluta, claro. ¿Es que no puedo estar simplemente en un lugar sin que me asalten pensamientos intrusivos acerca de la muerte? Registrar varias veces al día y cuchillo en mano una casa no es muy normal que digamos, y sólo espero que a mi niño no le de por pegarme uno de esos sustos con que tanto disfruta amonestándome en uno de esos momentos en que deambulo armada hasta los dientes por los pasillos. Porque sucumbir a consecuencia de una broma y por error a manos de una novia loca y obsesionada con el asesinato sería, además de una injusticia, una forma harto ridícula de morir.
El jardín estaba tan solitario que teniendo como tengo de bajito el umbral de alerta y sobresalto debería haber optado por una retirada digna a la protección del hogar, pero lo cierto es que me parecía mucho más terrorífica la perspectiva de un espacio cerrado y seguro que el retiro soleado del vergel desierto. Pienso que mi ausencia absoluta de temor podría tener que ver con la luminosidad total del lugar y con el hecho de que, estando como estaba en el centro mismo del jardín, habría resultado muy sencillo avistar cualquier intento humano de aproximación. Sin embargo, ayer salí por la noche y permanecí junto a la piscina un buen rato a pesar de que la oscuridad era tan profunda que apenas percibía el movimiento de mis pies a un metro y setenta centímetros por debajo de mi cabeza. La única explicación factible que se me ocurre es que, en cierto modo, morir en un espacio creado ex profeso para la protección personal me parece del todo inaceptable. El colmo de los ridículos, vamos. Si muero de forma violenta, prefiero que sea en la calle y pillada por sorpresa. Defenderse de un intruso en el interior de una casa es siempre engorroso: si no cierras con llave, puede que entre mientras duermes; si cierras con llave, y cabiendo como cabe la posibilidad de que ya esté dentro y al acecho, corres el riesgo de tratar de escapar de sus garras a la carrera para acabar dándote de bruces con una puerta bloqueada que no vas a tener tiempo de abrir. Se mire por donde se mire, es un completo agobio…
… y yo una paranoica absoluta, claro. ¿Es que no puedo estar simplemente en un lugar sin que me asalten pensamientos intrusivos acerca de la muerte? Registrar varias veces al día y cuchillo en mano una casa no es muy normal que digamos, y sólo espero que a mi niño no le de por pegarme uno de esos sustos con que tanto disfruta amonestándome en uno de esos momentos en que deambulo armada hasta los dientes por los pasillos. Porque sucumbir a consecuencia de una broma y por error a manos de una novia loca y obsesionada con el asesinato sería, además de una injusticia, una forma harto ridícula de morir.