domingo, 10 de agosto de 2008


Al leer a Anaïs Nin me invade de nuevo, como a los diecisiete, ese escalofrío de más que parcial correspondencia que no sé si se debe en el fondo a una realidad de hecho, o a un afán por mi parte de asemejarme a algo a lo que considero deseable asemejarse.
A veces, sólo a veces, tengo miedo de no ser verdaderamente una artista, de no necesitar serlo lo suficiente como para ponerme a la tarea, de participar de otros recursos de vida en porcentaje excesivo, de que me pueda la impaciencia y acabe al fin conformándome con el logro aparente y con la adoración ingenua que profesan los que se dejan deslumbrar con poco.
Creo que si no fuera por ti, la literatura habría abandonado la genialidad potencial de mis dedos hace ya mucho tiempo. A ti sé que no puedo engañarte y que para mantenerte deslumbrado no me queda otra que ofrecerte productos auténticos, alados, de calidad, por completo inaprensibles para el resto, acordes contigo y con lo que por ti mismo, con independencia de lo que yo soy o escriba sobre ti, representas para el mundo.
Me pregunto si alguna vez lograremos ser felices, y también si acaso no lo somos ya y lo que nos ocurre, como a cualquier ser humano que lo es en demasía, es que no lo sabemos. Creo que se trata más de una incapacidad para saber si se participa, y en qué grado, de la felicidad, que de una auténtica incapacidad para participar de ella y de todo lo que implica.
Decimos que nos faltan amigos, diversión, frivolidad grata; pero lo que nos faltan en realidad son personas en derredor que nos exciten los sentidos. No seres humanos agradables y enamorados de lo que somos, como Sara, sino personas excitantes que nos inflamen las ganas de follar y nos obliguen a apretar las piernas una contra la otra. Es así cuando más hermosos, poderosos e ingeniosos nos mostramos, cuando menos desseamos que acabe la noche y, con ella, la recolección de ebriedades artísticas susceptibles de sublimación literaria; cuando más artistas somos y más orgullosos deberíamos sentirnos el uno del otro.
Aguardo con impaciencia mi cita contigo y con la nocturnidad bravucona y sentimentaloide del vino. Le drama est mort, vive le drama!
Je t' aime

3 comentarios:

Anónimo dijo...

"la nocturnidad bravucona y sentimentaloide del vino."

Ultimamente me está sentando bien el "Sirah".
Jueves o no de cenizas.
Da igual.

Lula Lestrange dijo...

Ostras, Minotauro... a mí nunca ha dejado de sentarme bien (creo).

Un besso ebrio de nocturnidad y alevosía,

4ETNIS

Pau A. Monserrat dijo...

Anaïs era una verdadera maestra de la sexualidad