lunes, 11 de agosto de 2008

La erótica del terror


Y aquí estoy, como cada verano desde hace tres, en mi particular mansión de Grandes Esperanzas. Aunque no está en ruinas, sino todo lo contrario, me resulta excitante imaginarla en apogeo de decadencia, con los jardines desbocados invadiendo los recintos y las lámparas de cristal acumulando telarañas desde las discretas cúpulas horizontales que hacen las veces de techo. Las parcelas comunitarias, con sus piscinas irisadas de cloro y la yerba pisoteada por el sol de agosto, permanecen solitarias durante el remanso estival; y el silencio, que bien podría ser absoluto, es de continuo interrumpido por el zumbido perezoso de los insectos y el susurro refrescante de los siempre inesperados aspersores. Privados de la algarabía de las niñas que juegan a perseguirse entre los retoños, los espacios verdes se me antojan mayores y como detenidos en el tiempo. Una pelota abandonada de reluciente plástico multicolor contrasta con el tapiz marchito de las flores abrasadas por el sol, que bajo el peso liviano de mis pies de uñas rojas a la carrera se deshace en marañas de briznas amarillas, luminiscentes y como de mentira.

Extiendo la toalla listada sobre esa alfombra de vegetación muerta y me tumbo bocabajo, con una pierna flexionada y balanceante en lo que pretende ser un simulacro de la inocencia, a la espera de no sé muy bien qué concreción de la belleza. Las casas temporalmente vacías, con sus persianas bajas y sus puertas cerradas a cal y canto, suscitan en mí terrores indefinidos que me impulsan a ponerme en pie y a adoptar la actitud vigilante del pajarillo asustado. Un insecto inoportuno y maldito me clava su aguijón minúsculo en la planta del pie y yo, acosada por el escozor del veneno y por el ardor del sol sobre el pelo, me lanzo de cabeza al bálsamo electrificado del agua veteada de azules.

Una vez superado el no por anticipado menos sorpresivo descenso de temperatura, me entretengo los siguientes diez minutos en inmersiones y zambullidas que me recuerdan los veranos de mi infancia en el norte, con mi madre en la orilla toalla en mano insistiendo en que saliera del agua y yo haciéndome la sorda, nadando cada vez más lejos y prolongando hasta el congelamiento la fantasía irresistible de ser una sirena en el reino perdido de Tritón. Cuando por fin cedía a la preocupación materna, no tanto por consideración como por temor a las posibles represalias, surgía de entre las olas tiritando como un animalito y morada de los pies a la cabeza. Entonces corría hacia la toalla, enarbolada cual capote protector y vapuleada por la brisa fresca del declive vespertino, y dejaba que mi madre me frotara el cuerpo en un intento por devolverlo a su sonrosado natural mientras pensaba ya, como niña que era, en el bocadillo que sin duda me esperaría bajo la sombrilla de colores, junto al cubo y la pala y el libro de Barco de Vapor.

Pero ya no soy del todo una niña, aunque juegue a simularlo, y lo cierto en que me aburro cada vez más pronto del agua y de las posibilidades que ofrece. Me aúpo al bordillo sin esfuerzo (lo cual me complace) y comparto mi hartazgo con las hormigas que, ignorantes del inminente peligro que corren, pasean su laboriosidad por la estrecha franja de cemento salpicado de gotas. Se me pasa por la cabeza fastidiarles la jornada mediante un tsunami intencionado, pero como en mi particular e infantil animismo estoy convencida de que matar bichos trae mala suerte y, además, cuando estoy de buen humor empatizo hasta con las cucarachas, acabo por perdonarles la vida en un gesto que nada tiene que ver con la ecología.

Regreso al amparo de la mansión recreándome en el chapoteo de mis pies descalzos sobre la yerba empapada de agua que, matizado por el olor a desagüe procedente del depurador y no sé si debido a mis últimas lecturas o a algún otro motivo de oscuridad genuina, me hace pensar en cañerías y en plantas en descomposición. Al llegar, lo primero que hago es buscar con la mirada el cuchillo de carnicero que transportamos de una a otra habitación para defendernos de posibles intrusos. Una vez localizado, lo aferro de la manera que sé que es la correcta (con los cuatro dedos menores por encima de la empuñadura y orientados hacia dentro y el pulgar presionando el extremo) e inicio una inspección exhaustiva de la casa con el corazón en un puño y los ojos llorosos de puro abiertos. Aunque tal como esperaba nadie ha allanado muestro territorio durante el breve intervalo en que he permanecido en los jardines, necesitaba realizar esa comprobación para poder ducharme tranquila.

Desde los doce años, edad a la que descubrí el desseo entre risas y juegos del escondite y a la que, con una devoción y una profundidad en absoluto independientes de mi desarrollo, leí It por vez primera, comencé a ser más proclive a pasar miedo en verano. Aunque parece absurdo que la época que más luz y menos terrores culturalmente condicionados tiene sea precisamente la que me despierta mayores recelos, creo que la explicación es más sencilla de lo que parece. En los niños y preadolescentes la intensidad, entendida en un sentido amplio, se experimenta a través de un abanico de emociones que, enredadas entre sí, llegan al punto de ser inconcebibles separadamente. Así, la curiosidad por el sexo y el temor o la amenaza de culpabilidad que éste trae aparejados, constituyen un agregado indivisible que, al menos en mi caso, se asocian al período estival por ser éste, con su derroche de licencias paternas en relación al tiempo permitido fuera del hogar y con las interacciones que el calor y el hecho de estar de paso por un lugar hacen posibles, el contexto en que más plenamente he llegado a aprehender lo que verdaderamente significa el concepto de intensidad. El libro de It, que siempre he leído estando de vacaciones, junto a todas las imágenes que a él tengo asociadas y que son en sí mismas manifestaciones indistintas del verano (páramos secretos de vegetación lujuriante, advenimientos menstruales y eclipses de sol, pactos entre niños enamorados, traiciones a los padres y a la religión encarnadas en bessos furtivos entre los arbustos que acontecen a pesar del miedo, o quizá gracias a él), es el instrumento que ha sensibilizado mi espíritu a la erótica del terror. De no haberlo leído, tal erótica existiría de todos modos, pero el hecho de haberlo releído con posterioridad a todos esos acontecimientos de iniciación, cuando intelectualmente ya estaba preparada para comprender además de para sentir lo que el libro significaba para mí, ha transformado en filosofía de vida lo que habría podido quedarse en una mera (aunque no simple) experiencia adolescente.

2 comentarios:

Rocío dijo...

Leerte es un placer que también tiene mucho de terrorífico. Insectos suben desde los tobillos hasta los hombros materializando los escalofríos de la belleza.
No dejes nunca de escribir, eres una fiera. Ya quisieran las cucarachas tener tus antenas para aprehender cualquier estímulo sensible.
Gracias por este rato, linda.

Lula Lestrange dijo...

En la casa del nene sí que hay cucarachas... hoy me he pasado la mañana levantando los cadáveres de las menos afortunadas de la semana. ¡Yo limpiando! ¡Ver para creer!

Un besso, guapa